El Negro de la Tribuna

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Diego Gómez Paulos

Hace casi un siglo, en tiempos de máquinas de escribir y pelotas de tiento, la pluma de Pablo Rojas Paz se apasionó por el Estudiantes de Los Profesores. El cronista deportivo también se enamoró de Boca, y fue el primero en llamar ‘el jugador Nº 12’ a la hinchada xeneize.

Por Germán Ferrari

El escritor Pablo Rojas Paz transitó redacciones de diarios y revistas y estudios de radio entre las décadas de 1920 y 1950. Asistió a la consolidación de un periodismo de masas desde las páginas del vespertino Crítica pero también integró la vanguardia literaria del grupo Florida, en revistas como Proa y Martín Fierro. Se ganó la vida como periodista y docente de escuelas secundarias. Nunca se tomó muy en serio el oficio de prensa. Para él era una labor como cualquier otra. Esa actitud irreverente lo hizo confesar cosas que para cualquier otro colega hubieran significado actos vergonzosos.

Se burlaba de la objetividad periodística. Admitía que no siempre había estado presente en el lugar de los hechos, a pesar de que luego escribiera los textos con una cantidad de detalles digna de un avezado cronista. Se tomaba el oficio con alegría, a contracorriente de tanto gesto constreñido de sus colegas literatos, quienes se escandalizaron cuando el ensayista comenzó a firmar crónicas deportivas con el singular apodo “El Negro de la Tribuna”. Y, como si faltara algo, estaba comprometido con la actividad gremial de los escritores y con la situación política y social de su tiempo: viajó a la España republicana, acosada por el franquismo, para participar de un congreso internacional y solidarizarse junto con otros intelectuales de todo el mundo.

Aquella afición por la crónica deportiva, en especial la futbolística, estaba vinculada a su infancia, en Tucumán, donde comenzó a tomarle el gusto a correr detrás de una improvisada pelota. Cuando llegó a Buenos Aires, con la intención —rápidamente evaporada— de estudiar Medicina, comenzó a ir a los estadios y se hizo simpatizante de Estudiantes de La Plata. “¡Qué impresión de pedazo de pampa daba la cancha de Estudiantes! Lisita, bien cuidada; el pastito verde, linda para correr; el Negro de la Tribuna se acordó de sus buenos tiempos cuando corría por el wing”, añoraba en una de sus crónicas. Y en otra volvía a sus años juveniles: “¡Qué linda época aquella en que el Negro de la Tribuna jugaba al football y los forwards se llamaban atacantes, los halves eran los pateadores y los backs los guardaarcos. Se jugaba sin referee y jamás se cobraba un off-side. Y nadie protestaba”.

También se enamoró de Boca Juniors, club al que le aportó un apodo inmortal: llamó por primera vez “jugador número 12” a la hinchada, muy lejos aún de que esa figura fuera asociada a la barra brava. Y tuvo simpatías por Independiente. Ya maduro, Rojas Paz evocaba aquellos tiempos y se reía de la objetividad: “Nuestro trabajo era agotador; el hincha después del match se va a la casa a descansar, a tomar mate o si no a comentar tranquilamente el partido. Nosotros debíamos ir a la redacción a sacarle jugo a la máquina escribiendo para la sexta edición. Después de haber cobrado como el que más con las emociones del encuentro, debía tenerse la suficiente personalidad para ser veraz y justo. Pero yo no podía, yo era apasionado, no era un juez imparcial, sereno. No podía mantenerme por encima de la contienda. Esto de estarse retenido, según los psicoanalistas, hace mal al corazón, envenena la sangre. Debo confesar que me gustaba mucho Estudiantes y que después de este cuadro, Independiente, por el cual tenía una gran debilidad. No soportaba que ninguno de esos cuadros fuera víctima de una injusticia o de una agresión. Entonces me levantaba como leche hervida. Y peleaba yo solo contra la partida”.

