Josué

125-JosueEste 10 de diciembre se presentará un libro sobre la inundación de 2013, editado por La Pulseada: 2A. El naufragio de La Plata. Escrito por Josefina López Mac Kenzie y Martín Soler e ilustrado por Juan Bertola, cuenta lo ocurrido en todos los poderes y sectores políticos y empresariales después de la lluvia del siglo. Adelantamos un capítulo, “El excluido”, que habla de una de las víctimas fatales.

Treycey vio la escena primero en vivo el 4A y tiempo después, en fotos policiales encarpetadas en la fiscalía y proyectada en sombras de su casa que la impresionan. Su pareja, Josué, está tendido boca arriba, como durmiendo; tiene espuma en la boca, un brazo cruzado sobre el pecho y el otro extendido, y una mano dentro de la boca de Tula. El perro lo lamió durante la patada eléctrica y ambos murieron dentro del contenedor donde vivían. Fue en un baldío de 16, 517 y 518, cerca del hipermercado Carrefour de Ringuelet.

Josué Gonzalo Suárez Salazar (23) había llegado desde Perú unos meses antes, con la idea de progresar en la Argentina. El 2A chateó por Facebook hasta las 19 con Treycey (18). Se ilusionaban con que Mariela García Castillo, la mamá de ella, les comprara unas entradas para ir al cine a festejar un mes más juntos. Con el diluvio, Josué dejó el ciber y volvió al baldío donde la arquitecta Ana Emanuele, directora de la constructora Mandelbrot S.A., proyectaba levantar los condominios residenciales Hausland I y Hausland II. La obra estaba frenada y Josué cuidaba el predio.

El agua comenzó a subir tipo 18.30 y hubo luz toda la noche. Josué nunca más respondió, ni a la insistencia telefónica de Treycey ni a Wilson, un contratista boliviano que solía recogerlo en un camioneta sin acoplado cargada con más trabajadores para hacer algunas changas en obras. El barrio era una gran pileta donde se superponían varias acciones: muchos se autoevacuaban; un hombre se trepaba a un árbol dispuesto a pasar varias horas; Tula buscaba refugio a nado por ahí y el perro de Cintia, que vive a tres casas del riachuelo Del Gato, ladraba sin paz; también murió electrocutado.

Sin noticias, el jueves 4A Treycey le rogó a Mariela que la acompañara al lugar que sólo ella y un primo de Josué conocían. Estaba nerviosa. Las redes sociales hervían y el número de fallecidos crecía en los medios. Cruzaron la ciudad que deambulaban ambulancias, camiones del Ejército, helicópteros, movileros, voluntarios, punteros, funcionarios. En el barrio del Carrefour seguía brotando agua del piso cuando Andrés, un vecino, las vio llegar y las oyó gritar, como un trueno desfasado: Josué estaba muerto como los perros. Llamó al 911 y comenzaron a llegar patrulleros, primos y tíos, y el entonces cónsul general de Perú, Peter Camino Cannock. Después se sumaron el contratista y la arquitecta.

Aunque se produjo la madrugada del 3A por “síndrome asfíctico secundario a electrocución”, la muerte de Josué se anotó el 4A. Por esa fecha y porque no era un ahogado, el fiscal de turno, Juan Cruz Condomí Alcorta, la desvinculó de la inundación y derivó el caso a la fiscalía Nº 12, de Delitos Culposos, a cargo de Alejandro Marchet. El comité de gobierno de cifras del Ministerio de Justicia y Seguridad, que había incluido a Josué en una primera nómina de víctimas que hizo circular, lo borró. Y un comunicado emitido por el consulado general de Perú en Buenos Aires para ordenar la ayuda a los miles de peruanos afectados entre La Plata y el Conurbano sostuvo que “según información preliminar brindada por la Policía Nacional y los servicios de asistencia y emergencias, no habría víctimas de nacionalidad peruana”. Después el papá de Josué, Melitón Suárez Valdivia, dijo la verdad en televisión, llorando.

