Los jóvenes, protagonistas de la calle

Entrevista a Mono González, artista chileno de las brigadas muralistas. Invitado por la cátedra de Mural de la UNLP, el Mono González, un muralista de larga trayectoria en el arte callejero, inauguró la galería Salvador Allende en una sede de la facultad de Bellas Artes. Un mural de cien metros de largo, con la temática del bicentenario latinoamericano. Lo pintó el Mono. Claro, rodeado de jóvenes, su bien más preciado.

Por Juan Manuel Mannarino

“Ya no necesito militar en un partido para sentir el dolor de las personas. Eso lo puedo hacer con mi arte, con el mural. Me interesa conversar con los jóvenes. Los jóvenes tienen todo por delante”, dice Alejandro “Mono” González, hombre canoso, con los brazos manchados de pintura, la camisa arremangada y, sí, los gestos faciales de un pequeño mono. Chileno, miembro de la famosa brigada muralista Ramona Parra, pieza clave del arte popular durante el gobierno de Salvador Allende, el Mono González fue convocado por Cristina Terzaghi y la cátedra de Muralismo de la Universidad de La Plata para pintar un mural sobre el bicentenario latinoamericano. El lugar, la sede Fonseca de Bellas Artes, no es mera casualidad: allí, hasta hace poco, funcionó un distrito militar. El mural del Mono, que expone la crueldad de la conquista española y al mismo tiempo rescata la lucha de los pueblos originarios, escribe una nueva manera de concebir la historia, con la voz del pueblo como motor de una expresión pública.

Las brigadas muralistas dieron una visión plástica de la revolución socialista. Nacidas en los ´70, fueron financiadas, en gran parte, por el Partido Comunista y bregaban por un cambio radical en el imaginario urbano. Ganar la calle fue una preocupación fundamental de la Unidad Popular en Chile. Se formaron brigadas muralistas que avivaban tapias y murallones con grandes pinturas, alguna de más de un kilómetro, difundiendo los mensajes que proponía el gobierno de Allende, tales como “El cobre es chileno” y “Los niños nacen para ser felices”. Perseguidas por los carabineros durante la dictadura de Pinochet, las brigadas sobrevivieron en la clandestinidad durante décadas, refugiadas en los barrios pobres y pintando las calles con estrategias de espontaneidad y riesgo. Un caso emblemático es el de Roberto Matta que en 1971 pintó, junto a la Brigada Ramona Parra, un mural llamado “El primer gol del pueblo chileno”. El trabajo fue tapado por el golpe de Pinochet y más de treinta años después, en 2005, redescubierto por unos estudiantes universitarios, que lo rescataron del olvido y le dieron nueva vida.

Pero no hay que ir lejos en el tiempo. En la ciudad latinoamericana del presente persisten las censuras, las prohibiciones y las amenazas. En La Plata, con la campaña municipal de “Ciudad Limpia” creada por Julio Alak, las paredes fueron blanqueadas y las intervenciones callejeras se convirtieron en objetos de ordenanzas. Hace unas semanas, en la escuela de la Unidad 33, penal de mujeres, el artista callejero Luxor pintó un mural de una pajarita llamada Martita, que en su leyenda rezaba “Educación para las pibas”. Fue durante un acto organizado por el Centro de Estudiantes. A los pocos días, el mural apareció tapado con pintura marrón. La censura duró poco: gracias a la resistencia social que se organizó para presionar a las autoridades, el director de la Unidad fue removido, se iniciaron actuaciones administrativas para identificar responsabilidades y se invitó a Luxor a pintar nuevamente el mural.

 

El Mono González nació en Curicó hace 63 años y viajó joven a Santiago, donde estudió en la Escuela Experimental Artística y conoció las artes muralistas de Diego de Rivera y David Alfaro Siqueiros. Trabajó en cultura y propaganda en el Partido Comunista y se ganó la vida haciendo escenografías para publicidades, obras de teatro y películas. Hoy se reparte la actividad entre talleres, murales y viajes donde enseña el oficio de tomar la calle para pintar murales. Dentro de un aula de Bellas Artes, con una locuacidad imparable, el Mono dialogó en exclusiva con La Pulseada.

-¿Cómo fue la experiencia de pintar aquí?

