Edición Impresa|8 enero, 2018

La música como puente

En la Facultad de Agronomía se realizó el ensayo general de todos los integrantes

Las Orquestas Escuela nacieron hace más de una década y siguen funcionando pero con poco dinero. La Pulseada estuvo en tres ensayos del conjunto formado en la UNLP: en la facultad de Agronomía, en La Casita de los Pibes y en la biblioteca popular El Hormiguero de Arana. 

 

Texto Agustín Jáuregui
Fotos  A. J. y Macu Aguilar Tau

Minutos antes de las dos de la tarde en un viernes caluroso de noviembre no se mueve ni una hoja en el bosque platense. El colectivo estaciona en una calle interna de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales, en 60 y 119, justo frente a las escalinatas de acceso al edificio. La puerta se abre y chicos y chicas de entre 8 y 11 años irrumpen en la tranquilidad de la segunda Facultad de la UNLP con menos estudiantes. Suben las escalinatas y atraviesan las dos grandes puertas haciendo oídos sordos a los gritos de Isabel, la preceptora. Luego, entre risas y manotazos, se enfrentan a la larga escalera de mármol con una curva de 180 grados y, ya en el primer piso, al terreno llano hasta la biblioteca.

La mayoría de los que llegan corriendo y queriendo sentarse en los primeros lugares son de Villa Alba. El resto, que entra con un poco de timidez y espera que les digan en qué lugar sentarse, son de Arana, al sur de la Ciudad. Otros llegaron antes y otros más siguen llegando, acompañados por sus padres o madres desde distintas partes de La Plata. Todos integran la Orquesta Escuela de la UNLP.

Los chicos que están sentados charlan a los gritos o tocan violines, violas, violonchelos o contrabajos. El resto arrastra sillas de un lado a otro o baila al ritmo de las músicas pregrabadas en los tres pianos. El resultado es una mezcla ensordecedora de ruidos, que comienza a menguar cuando Verónica hace un ritmo con palmas y ellos la imitan.

Chicos, estamos preparando un juego –aprovecha a decir Verónica cuando vislumbra algo cercano al silencio–. Hoy vamos a tocar una canción nueva. Pero, ¿ustedes ven que tengan partituras en el atril?
–¡Sii!, ¡noo! –gritan unos y otros.
–¿Por qué creen que no tienen partituras en el atril?
–¡Porque es invisible!
–No, no es invisible. Hoy van a escribir ustedes, primero van a aprender la canción y después cada uno la va a escribir en su partitura.

La Orquesta Escuela de la UNLP comenzó a funcionar en agosto de este año, como proyecto de Extensión y para integrarla no se requiere tener experiencia previa.

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En Arana, la Orquesta Escuela practica en la biblioteca popular de 640 y 132

Verónica, una de las directoras, siempre quiso hacer “algo que tuviera que ver con la educación musical como herramienta de transformación social; supuestamente no existía, pero en realidad estaba empezando a existir en Venezuela”, según cuenta a La Pulseada. Ella nació en San Miguel de Tucumán, vivió en Jujuy, España, Mendoza, Buenos Aires, Córdoba y de vuelta en Tucumán. Allí fue a un colegio de la Universidad, estudió violín en la Escuela de Música, fue al Coro y a la Orquesta de la Universidad y en simultáneo empezó a estudiar Ciencias de la Educación. En 2008, le fue imposible seguir las dos carreras: dejó Ciencias de la Educación y volvió a Buenos Aires para estudiar violín.

Una noche de desvelo, pensando en que quería volver a estudiar, entró a las páginas de las facultades de Música y de Ciencias de la Educación y optó por la última. Al otro día la llamó Valeria Atela, la directora de la Orquesta Escuela de Chascomús, y le dijo: “Vero, necesito que vengas conmigo, vamos a desarrollar el Programa Provincial de Orquestas Escuela”. Para ese entonces se había casado, tenía dos hijos (ahora tiene tres, dos varones y una nena) y trabajaba en la Orquesta Escuela de Chascomús desde 2003, primero dando clases de violín y de viola, después dirigiendo una Orquesta inicial y, por último, como coordinadora.