La despedida se hizo el 7A, cuando la familia terminó de llegar a La Plata. Ese día, en la sala velatoria de la empresa Betty, Melitón conoció a Treycey, a quien sintió como una hija; antes de Josué perdió a otros dos hijos: uno al nacer y otro ahogado en un río cerca de su casa. Conoció también ahí a Marcelo Leo, que velaba a su papá, Francisco, externado en silencio del hospital Español durante el apagón que coexistió con la inundación, para fallecer en la clínica de la Comunidad de Ensenada.

***

El abogado de la colectividad peruana Luis Eduardo Montané López dice que cuando le pedía a Condomí determinadas diligencias por el caso le respondía: “No es necesario… murió el 4”. En el escrito en el que le solicitó formalmente la reincorporación de Josué a la causa —es decir, a la lista oficial de víctimas de la inundación—, planteó que la fecha “indicada falazmente en el certificado de defunción, siendo benévolo, es antojadiza e inexacta”. Explicó que mientras toda la noche del 2A hubo luz en la zona, desde el 3A a las 12.25 hasta el 4A a las 15 ya no hubo suministro.

—¿Cómo se va a electrocutar alguien si no hubo luz? ¡Es una cosa totalmente ridícula! Del listado se lo intenta excluir de una manera escandalosa, porque había elementos de sobra que lo vinculaban con ser una víctima del temporal —se inquieta Montané en su estudio—. Se hace un dibujo artesanal de manera de poder colocarlo en esa fecha… alegremente lo sacan de la lista y generan otra causa.

 

Un informe de Edelap y testimonios de vecinos y de un médico de la Policía Científica recibidos en la nueva fiscalía (en el expediente IPP Nº 12922) contribuyeron a concretar la reanexión de Josué a la causa de las muertes por la inundación. El legista Jorge Antonio Álvarez Cevallos admitió irregularidades; le dijo a Marchet que él autopsió a Josué el 6A y habló de un “(…) error involuntario de tipeo al indicar entre 48 y 56 horas de data aproximada de muerte, en realidad la misma se estima entre 72 y 96 horas anteriores al momento de efectuar la realización de autopsia”. También sostuvo, ante la pregunta de si “haber estado dos días en la cámara de frío influye sobre la data de muerte”, que aunque esto “retrasa los fenómenos tanatológicos” había “livideces fijas dorsales sin transposición que dan cuenta que el cuerpo ya tenía signos de putrefacción, o sea, poseía manchas verdes y red venosa abdominal compatible con el proceso de putrefacción, y que esto aparece después de las 48 horas a temperatura normal o ambiente”.

Para Montané, Josué fue una variable de ajuste para incluir a otra persona sin alterar el número inicial de 51 muertes oficiales. Para el juez Arias esa otra víctima tiene nombre: Nélida Reyes (89), que murió en su casa en Tolosa y no figuró en la primera lista difundida a la prensa pero sí en los registros de la Policía Científica. El magistrado señaló en su sentencia que estos dos casos ejemplifican la intencionalidad de acotar la cifra y las irregularidades en la inscripción de las defunciones: “En el caso de Nélida Reyes se expidieron dos certificados de defunción, consignándose en uno de ellos ‘paro cardiorrespiratorio no traumático’, cuando en rigor la inscripción obrante en el Registro de las Personas (…) indica que la causa fue ‘asfixia por inmersión’”, indicó.

—Hubo que batallar un poquito bastante con (el juez) Atencio para que Josué quedara en el listado —dice Montané—. Hablando en criollo, él te sobraba… Decía que las víctimas son las que están en el listado y no hay más que eso… Yo tengo la sensación de que quizá hubo alguna especulación… de que su exclusión pudo haber pasado por su condición de extranjero y que nadie iba a insistir o a hacer los planteos necesarios para su reconocimiento.

Con el caso devuelto al listado de víctimas, Treycey le insistió a Jorge Paolini, el nuevo fiscal, ya a cargo de todas las investigaciones penales por la inundación, que la dejara mirar las fotos de la causa, y pudo completar en sus ojos la imagen de Josué enredado en cables, en el container. Con Melitón volvió a encontrarse cuando él regresó por trámites de reparaciones económicas para familiares de víctimas que fueron un nuevo dolor de cabeza. Montané se indigna porque “ni  siquiera le dieron una explicación de por qué telefónicamente en la Municipalidad le dijeron que haga 5.000 kilómetros de gusto. Estuvo 15 días dando vueltas acá”.

