La epopeya de San Carlos tiene quién la escriba

Ilustración: Juan Bertola
Ilustración: Juan Bertola

Periodista deportivo y ex jugador del club, Máximo Randrup acaba de publicar su libro sobre La Villa.

Por Gabriel “Colo” López

En los tiempos de pelota de tientos, a los jugadores y a la fanaticada de Villa San Carlos (VSC) les endilgaron un mote inmigrantes: “Los rusitos”. Lo recuerdan hoy los que están más cerca del arpa y siguen yendo a la cancha. Esa leyenda no está en el libro que acaba de editar Engranajes de la Cultura, pero la obra cuenta hasta con el olor de la camiseta de todos los hombres que pusieron a la celeste en lo más alto, flameando por el país, jugando milagrosamente en una categoría sensacional: la B Nacional.

Y un rusito fue quien lo escribió. Uno de apellido que remonta a algún delantero dinamarqués que se llenó de entusiasmo y pasó días y noches imaginando lo que todo hombre ansía, además de plantar un árbol y tener un hijo. ¿Quién? Máximo Randrup, licenciado en Comunicación Social, que cuando a San Carlos le costaba horrores sacar un empate en Primera C solía entrar de punta, un puñadito de veces como titular, como tantos cracks que buscan desde el alma una chance en el fútbol de AFA.

Después de colgar los botines (formó parte del ascenso de 2009), y sin salir del asombro cuando ve el fixture con VSC al mismo nivel que Independiente de Avellaneda, Huracán, Banfield y los grandes de Jujuy, Córdoba, Tucumán y Mendoza, Máximo extrajo esa pluma que anida en el corazón de todo periodista, e inspirado por tantas cosas vividas en 29 años eligió lo que a todo futbolero le gustaría saber. Desde adentro, porque él fue jugador hasta el momento que cruzaron el umbral de la B Metropolitana. Desde una línea periodística que honra a la profesión. Desde la amistad que se impregnó en tantos viajes cuando las campañas eran marchas desafinadas.

Un rusito capaz de escribirlo y de venderlo como pan caliente. Y que por alguna razón humana es capaz de juntar, en la presentación, a todos los grandes que remontaron el barrilete: Ricardito Rezza, Facundo Besada, don Carlos Gorostieta, Jorge Valdez; distintos entrenadores del equipo en el proceso.

La colectividad villera debe saber que Máximo Randrup nació en 1984, un día después de Reyes, justo en un año en que los Rojos de Avellaneda levantaron la Copa Intercontinental ante el Liverpool inglés.

En el título está la idea de su obra: Siete años, la epopeya de Villa San Carlos. Según la Real Academia Española, epopeya es una “acción o hazaña grande y pública, protagonizada por personajes de espíritu heroico y donde se aprecian detalles sobrenaturales”.

Máximo, venido al mundo el 7 de enero, jugó con ese número varias veces. Además de la tapa, en las primeras páginas el autor no dejó pasar una anécdota de las más risueñas, acontecida en un amistoso del 07/07/07: “En la pretemporada previa al Apertura 2007 de Primera C, en un amistoso contra Sportivo Italiano, cuando promediaba el segundo tiempo el DT Nicossia tomó una decisión asombrosa. Reemplazó a Rodrigo Salinas, quien era lejos el mejor de la cancha. ¿Por qué lo hizo? Simple: no estaba observando el partido. Resulta que el técnico dirigió por teléfono (y desde la casa), y al ayudante de campo no le quedó otra que obedecer. Pese a esto y a que el rival era de una categoría superior, los jugadores de VSC se la rebuscaron para empatar 0 a 0”.
Eran tiempos de vacas flacas, “asfixiados por el promedio y se venía el partido con Barracas Bolívar. Un viaje extenso puede hacer presumir que el micro era uno con mayores comodidades que las habituales. Error. Era uno como los de siempre. Luego de casi seis horas, el ómnibus se detuvo en la plaza principal de Bolívar. “¡A comer!”, gritó Nicossia. Los futbolistas bajaron y uno consultó: “¿Dónde está el restaurante?”. Se hizo un silencio y el propio director técnico respondió: “No, comemos acá. Tenemos unas tartas y gaseosas”. Algunos sentados, otros parados, los muchachos comieron en la plaza, muy linda, pero sin dudas un lugar inadecuado para el almuerzo de un plantel y más aún si se tiene en consideración el frío que hacía”.

