NÚMERO 78 - ABRIL 2010

Esteban Rodríguez
El atravesado
El investigador y docente acaba de publicar un nuevo libro: Por los caminos del rock. Dialogando con las entrañas y los mitos del rock, Rodríguez intente echar luz sobre los modos que usan los jóvenes para construir su lugar en el mundo. Un viaje sin brújula desde New York a La Plata, pasando por Jamaica, Londres y hasta las ruinas de Cromañón.

Por Martín E. Graziano
Fotos: Eliana Graziano

El camino de Esteban Rodríguez fue el inverso. Como el salmón, nadó río arriba, pero hacia el manantial de su propia juventud. Desde Balcarce, llegó a La Plata hace 20 años para convertirse en abogado. Sin embargo, y según sus palabras, se jubiló el mismo día que se recibió. Entonces se convirtió en magister en Ciencias Sociales, en investigador y docente. Pero, en simultáneo a esa vida académica y de militancia, comenzaba a animar la escena alternativa platense desde La Grieta. Atrincherado en ese colectivo cultural, Rodríguez editó algunos libros como Justicia mediática: las formas del espectáculo, La invariante de la época y Contra la prensa. En 2003 vino Estética cruda, que, de algún modo, allanó su propia ruta. Ese libro cayó en manos de Oscar Jalil y Jorge “Mono” Pérez, dos legendarios activistas de la escena del rock en La Plata. De inmediato, le propusieron una columna en Radio Universidad.
“Ahí me sorprendí escribiendo sobre bandas y determinadas experiencias, metiéndome en el mundo del rock –dice Esteban-. De todas formas, el rock siempre había estado presente. Yo escribo y leo escuchando rock, fundamentalmente. Porque, para mí, es una manera de imprimirle no solamente ritmo, sino también temperamento a lo que estoy intentando apresar en ese momento”. Así, semana a semana y a lo largo de tres años, bocetaba sus columnas y las vociferaba al fragor del aire radial. Sin embargo, no fue hasta que juntó más de la mitad de ese material que intuyó que, entre manos, podía tener el hilo de un libro. A partir de allí, las cosas se volvieron más claras, pero no menos espontáneas. Rodríguez continuó dándole forma a esos ensayos en plena marcha, sin plan y con un método urgente: “reescribir e hilvanar los artículos de manera tal que conservaran las imperfecciones. Porque el ruido y las tensiones son los condimentos a los que les debe tanto el rock”.
El resultado es Por los caminos del rock. Publicado por Azulpluma –que luego derivó en la editorial Primer Párrafo- y prologado por Sergio Pujol, el libro dialoga con las entrañas y los mitos del rock. Con su frescura y también con sus ruinas, en un viaje sin brújula desde New York a La Plata, pasando por Jamaica, Londres y hasta Cromañón. Sobre todo, desanda los modos en que los jóvenes construyeron sus identidades alrededor de esta cultura. Su propio bagaje vital y de investigador, impide que Rodríguez caiga fácilmente en los dogmas del rock. Evitando el cliché pero sin despojarse de la pasión, intenta acceder a su verdadera esencia. Como buen polemista, esgrime una férrea voluntad de disenso con el canon del rock que estipula el periodismo del género. No siempre consigue escapar, pero cada vez que logra una nueva mirada sobre aquello que hablamos tantas veces, resulta una verdadera revelación. Pero claro, escribir sobre música nunca fue fácil. Como reflexiona Sergio Pujol, en el prólogo del libro: “al escribir sobre música nos situamos en el aire, entre la platea y el escenario, fisgoneando aquí y allá. Intentamos ser ligeros y rigurosos a la vez, apasionados en nuestras recomendaciones y suspicaces ante el poder seductor de la música. Escuchamos música y en ella el palpitar de la(s) cultura(s)”.

