Edición Impresa|3 Octubre, 2017

Canto de libertad

Azucena Racosta es fundadora de Radio La Cantora. En esta entrevista, cuenta su infancia y adolescencia en Bahía Blanca, la influencia de su padre, su pasión por la lectura y cómo generó ese proyecto de comunicación en las cárceles que busca “agilizar los oídos y destrabar la lengua”

 

Por Margarita Eva Torres
Fotos Gabriela Hernández

Hay quienes hablan de la historia y otros que la hacen. Azucena Racosta es un fuerte exponente de éstos últimos. Nació en un barrio humilde de Bahía Blanca y su pasión por la palabra y su militancia en defensa de la vida, la hicieron protagonista de su época y una referencia nacional en materia de Derechos Humanos.

Llegó a los grandes medios y renunció a todos cuando se negó a formar parte de la espectacularización de la pobreza y la marginalidad. Hace más de dos décadas trabaja en las cárceles, donde fundó el proyecto de comunicación popular “Radio La Cantora”: una herramienta de la que las personas privadas de la libertad se apropiaron para hacer oír su voz.

Poeta, docente universitaria y secretaria académica de la Maestría en Comunicación y Criminología Mediática de la Universidad Nacional de La Plata, Azucena estuvo postulada para integrar el Comité Nacional de Prevención de la Tortura, un organismo en formación integrado por legisladores, representantes de la Procuración Penitenciaria, de la secretaría de Derechos Humanos de la Nación y de organizaciones sociales o profesionales. Compitió con alrededor de 20 referentes de todo el país. “Es un honor que me hayan postulado –dice a La Pulseada con orgullo– porque son 30 años de lucha por las personas privadas de la libertad”.

Herencia militante

Lo sabemos: el tiempo puede alargarse,
depende de qué contenido
ponéis en él.
S. Marshak

 

El primer profesor de filosofía que tuvo fue su padre, pese a que sólo había hecho hasta el tercer grado. “Nació en una aldea y era el menor de 9 hermanos. El mayor era conservador y él anarquista, así que había fuego cruzado. La imagen que yo tengo de él es siempre sentado con un libro que le tapaba la cara y cuando mi madre le ponía la comida por debajo del libro, ponía el libro debajo de la cola, comía, volvía a sacarlo y seguía leyendo. O despertarme a la madrugada y verlo leyendo con el velador. Eso hizo que yo amara la lectura y que nos quedáramos hasta altas horas de la noche hablando de distintos autores”, contó Azucena.

Su madre, en tanto, “venía de una familia ultracatólica y era la rubia de ojos verdes que se había escapado con el anarquista. Su familia reprobó que no se haya casado por la iglesia. Desafió absolutamente las tradiciones, fue una trabajadora impresionante que sostuvo la casa porque mi padre caía preso dos por tres”.

La infancia de Azucena transcurrió en el barrio bahiense de Villa Miramar, aunque los lugareños la conocían como “Villa Perro”. “Viví en un conventillo hasta los 10 años, cuando mis padres compraron una casita. Luego mi padre cae preso y la casa se tuvo que vender para poder pagar a los abogados. Cuando tenía 14 años militantes de la época fueron a mi casa a buscar a mi padre y allí fue donde arranco con mi propia militancia”.

Entonces, muchos la tildaban de “rara” porque “me gustaba leer, pintar y hablar mucho con mi padre. No me gustaban mucho los quehaceres de la casa y no jugaba con las chicas del barrio a las muñecas”.

La universidad era para Azucena, como para otros tantos de miles de obreros en nuestro país, una meta difícil de alcanzar. Para ella, no obstante, la educación no sólo se encuentra en las instituciones académicas; también está en la calle, en las fábricas o en los sindicatos.

Debió interrumpir la secundaria porque ya estaba militando políticamente y el primer problema que tuvo fue con la Triple A. “Lo pasamos muy mal con este grupo fascista y hasta nos pusieron bombas en nuestras casas, como le pasó a nuestro compañero Néstor Bueno”. Era un joven abogado que por 1975 era compañero de vida de Azucena y que en 1978 fue asesinado en el Hospital Borda: “Es una deuda pendiente que tenemos, investigar sobre el rol de los hospitales psiquiátricos durante la dictadura”, asegura.

