«No quiero volver a delinquir por necesidad»

Anticipo de Cárceles: otro subsuelo de la patria, de Daniel Cecchini y Eduardo Anguita

Nota principal > “Nuestra cárcel no tiene nada de resocializadora”

Cuando el bote llegó a la costa argentina, la señora empezó a hacer bajar la fruta a unos chicos que vinieron corriendo. Era el mediodía del 12 de diciembre de 2015 y Liz Mariana Barrios Rojas transpiraba de calor y miedo bajo el sol rotundo que calentaba el Paraná frente a Puerto Iguazú. Tenía 19 años y era la primera vez que cruzaba el río desde Paraguay. Vestía vaqueros, zapatillas y una remera, grande para ella, que , el argentino, le había dado para que se pusiera, después de pegarle con una faja, debajo de los pechos, los tres paquetes de cocaína. Pesaban exactamente un kilo pero a ella le pesaban mucho más.

Los chicos seguían bajando los cajones de fruta y los cargaban hasta perderse de vista. Todo a velocidad de rayo. Sin bajarse del bote, la señora, una mujer de unos 40 años tocada con un sombrero de paja, los apuraba. Liz debió haber bajado apenas tocaron la costa, pero no se movía, seguía ahí junto a la mujer y el botero, esperando que llegara el hombre que Miguel le había dicho que la esperaría del otro lado y nunca llegó. No sabía qué hacer, si bajar o volverse al lado paraguayo en el bote después de que los chicos terminaran de bajar la fruta. En esa duda estaba cuando sonó el teléfono de la mujer. Fue una llamada muy corta y cuando despegó el teléfono del oído dijo: ¡vienen los marineros!

Liz no entendió a qué se refería hasta que vio aparecer la camioneta de la Prefectura. Los chicos desaparecieron como por arte de magia. Dentro del bote sólo quedaban dos o tres cajones de naranjas, Liz, la mujer y el botero. Los dos prefectos parecían conocerlos.

Te vas a tener que volver con la fruta, no podés bajarla –le dijo uno de los prefectos a la mujer. Recién entonces, el agente pareció descubrir a Liz–. ¿Vos venís con ella? –le preguntó–. No –contestó. La mujer y el botero miraban para otro lado, desentendiéndose–. Entonces bajate. Te vamos a tener que revisar –dijo.

Le exigieron que les entregara el teléfono y vaciaron su mochila. Sólo había ropa y un cepillo de dientes. No me va a pasar nada, ahora me subo al bote y me vuelvo, pensó. La ilusión le duró hasta que escuchó a uno de los prefectos pedir por radio que enviaran personal femenino. Al botero y a la mujer de la fruta les dijeron que se volvieran. A ella le ordenaron que se quedara parada al rayo del sol. Eran las 12.25. Media hora después, una suboficial de Prefectura le palpó el cuerpo y encontró los paquetes.

Me tuvieron un montón de tiempo bajo el sol. Yo estaba transpirada y muerta de miedo. Me interrogaron: de dónde venía, quién me había dado el paquete, a dónde tenía que llevarlo. Yo les dije todo, relata siete meses después en el complejo carcelario de Ezeiza. Está procesada por tráfico de drogas y espera que le dicten sentencia.

Liz mide alrededor de un metro sesenta, tiene ojos almendrados y una tez oscura que contrasta con un pelo enrulado que, en la cárcel, se tiñó de rojo.

Nació en Hernandarias, antiguamente llamada Tacurú Pucú (hormiguero alto, en guaraní), una ciudad de 80.000 habitantes que fue la primera en levantarse sobre el Alto Paraná pero que hoy está casi integrada como un suburbio a Ciudad del Este, en el corazón de la Triple Frontera. Cuando cumplió 13, al mismo tiempo que ingresaba a la secundaria, empezó a trabajar por horas limpiando casas para mejorar la precaria economía de su familia. Su padre, José, trabajaba como albañil pero la salud no lo ayudaba. Pasaba más tiempo parado que en las obras. Su madre, Rosa, se ocupaba de la casa y de cuidar a Michelle, la hija menor, que entonces estaba en la primaria. Otra hermana de Liz, Rosi, producto de un matrimonio anterior del padre, acababa de irse a la Argentina, siguiendo a su marido, también albañil, que había decidido probar suerte en Buenos Aires.

