NÚMERO 81 - JULIO 2010

Pibes de un Instituto son cineasta
Una luz en el infierno
 “El Almafuerte” es un documental que relata una experiencia única: un taller de cine dentro de una institución de menores. Los pibes son protagonistas de un proceso creativo que los narra a sí mismos fuera de los estereotipos del pibe chorro y más allá de los expedientes judiciales.
Por Juan Manuel Mannarino

Hay una escena bisagra en el documental. Jonathan, uno de los pibes protagonistas del relato, entrevista al subdirector del Instituto. El directivo se jacta de la institución. Da lecciones. Dice: “Ahora ustedes ya saben lo que hicieron. Por lo tanto, cuando salgan no lo van a hacer más. Depende de cada uno”. Jonathan mira hacia el costado. Es algo que ya escuchó, seguramente, miles de veces: en la escuela, en boca de psicólogos, en discursos familiares. Jonathan lo enfrenta. Dice: “Entiendo lo que me decís, pero no es tan sencillo. Nosotros, cuando salgamos de acá, necesitamos de la sociedad. Y la sociedad no nos trata bien. La gente nos mira mal. Uno solo no puede. Todo este tiempo de encierro fue un infierno para nosotros. Es difícil”. El subdirector fuma. Retoma: “Uno solo puede, si quiere. Vos, cuando vuelvas al barrio, ya no vas a pensar en las zapatillas Nike sino en las zapatillas Flecha. Te vas a controlar”. Jonathan sonríe. Es un momento de tensión. Silencio. Luego contesta: “Sé lo que no quiero, pero iré construyendo lo que quiero. Pero solo no puedo”. Las cámaras se apagan. El subdirector confiesa que es la primera vez en la historia que le pasa algo así. Jonathan lo mira y no le teme. “En un momento, me olvidé de que estaba haciendo una entrevista filmada. Y me enojé en serio”, confiensa. Y sale, sonriente, hacia un pasillo.
El documental “El Almafuerte”, con guión y dirección de Andrés "Gato" Martínez Cantó, Santiago Nacif Cabrera y Roberto Persano y con el apoyo del INCAA, y la productora Sigil Comunicación & Sociedad, se exhibió hace unas semanas en la Comisión Provincial por la Memoria. Es un trabajo conjunto con algunos de los pibes internados en el Instituto de Menores de Máxima Seguridad "Almafuerte", ubicado en la localidad bonaerense de Melchor Romero y donde se alojan cerca de 40 adolescentes de entre 16 y 18 años. Un documental sui generis, que nació de un Taller de Cine que los realizadores hicieron durante más de dos años dentro de la institución. Las imágenes muestran a los pibes como protagonistas del relato: cámara en mano, preguntando, tomando notas, haciendo sonido, tirando cables. El argumento del documental está centrado en contar la “cocina” de la revista “Seguir soñando”, una publicación que realizan los chicos hace casi diez años. Es un documental dentro de otro documental: ellos narran cómo hacen la revista y al mismo se tiempo se filman, se miran a sí mismos, juegan, cuentan.
“Nosotros llegamos al Instituto a partir de conocer la revista. Entonces nos contactamos con Marcelo Arizaga, el comunicador social que coordina el proyecto y después de conseguir los permisos necesarios para poder entrar con las cámaras, arrancamos con un taller de cine. Como trabajo final del curso, propusimos que ellos realicen un documental sobre el proceso de la revista. Era una excusa para verse a sí mismos dentro de una imagen que en general no tienen de ellos, porque se los vive estigmatizando. Y ellos mismos compran esa imagen. Aquí se los ve trabajando en conjunto, discutiendo, riéndose. Porque, además, el documental ayudó a que los pibes construyan un proyecto entre todos. Como en la revista, el documental necesita una organización y una división de roles. Fue un aprendizaje intenso. Para ellos y para nosotros. El que no agarraba la cámara, hacía una entrevista o participaba del proceso de edición”, dice Roberto Persano, uno de los coordinadores del documental.
La revista “Seguir soñando” (ver recuadro) es una publicación que se sostiene desde los talleres de Marcelo Arizaga, comunicador social, y Emiliano Javier Erretegui, analista de sistemas. Ambos profesores construyen un espacio pedagógico que no sólo cruza saberes sino que articula una práctica social dentro del Instituto. Allí, en pequeños grupos, los pibes aprenden técnicas de periodismo e informática, escriben, intercambian textos y publican en la web. Es un trabajo de largo plazo, recogido por el film.
Antes que narrar la historia de vida de un chico, el documental hace explícita la metodología de filmar un proceso de trabajo, donde lo central es el intercambio humano. “La idea era trabajar con los chicos que estaban adentro. Que el proyecto del documental se hiciera en conjunto. Por eso, el cortometraje fue elaborado totalmente por ellos: el tema que eligieron, las entrevistas, el manejo de cámara y sonido. La música la hicieron ellos con el Chango Farías Gómez. Y editamos juntos. La idea siempre fue establecer una interacción continua”, detalla Persano.

