“Ese tejido de voces que me constituyen”


142-CacopardoUna selección de 31 entrevistas realizadas en “Historias debidas”, tras más de una década de programa en Argentina y América Latina, se hizo libro. En diálogo con La Pulseada, la periodista explicó que la decisión de hacer un libro le llevó años y que buscó contar “todo lo que no estaba en el diálogo”

Por María Soledad Vampa

Fotos: Gabriela Hernández y Archivo La Pulseada 

Isabel Allende (Chile), Macarena Gelman (Argentina), Chicha Mariani (Argentina), Amaranta Gómez Regalado (México), son algunos de los 31 nombres que encarnan los testimonios que se vieron por la televisión y hoy son tinta en las páginas de un libro. Ana Cacopardo cuenta a La Pulseada la historia de búsqueda de “Historias Debidas”.

–¿Por qué un libro en estos tiempos digitales?
–Bueno, durante mucho tiempo pensé que no tenía sentido hacer un libro sobre “Historias debidas”, no fue esta la primera vez que estuvo dando vueltas una propuesta editorial. Siempre tuve la sensación que si el libro era un hijo bobo del programa de televisión no servía y fui consciente también de que era un lenguaje distinto, que las entrevistas desplegaban sus sentidos en el lenguaje audiovisual donde cuenta no sólo la palabra sino otras cosas: un silencio, la gestualidad, cuenta el cuerpo, ¿no? Entonces era un laburo de traducción el que había que hacer, un tránsito que iba a requerir su tiempo y no me sentía del todo segura con hacerlo. Pero el año pasado lo volví a pensar porque sentí que la experiencia de América Latina había sido muy rica, y de alguna manera el libro siempre implica, quizás es un fetiche, la materialidad, esto de dar vuelta la página, volver a una idea, te da como otra permanencia. Entonces le hice la propuesta a Juan Duizeide, un querido amigo, fantástico narrador, que además fue parte del equipo de “Historias debidas”, para encarar este trabajo de traducción.

Ahí empezó a caminar el proyecto, aceptamos la propuesta de la editora Patria Grande y generamos una estructura donde la primera parte fue un ejercicio de reflexión en torno al testimonio, al valor del testimonio, lo que creo no está en otro lugar, un conjunto de reflexiones que tienen que ver más que nada con los estudios de memoria y con el tránsito y la deriva personal entre el movimiento de derechos humanos y el documentalismo que son como los caminos que he hecho estos años.

–Volviendo un poco atrás ¿qué fue lo que hizo nacer a “Historias debidas”?
–Yo empecé en televisión de un modo bastante azaroso porque en La Plata justo cuando terminaba Periodismo arrancó el canal de cable local y me tocó a mí y otros colegas trabajar las agendas vinculadas al noticiero, a programas políticos. Y hubo un momento donde sentí necesidad de hacer otra cosa, de buscar otros tiempos y otra agenda, otro tratamiento. Y así nos juntamos con Andrés Irigoyen que fue el director del primer ciclo, Ingrid Jaschek, más tarde Pablo Spinelli, Mariana Martínez Alcántara, un núcleo de base que pensó una agenda nueva y una puesta en escena con recursos chiquitos pero que propiciara un encuadre, una cámara que no invadía, un determinado uso del material fotográfico. Si tengo que sintetizar la búsqueda fundante fue eso: otra agenda y otro tratamiento donde ya aparecía una mirada más documentalista. Porque el tipo de vínculo y de producción que nosotros establecemos con los personajes es más propia del documental que de la producción televisiva. Y ahí empezó a hacer el camino en la televisión de La Plata con personajes hermosos, algunos ya no están, como Carlitos Cajade que fue parte de esas primeras entrevistas; y el programa empezaba a transitar con una impronta muy fuerte de temas sociales y de derechos humanos.

–Mencionabas que al pasar esos encuentros al papel fue necesario iniciar un trabajo de traducción. ¿Cómo fue eso?
–Con Juan hicimos una selección de 31 entrevistas y el ejercicio con cada una de ellas fue mirarla y contar todo eso que no estaba dicho en el diálogo, en la transcripción literal, que era una atmósfera, un clima, una situación, a lo que además le sumamos más información de perfil de los personajes. Me parece que quedó un producto final con el que estoy feliz porque siento además que el libro tiene un valor literario, y tiene el valor de ser una herramienta. Creo que esos testimonios hoy están resignificados en este contexto político, algo en lo que francamente no había pensado, pero viendo su circulación, lo que pasa en cada una de las presentaciones, pensando que muchas de esas voces no tienen circulación pública.

