El último hombre

En los confines del norte santiagueño, un mundo está a punto de desaparecer. Con la complicidad de los funcionarios públicos, empresarios sojeros, ganaderos y forestales invadieron la tierra que les perteneció desde siempre a las comunidades indígenas y campesinas. Usan la violencia más despiadada, como si fuera una trama del Lejano Oeste. El 16 de noviembre de 2011, Cristian Ferreyra, 23 años y militante del Mocase-Vía Campesina, fue asesinado por un sicario en el paraje Campo de Mayo cuando organizaba una asamblea con sus compañeros. El 10 de octubre de 2012 se repitió la misma historia: Miguel Galván, de 40 años y también militante del Mocase, fue apuñalado por otra patota empresarial, cerca de donde aniquilaron a Cristian. La Pulseada estuvo en el monte reconstruyendo el crimen de Ferreyra, una región desolada y en vías de extinción donde la sequía hace estragos y el desmonte parece una imagen del fin del mundo.

Por Juan Manuel Mannarino

1.

¿Quién carneará los animales?

La tierra negra en las manos callosas de una señora robusta, que acaba de arrancar un par de flores del patio.

-Son para mi marido y para mi hijo.

Es verano y Mirta Ferreyra está sentada bajo la sombra de un palo borracho. “Ya no tengo hombres”, repite más de una vez, y las lágrimas pesan tanto como los 45 grados de la tarde santiagueña. Es una mujer de dos duelos, uno encima del otro: en octubre, el esposo falleció de cáncer; en noviembre, le mataron a sangre fría a uno de sus hijos. La tierra negra es semejante a la que removió para enterrarlos en un pequeño cementerio del monte, a la vera de un camino donde hay más vacas que humanos.

Las hijas y los nietos, descalzos, se turnan para acompañarla. Silenciosos y serios, la cuidan de cerca: no dejan que se esfuerce demasiado porque sufre presión baja y se desmaya seguido. Dice “tengo diez hijos” pero tendría que decir “nueve”: ocho son mujeres y hay un chico de 12 años. El otro varón, de 23, fue asesinado hace unos meses. En el patio hay una mesa de madera con una pava, unos perros que se rascan, un mate, una azucarera y dos mamaderas. Alguien entra a la casita de material que está en la mitad del terreno y vuelve con una foto.

-Es el finado. Mi hijo, Cacho. El Cristian –lo presenta Mirta mientras agarra un mate.

En la imagen el joven está serio, peinado con raya al medio, camisa clara y jean azul gastado, y sostiene una vela roja cual si estuviera a punto de rezar. Tiene una estatura media y los ojos mansos, un aura de serenidad que contrasta con el perfil que describe su madre: la de un “hombrecito” que trabajó desde los 10 años porque, con su padre postrado por la enfermedad, faltaban brazos para las tareas del monte.

-Él hacía los postes, él degollaba los animales, él usaba el hacha. ¿Quién me carneará los animales ahora? –dice la mujer de 55 años y ojos verdes en una cara morocha, aindiada. No se imagina jamás que alguna de sus hijas, aunque muchas sean fornidas y tengan cerca de 30, puedan labrar un poste y carnear un animal grande.

Cantan las chicharras. Estamos en Monte Quemado, al extremo norte de Santiago del Estero, en la frontera con Chaco y Salta. Es una comarca desértica que alguna vez tuvo un cine colosal tan abandonado hoy como la pintoresca estación de trenes que parece detenida en el tiempo.

El tradicional grupo folklórico, “Los Manseros Santiagueños”, le dedicó “Canto a Monte Quemado»:

Monte espeso, monte virgen
tan lejano y olvidado,
miradas del hombre simple
temeroso y tan sufrido
que habla con ruda nostalgia
de las cosas que ha perdido…

Fundado en 1932 es la cabecera del Departamento de Copo y tiene cerca de 13 mil habitantes, casi la mitad del distrito. Las casas son de ladrillo, bajitas, y los pobladores, cuando no salen a la vereda, caminan hasta la plaza principal que tiene tres bancos y un monumento gigante dedicado al hachero. Los hombres permanecen en bares donde suenan más chamamés que chacareras.

Pero la música del pueblo es el “srr, srr, srr” de los aserraderos, galpones enormes que no descansan ni a la hora de la siesta. Los dueños de Monte Quemado son los obrajeros, empresarios forestales que emplean a los hombres de la zona y compran los postes de madera a los hacheros del monte.

-Pagan poquito. Una miseria. Siempre fue así –se resigna Mirta. Al rato, sin embargo, diferencia lo que es vivir en el monte. Dice que, aunque sean pobres, “en el campo nunca vivimos con patrón, porque criamos los animales para comer y del bosque sacamos lo que necesitamos”.

El nombre “Monte Quemado”, según antiguos pobladores, proviene de un gran incendio forestal ocurrido a principios del siglo, donde se quemaron grandes extensiones de los montes vírgenes santiagueños. Eran intencionales, ocasionados por los obrajeros para ocultar la depredación clandestina de tierras fiscales.

El poder de los obrajeros, en los últimos años, ya no es único. Hace poco más de un lustro, la llegada de grandes empresarios sojeros y ganaderos alteró la vida de los campesinos, que sin dejar de criar animales y hachear árboles, ahora están divididos entre luchar por la tierra que les pertenece por generaciones y recibir el dinero fresco que les ofrecen para escapar de la pobreza. A éstos últimos, Mirta no los entiende.

