Nuevo Dique: “Este es el instituto que más putean en el sistema”

Fue el temible Aráoz Alfaro. Ahora lleva otro nombre y es uno de los centros cerrados que tiene la provincia para alojar a menores condenados o acusados de haber cometido algún delito. Queda en Abasto y lo pueblan chicos que nacieron en los ’90 en familias pobres del Conurbano. Hoy se arrepienten de “las que nos mandamos cuando éramos guachos”, estudian, producen, ahorran, extrañan, opinan, critican a los noticieros y tejen futuros de trabajo, familia y amor. El antes y el después del Patronato. El antes y el después del encierro.

Por Daniel Badenes, Josefina López Mac Kenzie y Carlos Sahade

El Nuevo Dique está a unos 15 kilómetros del casco urbano, ahí donde los fundadores de La Plata ubicaron todo lo que se salía de la norma: los locos, los delincuentes y los chicos que tutelaba el viejo Patronato. El camino demuestra que la ciudad creció y desbordó sus límites, pero igual el instituto está lejos, allá donde la avenida 520 se junta con la autovía 2. Hay que dejar atrás el hospital neuropsiquiátrico y las cárceles, varias quintas de productores hortícolas y un frigorífico para llegar al predio que Nuevo Dique comparte con otros tres institutos de menores con distintos regímenes. Todos fueron creados bajo el imperio de la vieja “ley Agote” y ahora deben adaptarse a un nuevo paradigma, que reconoce a los chicos como sujetos de derechos. Esto implica decisiones políticas –que no siempre están−, emprender un gran cambio cultural –que cuesta− y superar la presión de quienes piensan que los pibes son asesinos a los que hay que encerrar de por vida o matar, sin más.

En el instituto de régimen cerrado Nuevo Dique, que recibe a jóvenes en conflicto con la ley penal, el pasado tiene nombre: Aráoz Alfaro. Así se llamaba hasta 2007, cuando solía ser noticia por fugas y motines.

Antes era más estricto, tenía menos cosas, menos beneficios, estabas más encerrado –dice Maxi, que conoció las dos épocas. Tiene 21 y está privado de la libertad desde los 16−. Era otro nombre, otra gente. Todo distinto… Cambió bastante… Cambió un cien por ciento, casi: ahora tenés beneficios, tenés pileta, tenés patio, podés andar con la ropa personal.

-¿Antes cómo andabas?

-Con ropa de instituto.

 

Huellas del infierno

En la 520 al fondo, detrás del paredón inmenso que rodea a las construcciones enrejadas y deterioradas por el paso de varias décadas, el apellido del médico que desde fines del siglo XIX se dedicó a la niñez y a la lucha contra la tuberculosis es la forma de nombrar la represión. Más de uno vivió el Áraoz. Chicos y adultos.

Hace 8 años me nombraron asistente de minoridad y decidí trabajar acá porque me gustaba el desafío. Vine cuando esto era el Aráoz Alfaro. Me dieron un ‘pique’ y me dijeron: ‘Hoy vas a hacer la pasantía’. Entré por esa puerta…–dice Alejandro del Muro, coordinador del Centro Cerrado Nuevo Dique, mientras apunta a los pabellones donde los pibes comen y duermen. Y evoca dos imágenes clarísimas–. Los chicos no se podían mirar a la cara. No podían estar vestidos. Había seis pibes comiendo y estaban todos los asistentes alrededor, por si alguno se peleaba. Ése fue el primer cuadro. El segundo: un pibe se tira de la mesa y le pega a otro. Yo me tiro arriba, lo reduzco, lo pongo en el suelo y digo: ‘Bueno, llévense al otro’… En esa guardia había veinte tipos y los veinte tipos le pegaron al pibe por pelearse; vinieron el coordinador y el jefe de guardia y le pegaron al pibe por pelearse; vinieron el director y el subdirector y le pegaron al pibe por pelearse… Pasaron cuatro guardias y las cuatro guardias le pegaron al pibe por pelearse. Ése fue el primer día de trabajo que tuve. Eso pasaba todos los días en instituciones de encierro. Todos los días humo, fuego. El pibe estaba encerrado en la pieza y entonces cuando abrías la puerta salía un monstruo… Esto era muy heavy, y no se aguantaba: de cien personas que entraban a trabajar en Menores, cincuenta tenían carpeta psiquiátrica. ¿Sabés lo que era venir a trabajar acá y pensar todo el día que el pibe te iba a lastimar porque no podía esto, no podía aquello…? El maltrato era a todos. Los pibes no tenían nada y había una metodología de laburo atroz que nunca me gustó. Yo fui uno de los que dijeron ‘no’ y estuve nueve años peleado con todo el sistema, hasta que la gestión escuchó que se puede trabajar diferente.

