“Nuestra cárcel no tiene nada de resocializadora”

Eduardo Anguita y Daniel Cecchini

En un libro editado este año, Eduardo Anguita y Horacio Cecchini cuentan la vida actual en las penitenciarías a través de la voz de presos y presas. Detalles de las penurias que hace sufrir un sistema colapsado y un adelanto exclusivo del trabajo periodístico en La Pulseada Radio.

SUBNOTA “No quiero volver a delinquir por necesidad” (adelanto del libro)

Daniel Cecchini, autor junto a Eduardo Anguita del libro Cárceles: otro subsuelo de la patria, presentado a mediados de este año, habló largo y tendido con La Pulseada Radio sobre la experiencia de relevar la situación en los presidios argentinos a través de las historias de vida de las personas privadas de la libertad.

¿Cómo le describirías a un probable lector qué es lo que va a encontrar en el libro?
El concepto que tuvimos con Eduardo para hacer el libro, el proyecto inicial, que es lo que finalmente concretamos, fue reunir una serie de crónicas de personas que están en la cárcel por diferentes delitos. La idea era transmitir a través de estas crónicas sus historias de vida. Esto incluye o no el pasado delincuencial de cada uno y comprende necesariamente su historia como presos, como una manera de mostrar la cárcel desde el punto de vista de sus vivencias. No es un libro de investigación, más allá de que tenga datos duros.

¿Qué presidios visitaron?
Estuvimos en diferentes unidades que forman parte de los complejos de Ezeiza y Marcos Paz, dependientes del Servicio Penitenciario Federal. También pasamos por la cárcel de Florencio Varela, correspondiente al Servicio Penitenciario Bonaerense, y –gracias a la colaboración de un fotógrafo de allá– por una penitenciaría de Tucumán.

En la introducción cuentan que les fue muy difícil acceder y que se ponen todo tipo de trabas burocráticas.
Del tiempo que demoramos en hacer el libro, la mitad estuvo destinada a conseguir los permisos para poder entrar y la otra mitad fue lo que demoramos en seleccionar los entrevistados, tomar los testimonios y escribir el texto. Empezamos con muchas dificultades. Después las cosas fueron bastante más fluidas.

Aparte de las historias de vida de presos y presas ¿aparecen aportes de expertos en el tema penitenciario?
Tenemos, por un lado, el prólogo del fiscal Federico Delgado . Por otro, hablamos con anteriores autoridades del área. Para los primeros capítulos charlamos con dos ex directores del Servicio Penitenciario Federal, Alejandro Marambio y Víctor Hortel , y también con algunos estudiosos de la cuestión.

Vos hablabas de la inclusión de datos duros. Hemos escuchado decir que en este momento, no sabemos si en números absolutos o en cifras porcentuales, tenemos la población carcelaria más alta de la historia.
Sí, en números absolutos sí. En cuanto a porcentajes relacionados con la cantidad total de población, no te lo sabría decir. Otro dato duro muy importante es que entre nosotros aproximadamente el 60% de los presos actuales son procesados sin sentencia firme, lo cual constituye una proporción altísima. Vale decir, para comparar, que en Brasil ese porcentaje es del 30% y que en los países europeos es mucho menor.

Eso es consecuencia de lo que alguien, con acierto, llamó la “demagogia punitiva”: hacerle creer a la gente que el castigo va a bajar el índice delincuencial, cuando hay pruebas nacionales e internacionales de que no es así.
Tiene que ver con cierto aprovechamiento político del tema de la “seguridad”. Como consecuencia tenemos en las cárceles un gran hacinamiento. Instituciones donde los procesados están mezclados con los condenados, lo cual, desde el punto de vista de los que han reflexionado para crear los sistemas penitenciarios más avanzados, es algo que no se debe hacer. Así se termina matando lo poco de resocializador que puede tener la cárcel.

Loïc Wacquant, uno de los principales discípulos del sociólogo francés Pierre Bourdieu, dice en el libro “Las cárceles de la miseria”, que “hemos pasado del Estado providencia al Estado penitencia”.
Es exactamente así si te ponés a pensar en las políticas de seguridad que se han venido implementado y que el presente gobierno ha agudizado. La cárcel no deja de ser, en ese sentido, un reflejo de lo que está pasando en la sociedad. La primera respuesta que hay del Estado a cualquier disidencia es el castigo. Imagínense, si es así afuera, cómo se multiplica en esa institución cerrada, vertical y autoritaria que es el presidio.