De chiquilín te miraba de afuera…

Como en el célebre Cafetín de Buenos Aires, antes de jugar en una Primera división a Máximo lo junábamos de las canchas de 7 en LISFI (la Liga Sur de Fútbol Infantil). Hacía derrochar aplausos, le decían el “Osito” y su inocencia valía más que el oro en los clubes Juventud y San Martín (pasó por los dos). De allí saltó a Estudiantes, junto a compañeros como Lucas Bonaviri y Nicolás Pérez Mendy.

Al quedar libre se fue acercando a la otra pasión, el periodismo deportivo, y un día llegó al diario Hoy. Una tarde se lo vio inquieto, como insatisfecho por alguna razón desconocida. Fue allí que mencionó ante los compañeros de trabajo la necesidad de encontrar un club, una última prueba. Desde la Redacción se hizo el llamado al DT Gorostieta, que sorprendido ante la oferta realizada por este periodista-jugador, respondió: “Mañana practicamos en el estadio, la prueba está, después, como siempre, va a depender de él”.

Randrup quedó. Incluso apareció su cara en la guía del diario Olé, antes de iniciarse la temporada 2006/07. Y luego de esperar ser citado —varios meses— llegó la fecha del debut como titular. La Villa era local en 60 y 118, ante San Miguel. Maxi fue citado, no por “Goro”, sino por su reemplazante Jorge Valdéz. El “Caballo” entró al vestuario y repartió las camisetas: “Vas de titular”. Ni lerdo ni perezoso, el periodista antes de guardar en el bolso su teléfono mensajeó a uno de los colegas. Se corrió la bola y en una memorable “fuga”, en tres autos, partimos los de Deportes. Entre los 400 hinchas de Berisso que llegaron hasta el Bosque y el grupo de prensa calentó también la garganta por los colores que defendía Randrup, casaca “9”. Ahí estaban Aníbal Díaz, Pablo Gravellone, Joaquín Sánchez, Andrés López, Santiago Rivas Murphy, Martín Postiglione, Leonardo Nieva…

Ahora, unos días después de la presentación del broli, las calles nos hicieron coincidir con el paso de un caballero de traje y corbata, casi un galán. Al verlo más cerca, se trató de Pablo Abuin, un “2” que jugó con Máximo en los tiempos que el carro tenía pocos para sacarlo adelante. Uno de esos guapos, Abuin, nos mostraba la cicatriz en la cara: “¿Ves?, estuve 3 meses lesionado y cuando volví, en Cañuelas, empaté con un cabezazo en el último minuto y los mandamos a ellos a la D, el primer descenso en su historia”. Abuin y Randrup fueron apenas dos de los que vivieron el náufrago de estar 15 puntos abajo en la tabla del descenso. Contento por el libro de Máximo, lo recordó como jugador: “era potente, rápido, tenía como para explotar pero los problemas en la rodilla lo fueron  desgastando”.

Un dicho advierte: “Nunca cerró una puerta Dios sin que abriese dos”. El rusito y las inquietudes de su alma lo llevaron a festejar y agradecer siempre. Por eso cuando se fue de La Villa, un día después de aquel empate con Cambaceres, llamó al autor de esta nota y no se olvidó de que aquel llamado telefónico a quien sería su DT derivó en una de sus alegrías más grandes en la vida. Además, se metió a hacer el curso de técnico mientras escribe noticias deportivas para Diagonales.com y La Nación.

