Cosa de cronopios entre Roca y mi viejo

Por Marcelo Valko *

En distintos textos Julio Cortázar habla de ciertas coincidencias inverosímiles o casualidades extrañas que lo sobresaltaban a diario. Sin ninguna pretensión de compararme con el mejor de los Cronopios, admito que suelen perseguirme episodios similares alguno de los cuales merece relatarse como lo que me ocurrió en Pinto, donde el 20 de junio pasado sus vecinos y autoridades decidieron reemplazar el nombre de la calle Roca por Pueblos Originarios. Una casualidad que comenzó mucho antes de que yo naciera.

Hace un par de años, en un asado familiar, le comento a mi viejo que entre los lugares a los que viajaría esa semana para dar una serie de charlas sobre el genocidio perpetrado por el Estado nacional contra los indígenas en el último cuarto del siglo XIX, también tocaría General Pinto, localidad ubicada a unos 35 kilómetros al oeste de Lincoln. En ese momento mi padre, mientras controlaba el fuego de la parrilla, me refrescó una anécdota de su niñez.

Mis abuelos eslovacos, como tantos otros inmigrantes, cuando desembarcaron en Buenos Aires empezaron bien de abajo. Vivían en una pieza de un conventillo tumultuoso. Para dar una idea de su humildad, la cuna de mi viejo a quien llamaban cariñosamente Pishta, era un cajón de manzanas. Después de rotar en varios empleos ocasionales donde le pagaban tan poco por trabajar tanto, mi abuela consiguió “uno muy bueno como sirvienta” en la mansión de los “Iolastra”, donde la señora de la casa era una de las dos hijas de Tomás Devoto, poseedor de una fortuna equiparable a la que en su momento tuvo otro Tomás, pero en este caso Anchorena.

Las dos hermanas Devoto contrajeron matrimonio simultáneamente. Ana María Zulema se caso con Dionisio “Iolastra” y Enriqueta Carlota con el conde belga Robert van der Straten Ponthoz y como las hermanas eran muy unidas y a su vez ambos maridos eran amigos, adquirieron dos grandes estancias linderas en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Si bien la única que se convirtió en condesa fue Enriqueta Carlota como esposa del belga, quizás por una cuestión de criollismo nobiliario, también llamaban condesa a la hermana casada con “Iolastra”, la misma que había contratado a mi abuela. “Iolastra” le puso el nombre de La Carlota a su campo, mientras que el conde a quien le afloró la añoranza por su patria lejana, al punto de izar todos los días la bandera belga, bautizó a su estancia como La Bélgica. Cuando llegaba el verano las familias escapaban del calor de la ciudad refugiándose en el campo. Generalmente para sentirse acompañadas, las hermanas se instalaban juntas en La Bélgicaya que los maridos viajaban a menudo. Obviamente se llevaban a su personal domestico. A mi abuela le permitieron ir con su hijo que entonces tendría 9 años. Los dos veranos que mi abuela trabajo allí, fueron inolvidables para Pishta. Hasta La Bélgica viajaban en tren y se bajaban en la estación DUSSAUD donde aguardaban un automóvil para trasladar a la familia y una chata para transportar equipajes, bultos y al personal domestico. Mi padre hoy, más de 70 años después, conserva profundos recuerdos de su estadía en aquella estancia que, para sus deslumbrados ojos de niño constituía una suerte “de Disneylandia o algo aún mejor”, donde tomaba cantidad de leche, comía galletas de campo con abundante manteca fresca y saboreaba platos exquisitos y postres que jamás hubiera imaginado que existían en la humilde pieza de la pensión en la que vivía apretada la familia Valko. Obviamente comía en la cocina junto al personal. Durante el día andaba por el bosque de pinos y eucaliptos que le parecía infinito, montado en una yegua mansa que le ensillaban los peones. También se entretenía acompañando al personal en las distintas faenas de campo y con la cantidad de animales que andaban por el jardín, como pavos reales y conejos. Algunos días La Bélgica se conmocionaba con la llegada de los jóvenes de la familia y de sus amistades de regios apellidos que venían a disputar algún partido de polo. Los más excéntricos arribaban piloteando sus propias avionetas que, tras algunos vuelos rasantes, aterrizaban en el campo en medio de una salva de aplausos. Los otros, no menos excéntricos, llegaban bramando en sus flamantes cupés que estacionaban clavando violentamente los frenos. Aquellos días de fiesta Pishta iba y venía entre caballos lustrosos admirando los trajes coloridos de los jugadores, pero por sobre todo lo fascinaban las avionetas y los descapotables a los que admiraba a distancia porque no permitían que nadie los tocase. Finalizados los partidos de polo, venían los almuerzos para agasajar a la despreocupada juventud del jet set argentino que luego de la sobremesa regresaba a Buenos Aires como una tromba festiva.

