Acá está Favio

Ilustración: Javier Mondino

Con una vida de novela y un talento que lo ubica entre los mejores directores de la historia del cine, cosechó en vida los mayores homenajes para un artista y el reconocimiento sincero de pares y público. Despedirlo recordando los personajes de sus inolvidables películas, los actores con los que trabajó y su paso por la política y el canto es un modo de sobrellevar otra triste noticia: ya no veremos una nueva película de Leonardo Favio. Pero repasar su filmografía siempre aporta maravillas nuevas, como sucede con las obras de los verdaderos grandes. Aquí, unos retazos de su mitología, a modo de despedida y agradecimiento. 

Por Juan Manuel Bellini

Leonardo Favio murió un día de sol. Como Juan Moreira. En aquella película, de 1973, se ve a Rodolfo Bebán con sangre en el rostro, transpirado, asomarse a una pequeña ventana y susurrar: “Con este sol…”. Lo repite, ya casi inaudible, para luego gritar: “¡Acá está Juan Moreira!”. Sabe que va hacia la muerte y muere atravesado por la espalda frente a un paredón, cae al césped, se levanta y no lo vemos caer nuevamente pero sabemos que muere. Favio filmó la muerte como nadie. Es una presencia constante en sus obras.

El Aniceto, ya sea en la piel de Federico Luppi o de Hernán Piquín (intérprete en la versión que Favio hizo en 2008), tenía una muerte similar a la de Moreira. En El Dependiente (1967) Fernández (Walter Vidarte) y la señorita Plasini (Graciela Borges) recién abandonan su propia represión sexual cuando van en un coche fúnebre y el final también es la muerte y vemos una larga última secuencia en un pueblo de provincia, que le remitía a Favio a su Luján de Cuyo natal, en Mendoza. En Gatica (1993), el boxeador interpretado por Edgardo Nieva muere bajo las ruedas de un colectivo, ya en su decadencia, luego de vender muñequitos en un partido entre Independiente y River, pero su funeral es imponente: rostros de dolor, manos oscuras aferrándose al cajón y toda la fuerza de Tanguera, pieza musical de Mariano Mores ejecutada por un joven Iván Wyszogrod, mientras se muestran distintas imágenes de Gatica, desde su niñez llegando a Buenos Aires hasta su apogeo y muerte.

Sin embargo, Soñar, soñar, película que Favio estrenó en julio de 1976, poco antes de partir hacia el exilio, no culmina con una muerte. Mario El Rulo y Charlie van presos y recién ahí es cuando se terminan de entender. Es el lugar donde los trucos les salen bien. En el guión original, Charlie terminaba muerto por seguir a Mario. Favio eligió otro final, cuando ya la muerte se convertía en cotidiana para miles de argentinos.

No es producto del morbo mencionar tantas muertes a la hora de recordar a Favio y su obra. En uno de los reportajes que forman parte del libro que escribió Adriana Schettini, Pasen y vean, Favio rememoraba: “En mi pueblo, un velorio era un acontecimiento para todo el mundo. En mi niñez y en mi adolescencia el cielo y las calles de tierra eran una unidad, caminabas por tu planeta. Un muerto era una cosa de ver. Tenía su importancia. El cementerio y el muerto eran una cosa viva, participaban de la vida”. En otros reportajes sentenció que el cine es memoria. No es casual, entonces, que a tantos hechos de su vida los haya convertido en arte.

 

Su primer largometraje, Crónica de un niño solo (1964), narra las peripecias que vivió en un instituto de menores de Mendoza, junto a su hermano –el escritor y guionista de muchas de sus películas− Zuhair Jury. Alejado de la condescendencia de ciertos documentales antropológicos o del trazo grueso del panfleto, la película contaba las rigideces que sufrían los niños ante la represión de las autoridades del instituto y también las pocas posibilidades que podían tener los chicos abandonados fuera de esas paredes grises. Muestra una villa miseria donde el Estado sólo se hace presente como autoridad policial y donde el protagonista también podía recurrir a la cobardía o al miedo al no defender a su amigo ante una violación.