Trabajaron hasta 2012. Fueron años muy intensos: se abrieron unas veinte Orquestas en toda la Provincia, la mitad en el conurbano y el resto en partidos como Bolívar, Lobos y Bahía Blanca. Verónica, desde La Plata, estaba a cargo de la parte socioeducativa y de acompañar los procesos de formación de las Orquestas.

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Tras esa experiencia a cargo del Programa de Orquestas Escuela, Verónica retomó Ciencias de la Educación y conoció a Luciana Garatte, que fue su profesora. En 2015 presentaron el proyecto de Orquesta Escuela a la UNLP, que salió financiado con 10 mil pesos. “No hubiéramos hecho nada, ni comprar dos contrabajos. Los instrumentos nos los presta el Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Argentina (SOIJAr), que es una red de orquestas de todo el país cuya cabeza es la de Chascomús; nosotros formamos parte, somos la orquesta más nueva”, dice. También cuentan con apoyo económico extra de las unidades académicas intervinientes, aunque no resulta significativo: cada traslado semanal de los chicos sale $2500. A veces disponen del micro de la Facultad y gastan $500, lo que sale la nafta.

Además de Verónica, la dirección está a cargo de Macu, Lucrecia, Catalina, Renata y Sebastián (de la Facultad de Bellas Artes), Maite (del Bachillerato) y Guillermina (de la Escuela de Música de Berisso). “Es un proyecto comunitario que para llevarlo a cabo necesita líderes, guías que no son estáticas sino que cambian. De nosotras, un día dirige una, otro día otra, nos vemos alternando”, explica Verónica. El grupo lo completan personas de Psicología, Ciencias de la Educación y Ciencias Agrarias y Forestales, tanto estudiantes como graduadas.

Todo el equipo trabaja ad honorem, cuenta Verónica: “La idea es que algún día cobren, pero por ahora la plata que tenemos es para trasladar a los chicos y para demás gastos que tenemos. En realidad esto lo debería sostener el Estado, pero bueno, a veces las circunstancias y los momentos socio históricos no son tan favorables”.

Además de las unidades académicas de la UNLP intervienen las organizaciones Fundación Pro Comunidad, la Biblioteca Popular “Del otro lado del árbol”, el SOIJAr, la Asociación Amigos de la Orquesta Escuela de Chascomús y la Feria “Manos de la Tierra”.

El ensayo técnico en La Casita de los Pibes, de Villa Alba

Los destinatarios de la Orquesta Escuela se pueden pensar, por lugar de procedencia, en tres grupos de chicos: los hijos de productores hortícolas de Arana, que trabajan en articulación con la Facultad de Agrarias desde 2005, gracias a la feria “Manos de la Tierra”; los de Villa Alba, a través del vínculo que existe entre La Casita de los Pibes (Fundación Pro Comunidad) y la Facultad de Humanidades, producto de un proyecto de extensión desarrollado en 2016. El tercer grupo surge de la “inscripción abierta”. Verónica cuenta orgullosa que “lo que buscamos es justamente que se conozcan e interactúen chicos que viven realidades distintas. Cerraba fantástico, ya teníamos chicos de población totalmente rural y de barrio”.

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Villa Alba queda a diez kilómetros en auto desde el centro de La Plata, por la calle 122, camino a Magdalena. Hay pocas casas con rejas y muchas entradas bloqueadas con chapa; fachadas sin revocar, tranqueras desvencijadas y construcciones de madera.

Dentro del barrio, en la esquina de 122 N y 609, sorprende y se impone una construcción de tipo industrial, cubierta de chapa trapezoidal azul con ventanas blancas. Detrás de ella, formando una ele, otra con paredes de retak y techo de policarbonato translúcido. Los árboles escuálidos, ubicados prolijamente en fila en el lugar común de las dos construcciones, evidencian la juventud del predio.

La Casita de los Pibes nació en 2000, como fruto del trabajo de militantes sociales y políticos, y se constituyó en un espacio de pertenencia por donde han transitado muchísimos chicos y chicas. Desde 2006, cuenta con la Casa del Niño “Carlos Mujica”, para pibes de entre 6 y 12 años, y con la guardería “Eva Perón” para los más chiquitos. Hasta noviembre del año pasado funcionó en 122 y 604, cuando inauguraron este predio gracias al programa nacional Recuperar Inclusión.

