Diversidad, Edición Impresa|26 Octubre, 2017

Enseñar en la diversidad

La experiencia de Quimey Ramos, mujer trans, docente y artivista, abre preguntas: ¿cómo impacta la aceptación de lo diverso en la sociedad? ¿Cómo se adapta el sistema educativo a los cambios cuando otras identidades aparecen en la formación de las nuevas generaciones? Resistencias, desafíos y una apuesta sobre las diferencias en la historia de una profesora de inglés en la escuela pública.

Pese a todas las violencias que descarguen con la justicia y la policía,
pese a todo lo que ordenen el Estado, las iglesias y la escuela,
el puto, la torta, la trava, van a ser siempre aquello que sientan.

Susy Shock

Texto Paula Bonomi
Fotos Gabriela Hernández

El movimiento trans ha logrado que Argentina se convierta en un país único en el mundo. No sólo por la sanción de la Ley 26743 de Identidad de género, sino por las rápidas consecuencias que esa conquista tuvo en las vidas de las personas que hasta hace poco tenían como único destino social la prostitución.

¿Cómo se cambia el mundo? No ese mundo utópico de la teoría, sino el que se pisa todos los días, eludiendo obstáculos, sorteando noticias de catástrofes y pronósticos aterradores. ¿Cómo se hace para que este mundo no sea igual que el de ayer, si no otro, distinto, que permita otras posibilidades, incluso aquellas que ni siquiera hoy son imaginables?

Intentar volverse invisible es muchas veces un refugio para protegerse de las violencias, pero la legalidad impulsó a las personas trans y travestis a romper el aislamiento, enfrentar la transfobia y discriminación y  ejercer la ciudadanía. “Hay un puñado de generaciones de niñas, niños, niñes, adolescentes que hoy tienen la posibilidad de formarse con una profesora, un profesor trans en sus aulas. Una persona que genera con ellxs un vínculo distinto y que está enseñando otra forma de construir el mundo. ¿No te pasó querer mucho a una maestra cuando estabas en la escuela?  Eso es. Que lxs niñxs puedan tener ese acercamiento, desde el amor, porque el cariño que le tenés a la maestra es muy particular. No da igual integrarse al mundo en contacto con una persona trans. No da igual internalizar amor y no todo el aparato de prejuicios que imprimen sobre todo los adultos incluso desde el seno de las familias”. Así comienza el diálogo con Quimey Ramos, una joven profesora transexual que enseña inglés en escuelas públicas de La Plata y Ensenada.

Con sus 22 años se ha sumado a una lista que crece de docentes transexuales en un país en el que luchan contra la exclusión laboral, los prejuicios sexistas y el machismo en las instituciones educativas (ver recuadro). Desde que terminó el secundario, ejerce la docencia y continúa en plena formación, explorando nuevas formas de comunicar con el cuerpo a través de la danza, las acciones performáticas y la acrobacia.

“Toda visibilización es positiva. Hay que seguir trabajando en la integración que implica demoler los imaginarios construidos históricamente sobre los cuerpos disidentes, extirpar lo peyorativo del lenguaje, habitar las palabras con otras vivencias”, reflexiona Quimey y agrega: “La integración va a traer sus conflictos, ya los trae, pero la integración es un hecho. Todo espacio que ocupemos para visibilizar lo que somos, lo que pensamos, abre posibilidades, caminos y nutre el corazón”.

Trans-formarse

Con su hablar pausado, reflexivo, Quimey transmite armonía. Su templanza y la fuerza con la que entona las palabras sorprenden y contrastan con su look adolescente. Consciente de haber transitado una corta pero intensa vida interpela al mundo adulto y a las resistencias que persisten en los ámbitos educativos.