Los Profesores y el puchero

¿Por qué se había apasionado con Estudiantes? “Eran famosos y eran hinchas de ese cuadro los escritores, los poetas, los químicos, los matemáticos, que íbamos a verlos jugar como quien iba al Colón a escuchar la Pastoral de Beethoven con Messager. Después los muchachos se desperdigaron”. Esa referencia a “los muchachos” estaba dirigida en especial a cinco jugadores: Miguel Ángel Lauri, Alejandro Scopelli, Alberto Zozaya, Manuel Ferreira y Enrique Guaita. “Los Profesores” —“la más diabólica delantera que yo haya visto en mi vida”— llevaron a Estudiantes al subcampeonato en 1930, el último del amateurismo, y a pelear el de 1931, el primero profesional. En ese certamen, aunque quedó tercero en la tabla general, detrás de Boca, el campeón, y de San Lorenzo, el conjunto platense fue el más goleador, con 104 tantos. Tres fechas antes de finalizar el campeonato, Estudiantes venció a los xeneizes por 4 a 1. Revivían las chances de ser puntero y el Negro de la Tribuna llenó su crónica de elogios: “A la línea delantera platense le había dado por jugar, por moverse como piezas de ajedrez, con una tranquilidad que no hemos visto igual en una cancha de football. Viendo jugar al quinteto de Estudiantes en su partido con Boca podemos afirmar que el football es una de las Bellas Artes”.

Durante el campeonato de 1931, el autor de Paisajes y meditaciones —con el que obtiene el Premio Municipal en la categoría Prosa— ensayó una disculpa ante las acusaciones de parcialidad en sus crónicas: “Se le reprocha al Negro de la Tribuna seguir con preferencia las performances de Estudiantes de La Plata. Debo confesar que lo hago así por razones periodísticas. Es el cuadro que depara más sorpresas, que hoy vence y mañana sufre una amplia derrota por cuadros inferiores a aquel. Uno siempre va a un match de Estudiantes en espera de una gran sorpresa”.

Y otra vez se quejaba desde la páginas de Jornada, el vespertino que había reemplazado por un corto período a Crítica tras la clausura impuesta por el dictador José Félix Uriburu: “Señores, he sido víctima de una venganza de parte de un hincha de Gimnasia y Esgrima, una venganza gastronómica. El corresponsal de Jornada es gimnasiaesgrimista. Cuando supo que yo iría al match de River-Estudiantes, me invitó con toda obsequiosidad a almorzar en la ciudad de Rocha. Acepté la invitación y llegué a la hora. Pero, todavía estoy esperando al invitante. Lo que quería este buen señor era matarme de hambre por creerme hincha de Estudiantes; pero no consiguió su objeto. Podría yo escribir la descripción e historia de todas las churrasquerías de La Plata. Con Pettonetti he comido el mejor puchero de mi vida en un lugar que yo me sé”.

La época

Rojas Paz (1896-1956) fue uno de los pioneros de la crónica deportiva en la prensa argentina en tiempos en los que ya sobresalían Monsieur Perichón (seudónimo de Juan Carlos Olmedo Varela), Last Reason (Máximo Sáenz), Dinty Moore (Guillermo Zalazar Altamira) y José Gabriel (José Gabriel López Buisán). Con este último compartía la Redacción en la empresa periodística fundada por Natalio Botana.

En sus trabajos sobre fútbol, el Negro de la Tribuna muestra sus intereses, preocupaciones y obsesiones, en los que adquieren un valor distintivo las marcas de época, que contribuyen a comprender el porqué de los cambios no sólo en el periodismo local y, en este caso, en el fútbol, sino también en la sociedad urbana de comienzos de la década de 1930. Allí aparecen jugadores, hinchas, simpatizantes (incluidos mujeres, niños y jóvenes), árbitros, dirigentes (directores técnicos ausentes), violencia, estrategia de juego… Ese caudal informativo se enhebra con un tono personal, plagado de palabras en lunfardo, coloquialismos y expresiones de provincias, rebosante de humor e ironía. Este era su espacio lúdico, alejado de la seriedad y la solemnidad; un lugar “antiacadémico”, como él mismo chicanea, desprejuiciado.

