NÚMERO 76 - DICIEMBRE 2009

“Contra la corriente”

“Hay buenos escritores que nunca pisaron un barco y navegantes que ignoran todo acerca del arte de narrar. Luego vienen los menos, duchos en ambos rubros. Duizeide integra este último grupo”, escribe Eduardo Belgrano Rawson en la contratapa del libro que acaba de publicar el Grupo Editor Mil Botellas, uno de cuyos cuentos, Estaciones, tenemos el gusto de publicar a continuación junto con el comentario Fernando Alfón.

Artesano de la lengua
Por Fernando Alfón
En uno de los consejos estilísticos que dio a su querida Lou Andreas-Salomé, Nietzsche insistió en que el tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en acercarse a la poesía hasta rozarla. Creo que es esto -tanto o más que lo marinesco- la obsesión de Duizeide, a quién la narrativa poética le permite bucear mejor por las regiones de la angustia, la soledad, la vastedad del mar, verdaderos protagonistas de estas historias que acaban de editarse bajo el título Contra la corriente.

Por lo demás, Duizeide es muy poco nietzscheano: náufragos, trabajadores, libertinas, suicidas, niños, chatarreros: no hay Odiseos ni Jasones en estos cuentos. Leemos un mundo plebeyo en descenso: los barcos están destartalados, u oxidados, o ya no funcionan; las misiones no son de conquista sino de supervivencia; los mitos que aún quedan están abrumados por la realidad. Duizeide, no obstante, sabe de los tesoros que el mar le depara al esteta: el naufragio, la isla perdida, la bestia marina, el Faro del Fin del Mundo, el temporal. Todos estos tesoros -he aquí la generosidad de Duizeide- son explorados en sus cuentos y a menudo desenterrados.

Por el despliegue psicológico de los personajes, la deriva eventual y la ausencia de resolución culminante, algunos de estos cuentos tienden a la novela; otros, en cambio, como un misil submarino lanzados directamente hacia un blanco, siguen el método de composición poesiano, que, en el Río de la Plata, adoptó, al menos en teoría, Horacio Quiroga. “A la deriva”, ahora que menciono a Quiroga, sería un cuento que se entendería muy bien con estos de Contra la corriente, por el tono, el escenario y el patetismo. Si se hace el intento de leer todos estos relatos como una novela -el trasfondo escenográfico común lo habilita-, hallaremos que los barcos son un mismo barco, que los distintos ríos y mares son las mismas aguas, que los narradores es un solo narrador que a veces hace su trabajo desde un escotilla, a veces desde la playa, a veces parece ser otra persona -como estilan hacer los narradores.

Las lenguas, a menudo reacias a vestir siempre las mismas pilchas, ostentan voces especiales para cada ocasión. Así como el español tiene las palabras izquierda y derecha, si estamos embarcados, mirando desde la popa hacia la proa, conviene decir que miramos a babor o a estribor. Duizeide esgrime este léxico marítimo con la soltura con que un burrero habla de cincha, fusta, handicap o yearling. No hay impostura ni afectación, su condición de piloto de ultramar no atenta contra su condición de artesano de la lengua.

Las descripciones de la literatura vinculada al mar suelen ser herederas de aquellas tan precisas que encontramos en el canto alfa de la Ilíada, donde los aqueos gobiernas velas y amarras, manipulan cuerdas y mástil, echan y levan anclas desde una de las célebres naves negras. Duizeide es heredero de estos cuadros; jamás pasa por la playa sin mencionar la figura efímera que graban los pies en la arena. Sus cuentos reciben los influjos que van de Homero a Stevenson, de London a Conti, de Conrad a Belgrano Rawson, y dotan a la Argentina -gestadora incesante de textos campestres y urbanos- de una literatura que no abunda.

La reciente edición de estos cuentos carece de prólogo pero no de epílogo, donde Duizeide, ensayando ahora el género fantástico, imagina la mirada recíproca entre un hombre y una ballena: “¿quién es más monstruo, quién más ajeno en ese rincón del planeta?” Se trata, por último, de una edición al cuidado del sello Mil botellas. En la foto de solapa el autor aparece de espaldas.

Estaciones

Estábamos bajo el sol y lo importante era el sol.
            La rosa en el viento, Sara Gallardo

Una joven, otra no. Una al filo de la silla. La otra en la cama. Una de pelo largo, abundante, oscuro. La otra de pelo blanco recortado a picotazos urgentes de tijera.

            La mujer en la cama le enseñó a cantar algunas canciones a esa mujer que está a su lado y a la vez tan lejos. Un poco, le enseñó, hasta donde la magia se enseña. Canciones de esperar a los hombres que están en el mar, canciones para que sea propicia la pesca y suave el oleaje, para aplacar vientos y marejadas, canciones para despedir y para recibir, canciones para agradecer.