Para mí se debería seguir llamando Aráoz Alfaro, porque cambiar un nombre no hace a la esencia del cambio –acota Oscar Tacchi, el director del Centro, al que los chicos apodaron “Corona” por la barba, similar a la del humorista. Trabaja allí desde 2005 y está a cargo del instituto hace dos años y medio−. Todos dicen ‘el ex Aráoz Alfaro’ y lo asocian con el terror y los motines, y esto está funcionando hace tres años con un nivel de paz y de tranquilidad… El cambio es la gente. No tienen nada que ver las estructuras y el nombre.

 

Amasar el cambio

Muchas estructuras, de hecho, están intactas. El Nuevo Dique exhibe la transición del viejo sistema, que resolvía todo con encierro −incluida la situación de chicos sin problemas penales−, al régimen generado tras una larga lucha de organizaciones sociales preocupadas por los derechos de la niñez. Una transición no exenta de problemas. Al interior de los pabellones, irremediablemente reinan la penumbra, el color pálido de una cárcel, el aire espeso, el olor de la cárcel, las formas y dimensiones de la cárcel, las cámaras de seguridad y los carteles con prohibiciones. Pero los salones de talleres, los jardines, la canchita de fútbol, la biblioteca, la carpintería y la pileta, se percibe, son espacios donde se ensaya un cambio. Tienen colores, tienen aire. Prometen otra historia. Es ahí donde los chicos hablan del después.

La Pulseada llega al instituto ubicado en Abasto atraída por su flamante fábrica de pastas, que dona parte de su producción al comedor Chispita del Hogar de Cajade. Allí conoce a Maxi, Emiliano, Leonardo, Lucas, Juan y más jóvenes de los 40 alojados en el centro cerrado, que reciben con besos y estrujan con buenos abrazos. Durante el año, además de estudiar aprenden el oficio y lo practican allí donde reluce una valiosa máquina que alguien donó y estuvo abandonada cinco años, hasta que la pusieron a producir oportunidades.

De pie al lado de la máquina, uno de los chicos señala el circuito productivo y explica una receta que empieza con “7,5kg de harina de semolina, que ponés acá, y 4 litros de agua…”, y termina con los fideos embolsados. Siempre los acompaña una persona que les enseña el oficio, pero se organizan solos para trabajar. Algunos hacen los fideos a la mañana y otros a la tarde. “Ya sabemos cuándo le toca a cuál”, explica. Y después, facturas hacemos en variedades −agrega otro− para la merienda” y para las visitas familiares que reciben los fines de semana en el patio. Hacen medialunas de grasa y dulces, pepas, bizcochitos, pastafrola. ¡Una banda de cosas!”, resumen.

Frente a la máquina, por encima de una pila de bolsas de harina, un friso de fotos muestra el antes de la panadería (“cuando había otra, que era más humilde y se laburaba pero menos; hacíamos facturas, antes de que saliera el tema de los fideos”) y el después. Ellos mismos reacondicionaron el lugar, lo pintaron y pusieron manos a la obra, cuentan, mientras algunos se buscan en las fotos. Se inauguró el año pasado.

−¿Cómo es tu día acá? –pregunta La Pulseada a Lucas que este año termina el secundario.

Me levanto, desayuno, me quedo ahí y si me toca patio a las 12 salgo de 12 a 3, o sino de 3 a 6 salgo y después los días de actividades salgo a las 8, vengo a la panadería: si hay que hacer fideos los hacemos y si hay que hacer facturas siempre hacemos. Hasta las 12. Después me voy adentro, me baño, como y me vengo para la escuela, de 1 a 5 y media. Después me voy para adentro, si tengo alguna tarea para hacer la hago, un poco de tele, escucho un poco de música, la comida, me baño y a dormir… Y mañana otro día.

Los directivos del instituto remarcan la importancia de trabajar fuera de los pabellones el mayor tiempo posible, por eso el “área socioeducativa” es la perla de la visita. A veces el afuera es literalmente afuera: con algunos chicos han ido al cine, al Teatro Argentino, al Observatorio o a la Feria del Libro Independiente. Hacerlo no es fácil, porque cada salida requiere la autorización del juez que ordenó el encierro de cada uno. El año pasado hicieron con el artista Ricardo Cohen el mural que está en la puerta de la Subsecretaría de Niñez y Adolescencia (116, entre 70 y 71 de La Plata). “Primero vino Rocambole acá, se juntó con los chicos, tiraron la idea y después estuvimos un mes llevándolos a la puerta de la Subsecretaría a pintar el trabajo… doce chicos, durante un mes”, cuenta Tacchi.

