Diez años de cuentos y encuentros

En junio, el grupo Narradoras Sociales cumple una década de contar y escuchar historias entre públicos de todas las edades en escuelas, cárceles, centros de salud, clubes, bibliotecas. Desde su inicio, narran en La Casa de los Niños de la Obra de Cajade, en Barrio Aeropuerto.


Texto
Martina Dominella

En La Casa de los Niños, contando historias. Algunas narradoras llegaron para aprender a contar cuentos a sus nietos y otras por curiosidad.

Esta mañana de otoño Irma, Adriana, Inés y Sara son las encargadas de traer las historias a La Casa de los Niños. Son integrantes del grupo de Narradoras Sociales y apenas las ven llegar, los chicos y las chicas ponen en funcionamiento el ritual: arriman las sillas y las disponen en ronda, empieza la canción que sirve como presentación, piden volver a escuchar alguna historia que ya conocen o “una de vampiros, de terror, que dé miedo”.

Entre cuento y cuento, siempre aparece una pregunta mágica que activa voces:

–¿Alguien tiene algo para contar? Una historia, un cuento, algo que les pasó…

Vale todo y la premisa es que la narración permita poner en circulación la palabra. “Todos tenemos historias para contar. Las nuestras pueden ser literarias, pero en cada familia y en cada comunidad existen historias. En los niños, a veces, se trata de sacar afuera los miedos, separarse un poco de la realidad que los atraviesa. Ahí está nuestra función social”, apunta Sara.

Durante una hora, el salón se transforma en escenario para brujas, leones que son reyes de la selva, jugadores de fútbol, monstruos, princesas de tierras lejanas. La despedida es con una caja chayera, que propone ritmo de fondo para compartir una copla popular norteña.

El grupo está conformado por 19 mujeres de distintas edades y formadas en diferentes oficios o profesiones. Algunas llegaron para aprender a contar cuentos a sus nietos y otras por curiosidad o en busca de un lugar para desarrollar su vocación. Definen su trabajo como “voluntario, solidario, gratuito y profesional”. Su punto de reunión es la Biblioteca Central de la Provincia de Buenos Aires Ernesto Sábato (47 entre 5 y 6) aunque no dependen de la institución y a la hora de narrar van itinerando por escuelas, cárceles, centros de salud, clubes.

Vale todo y la premisa es que la narración permita poner en circulación la palabra, porque todos tenemos historias para contar

Uno de los primeros espacios donde se acercaron fue La Casa de Los Niños “Madre del pueblo” (6 y 602), de la Obra de Cajade. Las generaciones de chicos van pasando, pero el lazo con la organización sigue creciendo y las Narradoras Sociales la visitan una vez por mes.

Romina Penayo, coordinadora de La Casita, habla de la relevancia de sostener esta propuesta y afirma que saber escuchar es un ejercicio. “A los nenes esto les hace bien. También les sirve para aprender a estar entre muchos, a escuchar a la maestra. Eso nos parece re importante –cuenta Romina–. Siempre nos pareció lindo que el clima que se forma. Sobre todo una vez que los chicos empiezan a escuchar los cuentos, a interpretar, incluso cuando les da pie para contar alguna anécdota personal o algún cuentito. Son unos segundos de despejarse un poco de los problemas. Ahora, por ejemplo, escucharon los cuentos y se fueron contentos. Es un cable a tierra”.

Adriana, coordinadora del grupo, destaca que “el trabajo implica no solo contar nosotras, sino dar lugar a que otros cuenten. Eso es un sello de identidad: no apropiarse de la palabra”.

A veces en la pobreza, con los problemas de la familia y tantas dificultades, la figura de una abuela o mamá que cuenta cuentos no está, porque tiene otras preocupaciones. Y a los chicos les hace bien esa fantasía de escuchar una voz suave que está contando algo”, reflexiona Romina, mientras a sus espaldas los chicos juegan en el salón antes del almuerzo.

Lo nuestro no es un espectáculo. Salvo alguna vez que hacemos algo para adultos. El nuestro es un grupo que se dedica a narrar para hacer circular la palabra de autores y relatos tradicionales, pero también de la comunidad”, suma Adriana.

¿Cuántos cuentos son 10 años?

En junio, el grupo cumple una década de contar y escuchar historias. Los festejos de este aniversario serán el viernes 28, en el aula 205 del Edificio Sergio Karakachoff de la Universidad Nacional de La Plata (48 entre 6 y 7). Además de las narradoras, participarán chicos y chicas de La casita del Rincón de Villa Elisa y La Casa de los Niños, que cantarán en homenaje a Leda Valladares. Esta acción se enmarca en una serie de eventos que se realiza en todo el país a 100 años del nacimiento de la cantora tucumana.

Además, en su Facebook (@narradores.sociales) crearon un álbum donde durante todo el año irán subiendo imágenes de su archivo que retratan a sus integrantes en distintas instituciones, junto a grandes y chicos. “Son las fotos que nos recuerdan hermosos momentos vividos en la construcción del grupo y también la relación de éste con los amigos y amigas con los que compartimos las palabras hechas historias”, expresan.