Los domingos, como Dios manda y corresponde, la familia se trasladaba en varios automóviles a escuchar la misa que se oficiaba en Pinto, en ese entonces el pueblo más importante de las cercanías. En la iglesia disponían de un banco propio con su nombre grabado en una plaquita. Allí llevaban a Pishta, que por ser un niño muy rubio y de ojos azules, no contrastaba con el biotipo de gente tan alcurniosa.

Retomando aquel asado familiar cuando le comente a mi padre que iba a ir a Pinto, me recuerda la anécdota que acabo de reseñar, pero añade un detalle notable. Me dice que en la bibliografía que utilizo para Pedagogía de la Desmemoria, menciono al dueño de la estancia. Le respondo que no recordaba haber citado a ningún “Iolastra”. Mi viejo, siempre dispuesto a ganarme la partida, se levanta y libro en mano me muestra que en la bibliografía de mi texto figura El indio del desierto de Dionisio Schoo Lastra. Mi padre sabía bien cómo se escribía pero siempre lo pronunció “Iolastra”, como lo hacía mi abuela dándole un aire eslovaco. Mientras me recorría un escalofrío le dije: “Papá, ¿sabes para quien trabajaba la abuela? Dionisio Schoo Lastra era el secretario privado del general Roca”. Se trataba de uno de esos argentino de vida tan dispendiosa como disipada que en Europa tiraba manteca al techo: numerosas páginas de los originales de sus libros fueron escritos de puño y letra en papeles con membretes de los hoteles más renombrados de Champs Elysées en París. Dionisio era alguien a quien don Julio Argentino le tenía especial afecto al punto de haber sido testigo de su boda, en esa misma estancia, con Enriqueta Carlota Devoto.

Mientras mi viejo cerraba el libro satisfecho de haberme ganado otra, acudieron a mi memoria nítidos recuerdos de escuchar a mi abuela pronunciando “Iolastra”. De la misma forma que los porteños pronunciamos Yugoslavia, acentuando mucho la “ye”, ellos la pronuncian como “I”, quizás por eso “Schoo” lo sonorizaban como “Io”.

Esa primera vez que fui a Pinto, hace un par de años, invitado por el subsecretario de Cultura local para comenzar a dar cuenta del prontuario del general Roca, fui derecho a la iglesia que, como corresponde, se encuentra frente a la plaza, al costado del Banco y en diagonal con el Palacio Municipal. La misma iglesia donde la familia del secretario privado de Roca llevaba a mi padre. No había nadie en su interior, cosa que me alegró ya que me permitió hurgar banco por banco buscando el de los Schoo Lastra. No lo encontré. Si bien la familia continúa teniendo algunos campos, perdió el prestigio y la suntuosidad de antaño. Me senté atrás de todo y observe el interior despojado de su nave central. En el altar, el hijo de Dios continuaba mudo pese a haber visto tanto. Me levante y salí. Afuera ya me estaba esperando el remis de cultura para llevarme a recorrer distintos colegios y auditorios del distrito para continuar el trabajo contra esa desmemoria de la Historia Oficial que endiosó a la generación de los Alsina, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca and company, que hicieron de lado los generosos principios de Mayo para elucubrar un país donde tan pocos vivieron en una permanente fiesta a costa de tierras y sudores ajenos y sangre de indígenas y de obreros dando como resultado un país chiquito enquistado en Buenos Aires que colonizó el interior dándole la espalda a Latinoamérica. Así de sencillo, complejo y trágico.

Me impresioné al pensar en ese extraña paradoja donde el secretario de Roca que escribió dos libros, La Lanza Rota y El indio del desierto, que ensalzan la Conquista del Desierto llevaba a mi viejo a escuchar misa y tantos años después yo iba con intención de denunciar los crímenes de Roca y contribuir con datos inobjetable para que, al menos, el nombre del general comience a diluirse como referente de una heroicidad que jamás tuvo y para que ya no esté en sus calles naturalizado desde cada esquina esa malsana dialéctica de la estatuaria que establece amos y esclavos e idealiza patanes e invisibiliza al pueblo.

El día en que se iba a producir el cambio del nombre de las calles, aún sabiendo lo difícil que resulta sacarlo de su casa, le ofrecí a mi padre venir con nosotros. Esa sí que iba a ser una fiesta popular. Nadie vendría en avionetas ni habría polistas, sino vecinos y gente de varias localidades cercanas que se pagaron sus pasajes para estar presente en esa tarde maravillosa. Le aseguré que iba a estar con personas que buscan construir otro país, que estaría Osvaldo (Bayer), a quien conoce de algún almuerzo en casa. “Vas a estar en los lugares donde estuviste de chico”, le aseguré. Me miró e hizo uno de esos silencios que le conozco tanto y que es una de sus formas de negarse sin decir que no. Finalmente cuando nos estábamos despidiendo, sentenció: “Qué coincidencia rara, ¿no? A mí me llevaba este hombre de Roca y ustedes van ahora a sacarlo”. Cuando mi padre, ese mismo Pishta que se había deslumbrado ante la vida de los “Iolastra” cerró la puerta de su casa de Florida, sonreí sin poder evitarlo. Camine para ir a tomar el 60 en la Panamericana y recordé a uno de los personajes de Cortázar que asegura: “cosas así, todos los días”.