“Cuando empecé a pensarme como mujer trans nunca me proyecté como docente trans y ese cambio fue central porque es parte de mi identidad. Entonces, en agosto del año pasado tomé la decisión de hablar con las autoridades de mi escuela y pude explicarles mi decisión. En esa charla pedí tiempo, que me dejaran hablar a mí con mis compañerxs, con lxs chicxs. Ahora que ya pasó un tiempo pienso que les costó manejar el tema y en ese proceso hubo aciertos y errores, necesitaban formarse.  Por ejemplo, recuerdo que para el acto institucional del 12 de octubre, el día de la diversidad cultural, ya estaba casi todo preparado con el profesor de música y la idea estaba bastante cerrada, pero desde la Dirección me querían incorporar para que participe el área de inglés. Se les ocurrió que me podía disfrazar del personaje de Mary Poppins, con peluca y todo y que cantemos una canción en ese acto. La verdad fue incómodo y creo que errado de  parte de las autoridades para abordar la cuestión de mi identidad en la escuela. Además, tuve que aclarar que esa, con vestido y peluca, no era yo ni era mi decisión para dar cuenta de mi identidad. No acepté hacerlo y eso me apuró a hablarlo con algunxs de mis colegas”, cuenta Quimey, repasando su experiencia.

Un mes después en una reunión plenaria docente, imprimió varias noticias sobre docentes trans en el país y les contó. “Les ofrecí dejar esas notas en biblioteca para que cada quien pueda leerlas y conocer nuestra realidad y experiencias. Recuerdo que les dije que no esperaba que me acompañen pero sí respeto. Fue muy fuerte. Con el tiempo me fui dando cuenta a quién le incomoda y a quién no, pero la mayoría de mis  compañerxs manifestaron su solidaridad y se preocuparon, se esforzaron para que me sintiera cómoda. Al final de ese día acordamos una fecha para que yo me presentara en la escuela como Quimey”.

Quimey recuerda que pensar cómo hacerlo fue difícil. “Lo estético pesa mucho en esta sociedad. Tenía el pelo mucho más corto que ahora, tenía mucha más barba, no estaba haciendo el tratamiento hormonal, entonces mi cuerpo era clasificado fácilmente como masculino. Además casi no uso maquillaje. No podía dejar de preguntarme qué podía hacer para no ser fácilmente burlada. En la escuela funcionan las clasificaciones sexistas, las maestras utilizan un pintor y los profesores, salvo los de grado, todos van con ropa de civil. Entonces me conseguí un pintor divino que me prestó una amiga, me até el pelo, me puse un poquito de rímel y entrar así fue un símbolo zarpado. Las chicas y los chicos entendieron enseguida que había algo distinto”.

Cuando llegó el mediodía en el comedor, fue el momento de contarles a lxs chicxs. “Enseguida comenzaron a preguntar: ‘hey! ¿Por qué tenes pintor profe?’, ‘Eso es de mujer, no?’. Para hablar con ellxs me dirigí en los términos formativos (lenguaje binario hombre-mujer) que propone la ESI (Ley de Educación Sexual Integral) que, aunque yo tenga otras herramientas y pueda complejizar mucho más acerca de las identidades trans, decidí  que era lo más apropiado; pero ante todo fui sincera”, explica la docente.

Quimey encontró la mejor estrategia en mostrarles el modo en que se sentía: “Intenté transmitirles que ahora siendo Quimey me sentía mucho más feliz y que por suerte es algo que cualquier persona puede decidir. Hubo un chico que preguntó: ‘¿Sos puto profe?’, para ellos las cosas son blanco o negro. ‘Voy a usar la palabra gay’, le dije.  ‘Mirá, yo no soy mujer porque a mí me gusten los varones, decidí ser mujer porque me identifico y me siento como una. Creo que lo más importante que tienen que saber es que esta decisión me vuelve una persona feliz y es lo que todos y todas estamos buscando en la vida, poder ser felices’. A partir de ahí comencé a quitarle el peso excesivo que tenía todo este tema en mi cotidiano”.

-¿Tenes hijos? No.

-¿Esposa? No.

-¿Novia? No. ¿Novio? No

– Y ¿Entonces? ¿Qué te gusta?