Y algunas salidas están vinculadas a la fideera: el director del Nuevo Dique no olvida la emoción de los chicos cuando fueron a cobrar su primer salario, financiado por el Plan Argentina Trabaja. “Con la fábrica de pastas estuvimos peleando para que alguien nos diera bola y poder arreglarla…Una máquina que no sabemos quién donó y que no sabíamos para qué servía, y resulta que teníamos una máquina de última generación que vale 40 o 50 mil euros y fabrica 60 kilos de pasta por hora. Ya tenemos la habilitación del Ministerio de Salud; falta habilitar el producto y dar una vueltita de tuerca al tema de la comercialización porque somos parte del Estado y hay que buscarle la figura legal. La vamos a montar como una empresa y los chicos que están acá van a trabajar y van a tener su remuneración, porque también de eso se trata. Queremos transformar los viejos talleres en emprendimientos productivos”. También están dándole forma a la idea de que, una vez en libertad, los chicos sean corredores del producto en comercios de sus barrios.

“Nuestro trabajo empieza cuando salen”, sintetiza Del Muro para ilustrar cómo el acento está puesto en ayudarlos a conseguir trabajo y vivienda una vez libres. Y cuenta que él sigue teniendo relación con pibes que ya no están en el Centro. “Cuando esto empezó a cambiar, mucha gente estuvo muy en desacuerdo y nos pegaron indirectamente de todos lados: nos quisieron voltear políticamente, gremialmente… Teníamos gremios que no acordaban porque decían que no era la metodología de trabajo… Claro, en esto también hay política: está el que quiere trabajar de esta manera y el que va al sindicato diciendo que ‘los pibes salen, tienen esto y lo otro, y es peligroso porque el chico está en cocina…´. Desde que tenemos los pibes en cocina nunca hubo ningún problema. Los chicos cocinan, aprenden; arreglamos con la empresa de catering que les da trabajo cuando egresan… Es otra metodología de laburo a la que apostamos. Fuimos unos pocos. Hoy somos muchos y esto se puede. Antes, de cien pibes que salían cien salían de la misma manera. Esto era así y te lo dice la estadística. Hoy de nuestro Centro, de los últimos 50 egresos tenemos 45 trabajando”.

Buena parte de las veces, la reinserción es en La Plata. Eso implica un desarraigo porque, aunque varios institutos del sistema están en La Plata, la mayoría de sus plazas están ocupadas por pibes del Conurbano: Morón, Lomas de Zamora, Mercedes, Moreno… Muchos están por robo y robaron porque su familia no tenía trabajo y faltaba para comer. Dicen que ni el Estado y ni la sociedad les dieron una mano que los salvara de caer en el encierro. Tienen hermanos que están o estuvieron en el circuito de los institutos de menores y las cárceles. Conocen esa cultura tanto como la de la pobreza.

-¿Cómo ves desde acá a la sociedad, las cosas que ocurren? –Lucas lleva encima dos años y medio de privación de la libertad; visera blanca puesta al revés, escucha y mira hacia abajo o al costado, casi nunca a los ojos, cuando contesta.

Mal, porque hoy en día hay pibitos que salen, te roban una bicicleta y cuando se están por ir te matan. Para mí no es culpa de los pibes. Para mí es culpa de la sociedad.

-¿Por qué?

Porque no les dan nada, no le dan ni una condición; no le dan nada y los padres también.

-¿Los padres son culpables?

-Algunos sí porque no les dan una contención, no les enseñan y hay a veces que le dan contención, le dan todo y es igual: van, caen en cana y cuando caen en cana lo dejan encerrado y cuando sale va y roba de vuelta. Y ahí hay una necesidad porque no lo saben contener. Para mí de acá adentro hay que salir con otra mentalidad… Yo no le presto mucha atención pero está mal lo que hablan de los menores. Está mal. No está bien lo que están haciendo pero tampoco está bien que bajen la imputabilidad de los menores.

-¿Por qué te parece mal?

Porque cada vez la van a bajar más y con eso no se arregla nada.

-¿Y cómo se arreglan las cosas?

