NÚMERO 78 - ABRIL 2010

Bibliotecas populares
UNA AVENTURA HECHA EN ARGENTINA
Una biblioteca popular es mucho más que prestar un libro. Nos lo contaban el año pasado Natalia y Ramón, que hace 16 años sostienen y militan en una de ellas, bien al sur de La Plata. Hace 140 años que Argentina impulsa a estas experiencias de barrio únicas en el mundo, que nacen con fines solidarios y se mantienen, muchas veces, haciendo magia. La Pulseada aprovecha este número redondo para felicitar a las más de dos mil bibliotecas populares del país que ayudan a descubrir libros, hacer los deberes, aprender un oficio y a encontrar amigos. Un poco de historia. Los desafíos del presente. Y la crónica de las bibliotecas platenses.

Textos: Josefina López Mac Kenzie
Producción Periodística: Héctor Bernardo y Josefina López Mac Kenzie
Crónica de bibliotecas platenses: Juan Manuel Mannarino
Fotografías: Luis Ferraris

“En otros países, las bibliotecas son públicas, solventadas por el erario público. En nuestro país, las principales bibliotecas de cualquier distrito son populares y eso es un hecho casi único en el mundo". Lo resume Domingo Oscar Patanella, que preside la biblioteca popular más grande de Berazategui y fue funcionario de la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares (Conabip) entre 2000 y 2004. Este organismo, que Patanella define como "la casa de todas las bibliotecas populares”, fomenta el desarrollo de esas bibliotecas que nacen en clubs, asociaciones, partidos políticos o asambleas de vecinos, a pura solidaridad, con la impronta de cada barrio.
La idea la trajo Sarmiento de Estados Unidos y la transformó en ley en septiembre de 1870, durante su presidencia. “Las bibliotecas populares establecidas en adelante por asociaciones de particulares en ciudades, villas y demás centros de población de la República serán auxiliadas por el Tesoro nacional”, se estableció. Y “se formará una Comisión protectora de las bibliotecas populares, compuesta por lo menos de cinco miembros y un secretario, retribuido con mil pesos fuertes anuales”. La norma llevó el número 419 y se conoce como “ley Sarmiento”. "Estas bibliotecas -apunta Patanella- tienen los orígenes más diversos: algunas nacieron de una iglesia, otras fueron impulsadas por militantes socialistas, ¡incluso en Berazategui hay una que nació desde una peluquería de hombres!”. Tuvieron su apogeo en la primera mitad del siglo XX, padecieron todas las dictaduras, sortearon la crisis de 2001 y actualmente resisten, entre los libros y la calle (ver “Del siglo de oro a los embates de la AFIP”).
Hoy la Conabip contabiliza entre 2.000 y 2.200 bibliotecas populares (BP). Casi el 25% está en la provincia de Buenos Aires y la más antigua de Sudamérica existe en San Juan. En general, comparten el perfil del usuario medio (predominan los estudiantes de nivel primario y secundario que buscan libros de texto para la escuela) y las características de quienes las sostienen (grupos de vecinos en los que alguno se capacitó o está capacitándose en bibliotecología). También las igualan las dificultades que enfrentan (reconocimiento oficial, recursos y edificio propio), los apoyos que reciben (muchas tienen, además de la Conabip, aportes de municipios o asociaciones de amigos) y los servicios que ofrecen (muchas son también verdaderos centros culturales, ofrecen contención y apoyo escolar, sobre todo después de la década de los ’90, en que adquirieron un rol más asistencial que cultural). Pero juntas configuran un mapa riquísimo, con historias y realidades tan heterogéneas como las de las comunidades donde hacen pie.
Para reconocer a una BP, la Conabip impone requisitos tales como tener personería jurídica, contar con un número determinado de volúmenes, garantizar algunas cuestiones edilicias y que haya un bibliotecario graduado. El organismo ejecuta su presupuesto mediante el otorgamiento de subsidios, la compra y el envío de materiales, y la realización de diversas actividades de promoción y capacitación. “Se intenta que las BP desarrollen proyectos que hacen a su esencia. Por ejemplo, se envía material bibliográfico infaltable, independientemente de dónde esté la biblioteca, pero también se brinda un subsidio para ir a la Feria del Libro y que cada una compre lo que considera necesario en su comunidad. Eso implica contemplar una visión general y a la vez reconocer que cada comunidad tiene problemáticas particulares. No es lo mismo una BP en un pueblo de Chaco que una en La Plata", subraya la bibliotecóloga Leticia Galindo, que fue funcionaria de la Conabip entre 1994 y 2003.

