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AGOSTO
2003
LA HISTORIA
NO OFICIAL DE LA NOCHE DE LOS LÁPICES. Entrevista a Emilce
Moler.
EMILCE MOLER
Y LA NOCHE DE LOS LÁPICES
LA HISTORIA NO OFICIAL
Ocurrió hace 27 años. Fue entre el 15 y el 16 de setiembre
de 1976: los militares secuestraron y torturaron a varios alumnos
secundarios de La Plata... La Noche de los Lápices. Hubo
cuatro sobrevivientes. Emilce Moler es una de ellos. Nos da su testimonio
y, a diferencia de lo que cuenta la película que hizo conocidos
estos hechos, ella no relaciona la detención con la lucha
por el boleto estudiantil sino con su militancia en la Unión
de Estudiantes Secundarios.
El 16 de setiembre
de 1976, Emilce había ido al Bachillerato de Bellas Artes.
Cursaba 5to. año y ese día estaba organizando la fiesta
de la primavera. En medio de los preparativos, alguien le avisó
que la noche anterior se habían llevado a sus dos amigas:
Claudia Falcone y María Clara Ciocchini. También habían
secuestrado a Claudio de Acha, Daniel Racero, Horacio Ungaro y Francisco
Muntaner. Todos compartían la militancia en la Unión
de Estudiantes Secundarios (UES). Emilce tuvo miedo. Enseguida llamó
a su padre que le pidió que escapara. Emilce no quería
irse dejando a sus compañeras en esa situación, pero
sospechaba que sería la próxima en la lista. Y no
se equivocó. Esa misma noche, un grupo de hombres encapuchados
y armados irrumpió a los gritos en la casa de la familia
Moler. Dijeron que eran del Ejército y que venían
a buscar a una estudiante de Bellas Artes. Casi se llevan a su hermana,
5 años mayor. Emilce era bajita, estaba en pijama y parecía
una nena. Cuando la identificaron, su madre pidió que la
dejaran vestirse. Los militares accedieron. Le pusieron las esposas
-que se le salían porque le quedaban grandes- y se la llevaron.
En el camino pasaron a buscar a otras dos compañeras. Una
no estaba. La segunda era Patricia, otra de los cuatro sobrevivientes.
Todas fueron llevadas a un centro clandestino. Con el tiempo sabría
que era en Arana. Ahí se encontró con sus dos amigas
secuestradas la noche anterior. Tenía los ojos vendados,
pero mientras caminaba rumbo al cuarto de tortura reconoció
los gritos de otros dos amigos y compañeros de la UES: Gustavo
Calotti, que sobrevivió para contarlo, y Horacio Ungaro,
uno de los tantos desaparecidos. El 21 de setiembre se sumó
a ellos un estudiante de la "legión extranjera"
que sería el cuarto sobreviviente: Pablo Díaz. "Supuestamente
estuvimos juntos en Arana dos días -recuerda Emilce-, pero
nunca supe que estaba. Él no militaba en la UES. Al no conocerlo
de antes y no haber hablado con él en ese momento, no supe
que estaba ahí". El 23 de setiembre cargaron a todos
los estudiantes, maniatados y encapuchados, en un camión.
Después de un rato, la marcha se detuvo. Alguien leyó
una lista: Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Horacio
Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Claudio
de Acha... Los hicieron bajar y nunca más se supo de ellos.
Muchos años más tarde, la que era directora del Bachillerato
de Bellas Artes, Elena Makaruk, declaró que se enteró
"por comentarios" que los chicos de la "Noche de
los Lápices" estaban desaparecidos, pero que la institución
no hizo gestiones para buscarlos porque "no se podía
considerar verdad un comentario".