Poniendo más escuelas, dándoles más atención… Cuando salen los pibes acá que tengan un laburo en blanco y que si te enfermás que tengas quién te atienda. Vos saliendo con un laburo, ya está. Si vos querés cambiar vas a agarrar el laburo, pero siempre tenés que tener un laburo…Un laburo y fue, cambió. −Hoy Lucas cobra un sueldo por la fideera y lo comparte con su mamá, que cría sola a sus siete hermanos y que todos los sábados viaja cuatro horas de ida y cuatro de vuelta para irlo a visitar.

Todos dicen que los pibes roban por la droga pero no es así. Los pibes van a robar porque quieren plata. Yo no le voy a echar la culpa a la droga –agrega Emiliano, que está en institutos hace tres años y había oído sobre La Pulseada a través de un maestro que tuvo en el Almafuerte.

 

La tele

¿Ustedes trabajan así todo de menores y delito? –pregunta Juan. Tiene 18 años y una sonrisa tímida hermosa. Está encerrado hace casi dos años, condenado por robo. De chico salía a pedir porque en su casa no había para comer.

A veces tocamos este tema y otras no. ¿Ustedes charlan de todo lo que se está hablando ahora sobre la edad de imputabilidad?

Sí, sí, vemos mucho noticiero.

¿Qué sentís cuando dicen que los chicos tienen la culpa de todo?

Yo pienso que es porque nadie les da una mano. Porque nadie sabe por qué lo hizo. Nadie fue y le dijo a ver si necesitaba un plato de comida, nada. Lo atrapan porque hizo eso, mató o robó. Pero para mí no es así.

¿Y cómo es?

-Y, no sé… para mí tiene que haber ayuda en la calle. Acá te ayudan. Tenés asistentes sociales, psicólogos, todo. Pero afuera no. Me las tengo que rebuscar. Yo pienso que hay que prestarles más atención y ayudarlos.

¿Pero, por ejemplo, vos en qué momento sentís que no te dieron una mano o no te dieron la oportunidad?

-Y, cuando yo vivía y mi familia no tenía para comer; todo eso. Tenía que andar pidiendo y a mí no me gustaba… encima yo iba a pedir y nadie te quería dar nada.

¿Con quién vivías?

-Mamá, papá, hermanos.

¿Y no tenían laburo?

-Tenía pero no alcanzaba… no ganaba nada. Trabajaba en la Municipalidad mi papá. Lo mandaban, hacía de todo. Pero ganaba 1.200 pesos.

¿Y ustedes cuántos eran?

-Ocho. Pero fue decisión mía salir a pedir. A mí nadie me mandó. Yo veía lo que pasaba…−Juan es uno de los más chicos. Varios de sus hermanos peregrinaron por otros institutos porteños, como el Rocca o el Belgrano. Vivieron “todo eso −resume, y destaca−: después salieron, se casaron”.

Cuando ven en la tele cosas sobre menores, ¿se ponen a discutir?

Yo no le paso mucha importancia a la tele, porque los noticieros siempre hablan mal y en cambio nunca les dijeron si les faltaba algo, o por qué motivo lo hizo, cómo llegó a eso. Lo único que muestra la tele es que robó y es el peor de la sociedad. Muestran las cosas malas pero las cosas buenas no.

A Leonardo sí le importan los medios. Está enojado con Telefé y es lo primero que le cuenta a La Pulseada:

Acá vinieron a hacernos una nota… Decían que iban a mostrar a la gente de afuera lo que nosotros hacemos adentro del instituto. Después de pasar la nota, el periodista dice: ‘A pesar de que son asesinos y los hechos aberrantes que hacen, salen todas estas cosas buenas’. Eso me molestó. Que nos trató de asesinos. No nos ven como chicos que tuvimos un problema cuando éramos jóvenes y ahora que somos adultos queremos cambiar eso. No nos ven así. A pesar de lo que hagamos, el chabón nos ve como unos asesinos. ¿Entendés?

