Chicha Mariani: Maestra

Su presencia persiste como su búsqueda. María Isabel Chorobik de Mariani, Chicha, dejó huellas que construyen presente y futuro. En La Pulseada, una ventana a su historia.

Por Laureano Barrera
Fotos: Gabriela Hernández, Archivo La Pulseada

El 23 de noviembre de 1963, María Isabel Chorobik de Mariani abrió la puerta del aula con el semblante turbado. El día anterior, en la ciudad de Dallas, en el Estado de Texas, habían asesinado con un balazo en la espalda y otro en el parietal derecho a John Fitzgerald Kennedy, el presidente de Estados Unidos.

—Estoy demudada, chicos. Lo que ha pasado ayer con el presidente Kennedy, ¡Pero por Dios! ¿Ustedes pueden creer tanto horror? — preguntó la señora de Mariani cuando dejó su bolso y se paró frente a sus alumnos. A pesar de la consternación no abandonaba su tono quieto de voz. No sospechaba ni remotamente que dos décadas después almorzaría con su hermano menor, Edward Ted Kennedy.

Los ojos de la profesora de Historia del Arte buscaron por un segundo los de Diana Teruggi Dawson. Siempre tenía con su alumna esos pequeños gestos de complicidad. Diana no contestó, pero se quedó mirándola con sus ojos castaños muy abiertos, dudando si contar o no. En su casa, los adultos habían quedado un poco aturdidos con la noticia. Su abuelo Bernhard Dawson era norteamericano y su madre, Genoveva, había hecho estudios postdoctorales de Botánica en la Universidad de Harvard. Pero había sido su abuela materna Silvia Dawson, nacida al norte de los Estados Unidos, cerca de la frontera con Canadá, la más conmocionada: la había visto encender la vieja radio a válvulas y sintonizar una frecuencia norteamericana en onda corta.

Chicha dando clase. FOTO: Archivo Histórico Liceo Víctor Mercante. Prof. Zulma Totis

“Chicha” Mariani había empezado a dar clases en 1962. Había entrado por concurso a las cátedras de Historia del Arte y Educación Visual. Cuando llegó a las aulas no estaba muy convencida. Dar clases no había sido nunca su prioridad, sino más bien un complemento de la profesión de Pepe. Pero pronto la docencia se le impuso como una verdadera pasión. Todos los días se dedicaba a leer un poco para prepararse bien. Era muy meticulosa con los datos, y ante una pregunta que no sabía responder les pedía a sus alumnos algunos días de tiempo, volvía a sus enormes volúmenes enciclopédicos y resolvía la duda la clase siguiente. Escribió un libro, De la prehistoria al Arte Gótico, sólo porque sus alumnos no tenían bibliografía sobre el tema.

Chicha ocupaba gran parte del año enseñando el arte clásico y el precolombino porque le fascinaban, y describía minuciosamente las ruinas arqueológicas que había en Argentina. Explicaba qué técnicas usaban y qué colores predominaban en los cuadros o esculturas, y los vinculaba directamente a los modos de vida y los avances técnicos de cada civilización. En una de sus clases, cuando estaba explicando el rito azteca de ofrendar a las mujeres jóvenes para el sacrificio, preguntó.

—¿Ustedes considerarían eso un asesinato?

Los alumnos contestaron casi al unísono que sí: los tipos eran unos asesinos. Chicha no dijo nada. Esperó un segundo y repuso:

—Chicos, hay que empezar a mirar al interior de las culturas. Ver al otro desde el otro.

No dijo más. Le gustaba salirse de golpe de la lección decimonónica y dejarlos pensando. Era una profesora ecuánime, de frases cortas y certeras. No necesitaba levantar la voz: en sus clases reinaba el silencio casi siempre por curiosidad y casi nunca por miedo. Usaba ropa elegante pero sobria: casi siempre polleras oscuras y camisas de flores, que realzaba con aros y collares de perla.