-Maestro, te explico. Nosotros trabajamos con la cátedra de Mural, bajo la coordinación de Cristina Terzaghi. En mi conocimiento, mirá que tengo años pintando en la calle, creo que es la única cátedra que hay en América Latina y me atrevería a decir en el mundo. Ellos me convocaron a hacer este mural que tiene una temática muy especial, la del bicentenario, que piensa que la liberación latinoamericana todavía es un problema, porque sigue existiendo un poder económico muy potente. Las riquezas están en manos de las empresas trasnacionales y nuestros países siguen siendo pobres. Ese es el punto de vista de este mural. Hay un paralelo entre el pasado y el presente. La conquista española sobre los indígenas es la contracara de la actual lucha de los mapuches en el sur de Chile. El mural defiende la resistencia de los pueblos originarios. Hay un pasado y presente que es una cosa permanente, por ejemplo, la espada de los españoles es hoy las balas de la represión de la policía. Queremos construir un sentido, dejar una huella, ¿entiendes? El mural es un discurso visual que está en permanente construcción.

-¿Qué significa hacer un mural en una universidad?

-El muralismo está considerado como un arte menor, marginal, por lo tanto hay que seguir pintando pero no para que la academia nos acepte, sino para atraer a los jóvenes. La calle, para nosotros, es un taller abierto para que ellos puedan pintar y hacer su devolución. El mural permite mucho intercambio, es una obra abierta que la ve el público, está hecho para un espectador en movimiento, para un público que no va a las galerías. La universidad defiende el arte individual para que sea trascendente y dure para siempre. Nosotros creemos en otra concepción del arte, porque el mural es una experiencia efímera. De repente, se pinta un mural, y después viene otro y otro… y otro. La ciudad está viva.

-Usted participó en la creación de la brigada muralista Ramona Parra. ¿Qué vigencia tiene en la actualidad?

-Está muy interesante, en el sentido de que hay muchas brigadas, muchos jóvenes que están retomando lo que nosotros hicimos en aquella época. Nosotros pintábamos letras en los ´70, con las campañas políticas, con las consignas de las medidas políticas de Allende y luego fuimos a las imágenes. Hay un vacío que dejó la dictadura: vivimos 17 años de militares, y después tenemos esta democracia débil, pero aún así los jóvenes están volviendo a pintar. El suceso mayor se da en los barrios pobres. Antes las brigadas estaban organizadas de forma vertical, dependían de un partido, hoy son transversales. Los muchachos se juntan, pintan, arman sus murales, invitan a todos a participar, no miran de qué color es la bandera del que se integra. A mí me interesa que intervengan la calle, que la tomen, que la hagan propia. ¿Por qué? Porque las poblaciones en las que viven son muy chicas, están aislados, entonces con las brigadas muralistas la gente circula, la calle es el patio de la casa, están comunicadas, salen, se ven las caras.

-¿Está viva la memoria del gobierno de Allende?

-Diría que sí. Hay un vacío histórico muy fuerte, pero son los jóvenes los que más luchan contra el olvido. La universidad no enseña la transmisión del saber popular; los jóvenes lo investigan por otro lado, empiezan a preguntarse cosas en el espacio público. La academia nos dice que nuestro arte se debe vender, se debe cotizar en un mercado pero la actitud social trasciende el contenido, el mural es un fenómeno solidario. Al pintar aunque sea una brocha, un pedazo, ya los jóvenes sienten que son parte del patrimonio de la ciudad. ¿Por qué hablo tanto de los jóvenes? Porque son los jóvenes los que tienen el estado físico para subirse y bajarse de las escaleras; una persona de 50 años ya tiene una familia y se va asimilando al sistema. Con ellos puedo conversar, puedo dar talleres, puedo enamorar, ¿entiendes? Es una cuestión de vida. Los jóvenes me contagian su energía, me nutro de ellos, me dan amor. Sus anhelos, sus sueños son valiosos para emprender el trabajo colectivo, porque el mural es un espacio de reciprocidad permanente.

-El muralismo tuvo su momento de auge en Latinoamérica y hoy parece volver con las intervenciones callejeras. ¿A qué adjudica este fenómeno?