-Mucha gente dice eso, que tienen que estar presos…

-Sí… No se fijan en que cada chico… Los padres no les pueden llegar a dar un futuro y después cuando se hacen como son se encargan de encerrarlos y tirar la llave. Eso me molesta una banda a mí, porque yo fui chico y mis padres no me pudieron dar un futuro. Si no, no estaría acá adentro… Yo creo que el país está como está por esa gente que dice que no tenemos derechos, con la delincuencia, con los chicos que no tienen para comer y tienen que salir a robar. Por esa gente, que te juzga sin saber cuál es el problema que tenés o el pasado que tuviste. Yo cuando era chico veía que mi mamá y mi papá no tenían trabajo, y a veces no tenía para comer en mi casa, y me daba cuenta. Fui creciendo y me fui dando cuenta que nadie vino a golpearle la puerta a mi mamá para preguntarle si tenía para darnos de comer a nosotros que éramos siete hermanos y que mis hermanos más grandes no iban a la escuela porque no tenían plata para comprarle los útiles. Ahora que soy grande me doy cuenta de eso. Después cuando vos estás encerrado te ponen un asistente social que quiere tratar de arreglar todo lo que tendrían que haber arreglado antes.

 

Antes y después

-¿En Campana qué hacías, cómo era tu vida?

-¡Nada! No iba a la escuela, nada…-se sonríe Juan, que ahora acaba de pasar a segundo año.

¿Te colgaste un poco?

-Sí, me re colgué…

¿Tuviste algún paso por comisarías antes de ir al otro instituto?

-Sí, tuve, estuve. Antes era todo por averiguación de antecedentes, porque nosotros andábamos, ¿viste..?, y te llevaban. Y después me iba a buscar mi mamá. -El último paso de Juan por una comisaría fue el día de la detención que lo ingresó en el instituto. Fueron 24 horas, en Capital. Esto es ilegal. Según el director de Institutos Penales de la Provincia, Carlos Lucía, no es habitual y, eventualmente, estas detenciones pueden ser de una hora, para registro de datos previo al traslado al Centro de Recepción.

Se supone que el año que viene ya estás… ¿Qué tenés ganas de hacer después?

-Nada, seguir estudiando.

Por su parte, Lucas dice que le gustaría ser maestro panadero y pastelero, porque para él “saliendo con un laburo, ya está”. Y otro a quien el trabajo en el taller parece haberlo definido es Leonardo, que tiene 20 y le falta un año para terminar el secundario.

-¿Qué te gustaría hacer después?

Gastronomía.

-¿Por qué?

-Porque me gusta eso de la cocina, me gusta. Y porque hay un par de chicas para invitar a comer… ja. Aparte es un trabajo que te pagan bien. En cualquier restorán, hotel, siempre piden…

−¿Dónde te gustaría laburar?

−Me gustaría trabajar en un Sheraton. Mi primo es cheff y trabaja en un Sheraton de Capital.

-Gente con plata…

-Hay gente con plata.

-En general son los que dicen que ustedes son delincuentes, que no tienen derechos…

-¡Si! Les quiero ir a demostrar que puedo… Cuando le haga una comida piola les voy a decir: ‘El pibito que estaba en instituto, que pensaban que nunca iba a cambiar, acá está. Está cocinando para vos´. ¡Bueeenaaa!

Leonardo afirma: “Yo quiero cumplir todo porque quiero cumplir. Así me tenga que ir a un penal y terminar la condena en un penal, voy a ir, porque quiero cumplir −y sube la apuesta−: Yo si quiero me fugo de acá y fue. Si acá se puede. Está en vos si te querés ir o si te querés quedar a cumplir y reinsertarte de vuelta en la sociedad; eso está en vos. Y yo elijo reinsertarme de vuelta en la sociedad porque mi hija me está esperando afuera y depende una banda de mí. Ella tiene que hacer su futuro. Por eso elijo quedarme acá y aguantármela”.

Otras realidades

Mientras los funcionarios hablan de un “antes” y un “después” en la gestión de los centros cerrados, los chicos diferencian entre “este” y “los otros” institutos, en tiempo presente. La mayoría los conoce por experiencia propia.

Leonardo está en Nuevo Dique hace casi dos años, pero antes, ya en 2006, lo encerraron por una causa de homicidio en ocasión de robo en la que aún espera el juicio. “Estuve en un instituto y me fugué. Volví a ingresar, me fugué de vuelta y volví a ingresar”, cuenta.

-¿En cuál instituto?

-El Pablo Nogués. Ahí no tenía escuela, no había talleres, no había nada. Estábamos encerrados las 24 horas en una pieza de 2 por 2, y no teníamos actividades de nada. Acá no. Acá nos dan la posibilidad de estudiar, de hacer un taller, de distraernos un poco y aparte aprender. El tiempo que estamos encerrados, que nos sirva de algo. Eso está bueno… Hay pibes que están en cana y están en institutos que están medio flacos, y no tienen nada. En Pablo Nogués no había nada. Mi día ahí era mirar por la ventana todo el día.

