NÚMERO 79 - MAYO 2010

Marcelo Saín: cómo hacer la reforma policial que nunca fue
Por la razón y por la fuerza
Su voz fue una de las primeras y más claras en denunciar el vínculo entre organizaciones criminales, policía y política, una red espuria que incluye “el financiamiento estatal a través de fondos ilegales”. Participó de la gestión pública en varias oportunidades. La última fue en la policía aeroportuaria creada por Kirchner, donde buscó mostrar “un esquema de funcionamiento completamente distinto”. En diálogo con La Pulseada, ayuda a pensar una buena política de seguridad, aunque duda que el sistema político “se la banque”.

Entrevista: Daniel Badenes y Esteban Rodríguez
Textos: Daniel Badenes

Marcelo Saín es un personaje raro. Académico destacado en lo suyo, se animó a la gestión del Estado en contextos incendiados. Doctorado en Ciencias Sociales en Brasil, estudioso de las fuerzas armadas y de seguridad, fue convocado por León Arslanián en su primer arribo al Ministerio de Seguridad bonaerense. Más tarde volvió a la misma área, en el equipo de Juan Pablo Cafiero. Y en 2005, nombrado por el presidente Kirchner, se hizo cargo de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) que se creó en reemplazo de una fuerza corrompida dependiente de los militares. De cada experiencia se fue para volver a su lugar como profesor e investigador en la Universidad Nacional de Quilmes. Tras su paso por el Estado provincial publicó “El Leviatán azul”, un libro donde quiso mostrar que “esta policía es una obra de ingeniería de sucesivos gobiernos” y que “con esta función, estos roles, este tipo de trabajo y de organización, es muy funcional a un tipo de estructuración política. Los gobiernos administrativos y ejecutivos, y también parlamentos y la justicia criminal entienden que la policía es el gran instrumento de disciplinamiento de aquellos sectores que sobran”. Saín sabe de qué habla por la teoría y por la práctica, por la investigación y por la gestión.

Pero es un personaje raro, sobre todo, porque habla de seguridad y no es de derecha. En los últimos años, con los medios comerciales anunciando periódicamente “olas de inseguridad”, el asunto está en la agenda por obra y gracia de los sectores políticos más conservadores, cuyas promesas falsas enfrentan la incapacidad de los progresistas para decir o hacer algo distinto.
“A los efectos de la preservación de una idea democrática de la seguridad, gracias a dios tenemos una derecha re berreta”, dice Saín, conciente de quiénes ganan terreno cuando el tema arde. “Como experiencias de derecha acá lo tenemos a Duhalde, a Stornelli con Scioli, a Macri con el Fino Palacios… No arrancan más. El día que haya un dirigente político de derecha con algún grado de capacidad en la estructuración política vamos a tener un problema”.

Policías y políticos
Saín afirma que en las últimas décadas, y pese a ciertos cambios de gobierno, ha persistido una misma forma de administrar la seguridad: “La política cree que es la policía quien debe gestionar el conflicto y que debe hacerlo conforme su lógica. Entonces le delega todo el poder. Lo que sí reclama es que los problemas no escalen a un nivel de una demanda política o una protesta social que ponga en tela de juicio ese andamiaje”.

No duda en definir a la Policía como “una pieza de la política” cuyo rol es el “disciplinamiento social”. “El sistema penal, que tiene una única puerta de entrada que es el sistema policial, está para robos y hurtos de delincuentes poco profesionales y desprotegidos institucionalmente”. Además la policía ejerce un “control de la protesta”. Finalmente, es un “gran aparato de articulación política”, dado que aporta información y financiamiento. Años atrás, Saín fue uno de los primeros en señalar con certeza los vínculos estrechos entre la delincuencia, la corrupción policial y los grandes armados políticos.