El 27 de marzo de 2015, un grupo de pibes y pibas de alrededor de 17 años se había reunido después de la escuela a pocas cuadras de La Casita, en 124 y 607. Dos chicos de su misma edad pasaron en moto, dispararon y mataron a una de las pibas (ver La Pulseada antes de abril de 2015). El nuevo edificio lleva su nombre: Nazarena Arriola, la Pochita; era hija de La Casita, ahí había crecido y se había criado. Daniela Tonello, coordinadora de La Casita, se planta y dice que el que disparó “no deja de ser un pibe más que expresa el drama más profundo, que es que un pibe de su edad pueda tener un arma en su mano”.

Contra esa realidad lucha La Casita todos los días, generando participación y mutuo acompañamiento en la búsqueda de proyectos de vida individuales y colectivos. En ese sentido, desarrollan talleres recreativos, de oficios y de expresión artística, apoyo escolar y emprendimientos productivos de carpintería y panadería, entre otras actividades.

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El miércoles, en la sala de gimnasio, las sillas están dispuestas en semicírculo y a su lado reposan violines, violas, violonchelos y contrabajos. Las profes de la Orquesta Escuela de la UNLP afinan para empezar el “taller de fila”. A diferencia del ensayo general, en estos talleres se aprende la técnica del instrumento y se empiezan a trabajar las obras por primera vez, antes de ir al ensayo de los viernes.

Macu está parada frente al semicírculo, con el arco del violonchelo en la mano. “Pa, pa, pa, pa”, dice, acompañada del movimiento del arco hacia arriba y hacia abajo. “1, 2,3… “pa, pa, pa, pa. Pero vamos todos juntos”. A la tercera vez, los arcos se mueven a tiempo. “Vamos una vez más”, y ya no hay caso, varios empiezan a charlar. “Seño, es aburrido esto. Ahora con el instrumento!”, dice Nicolás. “Bueno, dale, practiquemos con el instrumento”. Bochinche, cuerdas frotadas con el arco, algún instrumento que se cae al suelo. “Mirá, Ma-cuuu!”. “¡Aaaaah!”. “Posición de descanso”; no hay caso. “Arriba los instrumentos”, tampoco.

Pasan unos diez minutos y unos cuantos gritos pidiendo silencio. “A las cuatro empezamos. 1, 2, Nico, ¡Nicolás! 1, 2, 3, 4”, dice la directora, y el ritmo es bastante parejo durante cuatro movimientos (menos de tres segundos). Algunos siguen tocando, varios charlan con el compañero y alguien grita “¡seño!”. Al tercer intento, las cuerdas suenan más decididas y armónicas. El cuarto intento es el superador y Macu lo festeja con un “¡muy bien!” al paso.

Vero, Macu y Cata se desdoblan para trabajar con los chicos más o menos individualmente y, después de unos diez minutos de caos sonoro, se llega a un microsegundo de silencio en el que irrumpe Verónica: “No terminamos, vamos a aprender a hacer una cosa muy importante. No guarden”. Voces, risas, gritos. Se ponen limpiar los instrumentos con un trapito blanco, con bastante dedicación y charlando no muy fuerte. “Ahora, después que lo limpiaron, guardan el instrumento”.

“Hay muchos casos de padres que no están presentes. Los chicos están muy solos, aunque tengan toda la protección de La Casita, y están muy desestructurados en todo, en cómo aprenden, en cómo se relacionan; hay mucha violencia a la hora de comunicarse”, lamenta Verónica.

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La tozudez de los pibes de Villa Alba contrasta con la calma de otro grupito. Verónica los conoce bien: “Los chicos de Arana son casi todos bolivianos o hijos de bolivianos, los padres están muy presentes pero no los vemos, porque es gente que trabaja muchísimo. Los chicos también trabajan, hay chicos que ves que tienen situación económica fantástica y lo mismo trabajan. Son chicos súper educados, respetuosos y los papás los sobreprotegen; hay veces que no los dejan venir porque tienen miedo”.