-Las familias se están mareando por el dinero. Hasta el maestro de la escuela está con ellos. Pero les va a durar poco. Mi hijo los convencía que los empresarios se iban a quedar con todo. Y antes de morirse logró que muchos se arrepintieran.

Los jóvenes mueren. Así lo dice Shu Mansilla, un periodista de la zona que maneja una Harley-Davidson y se saluda con todo el mundo. De barba candado, retacón y único redactor de la revista “DNI”, está preocupado porque “los valores tradicionales como la familia y la fe se están perdiendo” y explica que los jóvenes se aburren y “dos por tres se matan”. Habla del reciente suicidio de una adolescente, hija del matrimonio entre un obrajero y una ex concejal. Se mató con una pistola de los padres, al regresar de un boliche, después de discutir con su hermana mayor. En el pueblo, como un murmullo prohibido, se comenta que “sufría por su sexualidad”. Y no explican mucho más.

El periodista escribió libros de historia sobre Monte Quemado y se enorgullece de tener la única revista de la región con el auspicio de los aserradores en páginas centrales y contratapa. Expresa estar “dolido por el asesinato de Cristian Ferreyra”, pero justifica la entrada de los empresarios como “el progreso que este pueblo quiere”. Para Mansilla, se necesita la inversión “porque el campesino auténtico quiere salir de la miseria” y el campesino que se organiza para defender la tierra, como lo hace el Mocase (Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero), “no es el original, está influenciado desde afuera”.

-El Mocase tiene métodos terroristas. No son los verdaderos campesinos y están financiados desde Europa –dice en voz alta, sin temor a ser escuchado.

Mansilla no sólo es el vocero de las autoridades políticas y empresariales de la zona: los principales medios de comunicación santiagueños están en contra de cualquier organización campesina. “Somos un pueblo tranquilo, pero ya no podemos vivir como hace cien años”, agrega. Y se divierte contando “cosas locas” que suceden cada tanto. En 2007, mientras rezaban mirando hacia arriba, los fieles de una iglesia vieron un fantasma en el techo. Juraron ante la policía que una sombra se movió incesante frente a sus ojos y que parecía la silueta de un hombre con el torso desnudo, algo que pronto desapareció a la velocidad de la luz. Mansilla ríe: “en vez de pueblo fantasma, pronto vamos a ser un pueblo de fantasmas”.

El acento santiagueño no existe en esta tierra: se habla con tonada fronteriza, un poco salteña, otro chaqueña, pero sin una pizca de lo que se oye en el centro o sur de la provincia. Mirta Ferreyra se sorprende por la chica suicidada. Quizás le cueste creer que las jóvenes ricas también tienen problemas y puedan matarse. Otra vez las chicharras. Las hijas limpian cada chupada del mate con un repasador y ceban con cuatro cucharadas de azúcar. Hay olor a caca de bebé. La pesadez del calor, dicen, “voltia”. Tal vez por eso, como si se ahorrara esfuerzo, se conversa lo mínimo: para dar una orden, para hablar del tiempo, para comentar lo que pasa en el pueblo.

La casita de material en la que están los Ferreyra, ubicada en el centro de Monte Quemado, no es su verdadero hogar. Es una casita que, según explica Mirta, la alquilan a “muy bajo precio” para que las hijas viajen desde el campo a cursar el secundario. Los Ferreyra viven en un rancho de adobe a dos aguas y aljibe en el patio, sin luz eléctrica, como el que habitan los campesinos de los parajes monte adentro, con troncos de madera, techo de hoja de malvón, paja y nylon, y está en San Antonio, a60 kilómetros de allí, un territorio donde los pájaros están escondidos, temerosos de que los próximos estruendos de escopeta puedan impactar sobre ellos.

2.

El páramo negro

Dos veces por semana, un micro sale de Monte Quemado hacia los parajes rurales. En esta ocasión, el negrito, uno de los sobrinos de Cristian, hace de guía paisajístico. El colectivo es uno de esos escolares, viejo y destartalado, repleto de cosas: gallinas, packs de gaseosas Torassa y bolsones de alimentos. Como un barco pesado, se bambolea a los tumbos por los senderos de cascote macizo.

Después de tantas horas de algarrobos negros y blancos, quebrachos blancos y colorados, lapachos, mistoles y espinillos, se oye el ladrar de los perros. Un rancho y una escuela pequeña, la única de la zona: tiene un mástil en un patio de tierra y tres aulas. Otro rancho. “Acá es San Antonio”, dice el chofer, y “allá es San Bernardo”.

Una vez abajo, los hombres saludan con un apretón fuerte de manos. Uno de ellos es José Cuellar, de 51 años y marido de Josefa, la más grande de las hermanas Ferreyra. Es un hombre flaco y de pelo hirsuto. Se arma un torniquete con su propia remera y se la aplica por el cuerpo, en breves latigazos, para espantarse las moscas. José es salteño y sus trece hermanos y dos hijos viven en Tucumán. Cuando habla sobre “Los Ferreyra” se acuerda del Malevo Ferreyra; dice que lo respetaba como líder popular porque se plantaba frente a los ladrones. Pero hace 13 años que llegó a San Antonio a trabajar como hachero y la realidad tucumana le quedó lejos. Ahora Cuellar milita en el Mocase-Vía Campesina, que integrala Central CampesinaCopo-Alberdi (CCCOPAL

A los pocos días nos trasladamos hasta un desmonte. “El último que hizo el empresario Ciccioli”, aclara. Agarramos unas motos tipo scooter y atravesamos el monte en zigzag, como si estuviéramos descifrando la salida de un laberinto. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten los rayos del sol corren a esconderse en la sombra de una piedra. Cuellar bromea: dice que tenga cuidado, que en cualquier momento puede aparecer un puma.