-¿La caja sucia de la policía sigue financiando la política?
-Yo creo que sí. Se sigue dando subterráneamente. Ya no es tan fácil como cuando lo planteé en su momento, por la visibilidad social que adquirió el tema. No es fácil para un intendente juntar a los comisarios de su zona y bajarles línea, como hacía Manolo Quindimil en Lanús. El tema quedó agendado; hay cierta sensibilidad. No lo permitirían las oposiciones en cada uno de los lugares. Además hubo mucho recambio de autoridades. Y en los últimos años no hay un gobierno a nivel nacional que esté dispuesto a avalar esas cuestiones, por lo menos de manera explícita. Pero sigue habiendo una articulación capilar, subterránea, entre policías y dirigentes políticos…

-¿Cómo se establece ese vínculo?
-Hay una articulación que es positiva: un buen intendente trata de tener una buena relación y garantizar que cada uno en su lugar haga el trabajo correctamente. Pasó en Morón, por ejemplo, con Martín Sabatella: se trabajaba coordinadamente. No es que no había relación con la policía; lo que no había era un vínculo espurio: ni de proteger comisarios, ni de poner ni de sacar, sino reglas de juego claras, acuerdos institucionales, y al que no cumplía se lo denunciaba. La cosa funcionó bien. Hubo muchos gobiernos nuevos que funcionaron con esa lógica. Pero siguen existiendo aquellos vínculos. La policía es fuente de información. La policía opera políticamente. Hace un tiempo en Lanús un comisario, que hoy ocupa un cargo de conducción en el sistema policial de la Provincia, me dijo: “te aclaro que nosotros jugamos con Pérez”. ¿Cómo? “Si, rompimos con Quindimil, decidimos jugar con Pérez”. O sea: están hiperpolitizados, en el sentido de que en determinada jerarquía tienen vínculos, como factores de poder, como los puede tener un referente social o un dirigente empresarial. En el medio de esa politización puede haber o no un flujo de dinero. Hablando a nivel de cúpulas, estoy convencido de que la caja sube hasta arriba. El sistema cierra cuando la plata llega hasta arriba de todo. Cuando el que tiene la facultad política de manejar los ascensos, la ocupación de cargos y los destinos, no está dentro del negocio, el sistema tiembla. La avidez de los jefes policiales porque la autoridad política que tiene esas tres funciones esté dentro del paquete y reciba su mensualidad es muy grande. Y vos decís: es menos plata para ellos. Pero el sistema cierra de esa manera… Yo soy testigo de esa oferta. Me lo contó Gustavo Béliz, por ejemplo, que cuando llegó al Ministerio lo primero que le dijo el jefe de la Policía fue: “este millón y medio por mes, a dónde lo dejamos”. También me pasó a mi cuando llegué al ministerio provincial: “me parece que el ministro Cafiero es un tipo que de esto no entiende mucho, pero vos sos el pícaro. Hay un palito, fíjense ustedes cómo lo distribuyen”. Esto funciona así en todas las instancias. Hubo algún ministro posterior a nuestra gestión que dijo “como con Cafiero no la juntaban, ahora me van a dar el doble”. Y le pusieron el doble.

-¿Qué lugar tiene la droga en esa caja sucia?
-Hoy en la droga está la gran plata… Digamos que hay una suerte de división estratificada de la corrupción. A determinados estratos bajos les toca los pibes chorros, y los manejos de algunas actividades flojitas de papeles en el territorio; a determinados sectores medios y de supervisión les corresponde la recaudación tradicional; y al grueso de la conducción de policía le tocan las cuatro actividades más rentables en este momento: narcotráfico, corte de autos y venta de autopartes, trata de personas para la explotación sexual y fútbol. Eso es caja grande, manejada a nivel de jefes departamentales y regionales. En todas las policías estoy hablando, no sólo en la Bonaerense… Y esto lo sabe todo el sistema político. Nuestros legisladores aprueban presupuestos donde le asignan el 90% del gasto en seguridad a salarios. Con el 10% restante la Policía debe financiar –ficcionalmente, obvio- gastos de funcionamiento, gastos de capital e inversión. Lo que el Ejecutivo y el Legislativo están diciendo con eso es: “júntenla de donde ustedes crean conveniente y sigan funcionando”. Acá hay un acuerdo tácito, donde el poder político se compromete a la no injerencia y/o protección de determinados esquemas o jefes que les permiten ese sistema de financiamiento estatal a través de fondos ilegales. Y esto se convalida con el tercer gran actor que es un Poder Judicial cómplice. Me refiero a los jueces y fiscales pro-policía que avalan y apañan todo esto, y aquellos progresistas que no hacen nada para revertirlo.