Para explicar el clasicismo, Chicha llevaba a los chicos a la diapoteca que había acondicionado ella misma y proyectaba diapositivas en un pizarrón. Una escultura griega, por ejemplo. Después llamaba a uno de los jóvenes a contornear la figura con tiza. Una vez que estaba completa, apagaba el proyector. El clasicismo tiene ciertas normas, decía, y señalaba la pizarra. Las siluetas quedaban despojadas de su contenido y las formas quedaban en evidencia.

—Cuando ustedes marcan el borde en un cuadro o una escultura —explicaba—, van a ver muy clarito la idea de la virtud física y de la forma perfecta del cuerpo que tenían en la cultura griega.

Aunque Chicha era el emergente de un sector de la clase media intelectual, y estaba muy lejos de cualquier expresión social o partidaria de la izquierda política, tenía un concepto transgresor de la estética y pertenecía a un grupo de profesores que apostaban por didácticas diferentes, muy adelantadas respecto de las escuelas nacionales o provinciales. En 1966 los directivos le ofrecieron la Jefatura del Departamento de Estética del Liceo Víctor Mercante. Con su hijo en una beca de estudio en la lejana Chicago y su marido músico de orquesta ensimismado en ensayos y presentaciones, no dudó en aceptarlo. Hizo acondicionar un despacho hundido en el subsuelo, con ventanucos cerca del cielo raso por los que veía desfilar por la calle los pies de la gente. En una de las paredes, hizo colocar un mueble de cajoneras metálicas de las que colgaban ficheros, que iba de lado a lado y casi del piso al techo, donde guardaba una tarjeta de cada alumno. También ordenó refaccionar un salón para hacer las prácticas de dibujo, con tableros a medida, y gestionó avanzados aparatos de proyección para la diapoteca.

Chicha era una profesora rigurosa, el valor por el que insistía con más ímpetu era el de la ética

Pero más que su afán y su perseverancia, la clave de su pedagogía estaba en las relaciones humanas con los chicos. Un día Chicha había observado que la directora de entonces, Dolores Carlés de Sanucci, se paraba en el portón de entrada y saludaba por su nombre y apellido a cada estudiante. Cuando le preguntó cómo hacía, la mujer le contestó que era un trabajo al que había que ponerle dedicación. En ese momento se dio cuenta que en el fondo los chicos buscaban ante sus ojos la individualización: que ella los conociera y les atribuyera alguna personalidad. Se propuso retener el nombre, las referencias físicas e intelectuales de la mayoría y para eso diseñó un método: las anotaba en las fichas y hasta en su agenda personal. Además de las calificaciones, consignaba aspectos de la personalidad: si era introvertido, inteligente, inquieto, si estaba apasionado o no. A Patricio Catanessi, por ejemplo —a todos los llamaba por su apellido—, siempre lo recordaría por la prolijidad con la que llegaba al colegio: los zapatos lustrados, el guardapolvo blanco y almidonado, ni un solo pelo fuera de su lugar. Una mañana estaba acomodando papeles en su escritorio del Departamento cuando escuchó un batifondo en el aula de enfrente. Cuando se asomó al pasillo vio como Catanessi pasaba como una ráfaga de un lado al otro del vidrio de la puerta. Iba encima de uno de los bancos individuales que Chicha había mandado a hacer a medida, como si fuera un trineo en medio del salón. Chicha cruzó el pasillo hecha una furia y abrió la puerta con brusquedad. ¡Catanessi!, ¿pero qué hace?, le dijo, haciendo un esfuerzo sobrenatural para gritar. Catanessi no respondió; se limitó a bajar un poco la vista y bajarse del banco. Chicha le tenía aprecio al chico, pero ese día le puso a Catanessi las únicas cinco amonestaciones de su carrera docente. Esa misma noche, en su casa, recibió un llamado de teléfono.