La cárcel federal de Ezeiza, una de las visitadas por los autores (Foto: Procuración Penitenciaria de la Nación)

Seguramente ustedes empezaron el trabajo con ciertas ideas previas. En esas historias de vida de presos y presas que seleccionaron ¿qué fue lo que confirmó sus expectativas y que fue lo que más los sorprendió?
Algo que no nos sorprendió, pero que se hace más evidente, es que la inmensa mayoría de la población penitenciaria es joven y pobre. Esto tiene que ver, obviamente, con que hay una criminalización de la pobreza y de los que están en los márgenes que es tremenda. Y lo que sí nos sorprendió –porque además era una suerte de leitmotiv presente en todas las entrevistas que mantuvimos– es una sensación contradictoria que tienen los presos, sobre todo los jóvenes. Por un lado dicen que tienen ganas de lograr una reducción de pena o terminar su condena y acceder a la libertad. Pero, por otro lado, sienten pánico de salir. Porque saben que no tienen posibilidades de insertarse en el mercado laboral. Si es difícil conseguir trabajo para cualquiera, para alguien que tiene antecedentes penitenciarios lo es mucho más. Y tampoco tienen los recursos para siquiera cambiar de hábitat. Ellos cometieron un delito en una geografía donde tienen a sus pares que siguen delinquiendo. Ven que hay un gran índice de reincidencia. Que los pibes salen y después, ante la falta de oportunidades laborales y la influencia del entorno, terminan volviendo a delinquir. Y esto les genera temor. No sólo lo dicen ellos sino que también uno nota que no hay una política dirigida a los excarcelados. Salen y los dejan librados a su suerte.

¿Son los viejos déficits de lo que se llamaba el “patronato de liberados”?
Claro. No hay ninguna intención de generarles un trabajo genuino. ¿Por qué, si en los talleres aprenden, por ejemplo, a hacer bolsas, no armar una cooperativa de bolseros para cuando salgan? Algo que por lo menos les brinde ocupación por un tiempo, les permita reunir algo de dinero y establecer una rutina laboral. Yendo más profundo, hay que decir que algunos de los que están presos son ladrones. Pero la gran mayoría son vendedores al menudeo de droga: una piba que entra en la bombacha o en el corpiño un poco de droga desde Paraguay. Y uno termina viendo que “eso”, dentro del sistema capitalista, que crea sus propios márgenes para tener fuerza de trabajo barata y extraerle mayor plusvalía, termina siendo un trabajo. Un trabajo ilegal y de mucho riesgo, pero un trabajo al fin. Ante la falta de alternativas de ocupación formal acaban haciendo esto que, además de ser para ellos un trabajo, termina siendo también un modo de vida.

Ustedes dicen en el prólogo que ya no es como en el siglo XIX, cuando era importante el ejército de reserva de los desocupados para abaratar la mano de obra, sino que hay mucha gente que no tiene cabida en el sistema económico actual, que no tiene ninguna posibilidad de reinserción, porque carece de calificación laboral. O sea que están destinados a la marginación y a la cárcel.
Claro, porque en esta etapa de capitalismo financiero vale más la circulación del dinero, que se genera a sí mismo, se multiplica simplemente circulando, que el capitalismo productivo, industrial, que extraía plusvalía del trabajo. Hoy ni siquiera necesitan tener trabajadores. Y esto multiplica la marginalidad.

Entonces los preceptos constitucionales, respecto de que las cárceles no son para castigo sino para la resocialización, no se cumplen…
No, en absoluto. Paradójicamente es cierto, por otro lado, que desde fines de la década del ’90 hay un proyecto de jóvenes adultos que alienta una alternativa pedagógica resocializadora que mejora un poco las cosas. Pero, por lo general, cuando salen no tienen dónde reinsertarse. Las cárceles son hoy como aquellas inmensas naves de los locos de la Edad Media de las que hablaba Foucault, cuando ponían a los dementes en los barcos, en el medio del río, para que no los viera nadie. De alguna manera, eso son actualmente las penitenciarías en la Argentina.

Es interesante la idea de parafrasear, en el subtítulo, a Scalabrini Ortiz. Él decía, a propósito del 17 de octubre del ’45, que era “el subsuelo de la patria sublevada”, queriendo expresar que entonces los invisibles se habían vuelto visibles. ¿Las cárceles serían otro “subsuelo” porque hacen posible otra clase de invisibilización?
El subtítulo, como es común que ocurra, es polisémico. Por un lado, está la intención de invisibilizarlos. Por otro, hay que tener en cuenta que en los subsuelos, bajo tierra, la gente se pudre…, como si ya fuesen cadáveres…

Te despedimos con una frase de Oscar Wilde que tiene la misma vigencia después de más de un siglo. El artista sufrió en carne propia el cautiverio por su homosexualidad. En la “Balada de la cárcel de Reading” escribió: “Las cárceles se construyen con altos muros para que Dios no vea lo que el hombre es capaz de hacer con sus hermanos”.
Tremenda frase…

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