Mundial, te esperamos leyendo

Llega otra vez el espectáculo que seduce cada cuatro años a futboleros y no tanto, y aprovechamos para rastrear a escritores argentinos que se metieron con los mundiales. Mitos deportivos, climas políticos e invenciones. Un repaso arbitrario y el anhelo de que Brasil 2014 sea otra vez una cancha para la literatura. 

Por Juan Manuel Bellini

La Argentina se paraliza. Incluso muchos que durante los cuatro años que transcurren entre los mundiales ningunean al fútbol por considerar que “es todo un negocio”, que “está todo arreglado”, de repente se transforman, se sienten enfervorizados, no se pierden ningún partido, se pintan la cara de celeste y blanco y se compran cornetas y banderas que luego dejarán juntando tierra por cuatro años. El escritor Martín Caparrós compara el Mundial con la Feria del Libro, que tiene esa capacidad de convocar masivamente a quienes no suelen visitar librerías. Pero llega abril y llegan el paseo y la compra de libros anual, y llega el Mundial y llega el interés por la pelota y ese sentir que hay que estar “sí o sí”. La cercanía de Brasil 2014, que comienza en junio próximo, es una oportunidad para unir ambos mundos en un repaso de autores que se metieron con el tema sin oportunismo, colándolo en las tramas de sus novelas o cuentos, o haciéndolo escenario de sus ficciones, con la última dictadura y la gloria y caída de Diego Armando Maradona como grandes ejes.

Nunca asistas a ese tipo de fiestas

En 1978, plena dictadura, nuestro país fue sede del Mundial y ganó por primera vez esa copa festejada por “28 millones de argentinos”, un colectivo del cual la mayoría, con el paso de los años, no quiso hacerse cargo. En la actualidad, muy de vez en cuando se puede ver en el cable la película “La fiesta de todos” (1979), dirigida por Sergio Renán, que transmite ese clima cuando muestra la celebración por la conquista futbolera. Participan periodistas que cantan loas a la organización y a la fiesta, como Diego Bonadeo, Roberto Ayala, Enrique Macaya Márquez, Roberto Maidana; historiadores como Félix Luna; la escritora Martha Lynch; y un reparto de actores donde se mezclan Ulises Dumont, Luis Sandrini, Mario Sánchez, Luis Landriscina, Ricardo Darín, Malvina Pastorino, Nélida Lobato, Rudy Chernicoff y Julio de Grazia. Acrítico y celebratorio, el filme tiene una escena clave cuando “el Contra” (el típico personaje de Juan Carlos Calabró), crítico y descreído sobre el desempeño del seleccionado, como dice varias veces en voz alta, termina golpeado por una turba. Enyesado, vendado. Un linchamiento futbolístico.

Eso en el cine. Pero la literatura argentina tampoco dejó pasar un momento tan rico para crear ficción como el mundial ’78, y ejes como represión, paranoia, persecución, impunidad, horror y goles atraviesan algunas novelas. Una es de Antonio Dal Masetto. Este autor, que de adolescente, en los ’50, emigró de Italia a la Argentina para ser antes vendedor ambulante, heladero, empleado público y periodista, se metió con el fútbol en Hay unos tipos abajo. Esa novela no transcurre en Bosque, el pueblo imaginario donde Dal Masetto ha situado algunos de sus policiales así como Gabriel García Márquez situaba sus historias en Macondo, sino en la zona del Bajo porteño. La trama fue primero el guión de una película homónima de 1985 dirigida por Emilio Alfaro y Rafael Filippelli y protagonizada por Luis Brandoni, y se editó como novela en 1998, veinte años después de ese Mundial. En la acción, un periodista y su pareja descubren que sus movimientos son vigilados desde un auto. Lo advierten en la víspera de la final entre Argentina y Holanda.