Como dijo alguna vez Jorge Luis Borges, a la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos. Tal vez a eso se deba a que, en la cárcel donde estuvieron presos su padre y su compañero y que fue la primera en la que la requisaron, Azucena volvería, décadas después, para echar a andar el proyecto de comunicación popular “Radio La Cantora”.

Todos los contextos son formativos y los procesos internos de la personalidad se forman también sobre la base de procesos interpersonales, es decir, sociales. A Azucena en aquellos le parecía vivir vidas más largas: “Nos parecía que éramos grandes porque nuestros padres habían comenzado a trabajar a los 8 años en el campo, en los hornos de ladrillos y habían comenzado su militancia en las cooperativas, con el anarquismo y luego con el peronismo. Desde muy chicos esa vida de responsabilidades nos parecía natural”.

De Villa Perro a los medios nacionales

En todo momento Azucena subraya la importancia de la formación. “Le tengo que agradecer a la autodidaxia, a hombres como Vicente Zito Lema, Eduardo Duhalde y a los grandes periodistas de revistas como Crisis o Fin de Siglo. También a la poesía. Todos fueron mis formadores en periodismo. Empecé desde muy chica a decir lo que había que anunciar y así llegué a las redacciones y a los grandes medios”. Sin embargo, “nunca fui en busca de nada, lo único que siempre tuve claro es que yo quería cambiar el mundo, que este mundo no era justo para nosotros los pobres, los trabajadores y lo vivía en carne propia al ver cómo castigaban a mi padre por luchar por un mundo mejor. Un hombre que había comenzado a trabajar a los 7 años en los hornos de ladrillo, que con otros compañeros formó, a los 14 años, la primera cooperativa de obreros ladrilleros para no ser explotados por los tanos que venían de Italia con dinero, algo muy parecido a lo que ocurre hoy con bolivianos y peruanos, que explotan a sus propios compatriotas”.

El compromiso con el presente es la única certeza, asegura la fundadora de “Radio La Cantora”, que supo tener voz en distintos medios provinciales y nacionales, tales como las revistas Crisis y Fin de Siglo, LU15 Radio Viedma, LU5 Radio Neuquén y canal 13, al que renunció porque pretendieron hacer un show del fatídico motín de Sierra Chica, en 1996.

Cuando ocurrió, ya llevaba adelante La Cantora y a su vez trabajaba como corresponsal para el medio televisivo. “Como refuerzo, envían primero a Sergio Lapegüe y luego a Julio Bazán. Familiares de los detenidos me cuentan que Bazán estaba armando una situación bastante complicada, haciéndole una nota a un jovencito que tenía un canguro puesto. Lo filmaban de espaldas y le hacían decir, en el segundo día de este motín que duró ocho, que adentro del penal había 18 muertos. Transmitir una mentira de semejante envergadura era fomentar una masacre, pero había que seguir agitando el monstruo. Tuve una gran discusión y decidí no enviar más informes. Cuando se entregó el penal confirmamos que había 8 muertos, lo cual no era un dato menor, pero ese desastre que hubiéramos fomentado al segundo día es no tener idea del conflicto, en el que había una jueza como rehén”.

 

Radio La Cantora

Desde la Universidad de Olmos el proyecto se fundó en 1993 con el objeto de entrar a los contextos de encierro pero de la mano de los detenidos, no del carcelero ni del gobierno. “Queríamos indagar dónde había quedado el aparato represivo del que tanto se hablaba. Lo encontramos rápidamente, por eso pegó un viraje el proyecto a raíz de que las personas privadas de la libertad se apropiaron de él y por eso perdura. Llevamos más de 20 años. Surgió con un levantamiento que se inició en la Unidad N° 4 de Bahía Blanca y se encadenó en toda la provincia con toma de muchos rehenes. Duró una semana y se levantó el día de Navidad, cuando los presos entregan las unidades con una negociación y la victoria de haber conseguido una sanción a las demoras de la justicia. Fue lo que conocemos como ‘el 2 x 1’, que luego fue derogado con la campaña que hace la ‘víctima héroe’, como los criminólogos le llamamos a Juan Carlos Blumberg”.

De regreso a Bahía Blanca, Azucena comenzó a trabajar en radios comunitarias. Un día, “llama una oyente y me dice que me quiere conocer, tomamos un café y me pide que la ayude en un taller que quería hacer con chicos en conflicto con la ley o con la vida. Allí comenzamos a relacionarnos con Liliana Becquer y juntas nos embarcamos en esta locura”.