—Usted es una señora puta —dijo Catanessi, con la pretensión de que su voz quedara en el anonimato, y colgó. A Chicha le causó gracia y decidió no contarle que lo había reconocido. Catanessi siguió yendo a clases convencido de que su venganza había sido perfecta.

Más que su afán y su perseverancia, la clave de su pedagogía estaba en las relaciones humanas con los chicos

A pesar de su proyecto educativo revulsivo para la época, el Liceo conservaba un aura de academia destinada a las elites: para pudientes o elegidos. Se accedía con un examen eliminatorio o habiendo hecho la primaria en la escuela Anexa, también de la Universidad. En sus aulas y pasillos confluían hijos de intelectuales, deportistas, artistas, pero también entenados de aristócratas y ricos. Eduardo Beilinson era el hijo de un ejecutivo millonario del rubro de la construcción y de los supermercados, que frecuentaba por entonces una comunidad hippie platense. Sus zapatillas Topper agujereadas horrorizaban a Chicha. Su padre Araon todavía no había sido secuestrado por el Ejército Revolucionarios del Pueblo (ERP), ni había pagado tres millones de dólares por su libertad, ni a Eduardo le decían Skay ni había fundado una banda de rock local que sería un furor incontenible: Los Redonditos de Ricota.

En sus clases, Chicha era una profesora rigurosa, pero el valor por el que insistía con más ímpetu era el de la ética.

—Uno puede perder todo —les repetía casi todas las clases—, pero nunca la ética.

Por eso a Juan Lázaro, a quien consideraba un excelente alumno y le había tomado cariño, lo reprobó cuando lo descubrió copiándose en un examen. Juan, que parecía verdaderamente dolido, le juró que había hecho el parcial sin fijarse en los apuntes, pero que se había copiado para que estuviera perfecto. Chicha le perdonó su actitud, pero le sostuvo el aplazo.

Chicha Mariani dio clases en el Liceo durante quince años, relegando incluso otras pasiones, como la pintura y la cerámica. Cuando nació Clara Anahí, el 12 de agosto de 1976, sintió que una etapa se cumplía y que necesitaba el tiempo para cuidar a su nieta. En octubre de ese año, mientras seguía con los trámites de su jubilación, Chicha pidió licencia sin goce de sueldo y casi no volvió a transitar sus pasillos hasta muchos años después, en abril de 2010, cuando le entregaron el título de Doctora Honoris Causa y bautizaron con su nombre el salón de actos. El día de su velatorio, entre la multitud que la despedía, un hombre petiso se acercaba cada tanto y dejaba en el ataúd fotos impresas de Chicha. Había llevado copias en su morral por si alguien se las llevaba de recuerdo. Era su médico personal José Luis Mansur. Había sido presidente de la Sociedad Platense de Endocrinología y Metabolismo (Sopem) y la Sociedad Argentina de Osteoporosis (SAO). Y uno de sus tantos alumnos.  /// LP


El aplauso en el Rectorado

Por Francisco Martínez

Fue un aplauso interminable el que despidió los restos de Chicha Mariani, el 21 de agosto, en el Rectorado de la UNLP. Durante horas, dirigentes gremiales y de Derechos Humanos, familiares de desaparecidos, militantes universitarios, la Ciudad, participaron del velatorio de la exprofesora en el salón principal, el del Consejo Superior. También estuvo el presidente de la UNLP, Fernando Tauber, el juez federal de Dolores, Alejo Ramos Padilla y la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto.

El funeral finalizó con el grito de “30 mil compañeros detenidos-desaparecidos, ¡presentes!”. Mientras centenares de personas aplaudían a la abuela de una beba secuestrada en medio de metrallas y bombas, otros sonidos enrarecieron el clima: los de las postas de goma de la represión de la Bonaerense a los trabajadores de Astilleros. Muchos insultaron la imprudencia y muchos otros pensaron en la coincidencia con un clima de época que alienta nuevas pesadillas.

 

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