La proeza de ser campeón en la Primera C, una categoría en la que tan sólo duraba un par de temporadas, esta vez terminó en la gloria de ser primeros. Pero en la temporada 7 se fueron para la de más arriba, con 21 triunfos (tres veces 7) y sólo… 7 derrotas. Máximo también armó un capítulo que tituló “el grupo de los siete” y en él detalla que los futbolistas que estuvieron repetidos en los dos ascensos, al Metro y al Nacional, son Emmanuel Avalo Piedrabuena, Emiliano Córdoba, Ignacio Oroná, Gonzalo Raverta, Mauro Raverta, Federico Slezack y Santiago Sommariva. Después, está el apartado donde selecciona “siete protagonistas clave”, en distintos roles: Alejandro Colombo (señor presidente), Carlos Gorostieta (Don Goro), Facundo Besada (soñador), Ricardo Rezza (soñador II), Leandro Martini (genio), Mauro Raverta (guerrero) y Walter Cabrera (incondicional).

Randrup (el periodista-jugador) supo acomodar en letras lo que le dio júbilo a tanta gente de humilde corazón… Y de querendón, en la última página se animó y tiró con la misma fe que un día llevó al Genasio Salice para convencer y fichar: “la epopeya puede continuar”.

 

Lo que no se esperaba el novel escritor

Mis pasiones giran en torno a la familia, el fútbol y los libros. Desde ese punto de partida es fácil imaginar, entonces, cuál era mi estado emocional el pasado viernes 25 de octubre cuando, en Berisso, se estaba por iniciar la presentación de un libro sobre fútbol cuyo autor es uno de mis hijos. Nada menos.

Rodeado por esposa, hijos, nietos y unos cuantos amigos, mi corazón latía rápido y tenía borbotones en la panza… Todo se desarrolló de manera magnífica y la presentación estuvo estupenda: hablaron el autor, con soltura y calidez; referentes del club, Leandro Martini como figura excluyente; y se pasó un video que hizo poner carne de gallina a los jugadores presentes, que eran muchos, y a casi todos los que somos sensibles a las epopeyas deportivas de cualquier color. Y creo que no me equivoco si digo que éramos la mayoría.

Tras presentación y saludos empezó muchos querían llevarse un ejemplar con firma y dedicatoria del autor. Intuía que Maxo tendría reservado un ejemplar para regalarme pero decidí prescindir de tal ventaja; como los demás, compré mi libro y me puse en la fila esperando el turno para su firma. Me parecía que era lo que correspondía hacer. Debo confesar que conocía el contenido porque había leído varios capítulos cuando se encontraban en estado embrionario. Así y todo comencé a hojearlo más que nada para ver las fotografías, los cuadros y las tablas que por supuesto no habían estado incluidos en los borradores a los que había accedido. En eso estaba, con Siete años…, en las manos, cuando el azar me puso ante la vista la dedicatoria impresa en la página… ¡7!: “A mi viejo, el maestro que me guió y me acompañó en las dos pasiones que intenta combinar este libro: el fútbol y el periodismo”.

El golpe fue tre-men-do… De pronto sentí que una mano poderosa me oprimía la garganta, se me nublaron los ojos inundados por súbitas lágrimas y me quedé sin respiración.  Literalmente. Abandoné disimuladamente la fila, busqué un rincón y allí me escondí, intentando reponerme. Después de un rato recuperé el control. Tengo muchos libros y una colección bastante importante de libros de fútbol. Cuando me pedían que dijera cuál era mi preferido o recomendase alguno nunca podía decidirme porque creo que de todos se rescatan enseñanzas o placeres que vale la pena experimentar. Ahora todo cambió: hay uno que en sólo tres renglones de la página 7 encierra toda la emoción que un libro me puede generar.

Por Ricardo “Dickie” Randrup, padre del autor

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