NÚMERO 77 - MARZO 2010

Georgina Hassan
El aliento de la tierra
Comenzó como una intérprete exquisita de la canción latinoamericana, pero pronto despuntó su necesidad de componer. Atravesó varios años de nomadismo, hasta que se instaló definitivamente en el país con Primera luna, su primer disco. Después de un largo proceso de renacimiento, acaba de editar Como respirar.

Por Martín E. Graziano
Fotos: Eliana Graziano

Desde la tapa de los dos discos, dos mujeres distintas. En Primera luna (2005), la mujer era la mirada reflexiva sobre el suelo, el pelo cortísimo y un fondo crepuscular. Ahora, en el flamante Como respirar (2009), la mujer es la melena al aire sobre un cielo pleno, azul y despejado. Por dentro, la música -como los ojos- dibuja el lazo de continuidad: una raíz honda sobre la cancionística latinoamericana y el puente tendido hacia la península ibérica. Pero aquello que en el primero era recopilación de la tradición argentina, venezolana, sefaradí, chilena o brasilera, ahora está metabolizado en canciones propias. En las canciones de Georgina Hassan, que llevan –como los pueblos- el oído contra la tierra y el canto al aire.
“Me siento muy serpiente, soy de cambiar muchas pieles –dice Georgina-. Si me pongo a pensar en todo lo que me fue pasando en la vida, quizás por haber viajado mucho y haber vivido en otros lugares, siento que me volví a hacer muchas veces. ‘Primera luna’ era una etapa muy introspectiva y melancólica… Por eso era muy importante que el arte del disco nuevo acompañara esta sensación que tengo de haber encontrado ese pulso fácil y profundo a la vez. Como respirar, justamente. Como estar en casa. Este disco tiene muchísimo de sentirme en una piel cómoda, de gustarme en este lugar donde estoy. Y también tiene el vértigo y el temor de tener una nueva piel. Es un salto”.
Hija de Alberto Hassan, uno de los miembros fundadores de los históricos Opus Cuatro, en el comienzo Georgina se presentó y fue mejor conocida como una cantante. Acaso como intérprete de cuatro, ese instrumento de la cultura venezolana que Cecilia Todd y Violeta Parra legaron a los cancionistas del cono sur. Primero fue parte del grupo de música latinoamericana La Cuerda y, antes de lanzarse como solista, decidió comenzar su peregrinar. Así llegaron años nómades que la encontraron recorriendo el país y buena parte del continente, deambulando entre España y Portugal, viviendo en Chile por un año. En 2004, Primera luna la afincó nuevamente en Argentina, con la mochila llena de músicas encontradas. El disco le sirvió para darse a conocer y cantar esas músicas en un marco de sonoridad orgánica, absolutamente acústica y contemporánea. Así logró conjugar modernidad y tradición en versiones notables de “Fui a fonte”, “La llorona” o “Clavelito dorado”, en el repaso de compositores en actividad (Kevin Johansen, Vitor Ramil) y hasta el primer par de canciones propias: la que le dio nombre al disco y “Tierra movida”, que fue elegida para musicalizar la película La Santa Cruz y, en el camino, resignificó su letra de desamor hacia el calvario de un desaparecido.
Por entonces, otro proceso empezaba a trabajarla por dentro: “se hizo cada vez más patente mi necesidad de decir. De parar la pelota después de haber estado tanto tiempo moviéndome, tanto tiempo viajando, con tantas imágenes, sensaciones e historias de estos viajes. Yo tengo esa imagen de la cocina, de cuando uno llega de viaje y empieza a mezclar los condimentos que trajo. Fue un tiempo de sentarme a evocar lo que había vivido y, también, de hacer un viaje hacia dentro. Si bien todo ‘Primera luna’ evoca ese momento de mi vida de viajar y moverme físicamente, ‘Como respirar’ también tiene bastante de un viaje, pero interno”.

EL PROCESO
De la mano de Gustavo Segal, el productor artístico del disco y –no menos importante- pareja de Georgina, la cantautora desandó el proceso que culminó en Como respirar. Juntos pulieron el repertorio y planificaron la forma integral del disco, con el amor como motor y combustible. Luego, junto a sus músicos Diego Penelas (piano, coros y dirección musical), Fernando Mántaras (contrabajo) y Rodrigo Quirós (percusión), labraron los arreglos que cada pieza pedía. Así apareció ese aire de candombe para “La voz del agua”, una lectura de Georgina sobre un texto del poeta entrerriano Juan L. Ortiz. El cello que bracea en “Té” (donde promete, “voy a curarte los ojos con té de manzanilla”) o la sonoridad exótica del hang en el anónimo sefaradí “Durme kerido hijico”. Además, aportaron algunos colores invitados de lujo como Lito Vitale, el vientista Marcelo Moguilevsky y Raly Barrionuevo. Justamente el trovador santiagueño puso su voz para “Doña Pasión”, una de las gemas del disco.