Arana es una zona rural de La Plata, a 14 kilómetros al sur del centro de la Ciudad. Después de unas cuantas cuadras por la avenida 137, el tejido urbano se desgrana en pequeñas casitas hasta convertirse definitivamente en un pedazo de pampa. Tiene una larga historia de tomas de tierras y asentamientos, desde la vuelta de la democracia hasta nuestros días. Viven allí cerca de 400 familias, y casi todas labran la tierra para subsistir.

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En 2012, después de una de las tomas que se hicieron en la zona, surgió la Biblioteca Popular “El Hormiguero”. Ubicada en 640 y 132, es fruto del trabajo conjunto entre los vecinos y el Colectivo Garabatos. Hoy en día se realizan talleres de niñez y jornadas literarias; además, el taller de fila de la Orquesta Escuela de la UNLP. El lugar es pequeño: cuatro paredes de adobe, ventiluces hechos con botellas y algunas ventanas de hierro; tiene puerta desde hace poco tiempo. El techo de la biblioteca tiene pasto, en armonía con el entorno. Los chicos que ensayan allí son menos que en La Casita, entre diez y trece, y no hace falta pedir silencio: tocan sólo cuando se les indica.

Ismael se acerca tímidamente, cargando el piano que le regaló su abuela para compartir con todos los chicos, previa condición de que aprobara matemáticas. Casi siempre llega temprano y se encarga de tocar las notas para que a las profes afinen los instrumentos. Bastaría con una nota sostenida, pero él toca ansiosamente la misma tecla unas cuantas veces y, de vez en cuando, alterna con otra más o menos al azar. El sonido simultáneo de los distintos instrumentos va menguando, hasta que quedan todos afinados, y la tranquilidad domina el ambiente.

Por suerte hay sol y los violines y las violas pueden ensayar separados, en una suerte de plaza dentro del predio de la biblioteca. Adentro queda Brandon, el único contrabajista, con Yésica, exalumna de Chascomús que ahora es profesora, preceptora y da clases de instrumento. Dentro de la metodología de las Orquestas Escuela existe una figura que es la de “multiplicador de saber”. “Al aprender mutuamente, el uno del otro desde sus capacidades y conocimientos, los chicos se forman como docentes naturalmente y desde chiquitos van aprendiendo a ser guías y a asumir distintos roles en función de lo que hace falta para el grupo, no en función de lo que hace falta ‘para mí’”, dice Verónica.

“Cuando uno hace un trabajo serio y comprometido, el resultado musical termina siendo bueno, pero no trabajamos por ese resultado sino que es el medio y la consecuencia. La idea no es que los chicos estén acá para no estar el rato en la calle, sino que los chicos se integren con otras realidades, que aprendan a ponerse objetivos y que sepan que para alcanzarlos hay que trabajar, hay que ser constante y hasta a veces aplazar el deseo y sostener un trabajo, que es algo que cuesta mucho”, agrega.

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Además de buscar la integración sociocultural de poblaciones relegadas en el acceso a bienes culturales y sociales, uno de los objetivos de la Orquesta Escuela de la UNLP es viabilizar la continuidad de sus trayectorias educativas: se supone que nadie está privado de estudiar en la Universidad, pero sí aparece en el imaginario.

–Necesitamos un director asistente hoy –convoca Renata, a la que le toca estar frente a los chicos en el último tramo del ensayo en Agrarias. Rápidamente surgen (los gritos de) varios postulantes, pero Verónica ya había elegido:
Brisa, vení, vas a ser la directora asistente –dice, mientras toma de la mano y lleva al frente a la nena que no dejaba de pellizcar la cuerda de su violín desde hacía un rato–. Vos tenés que dirigir con Renata, las mismas notas, eh.

El ensayo cierra con la primera canción que aprendieron, la que mejor saben. Las profes tocan la melodía y los chicos el acompañamiento; es una versión instrumental, pero en algún lugar resuena: “Si pasas por mi provincia con tu familia, viajero, verás qué lindo es el río desde el puente carretero (…) Por nada olvides, viajero, lo que sienten mis paisanos, seguro te han de querer como se quiere a un hermano (…)”.

Dicen que un puente es una obra de arte construida sobre una depresión o sobre un obstáculo cualquiera, y que está destinada a garantizar una circulación fluida en pos de la calidad de vida de los pueblos. ¿Qué es un puente?

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