Estructuras heredadas
Esa Policía que administra el delito es una herencia de larga data, dice Saín y hace historia: “Todo los trazos organizacionales y doctrinarios de la policía son un resabio, no de la dictadura, sino de 100 años de desarrollo institucional”. El especialista apunta tres características básicas de la institución: la hiper-centralización, el anclaje territorial y el desarrollo de múltiples funciones. La primera resta poder a las unidades locales y garantiza que la fuerza sea un “apéndice de los poderes políticos centrales”. En este punto Saín evoca al gobernador conservador Manuel Fresco, quien en los años ´30 hizo un “esfuerzo infructuoso para concentrar toda la policía en una institución unificada e impedir el vínculo político y económico que había entre los comisarios y los dirigentes locales, que eran de su propio partido. Los documentos de la época muestran que el problema ya era la recaudación ilegal proveniente de la prostitución y el juego clandestino. Una década después, con Domingo Mercante, el peronismo logra exitosamente esa concentración”.

En tanto, el control territorial fue una condición necesaria para cumplir las funciones diversas que demanda el poder político. “La criminalidad era un tema secundario y menor. La policía asumió un rol de resolución de conflictos sociales que bien podrían ser resueltos por otras instancias pero no lo son. Es lo que se ve en Policías en acción: la policía resolviendo conflictos menores todo el tiempo, sin estar preparada para eso. Son muy pocas las intervenciones operativas en las que la policía trabaja en materia de control del delito y mantenimiento del orden público”.
“El disciplinamiento social –agrega Saín- es espurio, compulsivo, punitivo, represivo para los sectores subalternos que contestan esa situación. Pero para el resto de los sectores sociales es una labor casi diría positiva…”

-En la semana que se anunció el Código Contravencional (ver recuadro), cuando ni siquiera tenía estado legislativo, se multiplicaron los llamados al 911 denunciando “merodeadores”…
-Sí. Y en algunas localidades, si uno se pone a observar a las personas que van trasladadas en los patrulleros… son todos menores. Así funciona esto: el discurso oficial habilita, tiene un efecto inmediato sobre la estructura operativa de la Policía. Porque además hay un clima… Si mañana la instrucción fuera “vamos contra el delito organizado de cuello blanco”, no pasa nada. No sabrían cómo hacerlo y además no forma parte de este conjunto de expectativas sociales... Digamos: los candidatos a policía ya son policías bravos. No se forman en ninguna academia policial. En todo el país es así. Mirá: la Policía de Seguridad Aeroportuaria tiene un nivel de incorporación del 10% del total de candidatos a ingresar. Esto no está fuera de los parámetros internacionales. Pero lo cierto es que gran parte de los postulantes que abandonan lo hacen porque se dan cuenta que la policía a la que pretendían entrar es una policía que no porta armas para aquellos servicios que no ameritan la portación de armas, y donde la portación en aquellos servicios que sí lo ameritan no es permanente sino que es durante la prestación del servicio… es decir, no van a tener un armamento provisto para llevarse a su casa. Y no van a desfilar, no van a taconear; está prohibido hacer la venia. En otras palabras, se dan cuenta que van a entrar a una policía maricona, afeminada. Y dicen: “yo no quiero esto, quiero que me enseñen con orden cerrado, patadas en el culo, porque creo que así se forma un verdadero policía que es un combatiente”… Esta es otra característica de las policías que heredamos: toda la educación policial y el sistema operativo se estructura en torno de la subordinación plena a la autoridad. No buscan un policía reflexivo…

