La lotería

ChispitaSus chicos fueron todos a Chispita. Por eso y por su esfuerzo, Johana dejó atrás la época en que comían una vez por día. Para ella fue una bendición y quiere ganar el Telekino para retribuir lo mucho que recibió. Hoy siente placer al poner sobre la mesa lo que desean sus hijos y no permitirle al menor que siga yendo a la casita que la Obra de Cajade tiene en Los Hornos. Quiere que ese lugar sea ocupado por algún “nene que esté mal como estábamos nosotros”.

Por Carlos Sahade

En el barrio es Johana. Claudia Auge, la coordinadora de Chispita, la conoce desde hace años y para ella es Johana. Pero nos encontramos con Giovanna, Patricia Giovanna Ucañani Soto, nombres y apellidos que opta por escribir con excelente letra de imprenta.  Habla rápido. Es precisa en el decir y en el uso de los tiempos verbales, es expresiva con los gestos, las manos, la mirada, y es segura, agradable, y trabajadora; orgullosamente trabajadora y agradecida.

Nació en Perú y a los 17 años se vino a La Plata a estudiar Arquitectura. Hizo un año. “Quise continuar pero no pude porque tenía que trabajar y quedé embarazada”, cuenta. Hoy es abuela y tiene cuatro hijos: Edna (21), Brian (17), Oriana (15) y Nahuel (11). “No tuve suerte con los hombres así que crié sola a los chicos”, se lamenta pero en seguida agradece, al país “y a Chispita”, dice haciendo fuerte la ese y explosiva la pe. Fue precisamente allí, en el emprendimiento que la Obra de Cajade tiene en 151 entre 70 y 70 bis, donde La Pulseada reunió a “Johana” y a Claudia.

 

Como una familia. “Todos mis hijos vinieron a Chispita. Yo me iba a trabajar, a hacer changuitas, y mis hijos comían en Chispita, estaban hasta las cuatro de la tarde y no estaban en la calle. Me quedaba tranquila y después nos íbamos a casa. Bien. Siempre digo que si yo tuviera plata, ya sea por esos manotones de ahogado del Telekino o la quiniela, quisiera terminar mi casa, pero a Chispita le doy una donación porque a mí Chispita me ha dado muchísimo, muchísimo, muchísimo.

Les estoy agradecida a Claudia y a toda la gente de Chispita. Agradecida de corazón, porque he estado en muy mala situación y no tenía ni una tía o un hermano para llorarle y contarle lo que me pasaba. Nadie. Mis hijos se apoyaban en mí y yo me caía porque no tenía en quién apoyarme. Nosotros hemos llegado a comer una vez por día. Cuando Oriana era chiquitita me acuerdo de que recibía un paquete de harina y a la noche les daba tortas fritas con mate cocido y la gorda me decía ‘ota vez mate cochido’. ¡Es que no había! Chispita es como una familia para mis chicos y para mí: siempre hay comida, talleres, juegos, películas, contención, cariño, respeto”, asegura Patricia y recuerda, entre tantas cosas, las veces que recibió consejos de la psicóloga que atiende en Chispita.

 

Los niños son prioridad. “La Argentina es un país generoso. Al que habla mal de la Argentina le paro el carro. No hay que ser malagradecido. Yo soy más argentina que peruana porque mis hijos son argentinos y la Argentina me ha ayudado mucho con Chispita, con los hospitales, con todo. La Argentina te da el Plan Vida, te da mercadería… Acá los niños son primero: hay comedores para los niños, para mujeres  solas… En otros países no hay eso, incluido Perú. Este es un país muy generoso. En Perú vas a la salita y te cobran hasta el algodón. Acá te dan todo y no te cobran un peso. Yo he estado internada cinco meses con Nahuel y me he ido a vivir con mi valijita al hospital. ¡Te dan la comida! ¡Te dan el desayuno! ¡Los remedios no te los cobran, salvo que no tengan en ese momento!  Mi hijo casi se muere y yo me quedaba ahí, me bañaba, comía ahí, con mi hijo. ¡¿Dónde?!”.

 

Lo justo. “Nahuel, mi hijo menor, tiene 11 años y hasta hace pocos meses venía a Chispita. Le gusta venir a Chispita, pero ahora que puede comer en casa con sus hermanos, le dije que deje de venir para dejarle el lugar a otro chico que lo necesite porque yo ya tengo para cocinarle, para dejarle la comida… porque antes te juro que no tenía: siempre comíamos lo justo, siempre lo justo. Se lo dije muchas veces y seguía viniendo. Entonces un día le dije como para que entienda: ‘Mirá, por culpa tuya, otro chico no puede entrar a Chispita y vos tenés para comer porque yo ahora trabajo más y otro nene no tiene. Si vos te quedás ahí el nene no va a poder entrar, porque ahora vos tenés el lugar de él’”.

