Canillita con todas las letras

132-VendedoresComunicador inquieto, amante de la poesía y vendedor de nuestra revista hace un año, lector memorioso y orgulloso de muchas tapas, Fernando Aguinaga cuenta cómo busca “que la revista llegue lo más lejos posible”.

Por Ana Laura Esperança

La tarde se abre en un abanico de luz sobre la gran carpa blanca montada en la plaza Islas Malvinas. Se está celebrando la Primera Feria de Libros del Movimiento de Trabajadores organizada por ATE y Fernando Aguinaga, uno de los vendedores de La Pulseada, está en un stand con ejemplares en exposición. Encendidas por el cielo sin nubes que penetra las amplias aberturas de la carpa, las coloridas tapas de la revista lucen más vivas todavía. Dar con Fernando parece fácil: es el primer día de la Feria y todavía hay poca gente; pero hay que llamarlo por teléfono para lograr encontrarlo entre los puestos.

—Estoy en uno de los primeros stands, ¡vénganse! ¿Trajeron mate?

Se presenta con una sonrisa plena y demuestra ser un lector de la revista con memoria superlativa: conoce el contenido de cada edición. Sobre todo —dirá después— el de los números que más le gustaron y lo impactaron, “por su alto contenido periodístico”. Por ejemplo, la tapa “Los tiempos de Francisco” (La Pulseada 125), que engloba una serie de notas sobre la Iglesia católica, incluida la conducta del Papa con el caso de la última hija de desaparecidos recuperada, Ana Libertad Baratti De la Cuadra; o el número que contiene una entrevista a la investigadora feminista Mabel Belucci (La Pulseada 120). Por notas como ésas, Fernando recibió algunos pedidos de suscriptores para darse de baja:

—El lector que me compraba la revista se sintió violentado por los contenidos. Es que hay gente que cree que es una revista de la Iglesia católica —explica—. Y no: es militancia, es investigación, es un espacio de lucha por los derechos de la infancia. Personalmente, admiro el trabajo de este equipo de periodistas; creo que es de una solidez y un nivel increíbles.

Cuando describe lo que lo une a esta actividad Fernando habla con ganas, un impulso resuena en su voz y sus ojos, como los de un soñador, se proyectan en un punto lejano, mucho más allá del banco de plaza donde está sentado, aunque no dejan de atender al stand con las revistas. Como los ojos de un soñador consciente.

Llegar a más lugares

Fernando nació en Bolívar, provincia de Buenos Aires, y llegó a La Plata en 1998 para estudiar Planificación Comunicacional en la Facultad de Periodismo, pero su relación con esta ciudad fue intermitente. Vivió siete años en Buenos Aires. Después, por cuestiones familiares, volvió a Bolívar, donde hizo su tesis de grado: un proyecto de radio que le posibilitó intervenir con un grupo de alumnos de un colegio secundario para adultos y dar con un espacio de observación interesante. En ese periodo, Fernando también trabajó para el Servicio Local de Niñez de Bolívar, una experiencia donde se encontró con casos complejos que fueron un desafío y hoy lo recuerda como el trabajo más estimulante que tuvo como comunicador popular.

Ya de vuelta en La Plata con su tesis bajo el brazo, vivió en más de 18 barrios antes de establecerse en El Rincón (Villa Elisa), donde hoy tiene su casa propia. Hace apenas un año empezó a vender 30 ejemplares por mes de La Pulseada. Hoy ya está a otro nivel: además de vender revistas en el centro de La Plata, Tolosa, Gonnet, Meridiano V, City Bell y Villa Elisa, participa de muchas actividades, “haciendo mesa” —en general, acompañado de otros vendedores y vendedoras—, como en esta Feria de Libros de ATE, o en el reciente acto organizado por la Fundación Miguel Bru en el Teatro Argentino —donde se emocionó con las palabras de Rosa Bru y la música de León Gieco—, o en el acto donde Rosa recibió el Premio Rodolfo Walsh de la Facultad de Periodismo.

—León Gieco se tocó todo. Estaba con su mega banda; no te puedo explicar la potencia de esa banda: increíble, y en un teatro llenísimo de gente. Fue muy emocionante —dice Fernando, entusiasmado.

Además de vender revistas, en La Plata integra el colectivo de poesía Papermusa. “Es un nombre raro, ya sé”, se ríe. En ese espacio desarrolla sus inquietudes literarias, algo que en Bolívar sentía que no podía hacer. Y en parte, lo que lo decidió a volver.