-No se asuste, don. Con el desmonte, los animales grandes se fueron a otra parte.

Se frena. Agarra un palo y ordena que caminemos lento. Hay unas pequeñas cuevas de iguanas. Torpes y lentas, son fáciles de agarrar. La piel, explica, sirve como medicina: para curar el moquillo de los animales. Como la lampalagua, la serpiente constrictora de la zona que suele medir hasta cinco metros y cuya grasa cura los empachos. Pero la víbora, que no es venenosa aunque si se enrosca al cuello mata en segundos, aparece con la humedad, revela, y en el monte no cae una gota en meses.

Hay un cartel: “Campo Virgen de las Mercedes. Prohibido pasar, propiedad privada”. Los cables de electricidad que cercan el campo están cortados. Desde el asesinato de Cristian Ferreyra el gobierno santiagueño prohibió el desmonte y las topadoras están guardadas en los galpones de los terratenientes. Cuellar no cree en los funcionarios. Todas las mañanas, cuando sale a hachear árboles, escucha a lo lejos que alguna de ellas se enciende. Los desmontes, dice, ahora suceden “monte adentro”, donde no llega ningún tipo de control.

-Los matones nos siguen vigilando de cerca. Antes lo hacían con las camionetas cuatro por cuatro. Ahora pasan en moto cross, rápido, y apuntan con escopetas.

Se saca los anteojos. Frente a sus ojos negros, dos caballos comen la hierba escasa, la que quedó en un paisaje de ramas caídas, tierra quemada y árboles cortados de cuajo. A ningún maquinista de las topadoras lo conmovió eliminar, de una vez y para siempre, la vida de arbustos que vivieron miles de años. Lo dramático, además, es que derribados de esa manera, y no al modo ancestral de los campesinos, los árboles no se regeneran y el ecosistema se debilita.

El desmonte es gris, triste. Un acontecimiento de cenizas y espinas, donde la respiración se suspende y el aire corta tan filoso como la sierra de las máquinas. Un mundo a punto de desaparecer, silencioso y desolador. Cuellar parece no aguantar más y arranca la moto.

-Vamos donde mataron al Cacho -dice apurado, con cierta vergüenza, como si escapáramos de un lugar que no le importa a nadie y fuéramos hacia el sitio que sacó del anonimato, bajo el signo implacable de la muerte, a esta tierra del nunca jamás.

3.

A la hora señalada

Aquella mañana del 16 noviembre de 2011, cuando se levantó a las 5 de la madrugada, lo primero que hizo José Cuellar fue mojarse los cabellos negros en un balde del patio de su rancho. Después dio alpiste a las gallinas, recorrió con sus ocho perros el chiquero y se sacudió las manos para acariciar la crin esbelta de un caballo de carrera que estaba atado a un algarrobo blanco. Cuellar lo cuidaba como un hijo privilegiado, separado del resto: la paga que recibía de su dueño era más importante que lo que le daban por los huevos y la carne degollada. Desde la copa de los árboles los coyuyos, sedientos, no paraban de cantar.

Prendió un fuego, se tomó unos mates y se ajustó un gorro en la cabeza. En un rato se encontraría con Cacho Ferreyra, su cuñado, y hablarían de cómo preparar una reunión con campesinos de la zona prevista para horas más tarde en la casa de Darío Godoy, de 26 años, en el paraje Campo de Mayo, cerca de San Antonio. Había expectativa. Los tres, militantes del Mocase, encabezaban la lucha contra los empresarios que se estaban quedando con las tierras del monte y tenían el plan de organizar y unir a los campesinos del norte. Una misión nada sencilla: las distancias entre los pueblos, con caminos de pozos de más de medio metro de profundidad, eran abismales. Una zona sin señal para celulares, sin televisión, sin internet.

A eso había que sumarle que los empresarios tenían poder de fuego: habían creado lo que se conoce como las guardias blancas, grupos paramilitares armados con escopetas de guerra y entrenados para matar. Cacho y sus compañeros recibían insultos y amenazas por haber cortado el alambre de los cercos y por desobedecer los límites del deslinde empresarial. Ninguno de ellos, sin embargo, jamás hubiera imaginado lo que ocurriría la tarde en la que sumarían a la lucha a nuevos campesinos.

En Firmeza, a20 kilómetrosde San Antonio, Javier Juárez se despertó sobresaltado. Luego almorzó con apuro. Su familia lo notó raro, y cuando lo vieron pegar un portazo sin agarrar las llaves de la cuatro por cuatro, se alarmaron. Con una escopeta ithaca bajo el brazo se subió a una moto y aceleró. Estaba llegando tarde. Tenía que estar a la hora señalada.

La casa de Darío Godoy quedaba en los confines del monte. Cacho almorzó con su mujer, Beatriz Juárez, de 26 años y su hijo Matías, de dos. Se estaban construyendo su propio rancho, a pocos metros de la familia Ferreyra, y esa mañana habían colocado un catre en la puerta para que los animales no entraran a los cuartos. El del hijo estaba casi terminado: habían pegado un poster de Pokémon en el centro.