Contra la lógica de los parches
El Instituto Almafuerte es un lugar con impacto mediático. Para la prensa sensacionalista, allí se encierran a los peligrosos. A los “menores violentos”. El Almafuerte es noticia cuando hay un motín, cuando es intervenido por supuestos maltratos a los menores o cuando algún informe que lo retrata como un espacio de “depósito de menores”. El documental, sin polemizar directamente con alguna de esas miradas, pone el acento en la creación de un lugar creativo intramuros. Narra la construcción de un espacio de pensamiento en un contexto donde la supervivencia parece ser la única ley. Está el documental “La asamblea”, de Galel Maidana, sobre el trabajo del Frente de Artistas del Borda dentro del Hospital Psiquiátrico. “El Almafuerte”, como herramienta audiovisual, dialoga en el mismo lenguaje: mostrar que, “desde adentro”, se puede construir una alternativa. Que, más allá de las leyes punitivas, de la estigmatización mediática y de la desidia institucional, existen espacios que posibilitan, al menos por un tiempo, la elaboración de un trabajo que reconozca a los pibes como personas, con sus derechos, obligaciones, virtudes y debilidades.
En un momento del documental, un chico llamado Juan M. mira a las cámaras y dice: “Me parece que el documental está bueno porque lo hicieron un par de pibes como yo y sirve para mucha gente que, capaz, piensa que somos delincuentes, pero se tienen que dar cuenta de que somos personas”. Otros chicos entrevistan a Coqui Azzari de Pereyra, presidenta de Abuelas La Plata y luego algunos de ellos salen en algunas visitas a escuelas agrarias y a sus propios barrios. El documental los muestra frágiles, con una enorme necesidad de afecto y amparo social. Hay un par que lograron salir y formaron un proyecto de vida. Otros se suicidaron. Algunos siguen encerrados o si salieron, están sin proyecto. El caso más conmovedor es el de Jonathan, uno de los miles de pibes muertos por las balas de la policía.
"Antes de ser victimarios, estos pibes son víctimas de un sistema que los despojó de toda posibilidad y los empujó al encierro, que es algo muy jodido siempre, pero mucho más a esa edad”, sostiene Santiago Nacif Cabrera, coordinador del taller de Cine. Por otro lado, Nacif señala que, desde el documental, hay una política audiovisual cuya clave es combatir no sólo el estereotipo del “pibe chorro” sino también la “cámara sensible”, tipo programas televisivos como “Cárceles”. En el documental, Eugenio Zaffaroni y Daniel Arroyo son algunas de las voces profesionales que opinan sobre la relación entre delito, juventud y realidad social.
“El documental lo hicimos en cuatro años. Nos costó mucho. Queríamos demostrar cómo, cuando hay una propuesta estimulante, los chicos menores privados de su libertad pueden tener una creatividad a prueba de toda clase de prejuicios. Y me parece que lo logramos”, dice Nacif. El “Gato” Martínez Cantó agrega: “Nosotros trabajamos mucho con la mirada. Si trabajás la mirada y la palabra, lográs un espacio donde retrocede la violencia. Y son pequeñas batallas conquistadas. A todo esto nosotros nos dimos cuenta de que llegamos a trabajar con lo que se llama “reducción de daño”: que durante cuatro horas, dos veces por mes, ellos pudieran disminuir la presencia del encierro, que estaba presente todo el tiempo. Es decir, se trataba de sacarlos de esas veinte horas diarias que pasaban en la celda, para que trabajaran de manera grupal y cooperativa”. El documental se está mostrando por todo el país con una importante repercusión: hay salas de exhibición y centros sociales que lo requieren con gran interés.
Marcelo Arizaga, alias “Bin Laden”, piensa que la formación de recursos humanos es la clave para una verdadera transformación educativa y social. “Hay que salir de la lógica del parche en el que estamos inmersos los educadores y los trabajadores sociales. La lógica del parche implica lo que hacemos los estudiantes y los militantes en los barrios o en las villas: un trabajo voluntario que no trasciende porque no se paga. A mí me llena de orgullo la cantidad de chicos que todas las semanas pisa un territorio ajeno y se pone a laburar con problemas urgentes de la sociedad. Pero una cosa es el voluntarismo y otro el trabajo profesional. Es momento de hacer esa diferencia. Las instituciones tienen que pagar buenos salarios a los profesionales. Tienen que formar recursos humanos. Antropólogos, comunicadores, maestros y psicólogos son recursos humanos fundamentales a la hora de pensar las problemáticas de los jóvenes y si no se les reconoce sus trabajos, es imposible un proceso de mediano y largo plazo. Porque se produce un desgaste enorme y enseguida se echa a perder todo. Para poder pensar, trabajar bien, es necesario cobrar buenos salarios. Es así”.
Son políticas de intervención. Como las que opinan que trabajar dentro de instituciones de encierro es, muchas veces, ser funcional a las políticas de estado que se critican. Marcelo piensa lo contrario. “Me pasó de hacer un curso de educación popular en Pelota de Trapo. Cuando terminé, ellos se enteraron que trabajaba en el Almafuerte y me querían correr. No lo pude creer. Es que para ellos, mi laburo es visto como una extensión de las políticas de la institución. Por estar adentro del instituto se supone una cosa que no es así. Porque nosotros somos profesionales que tenemos que negociar todo el tiempo los alcances y los límites de nuestro trabajo. Pero, en el aula, tenemos absoluta libertad. Nos hacemos respetar sin hacer concesiones. Y creo que la revista es una buena muestra de los resultados obtenidos en este último tiempo”
“Hoy estos pibes están privados de su libertad en un Instituto de Máxima Seguridad, por delitos que cometieron, y que seguramente como sociedad forzamos a que los cometieran. Pero aún así, en muchos casos demuestran día a día que tienen ganas de cambiar, que sólo necesitan una oportunidad real, y no un nuevo abandono, un nuevo desprecio de la sociedad, sino una oportunidad real que puedan aprovechar, demostrando en el compromiso y la responsabilidad de las tareas que se les asignan, todo el potencial que poseen”, dice un documento elaborado por la revista “Seguir soñando”. Un símbolo de la comunicación alternativa, de una pequeña luz de esperanza que se suma a experiencias tales como a la reciente creación de una escuela secundaria dentro del Instituto. Cabe destacar que la nueva “Ley de Protección Integral de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes” prevé la transformación radical de los institutos de menores además del Patronato. Mientras tanto, algunas voces, entre rejas y muros, escriben una historia de resistencia. Quizás, de alguna manera, como si fueran ecos lejanos del escritor libertario con el que se nombra el encierro.

