NÚMERO 76 - DICIEMBRE 2009

El humor de Diego Capusotto
LA CELEBRACIÓN DE LA VIDA

El hombre de largo pelo blanco llegó, habló y se despidió con promesa de vuelta, como lo hacen los grandes artistas. Ante un escenario desbordado, Diego Capusotto y su equipo de producción pisaron la facultad de Bellas Artes, amagaron con irse ante la avalancha humana y finalmente dieron una clase magistral de anti-conferencia. Pero antes, antes de todo eso, La Pulseada sorteó el acoso de los fans, apresuró el paso y al subir una escalera halló la imagen de la fama sui generis: dos hombres en silencio, cabizbajos, perdidos en la tarde de un patio escolar.
Por Juan Manuel Mannarino

“Vení, acompañame, Diego está escondido en otro lugar”. Las palabras de Cristina Terzaghi, de la Secretaría de Cultura de la facultad de Bellas Artes de La Plata, tenían una rara mezcla de asombro y temor. Nadie esperaba tanta gente. Y allí estaban: cientos de cuerpos apretujados contra la pequeña valla de ingreso, y la plaza Rocha invadida por una marea de jóvenes como si, de un momento a otro, alguna estrella de rock convocara a la liturgia del recital. Caminamos tres cuadras hacia un edificio. Llegamos. Diego Capusotto y Pedro Saborido estaban sentados, aburridos, murmurando palabras entre ellos. Nos miraron de reojo, con aire distraído, mientras un par de cholulos se acercaban, le estrechaban la mano y seguían de largo. Tímidos, reservados y de pocas palabras, los que en unos minutos darían una conferencia ante una platea excitada, parecían dos tipos de paso que esperaban el término de la jornada laboral para acomodar las cosas y rajar hacia otro sitio.

Minutos después, en el centro de la escena, marcarían el ritmo y el tono: silencios prolongados, respuestas sin contestar, repreguntas a las preguntas del público y toda una cátedra sobre cómo concebir la comunicación en un espacio público.
Diego Capusotto, aros enormes, campera de cuero y las manos siempre en los bolsillos, lanza, de entrada: “No me gustan las entrevistas. Me siento incómodo, qué se yo. Prefiero la charla de pasillo si te parece”. A un costado Pedro Saborido, gorra de Nike, anteojos redondos con lentes sucios, fuma compulsivamente, se sirve un vaso de gaseosa y se sienta, se para, se sienta, se para… “Prefiero hablar después, en la conferencia”, confiesa. Les cuesta separarse, como si la complicidad fuera una pegatina familiar, y no es tan lejano pensar que el programa brota de esa manera de estar en el mundo, de festejar lo simple, de crear con poco y nada y defender esos modales de entrecasa, ese chiste captado en la juntada de barrio. Una cofradía que desde Delicatessen, Cha Cha Cha y Todo por dos pesos, modificó la narrativa del humor audiovisual, que rechazó hacer un bloque dentro de Showmatch, que tras ganar decenas de premios resistió la tentación de pasar a un canal más grande, que con los personajes del programa radial en la Rock & Pop logró la mejor síntesis sobre la sordidez de los programas matutinos de noticias, que con Pomelo Rock y Bombita Rodríguez alcanzó el estrellato. Por todo eso y mucho más, Peter Capusotto y sus videos ya es una marca narrativa, una cultura propia que se expande hacia el espectáculo de lo cotidiano. Este quinto ciclo que acaba de terminar, en su cuarto año en Canal 7, duró ocho capítulos, trajo nuevos personajes y sketches pero sorprendió por la brevedad. Para Capusotto, no todo lo que dura es garantía de algo mejor. “Las cosas se gastan y nuestro producto es algo para usar cada tanto. Buscamos que sorprenda y por eso decidimos, esta vez, hacerlo tan corto. El programa es una cuestión celebratoria. No lo entendemos en términos de hecho cultural, simplemente nos atraviesa y yo me siento, muchas veces, el anfitrión de una fiesta, como si estuviera en casa”, dice mientras su hija juega por los pasillos y él, orgulloso, la saluda con una leve sonrisa.