-¿De dónde apareció la historia de Doña Pasión?
-Me la acercó mi amigo Víctor Maidana, un maestro salteño que trabaja en zonas carenciadas. Lo conocí en una escuela bilingüe de Salta, en una comunidad wichi donde él estaba trabajando. Me comentó que le había tocado trabajar en una escuela sobre las márgenes del río Pilcomayo. Ahí vivió en la casa de Doña Pasión, una señora de 80 años que vivía sola en un rancho, con sus animales y trabajando la tierra. Fue a parar a esa casa durante todo el ciclo lectivo, y me iba contando la vida y lo que le contaba Doña Pasión. Desde el comienzo, cuando me dijo que esta señora de 80 años que vivía sola se llamaba Doña Pasión… ¡Era como del realismo mágico! Me fascinan esas historias anónimas, porque tienen la potencia que justamente les da ser de nadie y ser de todo el mundo. Y lo invité a cantar a Raly porque cuando compuse la canción quería evocar cierto sonido del Dúo Salteño, esos estribillos que van hacia los agudos. Raly cantó bien agudo, muy hermoso, y quedé muy contenta porque pudo sonar lo que me imaginaba.
-En “Décimas” te apoyás en Violeta Parra. ¿Cómo nació esa canción?
-Violeta Parra ocupa un lugar muy importante. Es una de las artistas y personas que más admiro, justamente por ser una buscadora. Una mujer que fue y pudo recopilar toda la música de Chile y, desde allí, componer y ser una innovadora. También por esa manera de escribir, simple pero súper-profunda, hablando muchísimo de la naturaleza, de los ciclos. Con esas cosas esenciales. Ese tipo de escritura, como anónima, es la que a mí me interesa. “Décimas” quiere tener ese espíritu. Nació como un juego o un ejercicio: estaba leyendo el libro de Violeta, Decimas, donde cuenta toda su vida en décimas. Me puse a estudiarlo, porque además nuestros payadores improvisan en décimas. A partir de eso hice la letra, que para mí era festiva. Naturalmente, arranqué poniéndole música por el lado de la milonga, ¡pero no daba! Porque la letra era una fiesta, pero la música era muy seria. Entonces recurrí el cuatro, que me parece un instrumento muy lúdico que invita a la celebración, y empecé a jugar con el ritmo del joropo. O sea que “Décimas”, es una mezcla de cosas: una especie de canción, joropo, con la estructura de décima. En definitiva, es una canción. Yo hago canciones, en realidad, pero atravesadas por todo mi bagaje.
-En tu música conviven muchas tradiciones, y no sólo musicales. Aparecen comidas, remedios caseros, etc. ¿De qué manera integrás todo eso para que suene coherente?
-La verdad es que no lo sé. Yo no me pongo a especular. El tema de los condimentos, todo el legado de los abuelos, está muy presente en mí. Es una necesidad mía saber de dónde vengo, ir a buscar ese bagaje de la gente de la tierra que utiliza los remedios caseros o los condimentos. Pero por ejemplo, la cura con el té de manzanilla, en realidad era una metáfora. ¡Yo no sabía que se usaba realmente para curar! Lo compuse y después me enteré que era así. A veces, cuando compongo, aparecen cosas. Como si la composición me las adelantara, como si yo supiera algo que no se que sé.
-Cómo respirar, es un disco vital y celebratorio. ¿De qué cosas?
-Una cosa que fue un descubrimiento y un cambio, fue aprender a componer desde la alegría. Mis momentos de musa siempre tenían que ver con la pena, con la tristeza, con la desolación y la catarsis. Generalmente, cuando aparecía la alegría, se bloqueaba un poco la parte creativa. Es un aspecto que todavía estoy investigando, pero en los últimos años, con estar feliz, apareció la creación. Que no significa estar todo el tiempo bien, porque la vida sigue y te siguen pasando cosas tristes; pero hay algo que está pleno. Que también tiene que ver con un amor, que es profundo y que es fácil. No es profundo y tortuoso. No, es algo que fluye. Es un momento de poder conciliar la artista con la mujer, mi vida privada con mi vida musical. Es fundamental haber encontrado esto: que la alegría también es fértil.

