Hasta la victoria siempre, Nilda Eloy

A los 60 años, falleció en La Plata la ex detenida-desaparecida. La mujer a la que romper el silencio la convirtió en una de la más aguerridas militantes por la verdad y la justicia. Hubo un acto homenaje en la sede de Ate.

 

Fotos: Gabriela Hernández y María Laura D’Amico

 

“Vino Nilda Eloy y quiere saber si en tal causa….”. La frase sonaba como un latigazo adentro de los Tribunales. Si hay algo que caracterizaba a Nilda era su insistencia, su malestar contínuo porque las causas no avanzaban, su búsqueda incesante de justicia. Por algo sabía más que los abogados de los expedientes, tenía en su cabeza la historia de cada acusado y el privilegio de sentarse en el estrado en los juicios de la dictadura sin ser abogada.

Nilda era ya conocida antes de 2006, cuando fue testigo del genocidio, junto a Jorge Julio López. Mucho antes, en el Juicio por la Verdad, en 2001, había reconocido la voz y el anillo de sello de uno de sus captores, Miguel Ángel Ferreyro, y entonces declarado sobre los abusos sexuales que sufrieron las detenidas en los “campos de concentración”, como insistía en denominar a los centros clandestinos. En ese trajinar de los tribunales, estando en una fiscalía, reconoció a otro de sus captores cuando vio la foto de Hugo Guallama en el legajo personal, dejado arriba de un escritorio.

En los últimos años, además de empujar el proceso de Verdad y Justicia, Nilda se desempeñaba en el área de Justicia por Crímenes de Lesa Humanidad de la Comisión por la Memoria, de la que participó desde su creación. Formó parte de la asamblea de trabajadores/as de la Comisión y repudió la violencia de género en todos los ámbitos donde militó. Era una fuente constante de consulta sobre circuitos represivos, episodios, hipótesis. Conocía bien los papeles del archivo Dippba. Era muy memoriosa y por lo tanto una fuente de chequeo muy importante.

Aunque no lo parecía a simple vista, casi siempre estaba de buen humor. Era suscriptora de La Pulseada desde sus inicios y, según nos dijo, le tenía mucho cariño a la revista.

Nacida y criada en La Plata, estudió en el Bachillerato de Bellas Artes. De joven, nadaba en el río en un equipo de natación de aguas abiertas llamado Cardumen. Recibida de bachiller de Plástica, decidió estudiar Medicina. Apenas pudo concurrir un año porque el 1º de octubre de 1976 la raptó una patota al mando de Miguel Etchecolatz. Entonces era instrumentadora quirúrgica y también trabajaba en el negocio familiar: un kiosco y una parada de diarios. “Vivía muy absorbida en lo que yo hacía. 13 o 14 horas diarias de trabajo y el resto estudiaba”, contó en una nota en La Pulseada 37.

 

“Legalizada” y liberada con 29 kilos de peso, no participó del movimiento de Derechos Humanos en los ’80. Se exilió con su compañero en España hasta 1982. Vivía con miedo. En el Centenario de La Plata, “me parecía que me miraban, que me reconocían, que yo reconocía a su vez. Y eso que iba con mi compañero y mi mejor amiga, de la infancia, uno de cada lado”, contó a esta revista.

 

Tuvo una hija, Nuria. Enviudó joven. Al igual que López, no fue hasta 1999 que declaró por primera vez, en el Juicio por la Verdad. Contar el horror le cambió la vida, y se volvió una militante tenaz de la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos, con solidaridad para convencer a otros de la necesidad de declarar. Con el devenir de los juicios, se puso al hombro la tarea de estar cerca de los testigos. Tuvo un rol importante en esa militancia, mucho antes incluso de que se crearan los programas de contención. Estuvo al frente de todos los pedidos por la aparición con vida de López.

 

Y se fue, un fin de semana de noviembre. Su cuerpo no aguanto más y no hubo velatorio porque ella decidió donarlo a la Ciencia. Sí hubo un conmovedor acto homenaje en la sede de ATE. Queda en La Plata y en el resto del país su imagen de luchadora. Sus discursos, cargados de silencios significativos. Su levantar de cejas como diciendo: “Qué estás diciendo”. Su larga cabellera blanca aún no iconizada en sténcils. Hasta la victoria siempre, compañera, Nilda Eloy.

 

 

 

 

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