Hoy por hoy, como ningún otro, Capusotto es un fenómeno cultural que se mete en cada charla de bar, en los medios, en la reflexión académica y entre la más absurda de las anécdotas. Los personajes de Capusotto tienen la virtud de la omnipresencia: viven con nosotros, los reconocemos como estereotipos, son parte del lenguaje de lo popular. Es el vecino, la mujer de la esquina o el tipo que nos cruzamos alguna vez por la calle. ¿Acaso no hay un Mickey Vainilla que alguna vez nos hayamos topado con ganas de mandar a la mierda? ¿Y qué decir de Pomelo Rock, y esa combinación berreta de pose y militancia rollinga? Peter utiliza una amplia gama de personajes que, salvo algunas excepciones como Beto Quantró o Juan Carlos Pelotudo, rara vez se han repetido en sus programas al punto de agotar. Es una galería inagotable de seres vivos, púberes y viejos, consumados en la sutileza del detalle. Nico Nuca, Emo Morales, Violencia Rivas, Luis Almirante Brown, Nicolino Roche… criaturas que persiguen la fama con poses de cuarta, que sólo quieren una minita antes que aprender un instrumento, perdedores compulsivos que se entregan a su causa, tipos de barrio con delirios de grandeza. Un grito nostálgico de identidades musicales que en su momento parieron rebeldía estética y transformación social y en la actualidad son meros eslabones de un reviente vacío y etiquetan una marca de mercado. Capusotto late en el centro de nuestras certezas, nos incomoda, nos hace cagar de risa con críticas mordaces, nos repite frases como que “el rock es transgresión”, y todo lo que hacemos para llamar la atención del otro, porque, en el fondo, quizás somos parte de toda una cultura del reconocimiento, de la pelotudez de figurar y agigantar nuestra identidad como si fuera la única, la más importante y la más seria. Y lo mejor que podemos hacer es no tomarnos tan dramáticamente y reírnos, en más de una ocasión, para huir de la solemnidad y el dogmatismo descerebrado que habitan en cualquier fanatismo.
Hace tiempo que un producto de ficción, desde la televisión pública, no nos transmitía ese poder de la actuación (en estado puro), esa ironía inteligente, un humor directo, económico y mordaz que prescinde de la demagogia de los brillos y las grandes formas. Es el poder de la sustracción: el dúo Capusotto-Saborido sabe que con menos se puede contar más, y que con la fórmula actuación-guión y un sólido equipo de producción, la pantalla se rinde a sus pies. Ese equipo formado por Tata Arias en la música, Maxi Edgechemann en la edición y Victor Vietri en la producción, que con casi cuatro puntos de rating en Canal 7, derriba muros y se mete como un grito de resistencia en You Tube o en los miles de links de Google. Si bien las últimas temporadas de Peter Capusotto y sus videos cuentan con cada vez menos clips musicales y más sketchs, el boom mediático que es hoy el programa se ramifica con fervor popular en la fragmentación de la red: aquellos que miran por internet, seleccionan el video, eligen el personaje, recomiendan, suben, bajan. El rebote es inconmensurable. Capusotto transmite, llega a jóvenes y adultos, la obra se multiplica por canales virtuales. Toda la maquinaria tecnológica para entender, de fondo, que lo que realmente impacta del programa es su poder de observación sobre nuestra cultura, esa radiografía feroz sobre el arte de las apariencias y los mitos, una vacuna que inyecta una dosis de auténtica risa, que nos vuelve adictos a los gestos, a las dicciones y a los matices de cada personaje para escapar, tan sólo por un instante, del poder de simulacro de la cultura mediática, ese bombardeo tecnológico que estalla lo real en miles de esquirlas para luego clavarse y dejar marcas en la piel de nuestras sensibilidades. Y Diego Capusotto, que habla poco, algo nos charló sobre la artesanía de su magnífico programa.

... para escapar, tan sólo por un instante, del poder de simulacro de la cultura mediática, ese bombardeo tecnológico que estalla lo real en miles de esquirlas para luego clavarse y dejar marcas en la piel de nuestras sensibilidades.