-¿Por qué fracasó la reforma de Arslanián?
-La reforma de Arslanián no es un fracaso. Fracasa con Scioli. Fracasa cuando gana políticamente…

-¿Scioli o Ruckauf?
-Los dos… Cuando, en las dos oportunidades, gana políticamente una lectura ratificatoria del funcionamiento tradicional: desgobierno político, delegación del poder y autogestión policial de todo. Ruckauf y Scioli han sido expresiones de ese modelo, cuya primera manifestación, bastante desarrollada, fue Duhalde… La gran diferencia entre la primera gestión de Arslanián y la última, es que en la primera Arslanián nunca tuvo un respaldo político serio que hiciera consistente el conjunto de reformas que había emprendido. No contaba con el respaldo integral del propio gobernador, no tenía respaldo de su partido, de los legisladores y la mayoría del gabinete, y tampoco del gobierno nacional. Era un esbozo de reforma sin posibilidades de éxito. En la segunda gestión fue completamente distinto. Llegó como un cuasi-interventor del gobierno nacional, un gobierno con amplísima legitimidad popular y con la decisión política de erradicar focos de criminalidad en la Provincia de Buenos Aires que el propio Kirchner entendía que esmerilaban su autoridad. Fundamentalmente con el tema secuestros. Entonces: Arslanián llega a la Provincia con un acuerdo que hay entre el gobierno nacional y el gobernador Solá, y no solamente baja con su equipo y una experiencia de gestión anterior, sino también con un acuerdo financiero y de información muy importante. Financiero porque hubo traspaso directo de partidas presupuestarias. Y de información porque la SIDE fue la proveedora de datos para la desarticulación de las grandes organizaciones delictivas en la Provincia.

-¿Había voluntad política de ir a fondo?
-Hubo condiciones políticas favorables para un proceso de más largo alcance. Lo que creo es que no se atendieron temas estructurales que hay que tener en cuenta en estos procesos de reforma. Primero: la conformación de un equipo de gestión con un grado de capacidad y de agresividad para la conducción directa de ciertas cosas que históricamente estuvieron en manos de la policía. Aquí la delegación sólo bajó un escalón. Arslanián era el jefe político de la seguridad en la Provincia de Buenos Aires pero, por debajo de él, todos sus subsecretarios trabajaban en una impronta de delegación hacia la policía. Eso fue un error de “management”. Tendrían que haberse apropiado de la conducción del circuito operacional de la policía. El único reformista, el único que se calzó la gestión en el hombro y la llevó adelante, era el ministro. Del ministro para abajo no hubo tanta capacidad de gestión. Y esto no se trata solamente de tener un buen discurso y buenas decisiones a nivel estratégico, sino también de la gestión del día a día, en un plano más táctico… El segundo punto es que no hubo o tiempo o posibilidad, lo desconozco, de conformar un núcleo de conducción policial fuertemente identificado con la reforma, indispensable para que esta sea tangible más allá de las coyunturas de gobierno. Hay que hacer un esfuerzo muy grande, quizá una segunda etapa, en formar policías reformistas… No sé si esto fue una responsabilidad de Arslanián o realmente abajo no hay condiciones para eso en un período tan corto de tiempo.