Emilce Moler
sigue siendo bajita y hoy su vida transcurre en Mar del Plata. Por
aquel entonces estaba de novia con Fernando, un joven de 22 años
que militaba en la JUP de Agronomía. Ahora es su marido y
tienen tres hijos. La chica de Bellas Artes ya tiene 44 años,
pero no es difícil imaginarla a los 17. Habla y ríe
todo el tiempo con una vitalidad contagiosa que no abandona ni a
la hora de recordar los momentos más duros de su vida.
-¿Cómo empezás a militar?
-Yo diría al revés: ¿Cómo no iba a militar?
Habría que haber vivido esos años para darse cuenta.
Por supuesto que también estaban los que no se enganchaban,
pero a la edad que yo tenía, y en Bellas Artes donde todo
era libertad, participación y solidaridad, era imposible
no militar. La revolución parecía estar ahí
nomás. Latinoamérica estallaba por todos lados. Teníamos
los modelos socialistas de Chile y Cuba. Yo podía no saber
en qué partido, pero que iba a participar no tenía
ninguna duda. Había todo un clima en el que estaba muy mal
visto aquel que no se comprometía. Decirle a alguien, "sos
un teórico", era el peor insulto. Podías discutir,
pero si no militabas y no llevabas a la práctica tus ideas,
eras lo peor.
De primero a cuarto año participé en todas las actividades
de la escuela, pero todavía no lo hacía desde ningún
partido. Quería tener un poco más de idea de dónde
me iba a meter. Venía de una familia absolutamente anti-peronista.
Hice la primaria en un colegio de monjas, en el Eucarístico,
y entré a Bellas Artes en el 72. En el 73 todos mis compañeros
fueron a buscar a Perón. Yo era re gorila. Poco a poco fui
cambiando y me di cuenta de que cualquier cambio en este país
venía por el peronismo. Una anécdota es que yo estaba
convencida de eso, pero nunca pude cantar la marcha peronista porque
no la sabía. ¿Dónde la iba a aprender? Me daba
muchísima vergüenza. Cuando me detuvieron, militaba
en la peronista UES.
-¿Cuánto tiempo estuviste detenida?
-Casi dos años, más el año de libertad vigilada.
Desde enero del 77 hasta abril del 78, estuve en Villa Devoto. Era
una presa legal bajo disposición del PEN, siendo menor, con
sólo 17 años. Llegar a Devoto fue uno de los peores
momentos de mi vida. Cuando entré, una celadora me leyó
los cargos en mi contra: asociación ilícita, tenencia
de armas y explosivos. Yo lloraba y decía que no era cierto.
Sentía una terrible impotencia. Después me encerraron
en una celda. Cuando me largan no me dejan volver a La Plata y nos
vamos con toda mi familia a Mar del Plata, donde estuve bajo libertad
vigilada.
-¿Qué sabés de los demás sobrevivientes?
-Con Gustavo Calotti, sigo siendo amiga. Él vive en Francia,
es docente de castellano y está muy bien. Dio su testimonio
para el juicio a las juntas militares y ante el juez Baltasar Garzón.
Hay otra chica, Patricia, que es muy respetable que nunca haya hablado
porque no tenía ninguna relación con la militancia
política y le faltaron muchos elementos para comprender lo
que le estaba pasando. Tuvo una historia de vida muy dura porque
se le murió la mamá estando ella presa. Nunca la dejaron
salir a verla y tenía sólo 17 años. Cuando
salió, estaba sola y su familia tenía una situación
económica complicada. Con ella me comunicaba los primeros
años y después fui perdiendo contacto. Ella prefirió
callar. Yo la entiendo y la respeto muchísimo.
-¿Cómo vivieron tus padres toda esta situación?
-Fue muy duro. Mi padre era policía, jubilado por suerte.
No fue un policía de alma ni mucho menos. Pero fue durísimo
para él. Por un lado tenía acceso a montones de lugares
para salvarme, pero por el otro recibía todas las humillaciones
posibles. Mi mamá lo vivió con mucha vergüenza.