“Esas suelen ser preguntas habituales cuando estoy frente a lxs chicxs en el aula. Cuando ingrese a la escuela de Ensenada decidí construir un vínculo con ellxs antes de contestar a sus curiosidades. Es una escuela compleja, donde se manifiestan distintas situaciones de violencias, muchas intrafamiliares, y yo el año pasado estaba haciéndome muchas preguntas personales. Me pareció sensato no presentarme como una persona gay cuando yo misma me decía que no quería habitar más una masculinidad. En general, noto una deficiencia en todo el sistema educativo por la falta de herramientas para problematizar situaciones de sexualidad, género, adicciones, embarazo adolescente, con lo cual cada espacio va resolviendo como puede sobre la urgencia”, analiza Quimey.

Como docente conoce muy bien con quiénes trabaja. “Lxs pibes y pibas, los jóvenes, te ponen a prueba, van al límite. Hay maltrato de todos los colores dentro de la escuela, contra la compañera narigona, contra la que es gorda y, bueno, ¿cuál es mi particularidad a diferencia de lxs demás profesorxs? Soy una persona trans. Entonces, si me quieren molestar por algo, sale el tema. Intento no engancharme y manejar algunas cosas con humor. Otras veces, si se ponen violentos, el límite de hasta dónde va el comentario o chiste es claro”.

Desaprender siendo adultxs

“Mis compañerxs docentes reconocieron que fue  mucho más fácil para lxs chicxs que para ellxs –asume Quimey–. Creo que si a lxs niñxs les hacemos un planteo sin carga negativa, como en general está planteado el tema con las disidencias sexuales, no pasa nada, muy por el contrario. Lxs niñxs más chiquitxs no se lo preguntan, porque además no hay interés especifico”.

En los más grandes la reacción no tardó mucho en llegar. En marzo dos familias se acercaron a la dirección de la escuela para plantear con preocupación que haya una maestra trans al frente de la clase de inglés. “La escuela me preservó del planteo que hicieron los padres. Ellxs no reclamaron nada que tuviera que ver con mi desempeño académico o laboral sino que fueron a plantear un problema alrededor de mi identidad travesti como dudosa influencia para lxs niñxs. Desde la Dirección se respondió con mucha claridad, cosa que me alivió. Dijo que en esa escuela lo único que estaban haciendo era cumplir con la Ley y les enseñó la Ley de identidad de género. También se les propuso que si no estaban de acuerdo podían cambiar a sus hijos de escuela pero se les advirtió que no se podía garantizar que en otras escuelas públicas de la región no hubiera otras maestras como la profesora de inglés. Eso fue un gran respaldo de su parte y expresó que éste es el escenario, el paradigma actual”.

Desde siempre, Quimey supo que la sociedad impone roles y que quien no se adapta es muy posible que sea rechazadx. Esa percepción enraizó en sus vínculos familiares, luego tomó forma en la escuela y atravesó sus juegos. Su libertad, su creatividad que fueron silenciadas durante mucho tiempo. Quimey, que era Tomás, tenía prohibido dibujar cuerpos femeninos, elegir ser una heroína en las aventuras o estudiar danzas clásicas. Mucho menos decir a grito pelado que quería ser una nena.

El camino de la represión comenzó con la mirada externa: ¿Mirá como camina el nene? ¿Qué llorón que es, no? ¡Qué mariquita! Son algunas de las frases que vuelven entre los recuerdos que deconstruyen su pasado, una historia truncada, un abuso a su identidad en nombre de la normalidad dirá ella, para ser saldados en el presente desde el amor.

“Las exigencias sociales pueden ser muy crueles e inclusive lxs que se adaptan mejor pierden muchas cosas, se acotan las posibilidades para elegir con libertad. Hubo una etapa que mis viejos se convirtieron en agentes de la moral. Apareció en ellos la necesidad de encarrilarme. A fines de los ‘90 cuando nadie hablaba de infancias trans como una posibilidad y bueno, tengo muchos recuerdos de lo que era una cotidianeidad de represión. El quiebre se dio cuando a los 7 años -ya venía experimentado muchas situaciones de angustia- dije en la escuela que me quería morir. La respuesta del colegio, un pedagógico privado de City Bell, fue horrorizarse y suspenderme”. Luego de este episodio comenzaron años de visitas a distintos terapeutas y silencios.