Su vida también se mezcla con la de José María Gatica. No elige contar la biografía fiel del boxeador; sino que utiliza frases y conductas que pertenecían a su propio entorno. Ante el cholulaje extremo frente al famoso, Gatica podía insultar y pegar, como en esa cantina donde se limitaba a un “buenas noches, buen provecho”, contratado como empleado por Prada, su eterno rival. O exigía que un “oligarcón” –en una escena ubicada en el esplendor del peronismo− lo llamara “Señor Gatica” y no “Monito”. Comprobar si es verdad o no que luego de una pelea Gatica podía ir a tomar sopa junto a un chico que parece salido de una película de Chaplin o de su cortometraje El amigo no es lo importante. Es que en el cine de Favio la única realidad es que el espectador entra en ese mundo tan propio que va más allá de todas las influencias que los críticos vieron en él. Se lo comparó con directores como Truffaut, Fellini o el propio Torre Nilsson, que tantas veces lo eligió como actor. Pero su estilo es único, difícil de ser imitado. Aunque una nueva generación de cineastas vio en él un modelo a seguir, sin recurrir a la copia y contando sus propias historias. Los casos más logrados son Lucrecia Martel y Adrián Caetano.

La originalidad es su marca registrada. Hoy mostrar una villa es común en el cine y en la tele. Antes de Favio no. Lo mismo en cuanto a la utilización de ritmos populares. Si en los ‘60 Los Wawancó era un grupo de cumbia presente en los tocadiscos y en los bailes barriales, el primero en utilizar esa música con fines narrativos, de situación cinematográfica, fue Favio. El Aniceto interpretado por Federico Luppi recibe malas noticias y pasa una noche terrible mientras suena de fondo música tropical.

Luppi era casi un desconocido cuando Favio lo eligió para protagonizar, en 1967, El romance del Aniceto y la Francisca.

Favio contó con Alfredo Alcón en Nazareno Cruz y el lobo (1974), con una participación pequeña pero inolvidable, haciendo de El Poderoso, un diablo con dudas humanas, muy anterior al ángel de Las alas del deseo (1987), de Wim Wenders.

Walter Vidarte, que tuvo una carrera muy importante durante los ’60 y ’70 en nuestro país, participando en películas emblemáticas, tendrá siempre el orgullo de ser recordado como ese frustrado dependiente que ni el crimen ni la ambición podían despegar de un camino inevitable hacia la tristeza.

En cuanto a las actrices de sus Films, se pueden destacar: la belleza de Elsa Daniel; el mejor papel en cine de Graciela Borges –que tuvo que esperar hasta 2001 para interpretar un personaje a la altura de La Señorita Pasini, en La ciénaga, de Lucrecia Martel−; María Vaner, que además fue la compañera de Favio en los primeros tramos de su carrera; Nora Cullen, su actriz fetiche, con la dosis justa de picardía y maldad en sus personajes; y Virginia Innocenti, a quien empezamos a conocer luego de Gatica.

Se puede nombrar también a los protagonistas de sus películas que no eran actores, y ahí se ve nuevamente la mano del maestro. En Soñar, soñar, Carlos Monzón y Gian Franco Pagliaro conforman una de las duplas más queribles de la historia del cine argentino. La experiencia de Pagliaro en el cine era nula y Monzón hasta el momento solamente había filmado La Mary (1974), donde el director Daniel Tinayre eligió doblarle la voz. En la película de Favio, Monzón parece un actor consumado, lleno de experiencia, con su propia voz, para desplegar inocencia e ingenuidad, maravillarse frente a los delirios del Rulo, sentirse orgulloso porque en la municipalidad de su pueblo le dan un traje para el invierno y otro para el verano, o llorar junto al espíritu de su madre en un cementerio de provincia. ¿Qué hizo luego Monzón en cine? Películas menores, olvidables.

Contaba Favio que en la filmación le costaba controlar a Monzón, que empezaba a tomar alcohol y se ponía molesto. Y abundan las anécdotas de que no era alguien fácil de tratar –y menos, con esos puños−, pero lo iba trabajando, lo iba convenciendo. Sabía el director que una película era una aventura donde se jugaba a todo o nada. De hecho, a Edgardo Nieva le pidió que se realizara una cirugía estética: “Nene, te pido un pequeño sacrificio quirúrgico”. Quizás Nieva nunca pueda despegarse de la figura de Gatica, pero luego de esos 136 minutos que dura el film y que se recuerda para toda la vida, sabrá el actor que es un buen precio para quedar en la historia de lo mejor del cine nacional.

Una sensación similar deberán tener Marina Magalí, la protagonista femenina de Nazareno Cruz y el lobo, a quien Favio le hizo teñir el pelo de rubio como Evita, y Diego Puente, el Polín de Crónica de un niño solo.