Todo sucedió de manera súbita y con dramática rapidez. Eran cerca de las tres de la tarde, y salvo en la casa de Godoy, se dormía la siesta. En el rancho se hablaba de la comida que irían a preparar después de la asamblea y Cacho estaba preocupado porque muchos vecinos, como Fabucho Palomo y los hermanos Abregú, se habían sumado a la patota violenta de los empresarios. Entonces Viviana, la mujer de Darío, escuchó un ruido. Esa forma de llamar con las palmas, un tanto más torpe que lo normal, les resultó conocida. Era Javier Juárez, el tío de Beatriz. Estaba nervioso y desde lejos gritó: “¡Cristian, quiero que venga Cristian!”. Godoy tomó del brazo a Cacho y le pidió que detuviera la marcha. Los que lo conocían daban por descontado que Cacho, una vez que se le ponía algo en la cabeza, no frenaba hasta conseguirlo. Y con los Juárez había perdido la paciencia. Javier, sicario del terrateniente santafesino José Ciccioli, presionaba a Beatriz para que lo dejara y se fuera a vivir con ellos.

-Los Juárez te van a matar, te odian hijo -le había dicho Leandro de Jesús Ferreyra, su padre, antes de fallecer.

Cacho no recordó aquella advertencia y salió a la intemperie. Enojado, levantó la voz y dijo sus últimas palabras.

-Matón de porquería. Bajá el arma y andate a tu pueblo. No tenés nada que hacer por acá.

De inmediato Javier enderezó el arma y sin levantarla más que a la altura del bajo vientre disparó dos veces. Una de las balas impactó en la pierna de Cacho y la otra pegó contra una piedra y se incrustó en la rodilla de Godoy. El sonido de la ithaca despertó de la siesta a Sergio Ferreyra, primo de Cacho, un petiso fornido que vivía a metros de allí. Los gritos de los baleados estremecieron el monte. Llegó corriendo, vio el reguero de sangre y se arrojó encima del asesino a sueldo que, algo sorprendido, retrocedió. Luego forcejearon, rodaron por el suelo y Sergio le quitó el arma. Se paró, le dio un culatazo en el ojo. El sicario le pedía por sus hijos. Aún así apretó el gatillo. La escopeta bramó, silenciosa: se había quedado sin cartuchos. Por detrás aparecieron los padres de Sergio que evitaron que su hijo vengara la muerte: lo agarraron de los brazos justo antes de que le partiera una piedra en la cabeza.

Cacho se desangró lentamente. La bala de guerra había atravesado la arteria femoral. En la tierra que pisó por última vez, donde ahora hay una cruz precaria hecha de madera, con flores de plástico y una muñeca rota, todavía hay manchas de sangre seca. Godoy salvó su vida por milagro: un vecino lo cargó en una camioneta y lo llevó al hospital de Monte Quemado. Beatriz, que había estado la mayor parte del tiempo dentro del rancho protegiendo a su hijo, salió corriendo a buscar ayuda. Sergio Ferreyra, junto a vecinos que acababan de llegar, destrozaron la moto de Javier Juárez, que se fue insultado y con ganas de haber matado a Viviana.

Es que la mujer de Godoy tenía una prueba irrefutable. Le había sacado una foto con su celular: un retrato único del criminal en la puerta de su casa, con la ithaca de dos caños en mano antes de apuntar a Cacho, que estaba a centímetros suyo, desarmado, y con el brazo en ademán de echarlo.

4. 

Progreso, divino tesoro

El Canal de Dios, brazo que conecta con el Río Salado del Norte, parece la bendición que salva a los campesinos de la sequía: en el monte sólo llueve un par de veces al año. Pero el agua sale sucia, no es potable y tiene una alta concentración de arsénico. El padre de Cristian, de tanto beberla, contrajo una intoxicación que le provocó amputaciones, cáncer y muerte. No fue el único caso. Los pobladores aseguran que, por cada familia, hay alguien que se enfermó por el agua contaminada.

El paraje San Antonio pertenece a los Lule-Vilela, una etnia indígena que tiene cerca de 800 familias en una propiedad comunitaria de 75 mil hectáreas. Originarios de la zona occidental del Chaco, al principio eran nómades cazadores-recolectores y luego adoptaron hábitos agrícolas. Su lengua está extinguida y hay un párrafo de su historia que la destaca como una comunidad guerrera: se dice que lograron frenar el avance de los incas, uno de los imperios prehispánicos más poderosos.

Alrededor del paraje San Antonio viven unas 25 familias en un radio de 2 mil hectáreas. La tierra es blanca. Parece talco. En el municipio de Monte Quemado, un funcionario despliega un mapa donde están registrados todos los poblados del monte: San Bernardo, Nueva Esperanza, San José de Boquerón.

El funcionario, secretario del intendente Carlos Hazam, se ataja y explica que “hace años están haciendo un censo de los parajes” aunque, en lo concreto, no hay datos actuales de las familias ni de los desmontes ni de las zonas en conflicto ni de las casos de cáncer por arsénico en el agua. No dirá mucho más: también lamenta la muerte de Cristian Ferreyra y asegura que están haciendo “lo posible para que no suceda otro asesinato”.

Los campesinos enfatizan que el municipio, la justicia y la policía hicieron la vista gorda ante las denuncias que hicieron por amenazas, usurpación de tierra y arrasamiento del monte. Si alguna de estas advertencias hubiera sido escuchada, destacan, el crimen del joven militante podría haberse evitado.