—¿Cómo te convertiste en vendedor de La Pulseada?

—Había dejado de trabajar en una revista de moda, en Buenos Aires, y a través de Graciela Vanzán (N de la R: amiga y colaboradora de esta revista) entré al Grupo La Grieta. Ella me había contado mil anécdotas de La Pulseada y cuando se enteró de que buscaban vendedores me avisó. Empecé en junio de 2014… ¡Ah! ¡Justo hizo un año!

¿Qué aportás desde tu lugar de vendedor?

—Lo que intento es que la revista llegue lo más lejos posible. Que se conozca en más lugares, así como la obra del Padre Cajade. Que se expanda y se proyecte. Que todos podamos entender qué es un comunicador popular y qué son los derechos de la niñez. Y que se entienda que no es una revista católica, algo que explico todo el tiempo. Es mi principal colaboración, además de vender los números y participar de las actividades. Y te encontrás con cosas muy lindas, muy locas… Hace poco viví esto: nos habían llamado desde la cárcel de Olmos, desde un taller que funciona ahí, porque querían donar juguetes a la Obra de Cajade. Yo sospechaba que ese llamado era de parte de un alumno de Ricki, que es el profesor de la escuela secundaria de la cárcel de Olmos, y cuando le pregunté si tenía un alumno de apellido Chávez me lo confirmó. Una suscriptora el año pasado me había dicho: “Mirá, yo quiero regalar toda la colección de revistas de 2014, te la doy y si te parece la donás a una biblioteca u otro lugar”. Yo se la di a Ricki y él la llevó a esa escuela en la cárcel de Olmos. Y bueno, de ahí llamaron para donar a la Obra los juguetes, que todavía no pudimos ir a buscar. Me sentí muy feliz con esa coincidencia, esa vuelta. Me encanta seguir colaborando en eso: que llegue a más lugares, que le quede bien claro al lector la línea editorial de la revista. Y me parece que desde ahí puedo ayudar bastante porque creo que soy buen vendedor.

—¿Te estás dedicando sólo a la venta de revistas?

—Por ahora sí. La actividad es intensa. Me encantaría también encontrar trabajo como planificador comunicacional, una profesión en la que a veces es difícil definir alcances y funciones. La gente en general te dice: “¡Ah, sos periodista!”. Y cuando te ponés a explicar la diferencia, no entienden un pomo. Ahí les digo que es comunicación, pero dentro de las organizaciones. El otro día vi a la decana de Periodismo en televisión, intentando explicar la diferencia entre comunicación popular y hegemónica, entre periodismo y organización, básicamente. Y no la entienden ni los periodistas, ni queda claro cabalmente en el ámbito de la comunicación. A mí me pasó con mi tesis: quería armar un taller de radio pero no para que los chicos aprendieran a hacer radio sino para que tuvieran un lugar de expresión e intervención, que al mismo tiempo que fuera un observatorio de la comunicación social en determinado marco. Y se me complicó en la propia Facultad que entendieran mi posición, que el mismo dispositivo podía servir para intervenir, investigar y hacerse algún rudimento de los conocimientos de radio. O sea: soy planificador pero hasta el momento no he podido conseguir un trabajo de eso en La Plata. Mientras, busco seguir desarrollándome en el área de la escritura, que me gusta mucho.

—¿Te ves escribiendo?

—¿Dentro de la revista? No… No me proyecto porque tengo un profundo respeto por el trabajo de cada periodista de La Pulseada. Creo que hay un nivel de experiencia fabuloso, con investigación. Para mí el periodismo de investigación es el más alto, hecho por periodistas. Y creo que el trabajo que vienen haciendo desde hace 13 años es impresionante. Ahí ves cómo creció: es una revista donde se publica material periodístico de calidad, profundo y jugado. Y donde hay una escuela de periodismo detrás, y no es la del periodismo hegemónico. Si no, por el contrario, contrahegemónico.

 

El sol empieza a bajar pero todavía reparte su tibieza amarilla en la plaza. Fernando vuelve a su puesto en el stand. Lo esperan dos días más de feria y más mesas para llevar La Pulseada a donde haga falta, extendiéndola allá y más allá de sus lugares habituales de reparto, a los que algunas veces llega en su bicicleta y otras, a pie. Pero siempre con la pretensión de acercarle al lector, a través de cada ejemplar, comunicación popular y militancia social para rescatar los derechos de la niñez. Y con la intención de que ese discurso llegue cada vez a más lugares, como una mano que se abre, un puente que se tiende, un abrazo.

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