Edición Impresa|20 noviembre, 2017

El hombre de la plaza

Hace siete años que duerme en un banco de Plaza Olazábal y rechaza ir al parador para gente de la calle porque allí se siente “expuesto” como en un negocio y lo consideran “un caso perdido”.

Por Manuel Sanz
Ilustraciones: Ipmauj Adejo
Fotos: Gabriela Hernández

SUBNOTA > Un símbolo de la libertad

Es mediodía. La plaza Olazábal se llena de chicos que salen de la escuela y se agolpan a esperar el micro sobre la avenida 7. A pocos metros de esa escena Oscar patea una botella de agua mineral. Con su zurda la tira de un lado al otro, siempre cerca del banco color verde inglés que desde hace años se convirtió en su refugio. Cada tanto alza sus manos como si fuera una celebración que imaginariamente comparte con muchos pero que, en los hechos, se vuelve íntima, solitaria. Las moscas rodean su cabeza recientemente rapada y su barba morocha. En distintos momentos del año alterna entre una melena o el pelo bien corto. Cuando hace frío usa una campera rota a la altura de los hombros y un jogging descolorido. Haciendo un inventario de sus objetos sólo tiene una caja de cartón grande, una mochila roja, una valija, un acolchado y tres termos. Además, un abrigo con la inscripción “AFIP” y un gorro de lana, que descansan en el banco cuando no los está usando.

La plaza Olazábal se encuentra en el cruce de las avenidas 7 y 38, a unas diez cuadras de la Municipalidad y a otras tantas de la Casa de Gobierno. Es perfectamente identificable para cualquiera que haya pasado una temporada en La Plata. Del otro lado de la avenida hay una pérgola, una calesita y un puesto de comidas rápidas. También hay otros habitantes: su número crece de manera directamente proporcional con la profundidad de las crisis. A diferencia de Oscar, eligen transitoriamente ese espacio público para pernoctar.

Nadie puede explicar bien por qué esa plaza lleva el nombre de Félix Olazábal, un militar poco conocido que participó en las guerras de la Independencia. Oscar tampoco sabe el motivo de la elección de ese lugar para quedarse. “Soy mochilero profesional”, suelta, tratando de recomponerse del asombro que le causa la consulta sobre su vida. Y añade: “Estuve por el norte, por el sur y en la costa atlántica…”.

Luego, con la vista pegada al piso, agrega que suspendió sus viajes por cuestiones económicas y que también porque lo complica un fuerte dolor en el tendón de una de sus piernas. Por eso estima que su próxima travesía será en barco.

Cuenta que tiene 45 años y hace unos siete que vive en el banco de la plaza. Allí donde el pasto recién cortado contrasta con el estruendoso paso de los colectivos y el constante ir y venir de las personas. En ese tiempo el país tuvo años de bonanza y de crisis, sin embargo Oscar se mantuvo siempre en la misma condición. Difícilmente una mejora sustancial de la economía lo saque de ese banco.

“Quedé en la calle después de la venta de mi casa. Mis hermanas se fueron a Magdalena, pero yo ahí no me hallo”, narra entre largos silencios, en los que aprovecha para acomodar bolsas y cartones. Dice tener siete hermanos de sangre y cinco de crianza. Cuenta que su padre vive en Berisso y a veces le lleva comida, como también lo hacen los vecinos de la zona.

Mientras habla, evita la mirada y pestañea insistentemente. “Me gustan muchas cosas, pero soy indigente”, asume.

Tiene una rutina singular: puede dormir por la tarde, tomar mate por la noche y jugar al fútbol por la mañana. Y para convertir la plaza en una cancha es capaz de transformar cualquier objeto en una pelota, con la que se entretiene solo durante horas.

El mediodía se convierte en tarde y luego baja el sol y la temperatura. Oscar sigue sentado ahí, en el mismo lugar. A veces lee, otras habla solo y gesticula. Aunque haga frío, llueva o el calor sea asfixiante, permanece en lo que parece ser su territorio.

A media cuadra se encuentra la Comisaría Segunda. Lejos de tener algún problema con los efectivos, asegura que, regularmente, los agentes le llevan algo para comer y que se siente protegido.

Acá no pasa nada, nadie me toca nada”, expresa, entrecortado, al hablar del cuidado de sus cosas. Y se concentra en el mate lavado que toma en un vaso de plástico gracias a que algunos vecinos le facilitan el agua caliente.