-¿En qué más se falló?
-La siguiente cuestión ya es un problema de diseño institucional. No se fue hacia un proceso de rediseño, que para mí es indispensable: fragmentar la policía. Es decir: regionalizarla. Cuando digo regionalizarla significa descentralizar en regionales claramente identificadas por su situación demográfica, su composición criminológica y demás… y conformar unidades policiales que presten todos los servicios, tanto seguridad preventiva y mantenimiento del orden público como investigación. Que el poder político central marque lineamientos, pero la ejecución esté en manos de las regiones. Holanda es la mitad de la Provincia de Buenos Aires y tiene 25 regiones policiales. ¿Por qué pensar que acá se puede manejar todo desde La Plata? Es mentira que se puede. ¿Por qué se resiste la descentralización? Por la centralización de la caja. Ningún jefe de policía, que apenas asume es el nuevo recipiendario de la caja de recaudación ilegal de todas las departamentales, va a plantear la descentralización ni loco.¡Es la única razón, eh!... Por último me parece importante hablar del esfuerzo en relación a la gestión social de la seguridad. Arslanián fue el ministro que más avanzó en participación comunitaria. Pero con cierta visión ingenua, no de él sino del equipo, de creer que la participación por sí misma se construía a partir de un sujeto democrático que autogestionaba conflictos y se dedicaba además a controlar a la Policía… No toda expresión de autogestión social de la seguridad es democrática. Y en gran sentido, cuando se trata de sectores medios y altos, es un apéndice de la labor policial…

-El voto directo de comisario en San Isidro haría estragos.
-Totalmente. Cuando yo hablo de gestión social de la seguridad no hablo de eso. Me refiero a intervenciones muy activas del Estado sobre focos de riesgo que tienen que ver con la desagregación y la marginalidad social. El problema de la alta marginalidad como causa de violencia es un dato comprobado. Al decir esto no estamos criminalizando a nadie, sino reconociendo un diagnóstico concreto. No hay pibes chorros entre los ricos. Los hijos de los ricos cometen otro tipo de infracciones pero no salen a meter caño, digamos. Ahora: ¿de cuántos “pibes chorros” estamos hablando en la Provincia? ¿Creen que no es tangible que el Estado tenga intervenciones focalizadas sobre 300 lugares favelizados en donde se dan estas problemáticas? ¿que no tiene el Estado entidad financiera, capacidad técnica y posibilidad de vinculación política para desarrollar intervenciones multiagenciales que trabajen sobre esos focos de riesgo? Esto no es Brasil. Esto no es Centroamérica. Acá hay Estado todavía. Pero nunca se pensó desde la gestión política reformista colocar esto como uno de los apéndices fundamentales del proceso. Se limitó el capítulo social de la seguridad al estímulo de los foros, que fueron muy limitados, por las condiciones estructurales que hay de participación social en la materia.

-Siempre decís que la Policía que tenemos no fue cultivada en un laboratorio, ni la trajeron los extraterrestres, sino que es un emergente social. En tal caso, reformar la policía no sería sólo reformar la institución, sino también poner en crisis un imaginario social. ¿Qué políticas se podrían pensar para cambiar esa cultura?
-Son dos cosas distintas. Una es el diagnóstico del problema y otra, cómo discutir estrategias de reforma e intervención. Lo hemos pensado mucho y estamos convencidos de algunas cuestiones. Primero, que no hay posibilidad de autorreforma. No hay condiciones dentro de las policías para que estas se autodepuren y recoloquen a la institución en un paradigma de funcionamiento distinto. Además, si lo quisieran, no sabrían cómo hacerlo. Por ahí el cambio no viene. Y por el lado social tampoco. Socialmente, por parte de los sectores medios y altos, hay una expectativa “positiva” de una policía brava, y la idea de que es la instancia de resolución de todos los conflictos. Por abajo hay una gran identificación de la policía como abusiva, represiva y corrupta, pero también un reclamo muy fuerte porque sigue siendo un instrumento de resolución de conflictos…. Y las propuestas de reforma policial que han provenido de la sociedad civil, las más sofisticadas, las mejor elaboradas, las menos maximalistas no van más allá de una reforma a la educación policial o a los sistemas de control de la policía. Algunas veces han postulado el tema policía comunitaria. Más que eso no han dicho. Si esto plantea el ala más progresista de la sociedad civil, tampoco por ahí veo muchas posibilidades de cambio serio. Yo creo que el cambio es político. Propio de una elite. Un cambio muy de salón, muy de equipo de gestión y muy de una intervención extremadamente focalizada con un programa y un acuerdo político muy específico con el gobierno. Si no, no hay cambio. No veo otra alternativa… Nosotros pudimos hacer lo que hicimos en la PSA por el modelo tradicional de la delegación. Lo mismo que hizo Duhalde con (el comisario Pedro) Klodzic en la Bonaerense, hizo Kirchner conmigo en seguridad aeroportuaria: “resolveme el tema, no me traigás quilombos”. En el medio tenés que tener un grupo de troyanos, de infiltrados digamos, que estén dispuestos a desarrollar ciertas prácticas que no son las pactadas ni las admitidas. Y tenés que construir poder. Tener grupo de gestión, plan y estrategia de poder. Así creás las condiciones… Es todo relacional y por ende con un grado de incertidumbre muy importante. Tenés que estructurar una relación de poder con los medios y una relación de poder con los actores sociales cívicamente vinculados a tu trabajo, actores empresariales entre ellos. Y dentro de la organización, mano dura: despotismo en el más puro de los sentidos.