Después de cada reclamo o levantamiento, los detenidos son sometidos a “traslados, palos y roturas de huesos”, describe Azucena y remarca que para las autoridades penitenciarias, “todo lo que sea crecimiento para las personas a nivel intelectual o adentro de los contextos de encierro es peligroso. A la educación le llaman `hacer política´. No obstante, aún en las épocas en que los militantes de La Cantora fueron impedidos de entrar a los penales, los propios detenidos se convirtieron en multiplicadores de los talleres y los hicieron en los buzones, en los baños, en las celdas, donde podían replicaban lo que habíamos hecho”.

El lema de “Radio La Cantora” es “agilizar los oídos y destrabar la lengua. Ya no es sólo una radio, es más amplio”.

“Hemos dirigido muchos proyectos de extensión universitaria con grupos interdisciplinarios, hicimos teatro, alfabetización jurídica, talleres de cine, murales y cooperativismo a partir de los proyectos de voluntariado universitario. Fuimos la única organización en tener un 0800 para recibir los llamados de los detenidos en momentos críticos”, precisa Azucena.

También aclara: “No tenemos relación con ningún gobierno, les exigimos que cumplan con la Constitución, con los tratados internacionales de Derechos Humanos, con la primera premisa que debemos tener todos nosotros que es el derecho a la vida de las personas”.

Abolicionista de la cultura represiva

Azucena es consciente del rechazo que genera, en un gran sector de la sociedad, el abolicionismo. De entrada, aclaró: “Aunque lo acusen de serlo, (Eugenio) Zaffaroni no es abolicionista”. Ella sí –aseveró–: “Soy abolicionista de la cultura represiva”. La cárcel nunca le permite a la persona “reelegir su vida. Realmente es el infierno, es un lugar donde vos entrás por primera vez porque te robaste una bicicleta y claramente vas a salir a matar, porque cualquiera de nosotros, con un mes en ese lugar de horror, por mejor persona que nos creamos, lo único que querés, cuando salís, es eliminar lo que se te pone enfrente”. En la cárcel “no hay ningún respeto a nada, empezando por la vida. Violan el derecho a la salud, a la educación, a la alimentación, es un gran coto de caza donde los cuerpos de las personas son la materia prima de una industria que produce millones y millones de pesos y una vez que ese cuerpo es desgastado, va al exterminio. En ningún caso se recicla, diría Zygmund Bauman”.

Azucena alerta que “la sociedad pide todo el tiempo más sangre, más pena, más cárcel, sin pensar que ese pedido va a impactar fuertemente en una futura duplicación de la violencia. La sociedad cree que el muro nos separa de ese infierno, cuando en realidad es el infierno de afuera que va hacia adentro, cuando en realidad es en el infierno de nosotros mismos”.

En esa línea, la fundadora de Radio La Cantora hace algunas apreciaciones sobre el difamado “garantismo”. “No es otra cosa que el respeto de la Constitución. Si no la respetás, entonces sos golpista. El ícono es Zaffaroni, lo acusan de lo peor de todo. Utilizan muletillas para comerle la cabeza a la gente, pero nunca se pusieron a discutir con los que estamos planteando que, para tener un mundo mejor, tenemos que trabajar sobre la cultura represiva”, dice.

La cultura represiva está en todos, analiza Azucena, incluso “en gente que defiende los Derechos Humanos”. Una muestra de esa contradicción es que “el ‘2 x 1’, que surgió tras una pelea de las personas privadas de la libertad por delitos comunes. Algunos jueces agarran esa ley de los pelos y hoy sí es viable. Esto no se analiza en los medios. Tampoco se le explica a la sociedad que el ‘2 x 1’ fue derogado por una compulsa que dio un señor de una clase social determinada que convenció a la sociedad de que había que endurecer las penas, porque le habían asesinado al hijo. Yo entiendo perfectamente su dolor, como entiendo el dolor de las Madres de Plaza de Mayo, y el de la mujer del barrio a la que le asesinan sus hijos diariamente”.

Estas reacciones obedecen a que “la justicia y el discurso social son selectivos. Blumberg consiguió que se derogue el 2 x 1 que parece que hoy le sirvió a los jueces mal nombrados de la Corte Suprema para beneficiar a represores, y sin embargo se les priva de ese derecho a las personas que están 6 u 8 años esperando un juicio. Cuando hablás en el colectivo o el almacén las señoras dicen cualquier disparate y yo las comprendo porque el único discurso que llega es el mediático”.