Otras vidas

Se sigue hablando poco de infancias trans. Gabriela Mansilla publicó hace pocos años el libro “Yo nena, yo princesa. Luana la niña que eligió su propio nombre” para dar cuenta de su experiencia. Casi un diario íntimo, Mansilla relata el camino que recorrió con su hija, que nació varón pero desde muy pequeña se autopercibió como nena. “Hacer natural el tema de la infancia trans es necesario para que todxs lxs niñxs puedan tener una vida más tranquila y no patologizada”, dice.

“Cuando comprendí lo que me tocó vivir pude volver a hilar y saber que tengo mucho miedo de hacia dónde voy pero que quiero seguir este camino, porque es el que no me dejaron vivir y está pulsando por existir. En la escuela sé que la sola existencia de mi persona, una maestra trans, es disruptiva. Haga o no un trabajo especifico para problematizar el género o las sexualidades y, por lo tanto, también la forma de afectarnos y relacionarnos, el hecho de que yo esté ahí ocupando un lugar tiene un valor político y social muy potente”, sabe Quimey.

Ante la urgencia que implican las transformaciones, abrir el panorama de posibilidades para todas las personas es el mensaje. “Hay que animarse a romper con lo preestablecido porque así se van a dejar de repetir las historias viejas, se va a dejar de escribir con sangre la historia de las personas trans. Desaprender y darte cuenta que vos, que tu humanidad, no es el problema, sino que el problema está en la sociedad. Es un proceso complejo que se cobra mucho dolor pero que debemos afrontar”, concluye. LP

Maestras pioneras

A partir del 2012 los medios masivos dieron luz a historias pioneras que abrieron paso al cambio de paradigma dentro de la educación formal como Melisa D´Oro,  la primer docente trans en escuelas primarias del barrio de Flores, quien desde hace 22 años es especialista en talleres optativos de ajedrez; o Pamela Coronel, la maestra trans de Quilmes, que luego de obtener su DNI pudo dar clases a pesar del rechazo de colegas y directivos. Las escuelas católicas también tuvieron que adecuarse a los cambios. En 2014, a los 47 años, Kristina Eva Espinosa, cambió su DNI y dejó de ser Alejandro Ernesto, licenciado en historia y geografía, profesor desde 1999 en el Instituto Arzobispo Juan Chimento de Los Hornos, y titular de la materia Sociopolítica en el profesorado de Historia y Geografía del Instituto Superior Juan N. Terrero. Las dos son instituciones privadas y católicas que pertenecen al Arzobispado platense (ver La Pulseada 132). También hay historias de maestras trans en provincias como Mendoza, Entre Ríos, Santa Fé.

Ser

Si las palabras definen mundos, el diccionario me obliga a descartar los términos que las dividen en masculinas y femeninas, y usar una x genérica para definir la diversidad del mundo trans.
Claudia Acuña, periodista

 La cabeza política del movimiento travesti y trans fue Lohana Berkins. Su mirada ayudó a comprender que la sociedad niega sistemáticamente a la comunidad trans el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda, al trabajo digno. Sigue siendo una deuda social concebir como una violación a los derechos humanos la condena de toda una comunidad a la supervivencia a través de la prostitución.

Luego de aprobada la Ley de Identidad de género Berkins diría: “Uno de los grandes problemas que tiene la sociedad y, por ende, nosotras también es la creencia de que la biología es un destino. No es lo mismo ser Juan que Juana y no son los mismos mandatos los que se les impone a cada uno. Eso lo tenemos marcado a fuego. Romper esa binariedad significa resignificar todas las posibilidades de ser. Incluso dentro de nuestro movimiento”.

Quimey agrega: “Yo sé que existencias como la mía son disruptivas en una sociedad que aún vive con tanto retraso, tantos prejuicios y tantos límites a cómo nosotras pensamos la vida desde la disidencia sexual y de género como un movimiento político amplio. Poder pensarse fuera de la norma es lo más duro para poder sentirnos incluidxs en un mundo que es súper excluyente”.

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