-Con el lápiz.
-El lápiz y la pistola. Ponelo, eh: lápiz y pistola. Esto es: la razón y la fuerza. Cuando desde el CIAJ me invitaron a una charla en la Facultad de Derecho de La Plata y los chicos me preguntaron las condiciones de la reforma, dije: 1, 2, 3, 4, el gatillo y la voluntad de apretarlo. No se vayan a creer que romper mafias y prebendas históricas no te va a traer algún conflicto en ese plano. El que crea que con el código penal alcanza, está equivocado.

La izquierda culposa
Así como señala la mediocridad de los dirigentes de la derecha local, Saín también advierte que “en los gobiernos de izquierda no se ve mucha diferencia en lo que finalmente es la materialidad de la gestión de la seguridad”.

-¿Con “gobiernos de izquierda” a cuáles te referís?
-Kirchner. De centroizquierda, ¿no? Gobiernos autocalificados como progresistas como el del ARI en Tierra del Fuego, que hace razzias en los barrios populares de Río Grande bajo la consigna de que ahí viven extranjeros indocumentados que son los causantes de los delitos. O Binner en Santa Fe, que estuvo a punto de colocar a un policía duro, bravo, retirado, líder, de la policía santafesina, como el (ex) comisario (José Luis) Giacometti, como viceministro... Tres ejemplos de sectores que no se identifican con la derecha, digamos.

-¿Y con los gobiernos progresistas de la región pasa lo mismo?
-Siii, no hemos visto mucha diferencia. Lo que la Concertación y el socialismo chilenos han hecho históricamente es dejar todo esto en manos de los carabineros. Y tienen tanta culpa que lo que hacen es decir “nosotros ordenamos la represión de los pingüinos” (se refiere a la brutal represión a la movilización de estudiantes secundarios, ocurrida en 2006). En realidad se enteraron por la televisión que estaban cagando a palos a los pibes… A lo largo de todos estos años de democracia, no osaron tocarles el conjunto de prerrogativas institucionales. El socialismo chileno es uno de los más chupamedias de las fuerzas armadas y policiales que hay en la región. El peor ejemplo a seguir. Los uruguayos son otro buen ejemplo de eso: nunca han tocado nada. Y van con culpa. Fijate ahora el nuevo presidente uruguayo. Dentro de poco va a pedir perdón porque se postuló para presidente y ganó las elecciones.