Sobre la avenida, muy cerca del banco de Oscar, está la tintorería Robert´s. Las empleadas del lugar cuentan que nunca tuvieron conflictos con él y que tampoco vieron que lo tuviera con otros. “Nosotros nos ofrecemos a lavarle las cosas, pero no quiere. Solo algunas veces nos pidió secarlas”, explica una de las jóvenes, mientras lo observa a través de la vidriera.

“Caso perdido”

Desde 2009 la ley provincial 13.956 obliga al Estado a hacerse cargo de cualquier persona que se encuentre en situación de calle. Entre otras cosas debe brindar asistencia médica, nutricional y habitacional.

La Dirección de Acción Social, que depende de la Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad de La Plata, lleva adelante el Programa de Asistencia y Abordaje Integral de Personas en Situación de Calle, cuya función es “brindar alojamiento, abrigo, alimentación, atención psicológica y sanitaria a toda persona que se encuentre alojada en los paradores o en situación de calle crónica”, según consta en un folleto donde informa sobre sus objetivos y alcances.

Desde el organismo municipal ponen a disposición tres líneas telefónicas y un número de WhatsApp para que los vecinos que vean a alguna persona en esa situación se puedan comunicar y ayudar al damnificado.

Si bien el programa confecciona las estadísticas de quienes se encuentran en la vía pública, esta información no fue proporcionada ante el pedido de La Pulseada. No obstante, las fuentes consultadas indicaron que en esos registros figura Oscar Díaz, el hombre del banco de la plaza Olazábal.

Para los operadores del sistema, Oscar es una suerte de caso perdido: “Le propusimos miles de veces venir a dormir al parador y nunca lo hizo”, dijo una de las integrantes de la Secretaría.

El parador municipal se encuentra a sólo una cuadra de la Plaza Olazábal, en 7 entre 36 y 37. Allí la comuna ofrece cama, pijama y comida a quienes están en la calle. Quienes son llevados al refugio deben firmar su ingreso en la sede de Secretaría de Desarrollo Social, ubicada en 10 entre 49 y 50.

Pese a que Oscar lleva años en pésimas condiciones de vida prefiere pasar sus días en el banco verde y no recurrir al refugio. “No me gusta. Prefiero estar acá, si llueve me voy enfrente y listo. Allá parece que estás exhibido, como si fuera en un negocio”, sostiene y mueve la cabeza como negando.
Una integrante del programa oficial que prefiere no ser identificada, cuenta que muchas veces Oscar relata que tiene que viajar a Buenos Aires. Sin embargo, minutos después, lo ven caminando por Plaza Belgrano, en 13 y 38, a cinco cuadras de su banco verde.

A cielo abierto

El ambiente se oscurece y las nubes cargadas pronostican fuertes lluvias en la ciudad de La Plata. La gente, con paraguas preparados, se apura. Una madre, lleva a un niño pequeño de la mano y se sube a un taxi que frena y genera bocinazos. En las tormentas o cuando el frío aprieta, el edificio que está frente a su banco ofrece a Oscar, como todo amparo, una especie de alero.

Oscar mira al cielo. No parece preocuparle el panorama. Recién cuando las primeras gotas comienzan a caer se esfuerza para que sus cosas no se mojen. Sobre todo, la caja grande de cartón, del tamaño de las que suelen alojar una pantalla led de 32 pulgadas.

Junto cartones para ganar algo de plata”, comenta sentado en el banco verde con sus pies estirados y las piernas cruzadas. Además, asegura que sabe un poco de “todos los oficios”.

Cada mañana ve salir el sol desde la diagonal 108 y sigue su recorrido sobre la plaza hasta que se pone por el otro extremo de esa misma diagonal corta. Vuelve a pedir agua para el mate en lo de una vecina y se sienta a esperar a Adrián, quien hace unos días empezó quedarse a dormir en el banco de al lado y que, según Oscar, tiene “cuestiones a solucionar en Buenos Aires”.

No tengo amigos. Salía con una vecina de acá a la vuelta. Pero ahora Adrián es mi único amigo”, relata cuando la noche ya se adueña de la Plaza.

De tanto en tanto a Oscar le gusta ir a la oficina del PAMI, en 7 entre 35 y 36. Allí, mientras la mayoría de los platenses duerme, se instala frente a la persiana metálica de la sucursal. No puede elegir qué mirar. Con incomodidad, alcanza a ver alguna de las tres pantallas de televisión que cuelgan de la pared.

Luego, sin horario, regresa a su banco, donde se acuesta hasta que el murmullo furioso de la ciudad vuelva a funcionar como despertador. Lo espera la misma rutina: otro día de mates, fútbol y viajes con la mente.

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