Así y todo, Liz pudo terminar la secundaria, pero ahí se acabó su futuro. Con el padre casi siempre enfermo, ni pensó en seguir estudiando. Se metió a trabajar cama adentro para ganar un poco más. Igual no les alcanzaba. Le pagaban el equivalente a mil pesos argentinos por mes y la mitad se le iba en los medicamentos del padre. Pasaban hambre. Lo único que tenían era la casa y el padre decidió venderla. Ya no podía trabajar como albañil y pensó en iniciar un pequeño negocio.

Nos íbamos a construir otra casita en el terreno de mi abuela y, con lo que sobrara de la venta de la casa, mi papá iba a comprar una camioneta vieja para vender ropa. Comprarle al mayorista e ir vendiendo, dice Liz.

Pusieron el cartel de venta. Pasaron semanas sin que apareciera nadie. La suerte pareció cambiar cuando se presentó Miguel, un argentino de unos 50 años, que dijo que se quería instalar en Hernandarias porque tenía negocios en Ciudad del Este. Recorrió la casa, les dijo que había que hacerle mejoras pero que estaba bien, que tal vez la comprara, que consultaría con su mujer. Les pidió el número de teléfono de la casa y también el de Liz.

La llamó unos días después. Todavía no había decidido sobre la casa, le dijo, pero quería ofrecerle un trabajito. Se trataba de llevar unos papeles hasta la costa argentina. Le ofreció el triple de lo que Liz ganaba por mes.

Yo no estaba segura, le desconfiaba. Le pregunté por qué tanta plata por unos papeles. Le insistí hasta que al final me dijo: te voy a decir la verdad, son tres paquetes de cocaína. Yo le dije: lo voy a pensar. No quería, pero la necesidad me hizo aceptar. Esa plata era muchísimo para mi familia, dice Liz desde la cárcel (…).

Miguel, el argentino, le explicó que ella no tenía que preocuparse porque la iba a acompañar alguien que sabía cómo hacer las cosas, que solamente tenía que hacerle caso. Había que cruzar el Paraná en bote con los tres paquetes pegados al cuerpo. Una vez en la costa argentina, esa persona la iba a llevar hasta la terminal de Puerto Iguazú donde tenía que tomar un micro hasta San Justo, en la provincia de Buenos Aires. Ahí la iba a esperar otra persona a la que tenía que entregarle los paquetes. Cuando vuelvas, te voy a estar esperando con la plata, le prometió.

Aquella mañana del sábado 12 de diciembre, la pasó a buscar por su casa en un Toyota azul metalizado. Camino al río, Miguel detuvo el auto y le dio una remera blanca con un estampado adelante. Abrió un bolso y sacó tres paquetes y una faja. Le dijo que se sacara la remera que llevaba y le fijó con la faja los tres paquetes debajo de los pechos. Liz se sintió incómoda pero lo dejó hacer, era parte del trabajo. Miguel arrancó nuevamente y siguieron hasta la costa. Cuando llegaron, le dijo que lo esperara en el auto.

Liz lo vio ir al encuentro de otro hombre y luego los vio caminar hacia la costa del Paraná, donde saludaron a un tercero que los esperaba junto a un bote en el que estaban cargando cajones de naranjas. En la soledad del auto, Liz sintió que el miedo se le iba haciendo un puño en el estómago. Para qué vine, se preguntó, pero sintió que ya no podía volverse atrás. No me va a pasar nada, se decía. Cuando Miguel volvió acompañado por el otro hombre –alto, morocho, de unos treinta años– y le dijo que tenían que cambiar de planes, se intranquilizó aún más.