Dentro de esas palabras hechas historias hay cuentos que se van hilando entre varias voces, relatos familiares e historias de vida que se vuelven colectivos, invitaciones para despuntar la fantasía y la imaginación. Irma recuerda, por ejemplo, cuando visitaron el centro cultural El Hormiguero y hablaron de mitos y leyendas populares: los chicos empezaron a contar sobre La Llorona o El Pombero, seguros de que los habían visto. También se acuerdan especialmente de los seis años en los que mantuvieron una cita mensual con personas ciegas en la Biblioteca Braille.

Cada escenario supone un desafío diferente, en particular las instituciones donde pareciera no haber lugar para los cuentos, como el Centro de Educación de Adultos de Punta Lara que funcionaba en el almacén de El Chino, “alejado de la mano de Dios y del resto”, explican. O una vez que fueron a La Casa de los Niños y “era un lío terrible, una compañera contó un cuento y parecía que nadie estaba escuchando, pero al año siguiente volvimos, contó el mismo cuento, y los chicos empezaron a decir ‘ese ya lo escuchamos’”.

Un cuento también puede crear un espacio de libertad, como el día en que en una cárcel de mujeres, después de una narración, terminaron cantando y bailando Gilda con las internas.

Poder decir

Ninguna ronda de narración es igual a otra. Sostener las visitas a los mismos espacios durante varios años implica creatividad y renovar el repertorio permanentemente. Cada narradora selecciona un relato que quiere compartir y le da su propia impronta. Antes de contar en público, lo ponen en común y piensan cuál puede funcionar en cada contexto. “Enriquece mucho que todas venimos de lugares diferentes y elegimos cuentos diferentes”, dice Irma.

Muchas veces, Narradoras Sociales trabaja con ejes, apuntando a generar reflexiones sobre algunos temas, “poner sobre la superficie cuestiones invisibilizadas”, explican. Así, han generado ciclos sobre la negritud en Argentina, el rol de las mujeres en la historia, creencias populares, la conquista de América, la pluriculturalidad.

“A veces en la pobreza, con los problemas de la familia y tantas dificultades, la figura de una abuela o mamá que cuenta cuentos no está” (Romina Penayo, de la Casa de los Niños)

En algunos lugares se proponen el objetivo de recuperar los idiomas de las familias que provienen de pueblos originarios o las lenguas maternas de los migrantes. “Durante décadas, hubo idiomas que han sido silenciados por las instituciones y por las mismas personas que hablaban en quechua, en guaraní, y no las contrataban en ningún trabajo o las discriminaban. En los centros educativos de adultos, les pedimos que digan recetas, o que se digan algo entre sí quienes hablan el mismo idioma y después nos cuenten a nosotros qué se dijeron. Es reivindicar la palabra como posibilidad de solidarizarse, como sentido de identidad”, describe Sara.

Un momento de la narración con las familias que viven y trabajan en el cinturón frutihortícola de La Plata.

La pluriculturalidad y las migraciones son parte de la identidad de Barrio Aeropuerto, donde está emplazada La Casa de los Niños. “Yo aprecio mucho este espacio y mis compañeras también. Las narradoras les ayudan a valorar a cada uno de dónde viene. Y eso hace que se empiecen a respetar entre ellos también. En el barrio hay familias de Bolivia, Paraguay, República Dominicana, Perú”, agrega Romina.

Apelamos a que la oralidad sirva para poner de manifiesto que los saberes existen en todos los lugares, que son parte de nuestro patrimonio cultural”, explica Adriana.

Las charlas en torno a los cuentos sirven para desandar prejuicios o sentidos comunes y dar lugar a la reflexión. “Para escuchar también es importante eso de no juzgar. En un momento se impuso en los medios y en la sociedad eso de ‘los pibes chorros no laburan’. Nosotras, como narradoras, fuimos a un instituto de menores e hicimos un ejercicio de indagar en qué trabajaban los chicos cuando no estaban presos. La mayoría realiza trabajos que no quisiéramos ni para vos ni para nuestros hijos. Y esas historias de ‘los pibes chorros no laburan’ se venían abajo”, recuerdan las narradoras.

En cada una de las rondas convocadas en estos diez años están presentes el ejercicio de encontrarse y mirarse; el sonido de instrumentos musicales y la invitación a reunirse para dar lugar a la palabra como escucha, voz, identidad y juego.


Relatos en papel

Narradoras Sociales y La Casa de los Niños editaron en conjunto “Historias compartidas”, un libro que recopila dibujos y textos producidos entre 2017 y 2018 por los chicos y las chicas. Algunos están inspirados en relatos de las narradoras y otros son invenciones propias. ¡Hasta la cocinera de La Casita se animó a participar! La publicación cuenta con dos ejemplares, con tapas artesanales y encuadernados a mano.

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