Acompañar y sostener
“Entre las funciones de una biblioteca popular están la promoción de la lectura, la oferta de material y el apoyo a la educación formal, no formal y al autoaprendizaje”, enumera Galindo. “No es sólo prestar un librito -añade su colega Lilán Lembo-: Es una institución social, cultural y de apoyo a la educación. La biblioteca pública puede tener la misma misión, pero la popular está mucho más circunscripta al barrio, sus actividades de extensión siempre tienen que estar planificadas para ayudar a que la comunidad donde esté mejore en algo su vida”. Como contaba el año pasado Natalia Gorosito, de la biblioteca Vida y Lucha de Elizalde (La Pulseada 71), una BP “implica responsabilidad, tiempo y esfuerzo. No podés limitarte a la parte técnica de la profesión: vale mucho más la parte humana”.
Para Domingo Patanella, esa función troncal, social y educativa, que incluye “alentar la formación del lector, su capacidad de discernimiento”, no cambió. Lo que sí cambió, desde su óptica, respecto de la época más tradicional de las BP, es la concurrencia de los usuarios y ciertos modos de consumir la información. “La cantidad de gente que se acerca ha disminuido muchísimo respecto de hace 10 años, ya no es el lugar principal al que uno va a buscar la información”, observa. “Antes a las bibliotecas venía un grupo de alumnos de los colegios, pedía material sobre algún tema, se le daban cuatro, cinco o seis libros, hacían un resumen, citaban los datos bibliográficos de cada libro y entregaban el trabajo. Y los niveles de libros que entregaba el bibliotecario estaban acordes a las características del receptor. Hoy la información se las da internet, y el problema es que le da la misma información a un chico del primario que a uno de un terciario o a un investigador”, dice. Y recuerda:Hace poco un docente me contaba que un alumno puso en un buscador “independencia”, le aparecieron los datos de la independencia de Estados Unidos y llevó eso a la clase. Ahí la biblioteca tiene otra misión: dar buen uso a la tecnología; trabajar apuntando a la formación del usuario para que tenga la capacidad de analizar lo que verdaderamente necesita, en un contexto en el que vimos tan desbordados de información”.
Otro de los cambios que identifica Patanella tiene que ver con los niveles de participación comunitaria. “Las BP son asociaciones de civiles, un grupo de personas que se reúne semanal o diariamente para llevar la biblioteca adelante. Y eso es lo que está en crisis: la participación, en cualquier club de barrio o sociedad de fomento que se ha hecho grande. Si uno se fija, las instituciones actuales más prósperas son los centros de jubilados. Esta generación es la que ha hecho las instituciones que hoy conocemos. Una generación que buscaba su protagonismo en la necesidad de la comunidad, que si en un lugar no había esparcimiento fundaba un club, o un diario, o una sociedad de fomento. Se involucraban. Hoy la sociedad no es la misma y las bibliotecas deben ir acompañando esos cambios. No se pueden quedar solamente con el libro, por ejemplo, aunque yo creo que el libro no va a perder su esencia nunca”.

“Se necesitan más bibliotecarios populares”
“¿Hay que estudiar para ser bibliotecario?”. Lilián Lembo se cansa de responder esta pregunta. Desde su experiencia docente de 15 años en la carrera terciaria de Bibliotecología que ofrece el Instituto de Formación Docente Nº 8 de La Plata (uno de los tres donde se dicta esta carrera en la provincia de Buenos Aires), evalúa: “Es bueno que la capacitación esté como requisito. Cuando se hacen cargo bibliotecarios de hecho que no conocen las técnicas hay varias dificultades, por más buena voluntad que haya. Una de ellas es que ponen en práctica un sistema que no se ajusta a la normalización bibliotecológica y sólo entienden ellos, entonces cuando se van nadie más puede seguirlo. La normalización es muy importante. Por eso la Conabip lo requiere”.
Como señala Galindo, alguien tiene que abrir la institución todos días y muchas veces son voluntarios, una figura que en los últimos 10 o 15 años empezó a resurgir en los barrios. “Yo creo que los voluntarios deben participar de las bibliotecas populares, pero el servicio debe estar garantizado con gente que trabaje, y cuando uno trabaja merece cobrar un sueldo. No se pueden sostener organizaciones sociales solamente con voluntarios, afirma Galindo.
En el Instituto 8, cuenta Lembo, desde hace un tiempo hay “un boom”: se inscriben por año no menos de 600 alumnos de la provincia de Buenos Aires y de todo el país, lo que supera cómodamente a la matrícula de la carrera de bibliotecología que ofrece la Universidad. De los inscriptos, la mitad son maestros que buscan completar dos años de formación para ser bibliotecarios escolares, y el 30% son personas que trabajan en las muchas bibliotecas populares que existen sin ayuda estatal. “Hacen el camino inverso: ya están trabajando y vienen a estudiar. Algunos, porque se dan cuenta de que necesitan formarse y otros para que la Conabip los reconozca y les pague un sueldo”, resume Lembo, que se especializa en administración y gestión de bibliotecas.
“Muchos de mis alumnos, y eso es maravilloso, son adultos —cuenta—. Me conmueve todo el tiempo que viajen, con esfuerzo y grandes problemas económicos, para después poder ir a trabajar a una biblioteca popular o a una escolar, con sueldos no muy buenos. A veces el sueldo es un porcentaje de lo que ingresa por la Conabip para un sueldo mínimo, porque otra parte se usa para cubrir otros gastos. En el primer mundo –compara- reconocen al profesional y está también la carrera, pero se necesitan muchísimos menos bibliotecarios que en nuestro país, donde hay grandes niveles de exclusión y pobreza. Porque la biblioteca popular va en auxilio de los que no tienen. Los países como el nuestro necesitan más bibliotecas populares y más bibliotecarios populares, que se valore la necesidad de estudiar y después trabajar con un salario bueno”.