-¿Cómo te diste cuenta que tenías, entre manos, este libro?
-Cuando me sorprendí escribiendo sobre rock era justamente para discutir con todo el mundillo que gira en torno a eso. Que tiende a replicar el lenguaje de las revistas. Yo coincido con lo que dice Sergio Pujol: el rock es ‘esencialmente performático’. Es algo que va más allá de la música. Tiene que ver con toda la escena, con todo lo que pasa alrededor. Y me parece que las revistas de rock son muy sesgadas sobre la banda, y se pierden más de la mitad de lo que hace que una banda sea esa banda. Mis cuestionamientos apuntaban más a pintar la aldea. Cuando escribía, la banda o la canción se transformaban en un pretexto para dar cuenta de un mundo.
-Si bien el libro tiene un tono reflexivo, también destila mucha urgencia. ¿De dónde viene esa urgencia por decir?
-Uno no escribe para la posteridad, sino con el deseo de intervenir en la realidad que le toca. Yo venía de escribir en varias revistas, pero las revistas siempre tienen un lector en diferido. El rebote puede tardar años en llegar. Y la radio tiene la maravilla del rebote diario. Eso generaba un diálogo muy fresco, que me permitía lanzar cosas en un tono disculpable, porque casi que pensaba en voz alta. Después de cada programa, tenía la necesidad de poder apropiarme de esa conversación, y entonces la nota terminaba siendo otra cosa. En determinado momento dije ‘acá puede haber un libro’.
-En los últimos años se ha publicado mucho sobre el tema. ¿Qué te parecía importante aportar?
-Me interesaba correr al rock de determinado canon. De hecho, en el libro no se habla ni de sexo ni de droga. Pero no porque no me interese o no los reconozca, sino porque ese axioma es otro de los fetiches favoritos. Un fetiche que lo fagocita. Y eso le falta también a la crítica de rock: despojarse de esos lugares comunes, donde también el oyente termina siendo un lugar común. Un oyente que está esperando escuchar algo, y una banda que compone exactamente eso.