Verdad y Justicia: “un gran verso”
Actualmente Saín participa de Nuevo Encuentro, el partido que tiene al diputado nacional Martín Sabatella como máximo referente, y el desafío de construir, en tiempos de polarizaciones, una fuerza que no está ni “con” ni “contra” el gobierno.
El ex titular de la PSA ejemplifica: “Hay ciertas cosas estructurales del gobierno que valoramos: el rol que le adjudicó al Estado, la regulación de las relaciones laborales –que es muy peronista: la concertación entre gremios y empresarios-, la apertura de los juicios… después, en cada uno de estos puntos, empiezan los peros”. Y pone un ejemplo que conoce bien: “Se desarticularon las leyes de la impunidad y se arrancó con los juicios. Esto fue impulso del gobierno. Pero después no se hizo nada más. No hubo reformas procesales para acelerar los juicios. No se armó una policía especializada para protección de testigos y para dar con aquellos que se dedican a amedrentar y poner palos en la rueda. No hay ningún interés cierto por esclarecer hechos espantosos como la desaparición de López. Me consta a mí, personalmente, que el gobierno no tiene interés en esas cosas. Tienen un halo de lavandina y legitimación los 24 de marzo con sus actos simbólicos, pero cuando pensás la importancia del reclamo de las Abuelas de Plaza de Mayo y ves la magnitud del Banco Genético, decís “esto es chiste”. Nadie lo quiere decir: ¡140 registros! Es un chiste. Si esto es política de Estado, las Abuelas tienen que tener 20 millones de dólares por mes, y a esta altura ya tenemos que tener conformada una unidad policial de 50 investigadores que estén dando con los malos. Nada de todo eso se hizo. Entonces descreo de la voluntad del gobierno de ir a fondo en estos temas”.

-¿Y el Programa Verdad y Justicia?
-¡Fue un gran verso! El Programa Verdad y Justicia fue un acuerdo entre Horacio Verbitsky, Néstor Kirchner y yo, para armar esa estructura policial. ¡Nunca recibí un solo peso de fondos reservados, que era lo que estaba pactado para ir a fondo con estos temas! El Programa era la cobertura de ese acuerdo político. Ya teníamos la estructura de investigación armada dentro de la PSA, que es el mismo núcleo de investigación que ha trabajado en otras causas, en Mar del Plata, en Córdoba, en la Patagonia, en la detención de prófugos, en la identificación de apropiadores, ¡y en la causa López! Donde llegamos a resultados muy tangibles y que siempre fueron coartados por la Justicia platense que no quiere investigar el hecho. El finadito (juez Alberto) Durán fue uno de los grandes responsables de obstruir el esclarecimiento de la desaparición de López… Y el gobierno nunca tuvo voluntad. Si hubiese tenido voluntad hubiera volcado los recursos necesarios.

Códigos contravencionales
“El gobierno provincial es coherente con un proyecto político de la derecha”, define Saín cuando habla del Código Contravencional promovido por Scioli desde diciembre y que, resistido en el propio oficialismo, todavía no fue tratado en la Legislatura. Similar iniciativa sostiene desde el mes pasado el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, con un discurso público que señala como criminales a pibes limpiavidrios y cuidacoches.

“Están pretendiendo ampliar las facultades de intervención discrecional de la policía”, explica Saín. “Nunca un proyecto político de derecha va a contemplar la posibilidad de una incorporación de esa sociedad sobrante, insularizada, altamente marginal. Estamos hablando de 600 barrios carenciados, villas miseria en la provincia de Buenos Aires, donde el grueso de la población está signada por la desocupación estructural, por el changueo, por el cuentapropismo, por el deterioro medioambiental y por la segregación cultural. Para esa sociedad proponen aislamiento social y poder punitivo. Para eso está la policía”.