“Al libro hay que hacerlo posible”
Lilián Lembo conoce tantas historias de bibliotecas como alumnos tuvo, y eso le permite advertir que “aunque hay una limitación grande con los recursos y muchas BP no tienen la cantidad de ejemplares que necesitarían para que todos los chicos puedan estudiar, o no tienen internet, dan un buen servicio, hacen maravillas en cada comunidad. Y los que las levantan y mantienen vivas las bibliotecas populares son las personas”. Para ilustrarlo, una postal: “Recuerdo una biblioteca popular para no videntes de Trelew, cuyos trabajadores, no videntes, tuve de alumnos hace un año y pico, y trabajan muy bien, con la ventaja de que en los últimos tiempos se avanzó mucho en todo lo que tiene que ver con la tecnología del sistema braille. Se pone un software donde directamente el texto pasa a audio y después la impresora se lo imprime en braille. Esto multiplica el acceso”.
Y otra postal: “Nosotros insistimos mucho en cambiar la idea de la biblioteca intramuros por una idea en que la biblioteca salga a buscar a los usuarios a la calle. Entonces, una biblioteca de la Costa Atlántica hizo la experiencia en la playa y tuvo un éxito impresionante, el año pasado. La gente es muy lectora, pero tenés que darle la posibilidad”.
Para la despedida, Lilián cuenta otra historia: “Una alumna que trabajaba en una BP de la Patagonia vino a estudiar y, al volverse, implementó un proyecto de extensión en unas comunidades. Después me mandó un video donde se ve una chocita rudimentaria, una extensión de la biblioteca en una comunidad, donde los nenes están en el piso con libritos. Muchos alumnos optan por crear proyectos de salitas infantiles, que es una deuda en muchas bibliotecas. Porque para los chicos se necesitan libros, revistas y juegos, pero a la vez un lugar, que se puede armar con pocos recursos, para que ellos elijan y se tiren, en el suelo, en almohadones, a leer o a jugar. A los chicos hay que motivarlos. Al libro tenés que hacerlo posible. Y si no son las bibliotecas populares, ¿entonces, quién?”.

La Conabip
Una biblioteca popular es una asociación civil con personería jurídica creada por un grupo de vecinos, dirigida y sostenida por sus socios. Ofrece información, educación, recreación y apoyo, a partir de una colección bibliográfica mínima no especializada, general. Las BP son autónomas pero están reguladas por la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares (Conabip).
Se trata de una red única en el mundo. Depende de la Secretaría de Cultura de la Nación. Ejecuta su presupuesto mediante subsidios, compra y envío de libros y realización de actividades de promoción y capacitación. Tiene un presidente (hoy su titular es María del Carmen Bianchi), un secretario, vocales y una Junta Representativa formada por delegados gubernamentales y delegados federativos que representan a las bibliotecas de cada provincia y luego se nuclean en la confederación argentina de BP.