El abolicionismo es, para muchos, una especie de monstruo. Para Azucena, esto es porque se piensa que “se derrumba el muro y salen todos”. Pero también es una ironía el hecho de que “las cárceles están llenas de pibes pobres que si hubiesen tenido una buena escuela, una buena alimentación, alguien que los contenga estarían trabajando o estudiando”.

Una de las paradojas más grandes es que “le tenemos miedo a los pibes y no le tenemos miedo a quienes están entregando el país, destruyendo los hospitales y la educación”, puntualiza Azucena.

“En los ‘90 había gente que hasta que nos conoció nos agredía, porque decían que defendíamos a delincuentes. Yo les preguntaba ‘cómo le pueden tener miedo a un pibe del barrio que se robó una bicicleta y no le tienen miedo a Menem o al gatillo fácil’. Como sociedad nos debemos un gran debate en torno a la ‘inseguridad’”, señala Azucena y agrega: “Inseguridad es vivir al lado de un señor que lleva un uniforme y que a la noche se violó un pibe en la comisaría o en la cárcel, o que lo mató a palos y le rompió los huesos. Sin embargo vos vas a la escuela y ese señor está sentado al lado tuyo como papá de un nene y a ese no le tenemos miedo, porque está contenido por el propio Estado. ¿Qué hacemos con la violencia institucional, con el abuso en las instituciones, el abuso que sufren los niños o los abuelos que dejamos en un geriátrico?”.

Creo que tenemos una sociedad muy hipócrita, porque si vamos a hablar de violencia tenemos que empezar por nuestras propias violencias. La sociedad pone lo malo, lo sucio y lo feo en los chicos que están en las cárceles. Ellos son los malos, nosotros no, aunque le pegue a mi mujer o abuse de mi hijo. ¿Cuántos abusadores están sueltos y dentro de sus propias casas? La mayoría de los abusos sexuales a niños y adolescentes es de padres, padrastros, abuelos o tíos y esos están en sus casas y comen juntos los domingos. La sociedad tiene una grave distorsión cuando se horroriza de un violador que sí está preso, que son los menos. Obviamente es tremenda una violación seguida de muerte, pero habría que ver si es la cárcel donde tienen que estar, o si el Estado tendría que pensar en otro sitio, porque evidentemente si a una persona que viola, o viola y mata, la mandás a ese infierno, donde no hay ningún tipo de tratamiento, es peor”, analiza.

Para Azucena, “la sociedad no pide justicia, pide venganza. ¿Qué dice cuando un violador va a la cárcel? Lo que dice es: `ahora va a ver lo que es bueno´. O sea que espera que otro detenido, que capaz está preso porque robó, se convierta en violador. Eso es castigo, no es justicia. Es una aberración que está en nosotros. La persona que piensa eso tiene un alto grado de violencia”.  

 


Respuestas académicas

“Los abolicionistas tampoco tenemos las respuestas”, consigna Azucena. “Hay un gran debate que debe darse en esta sociedad y que tiene que ver con la violencia. Debemos erradicar de nuestros discursos la violencia que nos atraviesa a todos y debemos discutir fuertemente la cultura en la que estamos inmersos, que es una cultura represiva. No solamente porque se pida juicio y castigo a los culpables no estamos fomentando la cultura represiva, porque de hecho, la fomentamos en todo acto de la vida”.

La preocupación por la violencia inserta en la cultura y los discursos que la legitiman es lo que generó la creación de la Maestría en Comunicación y Criminología Mediática en la Facultad de Periodismo de la UNLP, de la que Azucena es secretaria académica.

Debemos formar profesionales que puedan interactuar en la sociedad en estos temas. Cuando pienso de dónde vengo y adónde voy, lo único que intento es hacer lo que hicieron conmigo. Mi padre siempre me dijo que el conocimiento libera y yo con el conocimiento me siento absolutamente liberada. Yo no tengo cadenas de ningún tipo, ni respondo a nada ni a nadie. El valor más preciado que tenemos es la vida. Tenemos una lucha con el poder y es duro el trabajo, pero cuando uno tiene una gran convicción nada se interpone”.

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