Sin embargo los dos, a pesar de que estaban lejos de compartir las
cuestiones políticas conmigo, estuvieron firmes ahí
desde lo afectivo. No faltaron nunca a las visitas. Mi mamá
me escribía semanalmente dos cartas. Eso para mí fue
un salvavidas. Yo me sentía muy culpable por lo que vivían
mis viejos. Pasaron muchos años para que la sociedad nos
reivindicara. En aquellos momentos éramos la lepra. A mi
familia más de uno le retiró el saludo. Ellos tenían
un proyecto de vida clase media y se encontraron con que en su ciudad
los abandonaron. Lo terrible era que nunca sabíamos cuándo
se acababa. En diciembre del ´77, según averiguaciones
de mi padre, me habían hecho una condena de 5 años
más. Los militares hacían como parodias de juicios
a algunos compañeros. Eso se llamaba Consejo de Guerra. En
ese entonces, en la cárcel, vos no sabías cuánto
tiempo ibas a estar, y tampoco sabías cuándo abrían
una puerta, te sacaban y te llevaban andá a saber a dónde.
Yo ya había pasado por los centros clandestinos y sabía
de las torturas
Además, venían nuevos compañeros
en estado calamitoso y contando historias de terror. Sacaban compañeras
de Devoto que nadie sabía a dónde las llevaban. Los
de la Masacre de Margarita Belén salieron del penal. Y allí,
precisamente mataron a un primo mío. Yo no tenía ni
relación con él pero mi mamá se veía
con sus primas, que también iban a ver a su hijo a la cárcel
y un día, cuando volvió, mi tía le dijo a mi
vieja: "Lo mataron". No sabemos por qué, pero por
suerte decidieron darme la libertad vigilada.
-¿Qué pasó cuando saliste?
-Fue en el Mundial, en el ´78. Todos festejaban y yo lloraba.
Sentía que nunca iba a poder contar lo que me había
pasado. "Nunca me van a creer", pensaba... Estaba presente
todo eso de "Los argentinos somos derechos y humanos".
Cuando escuchaba a los comunicadores en la televisión, lloraba
de la bronca. Hoy sigo teniendo terror de que la gente no vea los
procesos históricos. Salí bajo libertad vigilada en
una ciudad que no conocía. Empecé a rendir libre las
materias de 5to. año. En La Plata me declararon alumna libre
por "faltas". Mis padres lograron con gran esfuerzo que
me dieran los papeles de 4to. año para que pudiera rendir
5to. libre. Tuve que decir que había tenido hepatitis. Para
ese entonces ya tenía 19. Me sentía viejísima.
Mucho más tarde me di cuenta de la atrocidad que viví
en plena adolescencia. Me iban a buscar a determinados lugares,
venían a mi casa a vigilarme, controlaban con quién
estaba y no podía reunirme con muchas personas a la vez.
Pero venía de tal horror que eso no me molestaba. Pensaba
que a mí, dentro de todo, no me había pasado nada.
Tardé mucho en darme cuenta de que yo también fui
víctima.
-¿Cómo empezaste a estudiar Matemáticas?
-Con un permiso especial me dejaron ingresar a la Facultad. No podía
pensar en estudiar arte porque me detenían al día
siguiente, entonces me anoté en matemáticas. Me seguían
y me esperaban en la puerta de la Facultad. Yo seguía de
novia con el que hoy es mi marido, Fernando. Él militaba
en la JUP y era más grande. Estaba estudiando en La Plata
y siempre mantuvo el contacto con mi familia. Eso fue muy importante
porque tuve un compañero y amigo al lado mío. Con
él podía hablar de todo.
-¿Cómo termina la libertad vigilada?
-Como me vieron tranquila y aburrida -no me hablaba con nadie-,
en julio del ´79 me liberaron de todo y no me molestaron más.
A partir de entonces, Fernando se vino a vivir a Mar del Plata.