Del siglo de oro a los embates de la AFIP
Con el grueso de la población analfabeta y grandes dificultades para conseguir libros en español y sistematizar el trabajo de las bibliotecas populares, el envión que habían recibido en 1870 pronto hizo agua. Si en los primeros cuatro años de la "ley Sarmiento" se habían fundado 150 BP, veinticinco años después, en 1895, sólo quedaban 15, como apunta Susana Leloutre en su trabajo “Las bibliotecas populares…”. La ley se derogó y las pocas BP que quedaban o nacían se apoyaron en subsidios dispersos. Como huellas de aquel tiempo sobreviven al menos dos bibliotecas: la Juan Martín de Pueyrredón (de 1873, queda en San Isidro), y la Juan N. Madero (de 1874, queda en San Fernando). Y en nuestro país también está la más vieja de Sudamérica: sanjuanina y premonitoria, se llama Franklin y data de 1866.
En el nuevo siglo reverdeció el espíritu de la ley Sarmiento y las BP florecieron como nunca. Una primavera que duró toda la primera mitad del siglo XX, a caballo de la inmigración, la participación política y social en partidos, sociedades de fomento, mutuales. Prestaban libros, daban charlas, clases de coro, teatro, taquigrafía, lectura y oficios. Ese rol, con enseñanza de oficios, funciones de guardería y comedor, reaparecerá en el ocaso del siglo, ligado al desempleo y a los desgarros del tejido social. El Partido Socialista, por ejemplo, llegó a fundar en ese periodo 56 BP. Por esa época, la Conabip sacaba el boletín Libros y bibliotecas, acción interna y promovía congresos, encuentros, jornadas y demás actividades.En 1954 ya había 1623 BP en el país. Ese mismo año se editó la Guía de bibliotecas argentinas (primera en su tipo, sobre todas las bibliotecas del país) y se hizo el primer encuentro nacional de bibliotecas, en el Teatro Nacional Cervantes, al que asistieron Perón y 2.000 bibliotecarios.
Las dictaduras del ‘55 en adelante tuvieron, en general, predilección por diezmar la cultura, y la segunda mitad del siglo fue menos esplendorosa para las BP. En 1990 quedaban sólo 971 BP en los cómputos de la Conabip, pese a que la democracia había traído la ley 23.351, “de Bibliotecas Populares” (1986), como una bocanada de aire fresco. Hablaba de pluralismo ideológico, derecho a la información, fomento de la lectura, investigación, difusión de la cultura y educación permanente del pueblo; la Conabip se mantenía como autoridad de aplicación de la ley y se creaba un fondo especial para las BP. En los ’90 primaron los recortes presupuestarios y la Conabip casi desaparece, como recuerdan con amargura todas las fuentes consultadas por La Pulseada.La Conabip por momentos era un sello nada más, sin apoyo. Dependía de un fondo que era un porcentaje de los premios de los juegos de azar: no de lo que todo el mundo juega, sino de lo que uno gana. Y un año no se llegó a cobrar el subsidio porque el Gordo de Navidad había quedado vacante...”, recuerda Domingo Patanella.
Todo siguió siendo muy cuesta arriba, pero para el año 2000 las BP se habían duplicado y sumaban 1.921. Es que muchas asambleas vecinales dieron a luz BP para paliar una crisis que no era sólo económica. Hoy la Conabip tiene registradas entre 2000 y 2.200. La provincia de Buenos Aires aloja a 600 de ellas (frente a las 150 que albergaba en los '70 y las 480 que había en 2000), aunque Patanella calcula que otras 80 han cumplido con todos los requisitos y siguen sin ser reconocidas.
En todo el país, muchas BP enfrentan problemas para llegar a fin de mes: cortes de luz y teléfono, órdenes de desalojo e intimaciones de la AFIP por no estar al día con los números. Pero Galindo y Patanella coinciden en que el apoyo es mayor, la Conabip es más conocida y las BP, esos resortecitos comunitarios contra la exclusión, luchan más por su lugar.

Avellaneda, 1901
La biblioteca popular Estanislao Zeballos nació en 1901 por iniciativa de un grupo de vecinos. "En el acta fundacional dice: 'a 30 años de la Ley Sarmiento, nuestros vecinos, obreras y obreros de Barracas al Sur (Avellaneda) no saben leer ni escribir'", cuenta Liliana Galindo, presidente de la biblioteca. "Ahí se planteó una función social y se creó la primera escuela vespertina para adultos de la provincia de Buenos Aires”. La Sociedad Popular y la BP aún funcionan en Berutti 216, Avellaneda. “Hasta los '40 la sociedad popular se dedicó a crear cursos que iban cubriendo una necesidad local, luego se conseguía el reconocimiento de Nación o de Provincia y se trataba de que se hiciera responsable de ello el Estado. Esto hizo que se crearan la primera escuela vespertina para adultos, la escuela de comercio, el magisterio e infinidad de cursos de formación profesional.
Hoy están asociados con la escuela de adultos de Avellaneda Nº 701 y la escuela Nº 408; tienen más de 10 cursos de formación profesional y pasan por la biblioteca, como mínimo, 100 personas por día. “La intención es brindarle a la población el máximo de oportunidades para su formación”, define Galindo.

Berazategui, 1924
La Manuel Belgrano atestigua la época dorada de las bibliotecas populares. Nació en 1924, motorizada por un grupo de alumnos de la escuela nocturna de adultos Nº 26, la mayoría de los cuales trabajaba en la fábrica de vidrio Rigolleau. "El impulso surge de un profesor que insta a los alumnos a formar una biblioteca para su grado, un curso para mayores que querían aprender a leer y escribir”, cuenta su presidente, Domingo Patanella. Con el tiempo, esa biblioteca de un grado se transformó en la del colegio. En 1926 fue reconocida por la Copnabip. En 1930 debieron mudarse a una casilla de madera, siempre cerca de la estación, y en un momento hasta funcionaron en un vagón. En 1938 alquilaron un edificio, que pudieron comprar en 1954 y donde siguen funcionando. Hoy es una biblioteca categoría A, es decir la más alta según cantidad de libros y de socios. Ofrecen ciclos de cine, mesas redondas, conferencias y talleres variopintos: madera, cerámica, repostería, tejido, narración oral, escritura, periodismo, teatro. "Y más de un tallerista está trabajando como repostero en una panadería gracias a los talleres que hizo en las bibliotecas”, ilustra Patanella.
Como curiosidad, desde 2009 están a cargo de la digitalización de documentos históricos de Berazategui que custodiaban desde 1960. María del Carmen Bianchi, directora actual de la Conabip, proviene de esta biblioteca, que queda en Lisandro de la Torre 1736, Berazategui. (www.bibliotecabelgrano.org.ar)

