Edición Impresa|7 Junio, 2017

Editar sin patrón

La compilación, coordinada por Daniel Badenes de La Pulseada y publicada por la editorial platense Club Hem, reúne trabajos que recorren la historia y el presente de las publicaciones autogestionadas. Aquí, como adelanto exclusivo, fragmentos del capítulo que narra la formación de la Asociación de Revistas Culturales. Hoy 7 de junio se presenta a las 20 horas en La Plata en Malisia, diagonal 78 esquina 6.

Por Daniel Badenes 

Si bien es la más duradera y consolidada, la actual Asociación de Revistas Culturales Independientes de Argentina (ARECIA) no es la primera experiencia asociativa entre publicaciones autogestivas del ámbito cultural. Al menos durante los últimos 40 años hubo acercamientos, redes informales e incluso asociaciones que expresaron la necesidad de intervenir solidariamente frente a problemáticas comunes que definen a un “sector”.

En 1979 las revistas Poddema/Signo Ascendente, Ulises, Nova Arte, Ayesha y Cuadernos del Camino, entre otras, formaron una Asociación de Revistas Culturales Argentinas (ARCA), a través de la cual se manifestaron contra la censura, socializaron saberes sobre la edición y coordinaron para abaratar costos de impresión. Su fundación fue protagonizada por escritores jóvenes que empezaron juntándose en la Casona de Iván Grondona, un viejo actor de teatro y promotor de actividades culturales (…).

Beatriz Sarlo, de Punto de Vista, recuerda haber participado en esa época de dos reuniones –en las que entre otros estaban Horacio Tarcus y Enrique Zattara, de Ulises y Nova Arte-, una realizada en un local de una galería del Once y otra en el subsuelo de Iván Grondona. Esta última, según Tarcus, fue “la primera reunión de editores de revistas. Allí nos conocimos las caras, intercambiamos nuestras publicaciones, tiramos las primeras líneas de acción. Había dos generaciones, los conocidos y los absolutamente desconocidos, la generación de los que teníamos 18 o 20 años, los que fuimos contentos a la fiesta del 73 y nos encontramos con el terror de los años 74, 75 y 76, más los que siguieron… En fin, allí conocí a Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano: ellos me dieron Punto de Vista y yo Ulises, una modesta revista que hacía con un par de amigos. Estaba también Jorge Brega por Posta (del PCR), Bernardo Jobson (y quizás también Liliana Heker) por El Ornitorrinco, Hugo Salerno por La luna que se cortó con la botella, quizás alguien de Propuesta y otros que ahora no recuerdo. No sé quién convocó a esa reunión, ni cómo llegué a ella, pero sí que nos puso en contacto directo a los que editábamos revistas en los inicios de la dictadura. Recuerdo perfectamente la valentía de Beatriz de plantear allí mismo la situación de los ´desaparecidos´; ése fue el término exacto”.

Las siguientes reuniones fueron en la Librería Ixtlán, de Jorge Brandi (quien sostenía la editorial Rescate), hasta que pasaron a la filial de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). “ARCA duró poco, quizás un año, o poco más. Hicimos una serie de reuniones constitutivas, un programa básico de defensa de la libertad de expresión, exploramos formas de distribución colectiva, dictamos un taller de ´armado´ de originales, cuando este trabajo no lo hacía un programa de computadora sino que se realizaba a mano, cortando y pegando…”, evoca Tarcus. “Ofrecimos recitales de poesía y organizamos un evento con bandas de rock para recaudar fondos. Oche Califfa me dice que incluso hicimos un volante, reclamando la aparición con vida de Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, y que salimos una tarde de la SADE a repartirlo a los transeúntes que nos resultaron menos sospechosos (…)”.

Según un trabajo de Cecily Marcus, la Asociación llegó a agrupar 85 publicaciones iniciadas después del inicio de la dictadura. Aquel número surge, según explica Tarcus, de las adhesiones recibidas: “Recuerdo que pusimos una casilla de correo para enviar adhesiones, y llegaron decenas de revistas y de cartas de diversas provincias, sobre todo de provincia de Buenos Aires. Seguramente fueron esas ´adhesiones´ las que hicieron que el número de revistas asociadas llegara a 85. Pero en las actividades cotidianas participábamos efectivamente unas 10 o 12. Las grandes (Punto de Vista, Ornitorrinco) se interesaron poco, sostuvimos las medianas (Posta, Ulises) y apoyaron las ´under´, que eran el enlace con el mundo del rock más plebeyo (…)”.