Comienza así: “Pablo dejó la bolsa del mercado en el piso, abrió la puerta del edificio, la aguantó en la rodilla y cuando estaba por entrar lo detuvieron unos bocinazos y gritos que se acercaban: ‘¡Argentina! ¡Argentina!’”. Se van filtrando noticias de los diarios: “La Selección nacional había cumplido otra jornada de trabajo en su concentración de José C. Paz, había varios jugadores afectados de anginas, el director técnico César Luis Menotti analizaba el funcionamiento y la dinámica del equipo rival”. Y también aparecen opiniones: “Con el Mundial, el argentinismo es un virus que prendió fuerte”.

Pablo, el vigilado, en una ciudad desierta por la Copa, se refugia en una gomería. Allí escucha por radio el partido en compañía: “Cuando Kempes marcó el segundo gol argentino y la ciudad volvió a vibrar, el cuerpo del gordo sufrió una sacudida breve, igual que si lo hubiese rozado un cable con electricidad. Luego, mirando a Pablo, susurró: ‘Kempes’. Soltó el nombre en un suspiro, con reverencia y misterio, como si nombrara a un dios”. Por supuesto todo no iba a terminar ahí.

Dos veces junio, de Martín Kohan, se publicó en 2002. El título hace referencia al mes del Mundial ’78 y al del ’82, disputado en pleno conflicto con Inglaterra en las islas Malvinas. La novela comienza con un epígrafe duro de otro escritor, Luis Gusmán: “En junio murió Gardel, en junio bombardearon la Plaza de Mayo. Junio es un mes trágico para los que vivimos en este país”.

El protagonista es un colimba que en el primer párrafo se encuentra con una pregunta terrible, con una falta de ortografía, y se obsesiona en ese detalle. Eso va mostrando su personalidad. Cómplice, atraviesa los años de la dictadura junto a un médico represor. Kohan, que en otras novelas, como Ciencias morales o Museo de la revolución, se mete en esos años, utiliza recursos narrativos más que originales. Por ejemplo, escribe la formación del equipo de varias maneras posibles: por número de camiseta, por posiciones, por fechas de nacimiento, por peso, por altura. Y es lo suficientemente ambiguo en reflexiones como las siguientes, que nos hacen dudar de si se está hablando de fútbol: “Cuando se va en persecución de un contrario, no es conveniente ponerse justo detrás de él. Su propio cuerpo se convierte así en un obstáculo que dificulta la visión y nos impide darle alcance”.

Pero Kohan no es ambiguo en el clima de aquella Buenos Aires y sus peligros: “Durante dos horas, mientras durase el partido, se sabía que no iba a pasar nada. Si la Argentina ganaba, hasta podía suceder que la noche entera se fuera sin novedad. Era mejor no imaginar qué podía pasar si perdía”. Así cuenta la única derrota del seleccionado en aquel Mundial, el 10 de junio de 1978, contra Italia: “Ahora caminaban amuchados por el frío, de a cientos, de a miles, y no conseguían animarse unos a otros. Sólo eran portadores de la pena que sentían: con ella a cuestas volvían a una ciudad que, con la misma pena, los esperaba”.

El colimba y el médico se pasean por whiskerías, centros clandestinos de detención, caminos y anécdotas de la facultad de Medicina. Tras un intervalo en el tiempo se llega a Malvinas y al otro Mundial, el primero de Maradona, con esta descripción: “Todavía se ven muchas banderas argentinas colgadas en las ventanas y en los balcones de las casas. Algunas son tan grandes que pasan de un balcón a otro: los vecinos han debido ponerse de acuerdo. Los partidos en España y la conflagración en el sur dieron un doble impulso a la necesidad de la gente de expresarse así”. Un hijo muerto en la guerra, su padre orgulloso por ello, un chico expropiado de una detenida-desaparecida, una mujer deprimida, una hermana provocadora, un domingo en una quinta con sol de invierno y “en la radio hablan los analistas. Opinan que lo importante, incluso perdiendo, es ser fieles a una historia y a una tradición de juego. Que el estilo argentino es lo que importa, más allá de las derrotas contingentes”.