Florencio Varela, 2001
Se unieron a comienzos de este siglo, primero en la lucha contra el uso de los trasformadores de PCV y después con otros proyectos: cooperativas de trabajo, “barrileteadas” y realización de murales. La idea de armar una BP surgió ante un tejido social hecho jirones, en un punto del Conurbano donde escaseaban las oportunidades de acceso a la cultura en general. El proyecto, motorizado sobre todo por jefas de familia, marchó bien: consiguieron apoyo, libros, revistas y un garaje donde empezar. Después obtuvieron en comodato un local abandonado que tras la última dictadura había sido del correo. En 2004 ya eran una biblioteca de hecho a la que acordaron llamar Dr. Enrique del Muro en honor a un médico joven que se radicó en los ‘50, cuando Varela era casi todo campo, para investigar tratamientos contra el cáncer que ofrecía de forma gratuita. Desde el año pasado están incluidos en la Conabip. La que cuenta la historia es Ana María Putelli y la historia es energía pura. Varios del grupo se conocían de la infancia entre los barrios Martín Fierro, San Emilio y el Cruce, una zona urbanizada en los ’50 por empleados de YPF y Peugeot, que linda con Berazategui y Quilmes y hoy tiene cerca de 10.000 habitantes. Un polo neurálgico de tránsito y comercio que Ana María no duda en comparar con “la triple frontera”.
Tienen “lectores de entre 2 y 80 años”, varios voluntarios, 14.000 libros y material surtido en otros soportes. Ofrecen 12 talleres (pintura, narración oral, lenguaje de señas, tango, plástica, títeres, entre otros) y apoyo escolar en todas las materias. “Se va formando una cadena”, cuenta Ana María, que se capacitó en el Instituto 8 de La Plata. Y ejemplifica: “Uno de los docentes es un ingeniero jubilado que llega desde Ezpeleta en su 4x4 y no necesita más que unos pesos para la nafta. Y hasta se entusiasmó la madre del profesor de química, que ahora está estudiando bibliotecología”. En los alrededores de la biblioteca hay por lo menos siete escuelas. Y a pocas cuadras está la fundación del padre Miguel, que brinda asistencia alimentaria para los bolsones de pobreza cercanos.
De 2002 a esta parte atravesaron varios intentos de desalojo, pero esas amenazas no eclipsan las ganas de seguir adelante. “En los diarios los tildan de okupas”, dice Ana María, y acepta que en cierta medida lo son, porque el comodato está vencido. Pero defiende a la biblioteca como “un lugar de servicios donde acompañás el crecimiento: a los pibes los ves crecer. Cometemos errores desde el punto de vista técnico bibliotecológico, pero siempre priorizamos lo humano, la relación, lo que haga que los lectores vuelvan”. La biblioteca queda en Remedios de Escalada y Balcarce, Cruce de Varela. (http://bibliotecademuro.es.tl/)

Elizalde, 1993
Queda en Altos de San Lorenzo, entre el Cementerio y la abandonada estación de trenes Rufino Elizalde, una calle sin asfaltar donde se acaba La Plata. Es un barrio de provincianos que viven allí hace no más de 20 años. La crearon en 1993 vecinos cansados de ver que los chicos dejaban la escuela en segundo grado porque no tenían para zapatillas, guardapolvos o los costosos manuales Santillana. Hoy es una BP reconocida a niveles municipal, provincial y nacional, se llama Vida y Lucha de Elizalde y la sostienen Natalia Parenti Gorosito y Ramón Romero.
Funciona en una casa prestada muy precaria y el año pasado tuvieron todo tipo de problemas con este edificio. Cuentan con 5.100 libros inventariados, material audiovisual y una hemeroteca bien surtida de diarios y revistas. Los usuarios son, básicamente, chicos y adolescentes del barrio que aprovechan el material para las tareas escolares. También suelen dictar talleres de plástica y música. La dirección es 132, entre 84 y 85.

 

Crónica de bibliotecas populares platenses
Heroínas invisibles
En plena era digital, el libro resurge y la tecnología es una invitada amistosa. La Plata está inundada por estantes: norte a sur, este a oeste, en el mapa de la ciudad siempre se descubren bibliotecas nuevas. Y son las mujeres, las bibliotecarias, quienes mejor entienden su idioma cotidiano.