En el ´82 nos casamos. Ese año, por primera vez, le
conté a una amiga algo de mi historia. Era una compañera
de la Facultad; venía a nuestra casa y me sentí en
la obligación de hacerlo. Nunca se lo imaginó. Tardó
años en entender. Fue la única persona, en ese entonces
en Mar del Plata, a la que le contamos nuestra historia. Hoy seguimos
siendo amigas, es dirigente gremial y en política la tiene
más clara que yo.
-¿Cómo viviste la vuelta de la democracia?
-Empezamos a contactarnos con otra gente que había vivido
lo mismo. En el ´85 di mi testimonio al equipo de Antropología
Forense y en el ´86, contra Camps, donde también declaró
mi padre. Fue el primer policía en testimoniar contra Camps.
Ese mismo año me ubicó una radio de Mar del Plata.
Si mi primera declaración hubiese sido en Buenos Aires, seguramente
los hechos se hubieran contado como fueron. Yo nunca me negué
a contar la historia. Sin embargo me pasó con María
Seoane que cuando ella me pidió que escribiera mi testimonio
yo acepté pero le pedí leer el borrador del libro.
Seoane se negó a dármelo y entonces yo y mi padre
no escribimos. A partir de ahí viene el castigo en el libro
y después en la película. Ni siquiera menciona la
existencia de otros sobrevivientes. (N. de la R.: "La Noche
de los Lápices", de María Seoane y Héctor
Ruiz Núñez, en base al cual se hizo el guión
de la película de Héctor Olivera) A mí me interesó
salir siempre a decir cómo son los hechos reales y yo siempre
los conté así. Éramos estudiantes secundarios
y no relaciono nuestra detención con la lucha por el boleto
estudiantil, que fue en el ´75, sino con nuestra militancia.
Estoy segura de esto. No es una negación de la historia anterior
sino es como agregarle algo más, recrearla.
-Sin embargo, todavía es fuerte la versión de que
existió sólo un sobreviviente
-Es bastante extraño porque he hablado muchas veces. Estuve
en 1998 en el programa de Santo Biasatti. Esto fue tapa de La Nación
en el mismo año y Página/12 también lo publicó.
Fui a muchas entrevistas radiales y a charlas en muchas ciudades
y se vuelve a decir lo mismo. Más de una vez me ocurre que
gente que me conoce, cuando tiene que decir lo que fue "La
Noche de los Lápices", vuelve a repetir el tema del
boleto estudiantil y que hubo un único sobreviviente. Yo
convivo con eso y no pongo energía ahí sino en contar
lo que fueron los hechos, lo que significaron y en la transmisión
de la memoria para los jóvenes de hoy en día.
-¿Tu familia volvió a La Plata?
-Mis padres nunca pudieron volver y a mí me cuesta horrores.
Tardé muchos años. Para volver a mí escuela
necesité 20 años y fue durísimo, con mucho
llanto. Vine para un acto por los desaparecidos. Recién ahí
pudimos abrazarnos y llorar entre varios compañeros. Ahora
vuelvo un poco más entera. También fui al acto por
los 25 años del golpe con mis hijas y vieron toda la parte
de la escuela que yo les había contado. Fue algo fuerte pero
reparador.
-¿Cómo te acercás al equipo de Antropología
Forense?
-Ellos se acercaron primero para tener mi testimonio. A partir de
eso tuve conciencia de la importancia del sobreviviente. Creo que
las Abuelas, los Hijos, las Madres, todos juegan roles importantes,
cada uno desde su lugar. Cuando llevé mi relato al equipo
ellos me empiezan a preguntar por el color de la blusa de tal persona
que yo había visto, para poder identificar los restos, y
yo ahí veo que puedo describirlo. Me di cuenta de que yo
tenía información. Además de las personas a
las que vi, tenía detalles de marcas, olores, sensaciones
y sonidos que no los tiene nadie. Entonces me di cuenta de que iba
a ser un rol mío el del relato. Yo recuerdo todo: las palabras
de la compañera que no vi nunca más, el apretón
de mano, la palabra de aliento. Mucha gente ha olvidado. Cada uno
elaboró como pudo. Yo hice el ejercicio de registrar todo
porque, inconscientemente, sabía que eso iba a ser importante.