EL COMIENZO
Desde la cuna, la historia de Georgina Hassan estuvo indisolublemente ligada a la música. Y, más precisamente, al canto: “fue algo que me acompañó desde chica, también cuando me sentía sola. Incluso creo que mi gusto por viajar, quizás es por haber visto siempre a mi padre irse de gira”. Para Georgina, era natural dormirse con música en los oídos. Ya fuera sobre una silla y junto al escenario donde cantaban los Opus Cuatro, o en su cama, con las canciones que su madre le improvisaba. En su adolescencia, no tardó en convertirse en una melómana de tiempo completo.

-¿Qué otros influjos fueron faros determinantes?
-Siempre escuché mucha música y muy diferente, de acuerdo a determinadas etapas de mi vida. Cuando era adolescente escuchaba mucha trova cubana. Después hice un viaje a Cuba donde conocí gente de toda Latinoamérica, y ahí empecé a contactarme con otras cosas. La música siempre me llegó primero ligada a la gente. De la mano de los pueblos. Eso es muy folklórico. También la música me hizo conocer lugares antes de ir. Por ejemplo, toda la música del Cuchi Leguizamón me hizo conocer todos los pueblitos de Salta que después, cuando hice un viaje de mochilera, pude reconocer. Eso es algo muy fuerte de la música, poder hacer que la gente viaje, que conozca lugares y tradiciones, tradiciones que están gestándose. Violeta Parra es otra de las que me marcó muchísimo. La música venezolana, por supuesto. Por eso elegí el cuatro. Primero fue estudiar toda la música del país: Simón Díaz y, claro, Cecilia Todd, que pude conocer y es un referente para mí. Después fue componer a partir de todos esos recursos, y mezclar con otras cosas que venía sabiendo desde la guitarra. La verdad es que muchísima gente, muchísimos músicos de todo Latinoamérica y también de otros países.
-¿Cómo arrancaron los viajes?
-Yo tengo sefaradí por un lado y vasco por el otro, así que el primer viaje que hice a España fue para conocer mi historia. Fue en el 2002, después de todo el lío de 2001. Tenía una plata ahorrada y ese sueño de conocer. Estaba rara, como queriendo irme, y no sabía bien cuándo volver. Primero conocí a la tierra de mi abuelo materno, a la familia lejana con la que el vínculo terminó siendo muy cercano. En ese primer viaje me llevé la guitarra y el cuatro, y tocaba en la calle. Hice ese camino y lo curtí. Tenía un amigo que estaba viviendo en Portugal. Nos mandamos unos mails, y me consiguió un lugar donde tocar y el pasaje. Fue alucinante conocer Portugal, porque siempre había tenido ganas. Me parecía un misterio esa especie de país tercermundista dentro de Europa. Me encontré con un lugar con mucho encanto.
-¿Pudiste acercarte a la tradición del fado?
-Sí. Fui al barrio antiguo de Lisboa, a la Alfama, a escuchar la gente del barrio que va y se canta unos fados. Y fue muy fuerte. Después, el siguiente viaje me contrató la Universidad de Navarra para que hiciera un concierto, y aparecieron otros. O sea que el primer viaje fue como para abrir camino, porque todavía no tenía disco solista. Primera Luna fue por mérito de Ariel, mi hermano mayor, que hizo la producción y me dijo “volves a Argentina y grabamos el disco. Basta de moverte, ¡basta de no tener un material tuyo!”.
-Cuando volviste, ¿te sentíste parte de una escena?
-Sí, empecé a encontrar lo que no me había pasado antes. Que también era lo que me hacía sentir rara cuando me fui: me sentía folklorista, pero había cosas que al cantar ya no me resonaban. Había cosas que, por más que me gustaran, yo sentía que quería ir por otro lado. Pero no encontraba muchos pares para ir por ahí. Entonces los viajes me dieron cierta fortaleza. Descubrir partes mías y fortalecer las que acá no había podido sacar a la luz. Y cuando volví si, pude encontrarme con toda la camada de cantautores y de gente que estaba empezando a componer. Fue algo muy importante tener un grupo de pertenencia.
-¿Qué tienen en común todos esos artistas?
-Me parece que tiene que ver con estar dentro del folklore, pero entendido como la música de acá atravesada por todo lo que mamamos los músicos de esta generación. Música no sólo de acá, sino de otros países. Y otro elemento en común es el hecho de componer. La verdad es que, hoy por hoy, no sólo me siento afín con gente que usa instrumentos acústicos, sino también con gente que empieza a incorporar cosas electrónicas, que también me encanta. Porque hay un nexo. No se trata del folklore contestatario, ni paisajista. Está el paisaje y está el hombre, y está ese diálogo: no es una cosa estática. Es algo realmente propio. Y no es un disfraz.

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