Un tiempo después existió otro nucleamiento, llamado Agrupación de Revistas Alternativas (ARA), donde participaron Kosmos, Todos Juntos y Quijote. Jorge Warley (ex integrante de Kosmos) evoca que durante la dictadura “se había producido una suerte de ´frente de hecho´ entre diversas revistas culturales. Las muertes, las desapariciones, la censura, la política represiva en su conjunto, obligaron a postergar discusiones; se entablaron lazos de amistad entre líneas ideológicas muy distintas”. Según una entrevista de Evangelina Margiolakis a Julio Canessa (otro miembro de Kosmos), cuando Viola reemplazó a Videla en marzo de 1981 y se propuso cierto “acercamiento” de sectores civiles para ganar legitimidad, hizo una convocatoria a jóvenes editores de revistas a través de una carta, a la que esta ARA decidió no contestar para expresar su rechazo al gobierno.

Hacia 1986, hubo un nuevo intento de nuclear publicaciones en un “1er. Encuentro de Revistas Culturales”, del que participaron El Ornitorrinco, Mascaró, Cuadernos de Cultura, La Bizca, Praxis, Contraprensa, Crisis, El Molino de Pimienta, El Despertador y Pie de Página. Llegaron a acordar una declaración con posiciones de izquierda sobre política nacional e internacional, economía y cuestiones culturales. Algunos de los integrantes de esas revistas ya habían sido parte de ARCA y ARA (…).

A fines de los ‘80, el editor de Diario de Poesía Daniel Samoilovich intentó motorizar un nuevo espacio de articulación, emulando la exitosa experiencia de la Asociación de Revistas Culturales Españolas (ARCE), creada en 1983 (…). Tras una lenta maduración, recién a fines de los ´90 se presentaba en sociedad la Asociación de Revistas Culturales, con la adhesión de Cultura, Diario de Poesía, Punto de Vista, El Amante y Todo es Historia, entre otras, y calculaban más de cien potenciales afiliadas. Estaba presidida por Samiolovich y secundada por Patricio Lóizaga, de Cultura. Se proponían lograr, entre otros objetivos, la compra estatal de ejemplares para bibliotecas públicas, tema que volvería a estar presente más tarde.

Julia Pomiés, editora de Kiné desde 1992, recuerda los agrupamientos ensayados en esta etapa como experiencias efímeras, que no llegaron a formar un colectivo real: “Hace tiempo hubo un par de intentos. Se estropearon mucho…, brotaron, se trató un poco de armar algo y siempre se fue al bombo. Pasa con la gente de la comunicación, o por lo menos de la prensa, que hay una cuestión de egos difíciles de armonizar. Éramos complicados también para armar un sindicato de periodistas, muy bravos (…)”.

2001, la pelea económica

Sin que haya referencias a una asociación formal, un accionar “gremial” de los editores de revistas culturales se registró en 2001, 10 años antes de la fundación formal de ARECIA, en una batalla que suele ser narrada como antecedente directo. Era el segundo y último año del gobierno de Fernando de la Rúa y ya había pasado el decreto que desreguló la venta de diarios y revistas. Ahora, la nueva discusión era por el régimen del IVA. En distintos países del mundo, las publicaciones están exceptuadas de ese impuesto. También era así en Argentina hasta fines de los ´90, cuando el gobierno propuso generalizar la alícuota. Al mismo tiempo que tomó esa decisión, dictó el decreto 1387/01, que permitía a las empresas de cualquier sector computar sus “aportes patronales” como “crédito fiscal” en el régimen del IVA. Una trampa perfecta: mientras los medios empresariales más grandes seguían sin pagar IVA, sobre las publicaciones independientes -con formas organizativas que no requieren aportes patronales- recaía un nuevo impuesto.

Varios editores se organizaron para reclamar y asistieron juntos a una reunión en el Ministerio de Economía, con el secretario de Finanzas Públicas. Cuenta Gustavo Noriega, entonces director de El Amante: “El 2001 un grupo de revistas culturales que incluían a El Amante, Punto de Vista y Diario de Poesía realizó una gestión con el objeto de pedir que se exceptuara del IVA a ese tipo de publicaciones. (El secretario de Cultura, Darío) Lopérfido nos apoyaba pero nos mandó al Ministerio de Economía, en ese momento encabezado por Domingo Cavallo. Tengo dos imágenes. Una era en el despacho de Lopérfido, mirando a un amplio ventanal que daba a la Plaza de Mayo mientras pensaba: ´Espero que no estemos acá adentro cuando vengan a colgarlos de esos faroles´. Muy poco después, yo estaba en esa misma Plaza, desafiando el Estado de Sitio, corrido por los gases, la noche anterior a los 31 muertos. La otra reunión fue en el Ministerio de Economía con gente de Cavallo, a quienes les presentamos el proyecto de desgravación. Fuimos con Claudia Acuña y Beatriz Sarlo, entre otros. El ambiente era extraordinariamente áspero hasta que Claudia le dijo a uno de los petimetres que nos atendía: ‘¿Saben qué pasa? Dentro de unos meses nosotros vamos a estar con nuestras revistas y ustedes van a haber pasado de largo’. El mandamás se levantó y se fue. El proyecto nunca avanzó, obviamente”.