—¿Qué te contestó?

—“Entonces no voy’”, pero con una tristeza… “¿Pero puedo ir a jugar?”. Sí, a jugar andá`, pero a comer no porque ese plato es para nene que está mal como estábamos nosotros.

 

Los deseos. “Primero viví en el campito, en la calle 150. Había hasta lauchas y cuando llovía los chicos no iban a la escuela porque no podíamos salir. Más tarde me vine a vivir a unas tres cuadras de Chispita y con el papá de mi hijo chiquito hicimos una casita. Después me quedé sola y sin trabajo. Empecé a golpear puertas. Conseguí un trabajito, una changuita…  Y salí por mí. He lavado ropa, he pedido recomendaciones, he hecho cadena de mis trabajos: los trabajos que tengo comenzaron en una persona que me derivó a otra persona y esa a otra. Con referencias, buenas referencias. Y yo sabía que mis hijos estaban en Chispita y me iba tranquila. No es lo mismo dejarlos en tu casa que acá, donde sabés que los vigilan y que les dan de comer. Nos han dado hasta ropa, zapatillas, guardapolvos… Y a pulmón estoy terminando mi casa. A Dios siempre le pido salud y trabajo. Los hijos tienen que ver lo que yo trabajo, lo que yo pongo. A veces te hacen renegar, pero… yo me voy temprano. No importa si llueva, si me duele mi cabeza, mi espalda. Me voy igual.

—¿Tenés ganas de volver a estudiar?

—Yo quisiera estudiar. Dejé la facultad, tuve a mi hija y ya era más difícil estudiar para mí, pero quiero estudiar y quiero que mis hijos estudien. No quiero que ellos sufran lo que yo sufrí.

—¿Estás contenta con la escuela de los chicos?

—Sí… Mucho paro. La escuela 21 estuvo como dos semanas sin clases porque estuvieron mudando el jardín a la escuela. Después hubo paros de auxiliares, paro de docentes… Muchísimos paros.

—¿Qué hacés con los chicos los días de paro?

—Quedan en casa, qué va a ser…. Como no viene más a Chispita, lo tengo ahí con los dibujitos y le hago un cuaderno con un montón de cuentas, aunque no lo quiero cansar. Un rato ve películas y un rato va a enseñanza particular porque está mal en la escuela. Un poco me siento culpable porque no estoy en todo el día y por ahí llego tarde y cansada. En los matrimonios cuando no está el papá está la mamá, pero yo soy papá y mamá… El Día del Padre me dicen ‘Feliz día’. Pero ahora el placer mío es cuando me dicen: ‘Mami, ¿podemos comer tal cosa?’, y poder comprar eso. Es un placer que tengo yo de decirles: ‘Sí, te hago’. Y cuando envejezca quiero sentarme y ver que no tengo más goteras en el techo y que mis hijos han crecido bien porque les he dado lo mejor que podía darles.

 

La diferencia

“El otro día –recuerda Claudia Auge, coordinadora de Chispita— se cayó de un mueble una foto de los años 90. Me impactó. Es hambre puro. Vos ves a los pibes descalzos en Chispita con los mocos colgando, con remeritas haraposas… ¿Viste la hambruna? Esa era la época en que nació la casita. Una la compara con lo que pasa ahora y gracias a Dios, ¡qué diferencia! Esos son los ‘90. Te parte el corazón ver esas épocas donde la mamá no tenía trabajo. No lo conocían a Carlitos Cajade y sólo venían a comer. Y este lugar se llenaba, a comparación de ahora. Antes nadie le podía decir a su hijo que no vaya a Chispita”.

 

Lágrimas y sonrisas

—Yo te quiero agradecer a vos lo que me diste, porque me diste la niñez de tus hijos y no cualquier mamá lo hace. Y yo pude disfrutar momentos que vos quizá no… —dice Claudia.

—Quizá me los he perdido… —reflexiona Patricia.

—Y anécdotas y cositas maravillosas, y chistes y risas… Bueno, vos los vas a tener siempre y yo los tuve un cachito. Te agradezco por habérmelos dado ese cachito. Sé que padeciste mucho pero siempre saliste adelante. Te agradezco por este cachito de niñez de ellos.

—A ustedes, por contener a mis hijos y por ayudarme tanto.

—Siempre podés contar con nosotros para charlar, para lo que sea. Siempre vamos a estar.

—Ahora puedo y lloro de alegría.

—Vas a ver los frutos en tus hijos.

—Sigo adelante. A veces me levanto con fiaca pero no, digo que no. Me tengo que levantar porque sé que si yo me quedo ellos se quedan, y uno siempre piensa primero en los hijos. Te agradezco muchísimo.

— Nuestro corazón siempre va a estar abierto.

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