El progreso, el progreso, el progreso. Es la bandera que enarbolan periodistas, políticos, jueces, comisarios, comerciantes y la palabra circula como si la vida en el monte no existiera: como si el norte santiagueño fuera el eslabón perdido de la colonización europea y criolla. Hoy, en pleno siglo XXI, defienden una idea civilizatoria de siglos pasados. El progreso es el eufemismo con que el gobierno provincial festeja la entrada de los empresarios sojeros, ganaderos y forestales.

A diferencia de otras zonas de Santiago del Estero, donde el conflicto por la tierra se originó hace más de 20 años y los campesinos fueron resistiendo con un proceso gradual de lucha, los capitales del agronegocio encontraron aquí una realidad favorable: campesinos pobres y aislados en un monte inmenso, olvidados por el Estado. De un momento para otro, compraron terrenos fiscales con títulos falsos de propiedad, maquinarias de última generación y usaron un sutil mecanismo de persuasión: dejaron que los campesinos siguieran en sus ranchos pero les cercaron los movimientos, construyéndoles casas de material y galpones gigantes.

A muchos los contrataron para tareas domésticas y a otros les dieron handys, armas y camionetas para custodiar los latifundios. Una vida heredada por generaciones dio un giro de 180 grados en tan sólo un par de años. De levantarse a la madrugada para soltar los animales, algunos campesinos pasaron a estar encerrados, cuidando la tranquera con alambres electrificados. De recibir un dinero miserable por los postes de madera y el carbón, pasaron a cobrar sueldos por vigilar pertenencias ajenas.

A los hacendados todo les iba perfecto hasta que una buena parte de los campesinos se resistió a los desmontes y el despojo de la tierra. Son los que, como Cristian Ferreyra, defienden la naturaleza y la vida. Pretenden vivir en la identidad de la familia numerosa, como lo hacían sus abuelos, dejando pastar libres a los animales y dormir con los catres en el patio bajo el cielo estrellado del verano. Y no quieren que la tierra de sus ancestros sea un escenario de topadoras, bosque arrasado y sicarios con ithacas.

5.

La ley del padre

A Mirta Ferreyra la viene a buscar una vecina para ir a una iglesia evangélica del pueblo. A los pocos minutos, los niños corretean levantando el polvaderal, con las gomeras colgadas en los cuellos, y las hijas tienden la ropa, preparan el mate y la mamadera, pasan la escoba. Prenden un fuego para espantar los mosquitos.

La madre sale y ellas ya no son tan tímidas: hablan de los boliches, de los chicos con los que bailaron en las últimas fiestas y con los que se escriben mensajes de textos. Noelia, que tiene cerca de 20, dice que el padre de su única hija, Valentina, murió por un accidente de moto. Y que, un año antes, la había dejado por otra mujer.

Lorena, su hermana mayor, prepara la cena en una olla grande: puchero de carne y verduras. Dentro de la casita de material hay un televisor con dibujos animados y los niños, tirados en una cama de dos plazas, lo miran sin demasiada atención. El resto de las hermanas, explica, está en Buenos Aires y en la capital de Santiago del Estero. Y Josefa, la mayor de todas, está junto a su marido, José Cuellar, en San Antonio con lo que queda de la familia. Dice que Cristian era parecido a su padre.

-Estaba encima de nosotras. No quería que saliéramos del rancho.

El Cacho se ponía celoso. Arrancaba su moto de cilindrada mayor y se aparecía en el pueblo cuando salían con sus novios. Desde que a su padre le descubrieron un tumor maligno, Cristian se convirtió en el jefe de hogar y estaba pendiente de la salud de su madre. Sus hermanas cuentan que opinaba sobre su vida, y rechazaba que fuera a rezar con los evangélicos porque era gente “que hacía mucho ruido” y “se aprovechaba de las personas buenas robándoles dinero”.

Todavía están sorprendidos por el asesinato de Cristian; se refieren a él en presente, como si todavía estuvieran esperándolo para que fuera a buscar leña al monte, arreara las vacas y se sentara con la familia para escuchar el radioteatro de la tardecita.

Lorena se sonríe. La imagen que se le cruza es la de Cristian trepando como un mono al tronco de un algarrobo con el brazo extendido hacia los cielos con el celular en la mano, tratando de enviar un mensaje de texto. No lo recuerdan como un militante. Pocas veces lo vieron con un libro y dicen que no discutía de política en la familia ni con los vecinos.

Les resultaba extraño cuando se juntaba con su cuñado José Cuellar y viajaban a otros parajes. Había veces que se iban hasta la capital de Santiago, a encuentros de militancia, y se les perdía el rastro durante días. Pero luego volvían a la rutina, como si nada hubiera pasado.

El padre era todo. Desde que enfermó, Cacho no volvió a ser el mismo. De pequeño, lo acompañaba a todos lados y era el fiel heredero de quien se esperaba la sabiduría para entender el monte y llevar las riendas de la familia. La última vez que lo vio, lloró. Se lo notaba enfurecido. Ahora hablaba en otros términos.

-Papá murió envenenado por el agua. Si no luchamos, nosotros vamos a morir cuando nos saquen la tierra –decía, mientras se internaba en lo profundo del monte y traía los pedazos de troncos arrasados por las máquinas depredadoras.