-El poder de los medios de comunicación es descomunal y hay un gran deseo de expresar en los muros callejeros todo lo que no se dice, lo que se calla. A su vez, hay mucha gente que no accede a los medios. Es el espacio territorial que hay que recuperar. En Latinoamérica es un fenómeno que crece. En Chiapas, Bolivia, Venezuela, aquí mismo, en La Plata, he visto una serie de intervenciones urbanas. Los espacios se están ocupando. Y los que lo ocupan son los jóvenes. Acá ustedes tienen la facilidad de poder pintar, allá en Chile todavía es ilegal, pero igual se pinta. La gente pinta porque es una manera de defender sus centros comunitarios, sus espacios territoriales. Las poblaciones están llenas de murales.

-¿Y cómo es vivir con esa ilegalidad?

-Mire, maestro, es todo un tema. Es ilegal pintar sin autorización. Ahora bien, cuando se pinta por las campañas políticas, ahí sí que está permitido. Cuando nosotros pintamos, siguen vigilando, caemos presos, nos quitan la pintura, nos multan o nos mandan a hacer trabajo social. La mayoría de los jóvenes apenas consigue para comprar la pintura y encima no los dejan pintar.

En La Plata, como ocurrió en otras partes de Latinoamérica, la campaña de “Ciudad Limpia” frenó el arte callejero.

-Eso es censura. Es bregar para que las paredes no digan nada. A los jóvenes no se les puede impedir que hablen. Todo lo contrario. Les deberían dar espacios para que se expresen, darles talleres para que hagan las cosas. Entiendo que también hay diferencias entre ciertos murales. No todas las cosas pueden ser buenas. No sé si todos los murales son de calidad… Hay una fama del mural mexicano sobre todos los demás. Es cuestión de acumular experiencia. Yo puedo pintar un día bien u otro día mal, ¿entiendes? Pero es la actitud, el deseo de comunicarse lo que los jóvenes buscan.

-¿Cualquiera puede pintar un mural?

-Sí. En Chile trabajamos todos, el mural se compone entre muchos. Hay tareas específicas que necesitan capacitación, pero el mural es un fenómeno social: es generado por la población, los muchachos saben que se tienen que conseguir las pinturas, eligen un lugar, se ponen a tomar algo y conversan alrededor de la pintura. Todo eso compone una experiencia colectiva. La gente se nuclea, discute, intercambia ideas. Se produce. Antes de estar encerrados en las casas, es mejor que el ciudadano esté en la calle.

 

La resistencia de los perros

Luego del terremoto del 27 de febrero, los habitantes de Curepto y Pelluhue huyeron a los cerros. Desde lo alto vieron olas arrastrando caballos y después a sus casas, bajo un huracán de barro y sal. Con esta realidad se encontró el Mono González al viajar a la Región del Maule. Un conjunto de serigrafías componen el libro “27 de febrero”, un homenaje del artista sobre los desaparecidos del maremoto: cuerpos flotantes que recuerdan tristemente los oscuros días de la dictadura militar chilena.

-¿Por qué decidió trabajar con el maremoto?

-La primera noticia que tuve fue que la casa de mis padres se había derrumbado con el terremoto. Al otro día partí y vi la gente durmiendo en la calle, las ollas comunes para todos. Luego me fui hacia el sur donde ocurrió el maremoto y empezamos a trabajar con los habitantes. Fue súper emocionante. Tengo una relación muy especial con la vida y la muerte. Viví en la clandestinidad durante la dictadura y una sensación de riesgo por la vida me quedó grabada. Acá, con el maremoto, el agua se llevó todo. Las casas fueron arrancadas de raíz por las olas. Cuando recorrí los pueblos, me encontré con una imagen: los perros quietos en las puertas, esperando a los dueños. Era desolador. ¿Te imaginas eso? Los perros abandonados esperando a sus amos, a que las puertas se abran, a que todo volviera a ser como antes. Me interesan los perros de la calle, que para muchos son vagabundos pero no son vagabundos sino perros abandonados. Son igual de marginados que los ancianos, ya no sirven para el sistema neoliberal. La sociedad, con estos abandonados, está expiando las culpas. Nosotros no vemos a la gente que revuelve la basura para poder alimentarse, no vemos a los enfermos mentales que son arrojados a la calle por las familias y los institutos. Todos tenemos que comer y dormir, no puede ser que sigamos tan deshumanizados. Con el espectáculo de los mineros se olvidaron de la gente: hay muchas personas que siguen pegando gritos, que quedaron abandonadas, sin que les quedara nada. Los medios taparon todo, porque todavía no llegaron los subsidios prometidos por el Estado. La gente está desesperada.

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