Dejan los personajes de Favio frases que quedarán en la historia. Desde el “Yo por usted siento el amor”, del señor Fernández (en El dependiente), al “Antes muerto que vencido”, de Mario El Rulo (en Soñar, soñar). Gatica también, con ese pedido permanente de “A mí se me respeta”. Frase que no necesitó acuñar Favio, respetado por actores, directores, estudiantes de cine, escritores, políticos, periodistas y tantos padres que les pusieron a sus hijos Leonardo o Favio en homenaje a ese cantante que en un país −que según él producía chispazos y no estrellas− iluminó desde la pantalla y el disco como ese sol de Moreira, que lo acompañó también a él hasta su muerte. Una muerte sólo física, porque su obra, como Favio quería, es memoria, y él será recordado como uno de los más grandes artistas populares argentinos, para que todo no quede trunco, comience la tristeza y unas pocas cosas más.

Favio y la música: no fue casualidad

El 1 de junio de 1967 llegaba a las disquerías del mundo Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el álbum con que los Beatles revolucionarían definitivamente la música popular. Ese mismo día se estrenaba en la Argentina Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza… y unas pocas cosas más, segunda película de Leonardo Favio, que demostraba que el talento que había evidenciado en su ópera prima no era casualidad. Ambas obras tenían títulos largos con palabras que encontraban resonancias (“tristeza”, “corazones solitarios”), y eran productos de veinteañeros en una década donde comenzaba a imponerse la cultura juvenil.

Los Beatles no quisieron quedarse encerrados en el yeah, yeah, yeah y en las persecuciones ante los gritos histéricos de las fans. Favio no quería quedarse encorsetado en un cine al que él llamaba, despectivamente, “los amigos de Truffaut”: “Ellos querían ser franceses que hablaban castellano. Y nosotros somos argentinos, te guste o no”, decía.

Un lugar de libertad fue la canción. Dejó clásicos como “Ella ya me olvidó” o “Fuiste mía un verano”. Hizo conocer por toda América Latina el tema “Chiquillada” de El Sabalero e interpretar una versión muy personal del “Tema de Pototo” que enojó a Luis Alberto Spinetta. Desde hace varios años, Crónica TV pasa sus recitales, donde se notan la libertad y el carisma de Favio en el escenario. Pudo convivir felizmente entre el cine y la canción sin olvidarse jamás de filmar películas entrañables, tal es así que su última obra maestra, Aniceto (2008), mezcla la música, la imagen y la historia de una manera tal que no es pretencioso llamarlo poeta o mago.

Le dijo a la revista Veintitrés en 2007: “Yo quisiera ser Serrat, pero no llegué, llegué hasta Favio, por eso escucho a Serrat. Quisiera ser Silvio Rodríguez, pero no llegué. Cada uno vuela hasta donde le dan sus alas. Pero mis canciones están en el corazón de la gente”.

El Gordo y el Flaco

En agosto de este año, se editó una nueva selección de crónicas periodísticas de Osvaldo Soriano. Una de ellas está fechada en junio de 1993 ante el estreno de Gatica y tiene frases como ésta: “Favio tiende a la perfección: la banda sonora es deslumbrante; la sincronización de voces, imperceptible; los decorados y vestuarios, impecables; y el figurante más secundario parece un comediante avezado (…) tanta prolijidad sorprenderá sólo a los más jóvenes, que no conocían la obra de uno de los más grandes realizadores del mundo”.

El sentimiento era recíproco: Favio le había dedicado su película, porque Soriano en su novela No habrá más penas ni olvido le hace decir a Mateo, uno de sus personajes, la célebre frase: “Pero si yo siempre fui peronista… nunca me metí en política”. Ahí veía Favio toda una definición sobre el peronismo.

Se pueden establecer conexiones entre el boxeador y el cantante de tangos de otra novela de Soriano, Cuarteles de invierno, que tenían una relación de amistad y broncas similares a las de Mario El Rulo y Charlie. Mientras que a los personajes de No habrá más penas ni olvidos, que discutían a los tiros defendiendo la pertenencia al peronismo, se los podría vincular con la tragedia de Ezeiza, el acto en el cual se esperaba el regreso de Perón en 1973, del que Favio fue el locutor oficial.

Favio falleció el pasado 5 de noviembre, a los 74 años. Al otro día, Horacio Verbitsky desde Página/12 recordaba que “salvó la vida de una docena de rehenes a quienes torturaban guardaespaldas descontrolados”. En las páginas de su libro Ezeiza da una información más detallada. La dignidad de Favio también se hacía presente más allá de la pantalla.

Una buena síntesis de estas relaciones se puede encontrar en lo que Favio le dijo a la periodista Adriana Schettini: “El respeto que me tiene la gente que no piensa como yo tiene que ver con que siempre tuve una línea de coherencia en mi pensamiento. Por eso me quiere Horacio Verbitsky y me quiere Osvaldo Soriano. A pesar de su postura ‘dónde hay un peronista que lo mato’, Osvaldo tiene debilidad conmigo, es más fuerte que él”.

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