–Iniciaste con una presentación en la Feria del libro en Buenos Aires y después regresaste a La Plata…
–Con una intermedia muy importante, porque la posterior a Buenos Aires fue Necochea, así que hice Necochea y La Plata que son como los lugares fundantes ¿no? Y fue hermoso porque fue un reencuentro con amigos, con gente que hace años en mi vida no encontraba. Y siento que va a seguir pasando porque son espacios donde la gente se junta para salir un poco de la intemperie, de un contexto de mucho desencanto, en el que necesitamos juntarnos, y pensar juntos este momento y tejer desde el pie. Cuando arriba todo está como está, entonces tejer desde el pie es lo único que nos da alguna certeza.

Y fueron como con una especie de confluencia de capas geológicas de la vida, yo me sentía como en un cumpleaños de cifra redonda donde se juntan rostros queridos, amados, admirados. Acá en La Plata ver que estaban Néstor Bru y Rosa, en otra mesa Elsa Pavón, en otra, amigos de La Pulseada, de la Comisión por la Memoria, y amigos del canal de cable con los que empezamos a hacer las primeras cosas a principios de los ’90 y los amigos de siempre. Además se dio este inesperado regalo del azar que es que Amaranta Gómez Regalado que es una activista trans mexicana, justamente estuviera de visita en Argentina y pudiera acompañarnos en la presentación, fue una confluencia maravillosa, muy intersección de los caminos andados.

–Tanto Amaranta en La Plata como Sonia Sánchez en Capital fueron las que brindaron la fuerza del testimonio en la presentación del libro.
–Claro, además las dos expresan cuánto puede decirnos el testimonio sobre el mundo del otro y desde una visión que no es de victimización. A mi me interesa, y me parece que es lo que juntas hicimos en esas conversaciones, cuando hay un reconocimiento del dolor del otro, pero cuando desde ese dolor se construyeron identidades políticas que han corrido fronteras. La victimización es una mirada que no me interesa. Por el contrario todas estas son actoras de sus destinos e identidades políticas, que han promovido transformaciones profundas y me parece que asomarse a esos testimonios nos permite pensar en estos procesos.

–¿Esa es la mirada que cose un poco cada testimonio en “Historias debidas”?
–Sí, es lo que me importa del testimonio y está presente en todos los casos. Con recorridos y desafíos diferentes en cada caso, porque cuando trabajas historias como las de Sonia o como las de las chicas travestis hay zonas complejas, las fronteras entre lo que es íntimo y lo que es público, hasta dónde, cuándo tiene sentido, cómo pararte ahí. Yo me detengo en la primera parte del libro a pensar cuál es una postura ética, de qué manera se corren esas fronteras o no entre lo que es público y privado. Hablo de una ética porque parte de esa idea de no revictimizar sino de construir un sentido. A mí me interesa compartir con la persona entrevistada el sentido de dar ese testimonio, es una construcción con el otro desde esa mirada. Después lo que pasa en el encuentro nunca está muy claro, es producto de la originalidad de cada momento, de lo que pasa, del cruce de miradas, de la conexión que tenés con el otro.

–¿Cuánto hay detrás para llegar a esos testimonios, crear ese clima, ese encuentro?
–Lo que a veces ahí pasa, cuando hay una atmósfera, cuando se dicen cosas que no se habían dicho antes, es producto de un trabajo previo que yo te diría empieza en el momento en que definimos la agenda. Porque a veces vienen los nombres y no hay dudas cuál es la entrevista, pero a veces no hay un nombre y llegan primero los temas, temas sobre los que nos importa pensar y sentimos que hay que buscar las historias. Y ahí el testimonio tiene un valor político enorme por la capacidad de intervención que tiene. Esa capacidad de establecer empatía, de conectar con el universo del otro, de poner en juego y desplegar las herramientas que te permiten comprender el universo del otro, le da al testimonio una enorme potencia política. Y cuando digo potencia política es la capacidad de interpelar tu sentido común, de correr al menos un poquito preconceptos, de conmover pero no desde una emoción vacía de otros planteos. Por eso para mí en el programa también hay diferencia entre la emoción genuina y la lágrima que es producto de un golpe bajo. Y también hay límites en que definimos que hay un corte porque sentimos que hay que cuidar a la persona que está testimoniando o no, no hay corte porque esa lágrima es parte legítima del relato.