-¿Cómo llegás a trabajar con el equipo?
-Cómo yo recordaba todo con mucha precisión, cada
dos por tres el equipo de Antropología Forense me volvía
a llamar. Así empezamos a tener una cierta amistad. Después
ocurrió una casualidad: ellos empezaron a encontrar documentación,
huellas que pertenecían a desaparecidos. Sin embargo los
peritos las rechazaban porque no se podían ver bien. Alguien
les dijo entonces que en Mar del Plata había una persona
que se dedicaba al procesamiento de imágenes... ¡Casualmente
era yo! Me vinieron a ver y empezamos a trabajar juntos. Hoy mi
proyecto de investigación en la Facultad de Ingeniería
de la Universidad de Mar del Plata es la identificación de
huellas dactilares para la identificación de desaparecidos.
Me he especializado en eso y ya se identificaron varios. Desde un
primer momento yo lo institucionalicé. Está aprobado
por el Consejo Académico. Por este trabajo obtuve un premio
en el año 2000, en Estados Unidos. Mirá qué
paradoja dónde me premian. Era la primera vez que alguien
de Latinoamérica obtenía un premio así.. Esto
es parte de mi trabajo y no lo quiero dejar porque, ¿quién
lo va a hacer? Otros cobrarían mucho por esto. Yo lo hago
desde otro lugar y es muy reparador.
-¿Cuál es tu lectura de la situación política
actual?
-Estoy enloquecida de contenta. En el ´86 parecía que
con el juicio a las juntas las cosas empezaban a cerrar, pero después
vinieron las leyes de Obediencia Debida y el Punto Final. Entonces
lloré. Después vino el indulto, pizza y champagne
y mirar para adelante. Decían que la historia había
terminado de la mano de la convertibilidad. En el ´98 pensé
que no avanzaríamos más. Todos los chicos que crecieron
durante esos años se formaron con la idea de que la lucha
no sirve. Como docente, siempre les repetí a mis alumnos
que la lucha hay que darla. Si no se da este saneamiento moral,
no se puede construir nada. De todas formas, la teoría de
los dos demonios hoy todavía circula. Estoy segura de que
a mí me llevan a todas las charlas porque soy "la pobre
chica del colegio secundario". Si hubiera tenido una historia
de lucha armada, no me llevarían. La sociedad todavía
no está preparada para ver y aceptar esto. Lo peor que nos
puede pasar es hacer análisis equivocados. Todos mis amigos
de la JUP están desaparecidos. Hoy no tengo ninguna militancia
en ningún partido. Estoy cercana a la asociación de
familiares y ex detenidos. En el ´98 me di cuenta, por lo
que sentía, de que ese era mi grupo de pertenencia.
-¿De qué cosas te arrepentís y cuáles
te marcaron?
-Vi tanta arbitrariedad, por ejemplo con esta chica Patricia que
no había estado en nada, que si no me hubiera metido a militar
tampoco era seguro que no me pasara nada. Siento que fui coherente
con lo que pensé, aunque mi militancia fue muy chiquita.
Ojo que ser militante en ese momento, pegar carteles en contra de
la dictadura, con ese gobierno militar era muchísimo. Yo
no me hubiera bancado la dictadura sin decir nada. Nadie previó
una dictadura con tanta represión. Hoy no me podría
pensar sin esta experiencia de vida. El silencio y las ausencias
de las personas que yo hubiera necesitado que estén al lado
mío y de mis padres, me han dolido mucho. Mi objetivo es
que mis hijos no se formen con esos valores. Quiero que mis hijos
sean solidarios, siempre que puedan y que alguien lo necesite. Me
parece que ese es el camino.
Sabina Crivelli
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* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido,
citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
a La Pulseada.
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