Acción y reacción
-El rock nació como reacción a una cultura predominante. ¿Por dónde pasa ahora su discurso?
-A veces uno le endosa al rock sus propias expectativas. En realidad, en el rock uno puede encontrar más una ética y una estética libertaria antes que una ética revolucionaria. Antes de revolucionario es rebelde. El rock no está respondiendo preguntas, sino que está formulándolas todo el tiempo. Yo creo que más que una reacción, es acción. Surge como una de las tareas con las que carga la juventud. Definirse. Saber quién se es. La pregunta por la identidad es la que define la trayectoria de tantos jóvenes, que intentan responder de muy distintas maneras.
-Pero antes del rock, ¿se formulaba esa pregunta?
-Esa juventud, tal como la conocemos hoy, es un invento de la década del ‘50 y ‘60. Son los jóvenes que se ganaron una moratoria vital a partir de cierto bienestar que encontraron sus padres, donde se posterga la posibilidad de entrar al mundo del empleo. Eso le permite llevar esa pregunta por otros lugares. Ahí aparece el rock como un lenguaje maleable, dúctil. Esta consigna de los punkies, ‘hazlo tu mismo’, en realidad era la misma consigna de los hippies. Son dos lugares del rock que están en las antípodas y que, sin embargo, comparten un mismo axioma. El libro surge también discutiendo con Liliana Herrero, porque lo que a ella le disgustaba de los jóvenes, era lo que a mí me apasionaba. Jóvenes que se llevan al mundo por delante, que creen que con dos tonos están inventando el mundo aunque esos dos tonos se tocaron siete millones de veces. Lo importante, en realidad, es que están inventando SU mundo. Haciéndose un lugar en un mundo cada vez más complicado.
-¿Por qué es más complicado?
-Cuando yo tenía 15 años había diez bandas, cinco o diez cassettes que salían cada dos años. Si quería ver futbol, los domingos tenía un partido. Si quería comprarme un par de zapatillas tenía para elegir entre tres marcas. Hoy los pibes tienen 200 y 500 modelos por marca. Querés ver futbol y tenes para ver todos los días y no sólo la primera de acá: tenés el ascenso y lo que pasa en todos lados. Lo mismo con el rock. Cuando un amigo viajaba a Europa y bajaba con un disco de los Talking Heads, ese disco iba boyando de casa en casa. Hoy en día uno puede acceder a toda esa discografía y mucho más en cinco segundos. Los pibes tienen que lidiar con toda esa información. Eso cambió la escucha. Mi hija no escucha discos: escucha singles. Como hay tanta información, lo que rebotan son sólo las canciones. Pero no es que los pibes no escuchen música. Van a llegar a Yupanqui, a los Beatles, pero el recorrido va a ser muy distinto.
-Ese acceso masivo a la información, ¿no debe cambiar la función del periodista? Antes bastaba con tener la información, ahora todos la tienen. Falta el criterio.
-Pero los periodistas funcionan con la cabeza de wikipedia. Es el formulario: de dónde surgieron, cuales son los músicos, influencias. Incluso erratas, que después forman parte del mito que se va construyendo. Ya saben de antemano qué es lo que van a escuchar cuando preguntan. En otro orden, me pasa con algunos estudiantes de periodismo: ‘estoy haciendo una entrevista sobre este tema, y ando buscando una persona que diga esto’ –me dicen. Entonces, ¿para qué vas a hacer la pregunta?
-Y en Argentina, ¿hasta qué punto el rock sigue siendo la música que marca el pulso de los jóvenes?
-En gran parte de los ’90, eso fue el rock. Y no el rock en general, sino que fue un mérito de determinadas bandas. Quizás muy a pesar de ellas. Patricio Rey, Divididos, bandas que se sorprendieron ocupando un lugar que nunca buscaron y tampoco quisieron. Después aparecieron bandas que sí quisieron, apelando a la demagogia, estar en ese lugar. Hoy en día ese lugar es compartido con otras músicas.
-Pero esos mismos ’90, ¿no derivan en Cromañón? En el libro vos hablás tanto de la estupidez como del ritual inherente al rock. ¿Cómo se concilian esas cosas?
-Una sociedad donde la autocrítica no forma parte de la vida cotidiana, siempre está deseosa de encontrar chivos expiatorios. Yo siempre digo: ‘¿cuántas fiestas he organizado sin salida de emergencia? ¿Cuántas clases he dado en lugares sin salida de emergencia?’ Entonces no me vengan con Chabán. Está bien, era un tipo que hacía negocios, pero como podría haber hecho negocios yo cuando organizaba alguna fiesta. No era para tener una casa en Punta del Este, era para sacar una revista o seguir haciendo otros eventos, pero lo cierto es que el riesgo y la responsabilidad son los mismos. El rock, mientras fue border, también corrió todos esos riesgos. Pensá en los mitos de los Beatles tocando en esas cuevas de Hamburgo, pensá en el pogo. El pogo era la posibilidad de ver al tipo que estabas escuchando, porque como tocaban en subsuelos y estaban en el mismo plano, la única manera de verlos era saltando. Esos antros no vienen sólo de la cultura del rock: en el jazz o en el tango también los encontramos. ¿O no? Entonces no es un problema del rock. Es un problema para todas esas expresiones que surgen en esas condiciones. En realidad, cuando la sociedad se ensaña, está ocultando un montón de otras cosas. Si al otro día que pasó Cromañón, el 90 % de los bares o boliches fueron clausurados o cerraron para evitar ser clausurados, lo que te está diciendo eso es que Chabán no estaba faltando a la ley. Porque si el 90 % está afuera de la ley, ¡no hay ley! No es un problema de Chabán, es un problema de todos.