*Historiador, docente, investigador, autor de “Pedagogía de la desmemoria”
y de “Indios invisibles del Malón de la Paz”

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6 Comments

  1. Alberto Orol

    Estimado Marcelo: Creo que es una opinion sobre roca, sin analizar el el contexto politico que reinaba en esa epoca, le sugiero que lea justamente el libro de -como Ud. dice- lolastra «La lanza rota» creo que esta describe la situacion sociopolitica del pais en los 1860/1890. Por otro lado me gustaria saber que significa para Ud. «pueblos originarios» porque los indios que combatió roca justamente no eran Argentinos sino que venian de chile, Calfucurá, Namuncurá, Catriel, Pincen, Pichi Pincen, Saihueque, etc. etc. sepa que el gov. de la Pcia de Bs. As. trambien les ofrecio tierras para asentarse con tal de que no malonearan mas y algunos aceptaron y otros NO, los cuales al no querer cumplir la ley argentina, fueron combatidos, caso la tribu del cacique Baigorrita, tambien tengamos en cuenta que estas tribus chilenas trabajaban en combinacion con los politicos chilenos llevandole las vacas y yeguarizos que robaban desde rio IV al sur (Pergamino, Junin, Lincoln, Bolivar etc.) yo creo personalmente que si no hubiera sido por roca, de bahia blanca al sur seria todo chile. Yo tambien como Ud. crei que los milicos habian exterminado y maltratado a los indios, pero empeze a leer y he cambiado de opinion, Esto fue cuando empeze a investigar la batalla de Bayauca en la que he tenido que leer diversos autores de mas o menos de aquella epoca y he llegado a esta conclusión. Respetuosamente. Alberto Orol

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  2. juan carlos veloz

    MARCELO LEO CIERTO RESENTIMIENTO EN SUS COMENTARIOS

    QUE LASTIMA

    SE PIERDA OTRA MANERA DE VIVIR

    SEA MAS BUENO Y MENOS MENTIROSO

    VA A VIVIR MEJOR

    AH, ME OLVIDABA, LEA UN POCO DE HISTORIA

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  3. Valeria Schweitzer

    Le sugiero Marcelo, que antes de hablar lea un poco más de historia, por otro lado es de poco hombre criticar a quien ya está muerto y no tiene derecho a réplica. Valeria Schweitzer. Nieta de Doña Julia Elena Schoo Lastra y sobrina nieta de Don Dionisio Schoo Lastra.

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  4. Hermes Ause

    Pintar blanco sobre negro o viceversa lo hace hace un niño. Desde Bartolomé de Las Casas para acá sabemos que hubo abusos con los «pueblos originarios» La única verdad es la realidad y si analizamos un poquito nos daremos cuenta que gracias a las políticas de esos mauvais oligarquiques los míos (Ause) y los suyos (Valko), pudieron bajar de los barcos a labrarse el porvenir en esta tierra de promesas que no tenían en sus «países originarios» expulsados por la miseria «originaria».

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  5. Daniel Ricardo Fayolle de General Pinto

    Su comentario como los de tantss personas que se aprovechan de una breve coyuntura política, para querer cambiar la historia de la republica, carece fundamentalmente del criterio necesario para que todos quienes quieran aprender, analicen el momento preciso en el cual se desarrollan los acontecimientos históricos. La lucha con el indio comenzó con los albores de la independencia Argentina y muchos murieron en la frontera a lanza y fuego de los malones desde 1810. El Dionisio Schoo Lastra que usted nombra habrá sido secretario privado de Roca, pero también fue un gran escritor que nos describe, con finos detalles y nombres y apellidos, los acontecimientos terribles de aquellos tiempos. Saludo a usted muy atentamente.

    su

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  6. Alberto J Ortiz Basualdo

    Marcelo.
    Cambiar el nombre de una calle que honra a un prócer de nuestra tierra como lo fue el Gral Roca, es casi una canallada llevada a cabo por analfabetos de nuestra historia, a quién además de ocupar el cargo de Ministro de Guerra y Marina del Presidente Avellaneda, fue dos veces presidente de nuestra República.
    Sacar el nombre de Roca y reemplazarlo por el de Pueblos Originales, es una locura populista y demagógica, y no se olviden de agregar «chilenos» en el mismo cartel, ya que de ahí venían a robar y matar.
    No sé que ganan con todo esto, denigrar a una generación de hombres que mucho hicieron por la grandeza de este país, en otra época, en otro contexto, asentando soberanía en territorios que reclamaba Chile, y abriendo las puertas al mundo para recibir una inmigración que desde Europa corridos por la miseria, encontraron en estas tierras, un lugar pródigo para establecerse con sus familias.
    Por favor termine con las avionetas y descapotables, en esa época el hombre de campo jugaba al polo en forma deportiva y por distracción, el cuadro que escribe está muy lejos de la realidad.
    Lo saludo Atte.

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