“Es evidente que la cuestión fundamental para una red de bibliotecas populares,
ya sea estimulando programas de educación o de cultura popular,
ya sea surgiendo en respuestas a exigencias populares
provocadas por su esfuerzo de cultura popular, es política".
Paulo Freire

Son espacios femeninos. Mejor dicho, quienes los sostienen, miman y dan vida son mujeres. Las bibliotecarias. Guardianas del papel, custodian los anaqueles como un tesoro oculto, hecho de claves, códigos y hojas sueltas. Algo que parece secreto, un refugio místico, pero necesita de la gente como nadie. Porque toda biblioteca es, al mismo tiempo, lugar de encierro, oscuro y silencioso, y lugar de intercambio, social y luminoso. La bibliotecaria es dueña y señora en un oficio donde el hombre es un actor de reparto. Es la realidad que late en el corazón de cada biblioteca popular: sólo abrir una puerta y encontrarse con La Mujer, quien guía, recomienda, reta y explica.
La Plata abriga cerca de 50 bibliotecas populares, entre las que tienen reconocimiento oficial y las que luchan por recibirlo. Si a eso se suman las bibliotecas públicas, la ciudad es un oasis para el lector inquieto. Contra todo pronóstico cultural, el libro sigue ahí, a pie firme, en permanente movimiento, aunque las bibliotecas populares no desconocen el presente: el impacto tecnológico les quita lectores, las salas de lectura ya no son lugares de encuentro social y aparecen las computadoras con internet, los nuevos sectores para bebés y niños, los préstamos a domicilio, las actividades barriales.

Nacida el 11 de septiembre de 1933 por iniciativa de los vecinos de la zona, a dos años de la fundación del Club Centro Fomento Los Hornos, la BP Bartolomé Mitre es la joya del barrio. Está al fondo de la cancha de básquet, casi como un refugio reservado para entendidos. Es chica en dimensiones pero ofrece 16.000 ejemplares, una colección de 700 videos, servicio actualizado de textos escolares, notable oferta de narrativa, sala de lectura amplia, sector infantil y lujosas vitrinas con textos especializados. Su marca de estilo por excelencia es la “bebeteca”: un lugar acogedor por donde se lo mire, con juguetes, materiales didácticos, alfombra especial y un colorido visual que es una tentación para madres e hijos.
Cecilia D’Estefano y Gisela Carcacha son las caras visibles de la tarea cotidiana que consiste, entre otras cosas, en atender el público, ordenar los estantes, cuidar los materiales. D’Estefano habla y el orgullo invade las palabras que elige para nombrar la biblioteca: “tenemos una identidad muy fuerte en todo Los Hornos, no sólo por la antigüedad del club sino porque los socios tienen un rol activo. Ellos acercan gente, se preocupan por el estado de los libros, difunden nuestras actividades. El boca a boca permite tener un movimiento que cobra mayor vida cuando cada año aumentamos la cantidad de socios”. A un costado, Gisela ordena una pila de libros, los etiqueta, limpia y cataloga. La adoración en el tacto. Quien defiende el uso del libro lo defiende desde el fetichismo: el olor, la dureza de la tapa, el ruido de las hojas, la rugosidad del papel.
La biblioteca tiene entre sus socios favoritos a lectores en edad escolar, universitarios y adultos que devoran narrativa. Con servicio de internet y fotocopias, trabaja con muchas escuelas de la zona, que diagraman planes de lectura y programas de acción educativa. De los subsidios que reciben, Cecilia destaca el que otorga la Conabip para que las bibliotecas de todo el país visiten Buenos Aires durante una semana y asistan a la Feria del Libro, donde puedan seleccionar y comprar material.

En La Plata hay bibliotecas populares con nombres bien clásicos, como Benito Lynch, Florentino Ameghino y Mariano Moreno, y otros más curiosos, como Paulo Freire, Mario Sureda (Club Everton) y la ya mencionada Vida y lucha de Elizalde. En tiempos donde la velocidad tecnológica arrasa toda comunicación humana, la supervivencia cultural y económica atraviesa los pasillos internos de cada biblioteca y las estrategias se multiplican. El libro no perdió valor social: ahí están los socios nuevos, las donaciones voluntarias, las colecciones históricas, los nexos entre papel y computadora. Y, como bien lo sabe la biblioteca Tupac Amaru, la acción social es también puertas afuera, cuando el barrio abre los brazos.