El del bote me cobró mucho, vas a tener que ir sola, no puedo pagar por los dos. Sabelo –dijo, señalando al hombre que lo acompañaba– te va a esperar del otro lado.

Liz pensó en decirle que no, que sola no iba a cruzar el río. Pero no dijo nada. Miguel la acompañó al bote y le dijo que subiera. Un minuto después, el botero empezó a remar. Liz no miró atrás. Con los ojos clavados en la otra orilla del Paraná se forzó a pensar que se las iba a arreglar. No me va a pasar nada, repetía para sí misma una y otra vez. La costa argentina estaba cada vez más cerca. Allí la esperaban los marineros y la cárcel.

En la sede de la Prefectura de Puerto Iguazú volvieron a interrogarla. Contó de nuevo toda la historia, describió a Miguel y a Sabelo, no se guardó nada. Cuando empezaba a oscurecer se atrevió a preguntar: ¿va a llevar mucho tiempo? Tomalo con calma, va a llevar mucho más de lo que te imaginás –respondió el prefecto que la interrogaba.

Pidió que le permitieran avisar a su familia y le contestaron que iban a llamar ellos. Pidieron un teléfono de la familia y Liz les dio el celular de su hermana. No quería que su madre recibiera la noticia. Ya de noche la llevaron a una celda después de darle algo de comer. A medianoche, cuando el guardia se paró frente a la puerta, seguía llorando. El hombre, con lástima, le dijo: mirá que sos boluda, ¿no sabías que si nos veías venir tenías que tirar todo al río? Liz no tenía ni idea de cómo se traficaba droga. Pagaba un precio muy alto por su incompetencia.

El martes vino mi mamá a verme. Fue horrible abrazarla a través de la reja. Yo lloraba y lloraba. Mi mamá me consolaba, no me reprochó nada. La visita fue de dos horas. Viajó tres horas de ida y tres de vuelta para verme nada más que dos, cuenta Liz.

Como era la única mujer detenida, estaba sola en su celda. En cambio, en la de al lado había un argentino y seis paraguayos que habían caído también como mulas. Con ellos se sintió menos sola. Le pasaban el mate a través de las rejas, le prestaron una Biblia y dos o tres libros con relatos de terror, uno de ellos hasta la invitó a salir cuando estuvieran afuera. El personal de Prefectura también la trataba bien. Como el carcelero de la primera noche, muchos la miraban con lástima. Más de una vez, el cocinero la fue a ver para preguntarle qué quería comer. Y una tarde, la suboficial que la había revisado en la costa le dijo que, como era paraguaya, en el peor de los casos en un año la iban a mandar de vuelta a su país.

Pasaron casi dos meses antes de que la llevaran por primera vez al juzgado. Le explicaron que era por las fiestas y la feria judicial de enero. Recién en marzo le tomaron la declaración judicial. Antes, la fue a ver un defensor oficial. Le aconsejó decir que desconocía el contenido de los paquetes.

Yo ya había contado todo, pero me dijo que valía sólo la declaración en el juzgado. Que volviera a decir toda la verdad, pero sin mencionar la cocaína. Yo no quería mentir. Le dije que cómo iba a poder mirar a Dios si mentía, pero al final le hice caso.

Después de pasar más de tres meses en la celda de Prefectura, el 10 de abril viajó desde Puerto Iguazú hasta la Unidad 4 de Mujeres de Ezeiza. La destinaron al sector de Jóvenes Adultas. Entró con miedo y, después de estar tanto tiempo sola en su celda, casi sin hacer nada, le costó adaptarse a la rutina y las nuevas compañías. En el Pabellón 5, su primer destino, no la pasó nada bien. Las otras internas se reían de ella por su tonada paraguaya y porque no entendía cuando le hablaban tumbero. Pidió que la sacaran de ahí y se lo concedieron sin que tuviera que dar muchas explicaciones. Los cambios de pabellón también son una herramienta para evitar conflictos. Tienen desequilibrios emocionales que, si no se los toma a tiempo, pueden causar males mayores. Si cambiarlas de lugar sirve para evitar problemas, lo hacemos, explica una de las operadoras del pabellón.