Una muestra de su escritura es la crónica sobre el clásico platense en que Gimnasia y Esgrima venció por 3 a 2 como visitante a Estudiantes, por la fecha 21 del torneo de 1931 (en el partido de ida habían empatado en un tanto). “Una ciudad entera jugó al football” fue el título elegido para su columna habitual “El partido de ayer”.

No quedaban dudas de esa pasión, que se contagiaba a un público no habitual: “La Plata jugó ayer su clásico, su extraordinario match. Ha experimentado así las más hondas emociones. Toda la ciudad estaba en las tribunas. Nada se iguala al entusiasmo con que los platenses esperaban este día en que Estudiantes y Gimnasia y Esgrima habrían de dirimir posiciones. Una nota característica era la hinchada femenina que alentaba con sus gritos a los bravos muchachos que hacen honor al football argentino. Es explicable, entonces que en la ciudad no se haya hablado de otra cosa durante estos días”.

El Negro de la Tribuna participa en sus crónicas, no como protagonista estelar sino como un testigo de los hechos, un recolector entusiasta de detalles evidentes y ocultos dispersos en el campo de juego, las tribunas, los alrededores del estadio y el transporte público para llegar y retirarse, con todos los sentidos puestos a disposición de la escritura. Así relata: “Llegamos a La Plata a las 11 de la mañana. Queríamos ver todo en sus menores detalles. Primero fuimos a Gimnasia y Esgrima, en donde nos invitaron con un corderito de mi flor que Carlos de la Púa se perdió de puro fiacún. A esta hora ya pasaban los tranvías 25 a Berisso llenos de hinchas de [Ismael] Morgada [goleador de GyE] que venían gritando con las banderas desplegadas. Nos saludaron al pasar con exclamaciones. En Gimnasia había un ambiente tranquilo, se charlaba con alegría y nadie hablaba de la lucha inminente, como buenos soldados que guardaran silencio una hora antes del ataque”.

Ya en el estadio del Lobo, su mirada enfoca a los tablones y a los asistentes: “A la una, todo el recinto para espectadores estaba ya totalmente ocupado. ¿A qué hora habrá llegado esta gente? ‘Yo he llegado a las 12 y no me he movido de acá’, nos dice un chiquilín colgado de una columna”. Su fijación por el público femenino lo lleva a reproducir escenas que podrían quedar en el olvido, pero que el cronista rescata y las plasma en su columna. Una “chica muy linda” que se encuentra detrás de él le pregunta antes de comenzar: “¿Qué pasará, señor?”. Y cuenta a sus lectores: “Es hincha de Estudiantes y está temblando de impaciencia. Para ella y sus compañeritas hubiera sido mejor que el partido estuviera ya jugado. Hay que ver lo que sufren las pobrecitas”.

Hasta se permite bromear con la derrota: “Aconsejamos a las huestes del [presidente de Estudiantes] doctor [Jorge Luis] Hirsch[i] ganarle de mano al rival y entrar primero a la cancha. Toda vez que he visto a Ferreira aparecer el primero por el subterráneo, Estudiantes ha ganado. Se lo advertimos como cábala para que la utilicen… a pesar de que estamos casi al final de la temporada”. Y es muy gráfico al decir que “la ovación que se oyó ayer tarde en la cancha no la debe haber escuchado nunca esa ciudad”. A tal punto que usa el recurso de la exageración para no dejar dudas: “Los de Gimnasia estuvieron abrazándose durante diez minutos”.

Y en complicidad con el lector le anticipa que será “indiscreto” y le revela palabras de Hirschi al salir de la cancha, “cuando no había ya concurrencia”: “Después del primer goal, vi que la defensa fracasaba; entonces no quise ver el partido y me fui a casa; recién vengo”.

Sin lugar a dudas, las crónicas futbolísticas del Negro de la Tribuna y los textos en que reflexiona sobre el oficio periodístico son una invitación a descubrir los lazos existentes entre aquellos tiempos que parecieran remotos, con férreas máquinas de escribir y pelotas de tiento, y estos días de smartphones e hiperprofesionalismo capitalista.

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