La marca barrial
Cuenta María del Carmen Crespi, una de las creadoras de la BP Tupac Amaru, la única de ese estilo en Ringuelet: “El 12 de octubre de 1999, con un grupo de amigos, creamos una asociación civil sin fines de lucro, con la intención de formar una biblioteca que tuviera como objetivo canalizar el ejercicio del derecho a la información, la consulta y la recreación y, a la vez, promover la creación y la difusión de la cultura. Nuestro principal objetivo es contribuir a la educación del pueblo. Una biblioteca que esté abierta a la comunidad en general. Y eso lo empezamos a lograr en mayo de 2007, cuando inauguramos este emprendimiento”.
Esta BP cuenta con el reconocimiento oficial de la Conabip, el municipio y la Provincia. Su nombre nació de una votación que hicieron los niños después de saber la historia de lucha y resistencia del legendario héroe indígena. Tiene un importante caudal bibliográfico y de archivo multimedia, acceso gratis a internet y un rincón infantil. Pero su principal fuerte es la extensión cultural: clases de apoyo escolar, cine, la Valija Viajera con los institutos de enseñanza de la zona, visitas guiadas a las escuelas y actividades de fomento a la lectura, a través de cuentos, narraciones y títeres, gracias a las voces privilegiadas de Margarita, Teresita y Hugo, voluntarios de la zona que, según María del Carmen, “deleitan a chicos y grandes”.
“Al tener relación con escuelas y jardines, y con la comunidad en general, ellos se convierten en transmisores de la biblioteca. Logramos que se la apropien. Los festejos que realizamos en diferentes ocasiones sirven para compartir hermosos momentos de esparcimiento y para que se incorporen padres, vecinos, abuelos”, señala María del Carmen, que a raíz del Día Internacional de la Mujer acaba de obtener un premio municipal por su valiosa labor en la biblioteca. Y continúa: “Los chicos realizan los deberes y los jóvenes del barrio han encontrado un lugar para sentirse a gusto, ya que la biblioteca es llevada adelante por gente joven. En términos generales, lo que hacemos es tratar de formar un espacio recreativo en el cual todas las personas que concurren al lugar, puedan utilizar los medios que ponemos a su disposición para aprender, mejorar su rendimiento escolar, para vivir la fantasía o el misterio que contiene el libro. Se busca que los niños incorporen la lectura como un hábito”.
Claro, lo mejor siempre viene al final, y el relato de María del Carmen se abre paso para presentar el elenco estelar. Se trata de las abuelas de la zona, que no sólo se incorporaron de manera activa sino que realizaron cursos para poder recrear, para niños y adultos, la narración de un cuento. “Una historia que los presentes miran y disfrutan con alegría, y ése es nuestro objetivo: una comunidad unida con un fin en común”, dice María del Carmen, y basta con observar cómo los pibes se desenvuelven en la biblioteca. Un ambiente cálido, amable, donde dan ganas de estar.

La tercera edad también es protagonista en la biblioteca popular Euforión, donde las abuelas cuentacuentos (ver La Pulseada Nº 57) son una gloria. Están a cargo de la promoción de lectura, tienen su propio blog, dictan cursos de capacitación y organizan actividades culturales con otros centros sociales de la zona. Son las anfitrionas perfectas para el festival de la lectura. Euforión es una institución modelo del barrio Mondongo. Fue fundada en 1927 por un grupo de alumnos del Colegio Nacional de La Plata. El gran pensador Ezequiel Martínez Estrada sugirió el nombre de un poeta y escritor griego porque simbolizaba la libertad. Hoy tiene 50.000 libros, 600 socios, un rincón para chicos, un jardín y acaba de estrenar un nivel de escuela primaria.
Sobre la diagonal 79 entre 116 y 117, el edificio de tres pisos parece un coloso fantasmagórico. En su interior se respira un ambiente ordenado, prolijo, hasta que se sube hacia la biblioteca. Hay cajas abiertas con libros que esperan ser catalogados: son los signos de la febril actividad diaria, que incluye préstamos, donaciones y restauraciones. Marina Ibarra, la directora, cuenta que aunque no tienen un catálogo por internet, la biblioteca crece y se renueva todo el tiempo. Sin embargo, tiene nostalgia: hubo un tiempo que fue hermoso y era cuando la gente se encontraba en la sala de lectura. “La biblioteca es un ícono del barrio aunque se perdió el espacio como lugar de encuentro. Antes venían grupos de estudio, se hacían ciclos de cine, bailes. Hoy es difícil que permanezcan acá: muchos vienen a buscar el libro y se van enseguida. Por eso, con el bibliomóvil salimos a las plazas para acercarnos nosotros y difundir lo que hacemos”, dice Marina.
El bibliomóvil, que les otorgó la Conabip, es una camioneta única en la ciudad, que lleva y trae libros. Lo que empezó como un sistema de préstamo a escuelas, con cajas llevadas en autos particulares, se transformó en este pequeño ómnibus con estantes repletos de libros, computadora, televisor y video. ¡Boleto obligado para ese paseo!