Pedí que me cambiaran de pabellón porque ahí consumían y yo no quiero saber nada con eso. Entonces me pasaron al Pabellón 3, acá solamente fuman cigarrillos. Somos cinco chicas, ahora hay una cama libre. Me llevo bien, nos contamos historias, vemos televisión, vemos películas de terror, nos maquillamos. A veces nos quedamos toda la noche despiertas. Yo salgo todo lo que puedo: a la escuela, a la murga, a educación física, a percusión, a yoga. Todo para salir del pabellón, dice.

Cuando llevaba un mes en Ezeiza, Rosa, su madre, viajó desde Paraguay a visitarla. Le hicieron un lugar en la casa de Rosi, la hermana mayor, pero tuvo que buscar trabajo para mantenerse. Consiguió limpiar casas por horas, salvo los días que podía visitar a Liz en el Penal. No pudo quedarse mucho tiempo. Su marido, desde Paraguay, le exigía todos los días que volviera. Para Liz fue un golpe. Lloró toda una noche, sin poder dormir.

No sabe cuánto tiempo pasará sin volver a verla. Mientras, espera su sentencia y se aferra a la esperanza que, condenada o no, al cumplirse un año de su detención le den la opción de salir del país y volver a Paraguay. Para ganar algo de dinero, Liz se anotó para trabajar en el taller de armado de broches. Es remunerado y ahorra lo que le pagan. Es poco, pero peor es nada.

No quiero volver a Paraguay sin plata, no quiero volver a cometer un delito por necesidad, dice.


Avanza el juicio por la Masacre de Magdalena

Por María Soledad Vampa

Hace dos meses que el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 5 de la Plata lleva adelante el juicio por los hechos conocidos como la “masacre de Magdalena” en la Unidad Penal Nº 28 de esa localidad en octubre de 2005 (ver La Pulseada Nº 152 ). Los jueces deberán decidir si los 17 agentes penitenciarios acusados de abandono de persona seguido de muerte y homicidio culposo (en dos casos) son responsables de las 33 muertes ocurridas durante el incendio en el Pabellón 16. Ya asistieron a las audiencias casi 50 testigos entre sobrevivientes, personas detenidas en los pabellones contiguos en aquel momento, bomberos, peritos y personal penitenciario que trabajaba en la unidad.

Los recuerdos de los detenidos, muchos aún están bajo custodia del Servicio Penitenciario, se sostuvieron con el paso del tiempo, de la angustia, la bronca y el miedo. Fueron los primeros en declarar y lo hicieron a pesar de haber recibido amenazas que denunciaron frente a los magistrados.

Los peritos confirmaron la secuencia de los hechos: el servicio penitenciario reprimió (se encontraron más de 20 vainas servidas en el pabellón); tras la represión vino el fuego que fue imparable: las bombas de agua no funcionaban, los matafuegos fueron insuficientes y las condiciones de detención (colchones de goma espuma, hacinamiento, gran cantidad de material inflamable) hicieron que todo se incendiara en minutos. Pero sobre todo probaron que las puertas estaban cerradas en el peor momento del fuego.

La memoria de los bomberos no fue tan certera, pero sí coincidieron con los detenidos en que para cuando llegaron ya era tarde para salvar vidas. Y los olvidos e imprecisiones se profundizaron en el turno de los agentes penitenciarios llegando al punto de que uno de ellos quedó detenido por falso testimonio.

Las audiencias continuarán hasta diciembre, de lunes a jueves, a partir de las 10 en la Sala 1 de los tribunales platenses.

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