            Hoy han vuelto a encontrarse en esa lengua que creían para siempre enmudecida. Hoy la mujer en la cama ha vuelto a reconocerse en unas cuantas palabras como en un perfume de hogar. Palabras traídas hace tanto desde el otro lado del océano, reliquias que guardaron como se guarda una llama de la sudestada. Palabras para cantar con melancólica ironía, con ímpetu satírico o con una ternura desvergonzada.

Ahora no disimulan su distancia fatal con palabras. No llaman, por ahora, a las palabras, para auxiliar su cercanía invencible y a la vez tan frágil. La más joven toma en su mano, firme, tersa, la mano enflaquecida y áspera de la otra. No deja que la delate la amargura. Y sin embargo no logra engañar a la tristeza.

            Una mano en otra mano y el silencio como una música.
            Un instante.
            Sólo un instante.
            Un instante y se sueltan.

            El lugar es despojado, claro. El aire tiene olor a remedios. Por los ventanales entra una luz descolorida que convierte a la sala en nave de hielo.
La mujer que está en la cama, se dijo, se decía, se dice, fue alguna vez infiel a su hombre mientras su hombre andaba por ese mismo mar que la tormenta, ahora, les acerca. Infiel, se dijo, se decía, se dice, al hombre con el que atravesó noches, pérdidas, madrugadas, alegrías. Si es que algo hubo, fueron caricias y mentiras, nada más. Qué importa con quiénes, si en cada quejido y en cada silencio buscó su nombre, el único. Qué importa con cuántos, si en cada mano buscó la dureza tierna de sus manos. En esas noches sola, cuando no aguantaba el mar ennegrecido batiendo y batiendo adentro de su cabeza, y él tan lejos, en ese mar sin calma. El hombre con el que vivió la vida entera. El hombre al que esperó cada vez en vela. El hombre con el cual cruzó tantas caras y voces y alientos sin que importara lo que dijeron lo que dicen ni lo que dirán.

            Para ese hombre ella cantaba. Sólo para ese hombre.

            Canciones con su voz de luna astillada sobre lo oscuro del agua. Canciones para esperarlo cuando partía a caballo de las olas, canciones para que no se le escaparan los peces y entonces tuvieran pan y luz los hijos que vinieron y se fueron, seducidos por la voz de la distancia, canciones para que el mar de fondo no diese vuelta de campana a su embarcación, canciones para espantar al viento del sudeste, canciones como banderas en la playa que desean buenas singladuras y dicen hasta pronto, canciones como faros para iluminar la vuelta, canciones como besos, siempre canciones porque no sabe o no quiere rezar.

            Para ese hombre que al fin se tragó el mar, ella cantaba. Y desde entonces solamente el mar, ahí, tan cerca. El mar y el tiempo y nada más.

            Las enfermeras ya ni van ni vienen. La mujer sentada ya no sabe lo que quiere. Desde la cama, la otra mujer la compadece con una mirada más profunda que sus mismos ojos afiebrados, náufragos en unas ojeras inmensas. En su memoria hay islotes ciegos. La tormenta arrecia. ¿A qué imagen querida aferrarse hasta lo último? ¿A qué luz?                       La más joven se levanta. A la otra le cuesta girar la cabeza para seguir su movimiento, tan brusco. La más joven se acerca a una ventana. El poniente vuelca un rojo fugaz sobre las ramas desnudas, disfraza de hoguera a las nubes. Sólo deja de caer aguanieve para llover, sólo deja de  llover para nevar. Muy gris. Muy blanco. Muy gris. Ilusión fugaz el rojo fuego, el rojo sangre, el rojo vino. La mujer en la cama tararea hacia adentro, bien adentro. Es un montón de dolor que se acuna bajo las sábanas. Se acuna pero no se quiere dormir.  

¿En qué estás pensando?, le pregunta a la mujer de pie, tan joven, tan lejos, a la mujer que le da cuidadosamente la espalda. Con una voz que no se reconoce, le pregunta.

No me gusta nada que nieve, no me gusta la lluvia, no me gusta el invierno, se atropellan las palabras de la mujer más joven.

            La mujer en la cama querría tranquilizarla. Hace otro esfuerzo y le pregunta: ¿Qué estación te gusta?

Me gusta mucho el verano, le dice ella. Me gusta la primavera, también.
Y quedan de nuevo en silencio. Un tiempo de silencio que no se puede medir. Hasta que endurecida la garganta, a punto de volcarse sus ojos, la más joven se da vuelta y alcanza a decir: Y vos… ¿qué estación preferís?

            Ella se acomoda en la cama una eternidad. Ahora son sus ojos los que brillan. Señales de fuego verde en el planeta pálido de su cara. Hace un esfuerzo más, y su voz empequeñecida se aviva para responder. Se aviva y casi canta: Yo amo todas las estaciones, todas, todas.
            Y oscurece.                                                   
          

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