Imágenes nostálgicas del nuevo milenio
La Francisco Romero Delgado es una de las BP legendarias de la ciudad. Atesora un archivo de textos socialistas y conserva una memoria de luchas obreras que es la envidia de cualquier investigador. Pertenece a la Universidad Popular Alejandro Korn y es una de sus actividades centrales, junto a la Cátedra Libre y el espacio en radio Universidad. A la biblioteca cuesta ubicarla: está en un sótano anacrónico y deslucido, debajo de la Casa del Pueblo, sobre la calle 49 entre 9 y 10, y alguien cercano a los dos metros no podría atravesar su puerta. Es tiempo de cambios edilicios: para combatir la falta de ventilación y el exceso de humedad, se están sacando muebles y colocando un par de extractores. Arriba, en el primer piso, la gente acomoda el salón de actos y hay más movimiento juvenil.
En este pequeño hogar del pensamiento de izquierda se reunían a leer y a discutir los principales referentes del socialismo local, y era Antonio Cóccaro, su ex presidente, quien mejor conocía el derrotero de cada anécdota. La biblioteca se alimentó de los libros, diarios y revistas que circulaban entre ellos. Así lo explica la bibliotecaria, María Cristina: “Contamos con cerca de 9.000 libros, pero nuestra particularidad está en las colecciones. La más consultada es la de La Vanguardia, aunque también se acercan muchos investigadores por materiales como La Opinión (hay diarios de la época del Proceso), España Republicana, el Diario del Pueblo o la revista Socialista”.
El lector ideal, de perfil profesional, encuentra aquí el poder de la hemeroteca. Junto a los libros del socialismo y a los folletos del socialismo platense, simbolizados en Juan B.Justo y Alicia Moreau, los casi cien socios saben que allí se ofrece un material único, irreemplazable. Por contrapartida, la biblioteca, que fue organizada desde 1961, siente el impacto tecnológico: sin el reconocimiento de la Conabip, sufre la ausencia de la digitalización del material, que con los años se deteriora. Pero María Cristina no se resigna: “Es terrible leer un libro en la pantalla”, opina.

Cerca de la estación de trenes, sobre la calle 43, hay otra postal de época, fina estampa tanguera. Y Rosa Porchoela no podría ser una bibliotecaria mejor para La Casa del Tango: aire melancólico, parpadeo ceniciento, movimientos lentos y un modo de hablar que se entiende con las paredes del lugar. Fundó la biblioteca en 2001, cuando acumuló un archivo con partituras de tango y una buena cantidad de libros. Al igual que la Francisco Romero Delgado, se jacta de tener material inhallable en internet. Cuentan con unos 300 lectores y los segundos lunes de cada mes se acercan escritores para dar charlas y organizar ruedas de lectura.
Antigua y nostálgica, la biblioteca está esparcida por todas las habitaciones de la casa: son los espacios libres que encontró Rosa. Hay dos sectores que le otorgan extraña vitalidad: la excelente diversidad de narrativa ficcional (donde es posible encontrar libros de Juan Filloy y Roberto Bolaño) y un pequeño sector con vitrinas en homenaje a escritores platenses. Se llama “La Plata crea… con palabras” y allí, entre cuadros de Gardel y Goyeneche, hay libros de Sergio Pujol, Mario Teruggi, Hugo Mársico y Tavie Mariani. Imperdible.

La lucha de Marisa
No todas son rosas. Cerca de la Euforión, en el corazón del popular barrio de Villa Argüello, de Berisso, hay una lucha solitaria que hace ocho años espera reconocimiento oficial. Marisa y una compañera armaron la biblioteca en el club Villa Argüello. Lo hizo en una casilla, pero luego fue desplazada a un rincón. Marisa cuenta que el presente de la biblioteca, con poco más de 60 socios, es incierto, difícil. Aunque no pierde esperanzas. “La comisión directiva actual quiere que la biblioteca vuelva a tener una actividad social, y entonces de a poco, se está organizando un nuevo espacio. El problema es que todavía estoy sola, porque al no tener el aval de la Conabip, no disponemos de una estructura que nos permita tener sueldos y recursos humanos”, dice, y confiesa que todo se hizo más difícil cuando su compañera dejó la biblioteca.
Marisa, que trabaja además en una biblioteca de Bellas Artes, tiene gran parte de su casa ocupada por libros. La mayoría, en vías de extinción: ediciones viejas que buscan renacer en la dicha de la restauración. La biblioteca cuenta con más de 3.000 ejemplares, muchos dispersos y sin clasificar. Mientras se seca las manos en el delantal de cocina y da indicaciones a sus hijas, Marisa dice todo el tiempo que está muy sola, que en el barrio falta apoyo, y que a la biblioteca sólo puede ir los sábados, en los ratos libres que le dejan la familia y el laburo.
A pocos metros, y en plena etapa de reorganización, está la otra biblioteca popular de Villa Argüello, Juanito Laguna, ligada al Frente Popular Darío Santillán. Creada en 2004, según Nicolasa Álvarez, una de sus bibliotecarias, analizan trasladarla a un lugar más cercano para los pibes y así reactivar los talleres populares.
Las bibliotecarias siempre hablan en primera persona: es mi lucha, dicen, mi lugar, mi barrio, mi gente. Deslumbra ese sentido de posesión y de firmeza teniendo en cuenta los contextos desfavorables que las rodean.
Los libros. Ellas. Una fe extraña: la mayoría confiesa ser más guardiana que lectora. Es la humilde devoción de las heroínas invisibles de nuestra cultura.
JMM

 

volver


* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido, citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación a La Pulseada.

BAJAR LA NOTA(102kb)