Santa Maradona

En 1986, en México, el equipo salía campeón mundial y nacía un nuevo mito, de ésos que hacen sulfurar al ensayista Juan José Sebreli. A Perón, Gardel, Evita y al Che Guevara se les sumaba Diego. La literatura no lo dejó pasar y varios autores, en varios géneros, se ocuparon del nuevo astro.

Alejandro Dolina por esos años escribía en la revista Humor sus historias de “Hombres sensibles y refutadores de leyendas en el barrio de Flores”, que luego y con muchísimo éxito serían recopiladas en las Crónicas del Ángel Gris. Una de ellas se titulaba “Apuntes del fútbol en Flores” y narraba peripecias de jugadores apócrifos, canchas donde era imposible ganar, árbitros justos y hasta instrucciones para elegir en un picado. Terminaba la crónica con un homenaje a “los miles de pioneros atorrantes que impostaron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables, criollísimos de Diego Maradona”.

Alejado de esa línea festiva se encuentra el cuento “Dieguito”, de José Pablo Feinmann. Allí Maradona es muerto por un idiota lleno de sonido y de furia. Feinmann confiesa, sin embargo, que en los días posteriores al Mundial de Estados Unidos ’94 anduvo por las calles gritando “Diego no se drogó, antidoping a Menem…”. Es que esa Copa comenzó con esperanza y terminó con decepción, con el melancólico recuerdo de las imágenes del partidazo de Maradona contra Nigeria, jugando los 90 minutos y siendo preciso en los pases de gol a Claudio Caniggia.

En 2009 se editó la antología Los días que vivimos en peligro. Allí diversos escritores se metían con temas que entre 1982 y 2008 atravesaron al país: Malvinas, la hiperinflación, el 20 de diciembre, los carapintadas, el atentado a la AMIA… la efedrina de Maradona. Quien se mete con ese tema es Mariana Enríquez en su cuento “Los ojos más azules de Texas”: allí un padre y sus dos hijos adolescentes, todos platenses, viajan especialmente para ver jugar a Diego contra Bulgaria. En esa ficción, uno de los adolescentes, Martín, se iba a concentrar en un muchacho mexicano e imaginaba la vuelta a La Plata luego de la suspensión con “todos con la cabeza baja caminando por la calle, cruzando mal y a las corridas diagonal 73, haciendo ese ruido como de chasquido con la lengua ante cualquier problema estúpido”.

En la novela Balbuceos (en noviembre) de Ramón Tarruella aparecen la política, la música, el periodismo, la literatura y el cine, durante los ’80 y ’90 hasta llegar a 2005. Allí surge también el fútbol, en la siguiente reflexión sobre los ’90: “Una década de jugadores atléticos y rústicos, de estética desprolija, con Batistuta y Simeone como los referentes argentinos, la década con un solo gol de Maradona en los dos mundiales que jugó, un Mundial que fue su despedida, involuntaria, la década de un Mundial jugado en Estados Unidos y allí, en Boston precisamente, se terminó Diego en la Selección, con la imagen de la enfermera, rubia y alta, de tez lechosa y sonrisa insípida, postal y bisagra de la historia del fútbol”.

El Mundial que no fue

Como broche para este repaso de escritores que contaron mundiales en sus ficciones queda el cuento “El hijo de Butch Cassidy”, de Osvaldo Soriano, incluido en Cuentos de los años felices, de 1993. La historia narra un Mundial inventado, el de 1942 en la Patagonia. Allí, los mapuches vencen en una final sin arcos a los alemanes del Tercer Reich que “se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos”. Por momentos parece una película de Federico Fellini y Soriano —que escribía como un 9 contundente— habilita una jugada “para que un bailarín descalzo que reía a carcajadas la empujara derecho al gol”.

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