Los Ferreyra apoyaban a Cristian pero tenían dos objeciones. No querían que dejara de ser el hombre que se encargaba de las tareas pesadas y sospechaban que su mujer podía llegar a traicionarlo. El recelo no era menor: Beatriz tenía la sangre de la familia Juárez, los matones a sueldo del empresario contra el que luchaba Cristian.

Al fin y al cabo, piensa Lorena, Cristian terminó el secundario y podía pensar mejor. De Cristian para abajo, los padres permitieron completar la educación. No había sido así con las mayores. Leandro De Jesús Ferreyra se oponía a que las mujeres siguieran estudiando. Decía que la educación era inútil y costaba plata. Y había que seguir lo que el padre dijera. En realidad, las quería en el rancho.

-Mamá también pensaba lo mismo. Dos de mis hermanas consiguieron marido y se fueron lejos. Pero las demás nos quedamos acá.

En el monte, dominan los hombres: son los que se asignan la tarea de alimentar y dar descendencia a la familia. Las mujeres, que se encargan de cocinar, lavar y estar con los niños, tienen cierto gobierno sobre el hogar, pero cuando ellos retornan del bosque, hacen silencio.

Desde que murió papá, Cristian le decía a mamá lo que teníamos que hacer. Ahora quien se encarga de todo es Cuellar -confiesa Noelia.

Ni siquiera quedaron los tíos: ellos también murieron en los últimos años. Uno, que era jockey, se cayó de un caballo en una carrera. El otro, que trabajaba en la noche tucumana, murió acuchillado. El que queda, el que será el hombre orquesta, es José Cuellar. Esposo, padre, cuñado y tío, todo en uno.

6.

Buscando a Beatriz

Beatriz es un nombre que los Ferreyra dicen con vergüenza. En voz baja, como un balbuceo que sale con desgano, y cuando escuchan que los diarios la nombran como “Beatriz Ferreyra”, hacen un chistido de enojo.

-Ella es Juárez. De la familia que mató a mi hijo.

Mirta, la madre de Cristian, piensa que Beatriz “sabía que al Cacho lo iban a matar” y cuenta las amenazas que su hijo recibía a diario por parte de los Juárez. Le decían que “si no se dejaba de armar lío, lo iban a hacer cagar”.

Por ser el que lideraba la resistencia, por ser el pibe que viajaba por la provincia a formarse como cuadro político, por todo eso le tenían bronca, pero también por una cuestión de sangre. Cristian era marido de Beatriz Juárez, y la familia Juárez, que trabajaba con el empresario José Ciccioli, no toleraba que “el indio”, como le decían, se hubiera casado con una de las suyas.

Los hermanos Juárez, entre los que se encuentran Javier, Arturo, Pirincho y Hugo, oriundos de Firmeza, son conocidos en la zona por un pasado de robos, agresiones y homicidios. Muchachos del hampa, temerarios y violentos, algunos salieron de la cárcel y vieron en los empresarios una oportunidad. Cuando los conoció, José Ciccioli les estrechó la mano y les dio cuatro por cuatro, escopetas, picanas y casas de cemento. Ninguno pensó que ese sería un pacto que los llevaría a la cárcel. Pronto los Juárez se convirtieron en los matones profesionales que pasaban a toda velocidad cerca de los ranchos, que intimidaban a los niños mostrándoles las ithacas, que se divertían acribillando a chanchos y chivas que pisaban el cerco, desorientadas por un límite que jamás conocieron en su costumbre de pastear en el monte a cielo abierto.

Hay un manto de sospecha que cae como una viga de acero sobre la figura de Beatriz. Desde que murió Cristian, los Ferreyra la niegan. Sin pruebas, piensan que es una de las posibles cómplices del crimen.

-Beatriz y Cristian tenían un hijo y hace poco se habían construido un rancho. ¿Igual creen que tiene algo que ver con el asesinato?

-Los Juárez son gente mala. Y le llenaron la cabeza a ella para que lo entregue.

Mirta vuelve a evitarla: no la nombra. Sus hijas la escuchan y no la contradicen. Para el Mocase, Beatriz también es una sombra. Las versiones son desencontradas: algunos aseguran que está en la casa de un pariente en la capital de Santiago. Los más desconfiados la imaginan en Buenos Aires, Tucumán o Santa Fe, refugiada en alguna guarida familiar y cobrando un sueldo del empresario.

Cierta tarde, en Monte Quemado, una mujer acercó a este cronista la dirección de un departamento donde Beatriz estaría “de paso” por el pueblo, viviendo sola con su hijo.

A metros de una estación de servicio, en la entrada de Monte Quemado, un sendero de ripio apenas humedecido por un camión hidrante. Son las once de la mañana y un coro de loros le canta a las señoras que regresan sofocadas de los mandados para el almuerzo. El ripio se cotiza: sólo hay en los caminos que conducen hacia alguna ruta, como el que guía ahora hasta una pequeña vivienda sin revoque ni bisagras en las ventanas. No hay nadie ni lo habrá en las siguientes mañanas, tardes y noches. Los vecinos confirman que allí está alquilando una joven con un niño pero dicen no saber nada más: ni teléfonos ni horarios ni rutinas. No la conocen.

A las pocas semanas, la voz de Beatriz se escuchará por única vez en una radio de Buenos Aires. Contó antela Agencia Pelotade Trapo, entre lágrimas, cómo después de los disparos de su tío, se metió dentro del rancho de Darío Godoy para proteger la vida de su niño. La versión de los Ferreyra apuntaba a que se había escondido por complicidad. Pero ella afirmó otra cosa.