La preproducción es eso, todo ese laburo previo, más compartir el sentido con ese otro que estás convocando puede y durar un mes, dos, o años. Con Macarena Gelman nos tomamos un café durante tres años seguidos y no era el momento, pero a mí me interesaba porque siempre me interesaron las historias que no son llanas. Y hubo que esperarla y respetarla. O por ejemplo, cuando pensamos cómo abordar la cuestión de los privados de libertad, bueno, no siempre nos aparece un nombre, esto significa investigar, hablar con especialistas, conversar con profesionales y a partir de ahí aparecen nombres, como el de César González. Y el programa en que estuvo él que se usa muchísimo y no sólo para pensar el encierro en los institutos sino se pasa en facultades para pensar qué rol tienen los profesionales, psicólogos, trabajadores sociales en las instituciones cerradas, entonces ése es el valor político del testimonio.

–¿Y ahora qué expectativas te genera el libro, qué cosas vas viendo que suceden en su recorrido como viste con el programa?
–No sé si tengo expectativas, la única es la de conocer a los que no conozco. Lo que te posibilitan las presentaciones del libro es conocer a ese núcleo de espectadores que se acercan al libro con una cosa tan afectuosa, quizás la única expectativa es que sea una herramienta, que pueda seguir siéndolo, pero más que expectativa es la afirmación de que tuvo un sentido hacer lo que hemos venido haciendo, y que hay muchos que esperan de la televisión pública, del periodismo, este tipo de propuestas. Entonces para mi es una alegría un estímulo, una afirmación que por supuesto plantea nuevos desafíos. También siento que el libro es una plataforma para hacer mi reconocimiento, mi espacio de gratitud a esos que son parte de este camino. Esos que están en la introducción del libro, los orígenes en la primavera democrática en la La Plata, el camino en el movimiento de Derechos Humanos, lecturas iluminadoras. Ese tejido de voces que me constituyen, yo soy de algún modo todas esas voces, estoy hecha por esas voces. Y si me gusta tanto la entrevista podría decirse ¿donde está tu voz?, ¿porqué buscas siempre la voz del otro? Bueno, a mí es la que me interesa, me interesa el universo del otro, creo que empecé a hacer periodismo porque creo que a veces vivimos demasiado encerrados en nuestros munditos y el periodismo es un oficio que permite aproximarse al universo de los otros. Además creo que en esta agenda, en estas voces, está mi propia voz, y eso fue lo que me pasó también haciendo el libro, el balance de mirar para atrás y sentir que había un sentido, una huella, unas búsquedas persistentes. Y son por ahí las búsquedas o las preguntas fundamentales cuyas respuestas no tengo, busco en otros, y ese es el camino que seguiremos haciendo, por donde podamos.

 

 

 

El legado de Lohana

142-amarantaLa presentación del libro en La Plata, en el Galpón de La Grieta (foto) contó con una fuerte presencia del colectivo trans local, convocado por la presencia de Amaranta Gómez Regalado. Ella es una líder indígena, referente del movimiento de DDHH en México. “Sus luchas se configuran desde dos identidades, desde la indígena, ella es Zapoteca, nació en Juchitán en el estado de Oaxaca donde la etnia zapoteca tiene una vitalidad enorme, y es muxe (mushe) que es una identidad de género ancestral, previa a la identidad trans o travesti, pero que está completamente reconocida e incorporada a la vida comunitaria. Entonces si bien hoy esa identidad Mushe está generando lazos y un particular ensamblado con las agendas del movimiento LGBT la verdad es que es una identidad preexistente”, explica Ana.

La periodista entiende que el testimonio de Amaranta “viene a decirnos que hay otros modelos posibles que no son esos expulsivos excluyentes que hay en las sociedades occidentales. Fue muy lindo ver cómo la rodearon los colectivos, las organizaciones trans y travestis que estaban acá, muchas compañeras latinoamericanas que están siendo criminalizadas, que son parte de un debate donde el estado no discute derechos, sino que lo que discute es dónde hay que ponerlas para verlas un poco menos ¿no?”.

Su figura y su lucha hizo presente la figura de Lohana Berkins. “Ella no sólo fue una líder referente acá en Argentina sino que lo fue en América Latina, es una referente para Amaranta y para tantas otras. Entonces recordarla, rendirle homenaje y sentir que hay un legado de lucha que estuvo presente fue un dato adicional para la presentación. Quizás para las chicas de las organizaciones trans el gran mensaje de Lohana es que las luchas si no se articulan se pierden. Ella supo siempre tender puentes, y me parece que en estos tiempos de retranca, donde las fuerzas de seguridad vuelven a tener la mano suelta esas articulaciones son fundamentales”, concluyó Cacopardo.

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