Los troyanos
Ese es el título que le va poner al libro que está escribiendo sobre la intervención a la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA). “Nosotros éramos troyanos. ¡Invadimos el Estado!”, explica. En 2005, cuando estalló un escándalo por el traslado de droga en un vuelo de la empresa aérea Southern Winds a España, el entonces presidente Kirchner creó la PSA para asumir las funciones que tenía la Policía Aeronáutica Nacional –dependiente de la Fuerza Aérea- y convocó a Marcelo Saín y su equipo. “Nos llevaron cuando ardía la opinión pública, para apagar el incendio y punto. El resto fue un polvazo que nos echamos nosotros. Dijimos: vamos a sacarla porque tenemos ganas; acá no tenemos ´fieritas´, por lo tanto podemos laburar tranquilos y mostrar que es posible el funcionamiento de la policía en un esquema completamente distinto”, recuerda ahora, de vuelta en la academia, ya sin traje de funcionario. “Dejamos un equipo y un proceso en marcha. Es una policía distinta. A nivel de conducción. En el nivel de abajo: la mitad son reformistas y la otra mitad son antirreformistas. Ya habrá tiempo de echarlos. Pero avanzamos. Ahora, si me preguntan ¿soy mejor que Arslanián? No, esperá: una cosa es una policía de calle como la Bonaerense. En los aeropuertos tenés el yabranismo, pero fue más fácil”.
“Y sin una entrada así –arriesga sobre la ´invasión troyana´- creo que es imposible. Uno no encuentra dentro de las instituciones policiales condiciones para la autodepuración o la autorreforma. Y no sé si esta sociedad se banca una policía así”. Saín señala cierto desinterés social sobre el tema. “En televisión han pasado numerosos programas que muestran todo un circuito de distribución de droga, y eso no mueve ni una sensibilidad social ni política ni judicial de ningún tipo”, afirma y pone otro ejemplo revelador: la detención del director de Aduana de Ezeiza, Carlos Mechetti, en marzo pasado. “En su casa se encontraron 800.000 dólares. La misma cantidad de plata, 10.000 dólares más inclusive, que encontraron en la maleta de Antonini Wilson. ¿Nadie se pregunta cómo es que el Director de Aduanas tenía eso? Que ya estaba a punto de ser gastado… Imagínense lo que ya debe tener invertido con testaferros, familiares, etcétera. En las escuchas telefónicas de una investigación que hizo la PSA surge con claridad que, solamente en la terminal de pasajeros, se recauda entre un millón y medio y dos millones por mes”.

-¿Alcanza la voluntad política para poner en crisis eso?
-¡Siiiii! Siiiii. La voluntad política y el equipo de gestión. Si, claro que si. Mirá: con una buena policía, una policía que no le pida permiso al poder político para hacer estas investigaciones, te diría: ni siquiera necesitás un buen juez. Con un juez asustado es suficiente… Sí que se puede. El esfuerzo que hicimos con la PSA fue para mostrar estas cosas. Con muy poquita plata, con muy poquitos policías, con muy poquito tiempo, es posible detener militares prófugos 20 años por comisión de delitos de lesa humanidad –tipos prófugos que no los quería detener nadie-, investigar organizaciones de militares y ex policías que operan en estas causas, o investigar escalones de la criminalidad que no sean los puntos más vulnerables. Para esta Policía las mulas de droga son una pieza indiciaria, el eslabón más débil. Vos podés decirle al juez “no tenemos más que la mula”. El juez no está en la calle. Pero si a una buena policía le decís “tenemos una punta, sabemos quién lo trajo, sabemos la vinculación que tiene, sabemos en qué hotel está parando” y arrancás una investigación, en seis meses seguro te da un segundo o tercer escalón. Eso es voluntad institucional y política. Factibilidad técnica: con lo que hay, alcanza… Pero insisto: no se si se la banca la sociedad. Para volver al ejemplo anterior: cuando se hizo aquel allanamiento más de un legislador, dirigente político, funcionario de gobierno o empresario estaba con el culo entre las manos porque dentro de la casa de ese señor se encontraron muchos datos. Muchas tarjetas, muchos regalos y muchos presentes de mucha gente importante. Cuando vos vas a detener a un pibe en una villa no te encontrás con nada más que con miseria. Cuando vos vas a detener a un delincuente de éstos, además de los 800.000 dólares, te encontrás con todas las relaciones políticas, sociales y empresariales. La pregunta del millón es: esta sociedad y este sistema político ¿se bancan eso? ¿Se bancan que una policía inicie una investigación y haga escuchas telefónicas durante 7 u 8 meses y no le diga nada al ministro? Yo creo que no. Ahora: si esto se pudo hacer con una policía de morondanga, imaginate con los recursos de la Policía Federal Argentina. Imaginate con los recursos, aun deteriorados, de la Policía bonaerense. Te hacés un festival.

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