Los recuerdos sobre aquellos días son difusos. Sarlo asegura que no participó de ninguna reunión en el Ministerio de Economía, sino de la que hubo en Casa de Gobierno con Lopérfido (…) En esa reunión preliminar se habló de “un posible subsidio para revistas culturales, que no prosperó” y del tema del IVA.

Claudia Acuña, que apenas unos días después fundaría Lavaca, recuerda ese momento como un empate: “En el borde del precipicio, las revistas comerciales presionaron a un gobierno débil para obtener una ventaja más: querían que las revistas pagaran IVA. Parece un despropósito, en un país en donde todas las corporaciones evaden impuestos, pero la maniobra es un ejemplo de alta y asquerosa codicia: querían IVA porque como esas corporaciones tienen varios negocios, se les acumulaba un débito fiscal que no podían acreditar, pero a la vez exigieron que ese débito fiscal se les descontara de los aportes sociales que debían pagar por sus empleados. Querían vaciar, con una misma maniobra, las arcas de la AFIP y de las cajas jubilatorias. Para nosotros, el IVA representaba no solo una carga adicional del 21% para nuestras publicaciones, sino también la exigencia de una estructura administrativa que ninguno de estos medios tiene, como por ejemplo, que un contador elabore todos los meses y en 10 días la liquidación impositiva (…) Logramos un empate: el IVA para las revistas se pautó en 10,5%”.

Aquella reunión fue un hito y el tema del IVA quedó en la agenda para los editores independientes. Años más tarde, cuando los gestores de revistas culturales volvían a reunirse para formar una red, el tema impositivo aparecía entre las principales demandas. Y en junio de 2014, cuando la presidenta Cristina Fernández impulsó una reducción de la alícuota, ARECIA estuvo presente en el anuncio de Casa Rosada y acompañó el debate en la comisión parlamentaria.

Otra de las demandas que aglutinó a los editores -que ya estaba entre las inquietudes del grupo reunido por Samiolovich- fue la compra estatal de ejemplares. El pedido recuperaba una política que supo tener la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) y quedó trunca. Esta empezó tímidamente durante el gobierno de Menem, cuando El Amante buscó ayuda pública para sostener la revista cinéfila. Según el relato de Noriega, recurrieron al Instituto del Cine (INCAA), que los derivó a la Secretaría de Cultura. Con José Luis Castiñeira de Dios acordaron la compra de 500 colecciones encuadernadas por año (…) Desde 1994, cuando Castiñeira dejó su cargo, debieron reunirse con cada secretario para sostener la iniciativa. Todos la mantuvieron, aunque en tiempos de ajuste, se redujo la cantidad de ejemplares. La novedad la introdujo el cambio de Gobierno: “La llegada de la Alianza -cuenta Noriega- puso en el cargo al único secretario al que conocíamos de antes por su gestión en la Ciudad de Buenos Aires junto al intendente De la Rúa, y que conocía la revista desde siempre: Darío Lopérfido. Su gestión innovó de una manera democratizadora aunque no necesariamente beneficiosa para El Amante. Lo que hizo fue un concurso abierto a todas las revistas culturales de producción independiente para luego, a las ganadoras, incorporarlas al sistema de compras de Bibliotecas Populares. Estuvimos entre las primeras pero ya compartiendo las ventas con otras tantas publicaciones” (…)

A su modo, la nueva política definió un sector más allá de una revista puntual. Pero fue bastante efímera: se interrumpió con la caída del gobierno en diciembre de 2001, en aquellos días de movilización social que marcan el nacimiento, precisamente, de muchas revistas autogestivas. Durante el interinato del senador Duhalde, en plena crisis, nadie reclamó la continuidad de las compras. Luego, en el gobierno de Kirchner, retornaron las gestiones, pero la CONABIP y la Secretaría de Cultura fueron reacias a retomar la iniciativa. De allí que el tema estuviera en agenda a fines de la década, cuando las revistas empezaron a reunirse otra vez. Mu con Acuña como editora-, El Amante, Diario de Poesía y Haciendo Cine fueron cuatro de las fundadoras de la Asociación de Revistas Culturales Independientes creada en 2011 para “coordinar esfuerzos, sincronizar fuerzas y unir exigencias” (…)