En el Nogués (ubicado en la localidad homónima del partido de Malvinas Argentinas), Leonardo compartía el pabellón con 20 pibes, “en la época que venían todos los de las comisarías, que estaban guachitos”.

Otro que compara es Emiliano, un chico alto de remera blanca y malla negra a cuadros que mira profundo a los ojos. Cuenta que está preso hace tres años, “aunque vengo cayendo desde los 13”. Cuando lo detuvieron pasó por una comisaría, por el Nogués y por el Almafuerte, donde terminó haciendo una huelga de hambre para conseguir su traslado a Abasto. Fue a fines de 2009. Estuvo 7 días sin comer. Sólo agua.

-¿Pero, por qué? ¿Sabías que acá era mejor?

Más vale. A veces hablaban. Chicos que llevaban de acá para allá a otros institutos. Decían allá es mejor, hay talleres. En el Almafuerte había uno sólo, que era computación.

Al final de la visita, en el patio, La Pulseada pregunta por esa diferencia a las autoridades del Nuevo Dique.

−Y… De algún modo, éste es el centro que hace punta en muchas cosas –explica Del Muro.

-¿Es el instituto modelo?

-Este es el instituto que más putean en el sistema –confiesa Tacchi. Y queda claro que hay mucho todavía por cambiar para encerrar, por fin, al Patronato.

 

Notas relacionadas

Publicaciones Relacionadas

4 Comments

  1. andres

    Que bueno enterarse que en un instituto de maxima seguridad las cosas empiezan a funcionar. Mi vieja da clases en el Almafuerte hace unos años y yo tuve la oportunidad de tener una charla con el director, que se cuidaba mucho de lo que decía y tenía un insoportable todo de resignación artificial. Es cierto, los talleres de oficio no funcionan porque ‘no hay presupuesto’ y la cosa termina quedando en encierro a secas.

    Reply
  2. Marcelo Arizaga

    (PUBLICADO EN CORREO DE LECTORES DE LA EDICIÓN IMPRESA)

    Hola Queridos Amigos de La Pulseada. Me tomo el atrevimiento de llamarlos amigos porque compro la revista desde su inicio, siempre la leo con detenimiento y cada artículo es un aprendizaje.
    En el Centro Cerrado “Almafuerte”, en donde soy profesor de Comunicación Social, desde hace casi nueve años editamos, junto con el Taller de Computación, una revista llamada “Seguir Soñando”. Carlitos Cajade tuvo mucho que ver con su nacimiento ya que los primeros cuatro números fueron impresos en Grafitos y sin ningún costo. La Pulseada fue generosa con nosotros ya que en el número 17 del 2003, hicieron referencia a nuestra publicación en una amplia nota.
    Además, contamos con una revista Web: http://www.periodismoescolar.org.ar/seguirsoniando que lleva cerca de 20.000 visitas y cuenta con 330 suscriptores de todo el mundo, que pueden visitar y dejarnos sus comentarios.
    Les escribo este simple mail sólo para aclarar que en el Almafuerte existe, además del taller de computación (como señala un joven que esta cumpliendo una medida judicial en el “Nuevo Dique” en la nota “Ellos” de la edición 87), un Taller de Comunicación Social cuya producción se puede visualizar en la web. En más de una ocasión llevé al aula la revista La Pulseada y junto a los jóvenes que concurren a este espacio de libertad de expresión, hemos analizado algunas notas, principalmente aquellas vinculadas con la responsabilidad penal juvenil.
    Les mando un abrazo y muchas felicitaciones por la publicación. De ser posible, nos gustaría poder aparecer en los enlaces para que más gente conozca las producciones de los chicos y así poder realizar intercambios socioeducativos a través de distintos proyectos.
    Marcelo Arizaga
    profesor de Comunicación Social del Centro Cerrado “Almafuerte”

    Reply
  3. Diego Guipponi

    pensamos y decimos mil cosas a la ves lo importante que esten bien que lo malo sirva para aprender y el tiempo ahy para madurar.
    no hay que bajar los brazos todos tenemos errores de los cuales aprendemos y nadie es perfecto.
    las oportunidades son pocas chicos y la vida es una no se puede volver para atras lo que vivimos pero si podemos mirar adelante con una meta, esa esta en cada uno x eso fuerza y no dependan de comentarios solo de usds mismos las serpientes comen hormigas pero cuando se enferma o muere las hormigas a ellas todo tiene una vuelta y oportunidad lo pasado es pisado.

    Reply

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

X