El día que conocí el mar
Cuenta Marcelo que los primeros cuatro números  de “Seguir soñando” se imprimieron en Grafitos. Carlitos Cajade conoció el proyecto y enseguida quiso que la imprenta lo apoyara. Desde ahí, la revista fue de papel hasta que pasó a ser digital. “Fue la primera revista que se colgó en Internet dentro del rubro”, dice Marcelo. No es el único orgullo. La revista tiene varios premios y reconocimientos. A saber: en el  XI Encuentro Educativo Argentino-Cubano organizado por la Asociación Misión Futuro, obtuvo una Medalla de Honor por la Ponencia sobre los alcances de este proyecto, en el Eje “La educación frente a la Exclusión Social y la Marginalidad”;  y en la sede de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ) organizado por Educared, Fundación Telefónica y el Seminario de Periodismo escolar en Internet de la UNLZ, la revista recibió una Mención en el rubro "Mejor Impacto en la Comunidad".
Dentro de las publicaciones en contextos de encierro, están la revista “Tumbando Rejas” (CENMA, de Córdoba) y la revista “Cultura Interna” (E.E.M. N° 8 Padre Carlos Mugica UP13- Junín). Todas se pueden leer desde internet. La revista “Seguir soñando” está dividida en secciones. “Entrevistas”, “Expresión libre” y “Más allá de los muros”, son algunas de ellas. En www.educared.org.ar/periodismo/seguirsoniando, se encuentran sus casi 20 números y una larga de artículos publicados. Entre los más representativos, hay un relato de Sergio D. bajo el título “El día que conocí el mar”. Algunos de sus fragmentos dicen así:
“Bueno comienzo contando que en el año 1998, fue la primera vez que conocí el mar, y fue gracias a la Escuela Nº 6 de Moreno. Me acuerdo que un día habían ido a la escuela unas personas que venían de San Clemente, de un lugar llamado Mundo Marino, y me acuerdo que nos hicieron jugar a muchos juegos para poder ganar ese viaje a San Clemente. Estuvo muy lindo, la verdad que me gustaría volver a aquellos los tiempos, pero ya no se puede (…) Me acuerdo que nos habíamos ido en un micro de dos pisos, y esa era también la primera vez que me subía a un micro de dos pisos. Ese día vomité un montón, porque yo tenía como una especie de fobia y no podía viajar con la ventanilla cerrada, ya que sino me daban ganas de vomitar. Recuerdo que tenía unas gotas para tomar pero las tenía que tomar dos horas antes de viajar y mi mamá me las dio antes de subir al micro, porque se había olvidado porque nos quedamos dormidos. Ese había sido un día muy agotador y por eso se le pasó por alto. Igual después le aviso a la maestra a la hora que me las tenía que dar (…) Les cuento que cuando llegamos a Mundo Marino, me acuerdo que apenas bajamos fuimos a la parte del agua, donde vimos a los lobos marinos… el lugar es muy conocido por la tele. Después vimos orcas que hacían espectáculos, me acuerdo que los guías de Mundo Marino nos dieron unas hojas y un lápiz para que dibujemos lo que vimos del espectáculo (…) Al final de esta historia conocimos el mar, me acuerdo que estaba en un departamento desde donde miraba por la ventana y se veía el mar… me quedaba horas mirándolo… era hermoso…!!!”.

 

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