Batallar

Mandelbrot S.A describe así al predio donde murió Josué: “A pocos metros del camino Gral. Belgrano y a escasos minutos del casco urbano, es concebido dentro de un entorno mágico y verde, resguardado por una añeja arboleda”. El proyecto de departamentos prevé dormitorios con vestidor y baño en suite, “equilibrio necesario para el cuerpo y la mente” y una “construcción planteada entre lo natural y la lógica, con las cualidades de un accidente controlado…”. Según describieron testigos en la fiscalía, era un predio con una casilla y algunos depósitos de dos por dos, sin puertas, donde se guardaban “cosas de poco valor”. Josué y antes otro chico peruano, Gerardo, se guardaban ahí.

—Era un container. De lata… acá se dice chapa. No era ni una casilla, que yo las vi y son de madera…. Te juro que no sabía que vivía así —se impresiona Mariela.

—Estaban todos los cables pelados —describe Treycey.

—Era un lugar tremendamente precario —lamenta el cónsul.

—El espacio físico donde estaba él está dentro de un predio donde había un proyecto laboral: no puede ser habitado, no tiene condiciones de seguridad mínimas básicas, como servicio sanitario, la electricidad estaba enganchada y sin disyuntor —enumera Montané.

En el fuero laboral platense hay en 2014 dos expedientes en trámite iniciados contra Mandelbrot S.A. y otros cuatro contra Ana Emanuele, por despidos o accidentes laborales, más uno abierto después del 2A por Montané contra la arquitecta para conseguir una indemnización para la familia.

—Empleo en negro, falta de ropa de trabajo y tareas desarrolladas a cielo abierto y sin control son las condiciones habituales para los peruanos que trabajan en La Plata. En la construcción, en el ámbito textil y en todos… Esto de hacer trabajo de 14 horas, dormir poco… Es muy triste —redondea el abogado.

Los Suárez Salazar son una familia humilde del departamento Ancash, ubicado en una zona de sierras, donde están los grandes nevados peruanos. Les lleva tres horas bajar hasta Lima y tres días llegar a La Plata. Josué emigró en 2012 con su primo José Luis y un certificado de “Operador de cargador frontal y retroexcavadora” expedido por la Asociación de Docentes de la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima, que lo habilitaba para maniobrar maquinaria pesada. Todos los días iba a buscar a Treycey a la escuela, en Tolosa, y caminaban hasta su casa del barrio Las Quintas. Ella a veces lo llama Gonzalo y a veces, Josué, y sonríe cuando lo describe: era “cariñoso y divertido” y la acompañaba en este nuevo país donde todavía andaba algo apenada y rebelde con la escuela.

Mariela dice que Josué era “muy juguetón, reilón y comprador”, y que cuando ella lo retaba “era incansable: se conectaba a internet y me decía ‘¡Déjeme volver a su casa, perdón, señitooo!’, por ‘señora’”. Ella es de Chimbote, una ciudad balnearia, pesquera y siderúrgica que queda a seis horas de Lima, donde tenía un pequeño restorán y se las rebuscaba vendiendo ropa y otros artículos. En 2010 vendió lo que tenía y partió con su esposo y Treycey a la Argentina, donde ya estaban sus cinco hermanos y su hijo mayor. En La Plata hace mucho frío o mucho calor, y extrañan el clima peruano. Pero quieren estar juntos y progresar en “esta tierra donde tienes que hacerte tu lugar…”.

—Josué se fue quien sabe si por un designio de Dios o qué. Y nosotros tenemos que estar bien acá para poder pelear por algo mejor. Y por él —dice Mariela en la puerta de la casa de Las Quintas que comparten con la familia de su hermana. Subdivisiones precarias, ventanas de tela y la electricidad como un laberinto bajo el cielo.

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