El nacimiento de ARECIA

Tras la interrupción de la compra de ejemplares en 2001, las revistas culturales no volvieron a tener una interlocución seria con la política pública por casi 10 años. Recién en 2010, con la gestión de Rodolfo Hamawi -ex editor de la segunda época de El Porteño– como Director de Industrias Culturales de la Secretaría de Cultura de la Nación, hubo varias iniciativas que generaron el impulso que dio lugar a la creación de la actual ARECIA.

Esa Dirección estableció una suerte de Programa de Revistas Culturales que encaró varias acciones. Por un lado, lanzó el Concurso Nacional “Abelardo Castillo” para nuevas revistas culturales, que con premios de 20.000 pesos buscó financiar la publicación de los primeros cuatro números de los diez proyectos ganadores. Para la evaluación convocaron a Daniel Samoilovich (Diario de Poesía), Jorge Boccanera (Nómada), Alejandro Kaufman (Pensamiento de los Confines) y Luis Bruschtein (Lezama). El concurso tuvo sólo una edición: fue debut y despedida. Varias de las revistas surgidas de ese certamen conformaron ARECIA; algunas de forma muy activa, como NAN, que ha integrado las últimas cuatro comisiones directivas.

Por otra parte, inició un Registro Nacional de Revistas Culturales, que hasta 2015 estuvo disponible en el sitio www.revistas.cultura.gov.ar, del que hoy no quedan rastros. Llegó a relevar más de 320 revistas en todo el país.

Finalmente, incluyó una línea de formación. En la primera mitad de los ‘90, Hamawi había tenido una distribuidora de revistas y fue representante en Argentina de la emblemática Asociación de Revistas Culturales de España. Fue esa experiencia, que llevaba entonces 27 años, la contratada para una capacitación a la que asistieron revistas como Mu, Barcelona y THC (…) Aquel encuentro fue el puntapié inicial para la formación de la Asociación de Revistas Culturales Independientes. ARECIA quedó constituida a mediados de 2011 como una asociación sin fines de lucro que nuclea editores de revistas independientes.

“Todos los periodistas que hacemos estas revistas somos profesionales. Todos también estamos muy orgullosos de nuestras publicaciones y podemos afirmar que sus contenidos son producto de nuestras convicciones. No sé cuántos periodistas pueden decir lo mismo. Tenemos que estar orgullosos además de haber construido estas condiciones de plena libertad en forma autogestiva. Sin embargo, en el imaginario de muchos, esto es solo un plan B. Es decir, la opción que queda porque no hay lugar para escribir libremente en la prensa comercial. Y no es así: estos son espacios de resistencia cultural (…) Con esas palabras, Acuña planteaba en 2011, como presidenta de la Asociación que acababa de fundarse, la necesidad de “debatir la identidad del sector”.

“Sector” es una palabra clave que emergió estos años. Uno de los grandes logros de ARECIA ha sido conceptualizar o visibilizar a las revistas culturales bajo ese término. En ese sentido, además de su acción gremial o política en distintas negociaciones, se destaca la propia producción de información -a través de los censos e informes- que permite caracterizar al sector como, hasta ahora, prácticamente no había hecho ningún ámbito académico.

Otro aporte clave fue la capacitación. En 2012, por ejemplo, se realizaron cinco encuentros de formación sobre “edición cultural autogestiva”, que recuperaron saberes forjados desde distintas experiencias. Desde entonces, la realización de talleres y charlas de actualización estuvo presente en cada uno de los cinco foros anuales organizados por ARECIA desde 2012, a los que asisten editores autogestivos de todo el país (…)

El federalismo también hace a la identidad del sector, al mismo tiempo que se vuelve foco de tensión, dada la preeminencia que tiene la Ciudad de Buenos Aires como eje organizativo. Desde el principio, la Asociación tuvo miembros de todo el país y en algún informe se jactó de que la mitad eran del (mal llamado) interior. En la presentación inicial, en 2011, el único ausente era González, editor de Ají (Ushuaia), quien quedó designado como encargado de la comunic ación: “Quisimos que en el culo del mundo esté nuestro responsable de comunicación -justificó Acuña-. Si logramos que él se entere de todo lo que hacemos y que participe de todas las decisiones es porque logramos hacer que la información no quede atrapada por el egocentrismo porteño”. Con el tiempo, ARECIA ensayó distintas alternativas de organización, que incluyeron la formación de nodos regionales para que sostuvieran sus propias iniciativas; pero las tensiones por la centralidad de Buenos Aires nunca terminaron de saldarse.