-El asesino es mi tío, hermano de mi padre. Toda la vida me ha tenido odio y rencor porque desde niña quería abusar de mí.

Dijo, además, que hacía tres años que se había conocido con Cristian y que desde ese momento sus tíos “la volvieron loca” pero ella quería seguir con él. Beatriz, en la entrevista, nunca vaciló: apuntó a que “Ciccioli nos quería sacar de nuestra casa” y que “hacía un año que empezaron a resistirse, después de que las topadoras tiraran cientos de árboles”. Sin titubear nombró a Carlos Abregú y Fabucho Palomo como cómplices del crimen. Según su relato, fueron los que prestaron sus ranchos a los Juárez para guardar las armas y realizaron la inteligencia previa del asesinato.

Explicó que estaba “muy sola”, que tenía miedo por su hijo y que nunca olvidará la agonía de su marido, con la pierna chorreándole sangre y la cara hinchada, amarilla. Una vida que fue interrumpida de forma abrupta y violenta, tal como le ocurrió casi exactamente un año antes a un joven militante de Buenos Aires con mismo apellido y misma edad, del otro lado del país aunque bajo el signo oscuro de un semejante poder mafioso y corporativo.

Cristian Ferreyra peleaba por un lugar en el mundo en una comunidad que se dividió tras la invasión de los empresarios. Están los que, como él, se resisten porque saben que el «progreso» los exterminará. Y los que, para salir de pobres, se convierten en empleados a sueldo vigilando los campos que habitaron desde siempre. Todo ello ocurre en el norte más desamparado, con un Estado ausente y cómplice del poder más violento. La vida de los campesinos e indígenas nos reflejan una cruda y compleja realidad, que se conoce a cuenta gotas por la crónica roja de los medios y no por pensar en su condición humana y cultural: si alguna vez supimos que existieron, tanto hoy como en la historia, es porque los mataron. Y los vuelven a matar, y todo sigue como si nada.

 

Miguel Galván

Al cierre de esta edición, se confirmó otro crimen en el norte santiagueño. Como ocurrió con Cristian Ferreyra, la misma escalada de violencia: un sicario de un terrateniente que, tras una serie de intimidaciones y amenazas, asesinó a un campesino que defendía la tierra.

Miguel Galván, también del pueblo indígena Lule-Vilela, de 40 años, murió el miércoles 10 de octubre tras ser apuñalado por un hombre que respondía a un empresario agropecuario salteño. El ataque se produjo en el paraje Simbol, del departamento de Copo, a pocos kilómetros de donde mataron a Cristian Ferreyra y tuvo lugar a pesar de que la familia de Galván había denunciado en varias oportunidades amenazas de muerte, intentos de desalojo y golpizas por parte de grupos armados que intentaban echarlos de su comunidad.

Galván era militante del Mocase-Vía Campesina. La organización sigue conmovida: en apenas once meses le mataron dos cuadros políticos, algo que nunca le había sucedido en 22 años pese a desalojos, agresiones, amenazas y causas judiciales en su contra.

En los últimos dos años fueron asesinados en la Argentinacinco campesinos e indígenas. El Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI) denunció que la represión tiene directa relación con el avance del modelo de agronegocios, con la soja y la ganadería intensiva sobre territorios comunitarios. Además de Cristian Ferreyra y Miguel Galván, el 12 de octubre de 2009 ejecutaron en Tucumán al diaguita Javier Chocobar. El 13 de marzo de 2010 falleció de un paro cardíaco frente a una topadora la campesina santiagueña Sandra “Ely” Juárez. El 23 de noviembre de 2010 fue asesinado en un corte de ruta el qom de Formosa Roberto López.

Las organizaciones campesinas e indígenas reclaman la urgente intervención del gobierno nacional. El Código Civil establece el “derecho veinteañal”, que reconoce a quienes ocuparon y trabajaron un terreno durante dos décadas. Y también están vigentes leyes específicas para pueblos originarios (Convenio 169 dela OIT, Ley 26.160 de suspensión de desalojos, artículo 75 dela Constitución Nacional), pero salvo excepciones el Poder Judicial no aplica esas leyes. Mientras tanto, en el Congreso sigue demorada la discusión sobre una ley de tierras que permita regularizar la tenencia y la posesión de terrenos comunitarios. La Ley 26.160 los ampara como poseedores de los campos y también lo hace el artículo 4015 del Código Civil.

Exigen además que se reactive la ley “Cristian Ferreyra” para frenar los desalojos de los campesinos y que está cajoneada en la legislatura. Desde 2006 está vigente la Ley 26.160 de Emergencia Territorial, que prevé realizar un catastro de todos los territorios indígenas y suspender los desalojos. Sin embargo existe un muy bajo nivel de ejecución. “Es necesaria una ley que ponga fin a la violencia a la que nos vemos sometidos y sometidas día a día, por defender nuestros territorios, donde hemos vivido y producido por generaciones y generaciones. En nuestro país el modelo del Imperialismo y sus aliados imponen un sistema de muerte, que avanza sobre los montes y la vida campesina. El proyecto de ley para privatizar las semillas, la instalación de una nueva planta de Monsanto, el control casi monopólico de las grandes cadenas agroalimentarias configuran el nuevo escenario en donde es necesario seguir luchando”, expresa el Mocase-VC en uno de sus últimos comunicados. Mientras tanto, esperan que las primeras testimoniales que se tomaron a José Ciccioli y a Javier Juárez, imputados por el asesinato de Cristian, sean el puntapié de un juicio oral y público que condene a los responsables.