La escena platense
-¿Qué lugar ocupa el rock en la ciudad?
-No conozco un lugar donde haya más de 500 bandas de rock como las hay acá. Es una ciudad juvenil, y eso lo reconoce uno enseguida apenas pone un pie bajando del Costera. No puede dejar de llamarte la atención la cantidad de pibes en bicicleta, de jóvenes tomando mate en la plaza. ¡Hay 100 mil estudiantes universitarios! Solamente entre universitarios… En la ciudad hay edificios enteros de jóvenes, donde un estudiante de Cine vive con uno de Medicina, el de arriba estudia Biología y vive con uno de Bellas Artes. Todo eso va generando un teléfono descompuesto, una cantidad de diálogos que son imprevisibles. La Plata es una ciudad promiscua, porque todo tiende a hacerse colectivamente.
-Por eso La Plata es una ciudad de bandas y no de solistas.
-Exactamente. Pero no hay tribus, porque sigue siendo un pueblo grande. Cualquiera que quiera jugar al guetto se transforma en el hazmerreir. Por eso te encontrás con bandas muy distintas que van a escuchar a las otras, porque son amigos aunque tengan distintas apuestas. Y otra cosa importante para entenderlo es que hay mucha gente que vive sola, con amigos. Esto de vivir solo desde que tenés 18 años, no es joda. Significa tener que hacerse la comida, hacerse la cama, tener que pagar impuestos, lidiar con inmobiliarias y tantas otras cosas. Eso va generando una gimnasia que, cuando uno está ensayando un proyecto como una banda -o una revista, o un taller- todo ese recorrido permite sostener una experiencia.
-La pregunta, entonces, pasa menos por las bandas que por el público. En cualquier recital, la mayoría del público tiene su proyecto. Pero no hay un público ‘puro’. Y por eso, quizás, las bandas son necesariamente de culto.
-Cuando nosotros llegamos a escuchar una banda, cada uno trae su propio recorrido, su búsqueda. Entonces llegás con un reclamo. Ese diálogo va construyendo un contexto para que el otro pueda seguir subiendo la apuesta. En la vida cotidiana que llevan los jóvenes, y quizás muy a pesar de La Plata, hay una ética libertaria. Para los pibes, la libertad de uno se refuerza con la libertad del otro. O sea: ‘si vos no sos libre, yo no soy tan libre como creo serlo’. Cuanto más revistas se editen en la ciudad, más revistas va a haber. Cuantas más bandas haya en la ciudad, más bandas va a haber. Y lo que encontrás en el rock, lo podés encontrar en la música popular o el folklore de avanzada.
-Otro dato que no es menor es que las bandas son románticas: nadie vive del rock. Eso, ¿libera?
-Totalmente. Por eso conservan el juego, buscan y piensan el escenario de otra manera. No solamente a partir de la música, sino de una puesta que reclama un vestuario, una escenografía, un cuerpo particular. El rock es performático, y en La Plata uno lo puede ver a flor de piel. Acá es más fácil llegar a tocar en un barcito, es inmediato. Podés inventar tu propio recital, tu nube, y hasta conseguirte la gente. Pero lo bueno es que los pibes, en una sentada, pueden hacer una canción. Hacerse un lugar en una ciudad que es bastante cordial, porque podés compartir todo eso con alguien muy cercano que está lidiando con las mismas preguntas al mismo tiempo.
-El material de tu trabajo son esas sensaciones de los chicos. ¿Cómo se logra capitalizarlas, habiendo pasado hace rato la veintena?
-Yo tengo una hija adolescente, pero también cuando iba a la radio estaba rodeado de pibes. Eso me llevó a ir a recitales de bandas cuyo promedio estaba por los 20. En realidad, me sentía maravillado con lo que pasaba ahí dentro. Porque yo no iba a buscar la Novena Sinfonía de Beethoven: iba a encontrar una escena, algo que desbordara el escenario. Yo vengo del mundo de la academia y la militancia, que son muy sesgados sobre determinados códigos, que tienden a lenguajes acartonados. Tienden a estabilizar, a volverte previsible. Y lo que fui a buscar son esos insumos que me permitan generar malentendidos. Generar tráficos culturales entre distintos espacios, otras apuestas, inyectar información equivocada. Porque uno llega al rock con la academia, la militancia, lo que es uno. Pero cuando vuelve, vuelve cambiado. Yo ya soy otro. Y La Plata ofrece esta posibilidad de mezclarse. La idea de la ciudad de diagonales, donde todo es transversal. Yo empecé a militar sobre esa idea, que a uno también lo define: avanzar en zigzag, llevando y trayendo. Cuando llegué al rock, no llegué con la mirada del antropólogo estudiando un mundo ajeno. Me acerco a un mundo del cual quiero contagiarme: de esa energía, esa ingenuidad y esa inocencia. Cuando uno escribe, necesita también determinada inocencia para seguir subiendo la apuesta. Porque si no, no podés empezar. Si para ponerte a escribir un cuento, tenés que haber leído a tanta gente, entonces no vas a escribir nunca un cuento. Y los pibes hacen eso: con dos tonos, están haciendo una canción que se tocó siete millones de veces. Pero los pibes no tienen ni idea, y en esa canción se les va la vida. Eso es el rock.

volver


* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido, citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación a La Pulseada.

BAJAR LA NOTA(92kb)