Otra cuestión significativa tiene que ver con las articulaciones con otras organizaciones. Los álgidos debates que se dieron frente a la formación del Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SIPREBA), gremio que resultó incapaz de incluir con pleno derecho a los trabajadores sin patrón, revelan una convicción en torno a la idea de “autogestión”, que no estaba presente en los intentos asociativos anteriores.

Convocados por el Colectivo de los Trabajadores de Prensa -una de las agrupaciones que impulsó la creación del nuevo gremio-, integrantes de revistas culturales participaron de varias de las primeras reuniones. En abril de 2015, ARECIA firmó junto a otros colectivos un “Manifiesto ante la conformación de un nuevo Sindicato de Prensa”: “(…) Somos trabajadoras y trabajadores de prensa a pesar de no erigir nuestra labor en estructuras verticales que requieren de patrones. No somos una simple opción al mercado concentrado ni somos una salida fácil al sistema expulsivo de los medios comerciales. Somos miles de trabajadores de prensa en todo el país que elegimos organizarnos en cooperativas o colectivos porque no aceptamos la verticalidad o la voz del patrón ni toda la estructura burocrática de los medios que cada vez recortan más las posibilidades de crecer como periodista. Apostamos a una comunicación que se rija por preceptos distintos a los que regulan a los medios comerciales, pero no por eso dejamos de poner nuestra fuerza de trabajo para echar a andar un medio. (…) Un sindicato nuevo no puede nacer mirando las estructuras comunicacionales del pasado (…)”. Finalmente, tras arduas discusiones, el SIPREBA rechazó la afiliación de los trabajadores autogestivos como socios plenos: sólo se ofreció la participación en una categoría de adherentes, equivalente a la que utiliza para los jubilados.

Una afinidad “natural” que sí se generó fue con el amplio movimiento integrado por las radios, televisoras y productoras comunitarias y cooperativas, aunque la agenda de trabajo de éstas, centrada en la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, hizo que no hubiera demasiadas actividades en conjunto, salvo mesas compartidas en jornadas o charlas sobre comunicación popular. En diciembre de 2015, frente a las embestidas por decreto del gobierno recién asumido de Mauricio Macri, se formó un espacio de articulación -INTERREDES que nucleó a las distintas entidades: allí, ARECIA coincidió con el Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCO), la filial argentina de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC), la Red Nacional de Medios Alternativos (RNMA), la Red PAC, la Red Colmena y una incipiente coordinadora de canales alternativos, hoy llamada CONTA (…)

Por esos mismos días, los editores asociados se acercaron a la Coalición por una Comunicación Democrática, espacio multisectorial nacido en 2004 en la lucha contra el decreto de radiodifusión de la dictadura, que a través de un consenso de 21 puntos básicos sentó las bases de la ley audiovisual aprobada en 2009. Con los decretos de Macri la Coalición tuvo un reimpulso y volvió a reunir a múltiples actores sindicales, universitarios, de medios pyme y cooperativos, organizaciones de derechos humanos, entre otros. Se propuso la escritura de nuevos “21 puntos por el derecho a la comunicación” que se aprobaron en un Congreso Nacional realizado el 2 de marzo de 2016. A diferencia de los primeros, los nuevos 21 puntos también incluyeron demandas del sector gráfico, en buena medida producto de la participación activa de los representantes de ARECIA. El documento amplía el horizonte comunicacional y destaca: “La comunicación es un derecho humano que incluye todos los soportes y plataformas”. Luego reconoce: No alcanza con reglas de defensa de la competencia: la comunicación es un bien social -no privativa de empresas, medios o periodistas- y debe garantizarse una distribución adecuada de facilidades, recursos e infraestructura esenciales (frecuencias radioeléctricas, papel y otros insumos básicos, mecanismos de distribución de las publicaciones impresas y contenidos, acceso a redes (…)” El cuarto punto, que alude a las políticas públicas dirigidas a la sostenibilidad de las organizaciones de la comunicación, refiere a “la aplicación de asignaciones como las previstas por el Fondo de Servicio Universal y el Fondo de Fomento Concursable (FOMECA) y políticas de fomento a la industria gráfica de revistas culturales”. De esta manera, la organización multisectorial incorporaba una propuesta que ARECIA maduró durante varios años de debate sobre el rol del Estado.

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