Los condenados

Santiago del Estero encabeza la lista de los desmontes con una superficie arrasada de más de 500 mil hectáreas en los últimos cinco años. Hay tres millones de hectáreas en conflicto y son más de trescientos los campesinos imputados por resistir al desalojo de sus tierras. El desmonte provoca la desertificación de los suelos, sequías y también inundaciones.

Marcelo Valko, que se dedica a la investigación antropológica, es autor de los libros “Los indios invisibles del Malón de la Paz” y “Pedagogía de la Desmemoria”, entre otros. En diálogo con La Pulseada, analiza la resistencia santiagueña en torno a las disputas por el territorio: “La historia del Mocase tiene que ver con toda esta tragedia climática de la que Occidente es absolutamente responsable. La tala indiscriminada lleva a esta tragedia. Cuando los indígenas cortan un árbol lo hacen por necesidad y no sólo cortan ese único árbol sino que le piden perdón. Luego vienen las máquinas y arrasan con miles de hectáreas de bosques nativos. Arrasan con la vida. Es la lógica de la acumulación capitalista. Perversa lógica. Implacable. Impiadosa. Esta lógica busca la maximización del beneficio económico. Dentro de veinte, treinta años, cuando las tierras santiagueñas estén completamente diezmadas, cuando el cultivo de soja haya empobrecido todo, las empresas se van a ir a otro lado, a arrasar nuevas tierras”.

-El Nunca Más no existe para los pueblos originarios. No tienen su Museo de la Memoria. No reciben resarcimiento económico. Continúa el despojo de sus tierras…

-Ese Nunca Más para los pueblos originarios jamás ocurrió. Ese Nunca Más para ellos es un siempre más. Siempre hay algo: a raíz de la abrupta sojización, comunidades mapuches de Los Toldos se están quedando sin medicinas. Ellos tenían abejas, al no haber flores no hay abejas. Un médico mapuche me contó que ya no encuentra las plantas que necesita. Se están quedando sin todo su arco medicinal. Este es un genocidio de la cosmovisión, un genocidio cultural y social. Un genocidio no es sólo físico. Es una matanza gradual, lenta. Como la teoría del goteo económico pero al revés: es un goteo de glifosato, un goteo de injusticias, un goteo de invisibilidad, que va horadando su vida. La idea del monocultivo, de cultivar siempre lo mismo, es sacarle los mismos nutrientes a la tierra, dejarla inutilizada, agotada. ¿Pero a quién le importa qué va a pasar con las tierras y sus campesinos dentro de 50 años? Tendríamos que aprender de las comunidades originarias. De su genuino amor por la tierra, su respeto ala Pachamama. Su cuidado de la tierra es un agradecimiento, una devolución hacia todo lo que la tierra les da. Este aniversario del asesinato de Cristian Ferreyra nos habla de crímenes sin castigo, de esta tierra herida que aún sangra.

-Este “siempre más” para campesinos e indígenas que resisten en sus tierras se ve reforzado ante una invisibilización histórica…

-Esta invisibilización se ve reforzada por el accionar político y policial. Hace dos años, cuando a la comunidad QomLa Primaverade Félix Díaz en Formosa la reprimieron, les quemaron sus chozas. Pero lo más interesante que hizo la policía fue quemarles sus DNI. Ahí se convirtieron en invisibles absolutos. Perdieron identidad para el Estado nacional. Sin poder probar la propiedad de sus tierras, ni siquiera podían probar su propia existencia. Tardaron unos cuantos meses en recuperar sus documentos, su identidad. Es perverso. Por otra parte, ante tanto genocidio padecido, muchas veces ellos mismos reniegan de su condición de indígenas para ser considerados argentinos con derechos. Conozco abuelas mapuches que no les enseñaban el idioma a sus hijos para “argentinizarlos”. Negaban su propia identidad para parecer argentinos. 

María Soledad Iparraguirre

Amenazas

El Mocase- VC denunció amenazas y persecución a familiares de Cristian Ferreyra por parte de grupos armados que responden a los empresarios sojeros ligados a José Ciccioli. Según el Mocase, Sergio Arnaldo Ferreyra y Maximiliano Ferreyra, ambos primos de Cristian, fueron golpeados y perseguidos por “sicarios a sueldo”.

“Estas últimas amenazas contra familiares de Ferreyra aparecen justamente en un momento clave, ya que en agosto pasado empezaron las primeras testimoniales en el juicio que se les sigue a José Ciccioli y a Javier Juárez, acusados de ser los autores intelectuales y materiales del crimen”, comentó Cariló Olaiz del Mocase.

Además, Noelia (hermana de Cristian Ferreyra) contó que las hijas de Pirincho, tal como se conoce a uno de los hermanos de Juárez, llevaron balas a la escuela en Nueva Esperanza y amenazaron a sus hermanas menores. “Les mostraron las balas y les decían que cuando den la sentencia del juicio, con eso iban a seguir matando”, relató. Por último, el Mocase denunció que Hugo Juárez, uno de los prófugos por el asesinato de Ferreyra, “sigue trabajando para el intendente Carlos Hazan”.

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