-¿Qué sentís cuando vas a dar una charla y hay tanta gente a la expectativa?
-Básicamente, fastidio

-¿Te molesta?
-Eh, no, por el contrario. Si hay tanta repercusión es porque pasa algo con lo que hacemos, pero hay veces que es un poco excesivo el tema de las notas. Te agota un poco. Porque si hay algo para explicar, lo explica el programa cuando sale al aire. A mí la necesidad de las opiniones, de las preguntas, de la palabra me excede un poquito porque tengo la cabeza en otra cosa. Sobre todo ahora, que el programa no está por salir sino que ya camina con sus propios pasos. Entonces uno necesita dar una especie de explicación para ver formalidades, como ser que van a ser ocho programas y no doce, o si hay algún personaje nuevo. Pero una vez que el programa se instala semana a semana, uno se empieza a alejar de la charla. Por otro lado, que haya tanta movilización también tiene que ver con que el programa produce empatía en mucha gente. Ellos son nuestros verdaderos aliados. Hay un goce entre el espectador y lo que nosotros hacemos. Lo más interesante es que haya gente que se pone a la par del programa y se lo apropia como hecho, una especie de complicidad muy difícil de encontrar en la televisión, que siempre funciona sobre la base de un rígido modelo comercial. El reconocimiento siempre lo tuvimos aunque ahora la dimensión es mayor porque hay nuevas generaciones que ven lo que hacemos y quizás la mirada está menos encriptada que antes. A lo mejor la gente ya se habituó a este lenguaje que nosotros utilizamos y empezaron a asomarse nuevos adeptos.

-¿Se esperaban tanta repercusión o es parte de esa empatía mutua que comentás?
-Nosotros no arrancamos la primera temporada midiendo un público ni esperando éxitos. La repercusión llegó con el tiempo y es algo poco entendible. Es que uno nunca sabe esas cosas, sobre todo porque las personas siempre hacemos una lectura propia y tenemos un sentido de pertenencia distinto de los hechos. Uno simplemente larga la voz y el mensaje; cuando circula, ya no nos pertenece: es compartido. Me parece que hay una empatía que tiene que ver con que la gente se ríe de las mismas cosas que nos reímos nosotros y decodifica lo que decimos. También habrá algunos que se reirán de los personajes, como pasa con los chiquititos, que no hacen una lectura de concepto sino que simplemente se ríen de eso que ven, porque se lo apropian de distinta manera que los adultos. Mejor no saber mucho porque sino seríamos más estrategas y no es algo que para estas tareas sirva demasiado como actitud profesional. El misterio es más saludable, no tener demasiada certeza. Lo único que tratamos de mantener es que el programa guste de la misma manera y se vaya renovando. Después de casi cinco temporadas, creo que compartimos más códigos con el público. Y eso hace que aparezca una cosa medio tribal, porque no dejamos de ser los portavoces de un lenguaje más general, una especie de lazo afectivo que se retroalimenta en un ida y vuelta.

-Pero vos, en lo personal, con tantos años de trabajo en el teatro, ¿nunca imaginabas poder llegar a tanto público con lo que hacías?
-No, la verdad que no. Siempre me impresionó cualquier comunicador o artista que llega profundamente a quienes lo observan o lo escuchan. Alguna vez quise ser un portavoz de algo, pero no lo tenía muy claro. Cuando era chico no pensaba ser actor y cuando era actor tampoco pensé en hacer lo que estamos haciendo hoy, porque lo hacemos todo auto gestionado, con mucho gusto. Y no lo podríamos hacer de otra manera: si algún día ya no nos divertimos, creo que pondríamos cada uno un negocio y la pasaríamos mejor.

-¿Te habías proyectado ese tránsito desde el teatro hacia la tele?
-No. Si bien yo veía programas de televisión que me gustaban y decía “qué bueno sería formar parte de eso”, nunca tuve conciencia artística para llegar a la televisión. Mi formación en el teatro siempre fue ecléctica, y después me largué a hacer lo mío, pero era un humor que en ese momento no pegaba en ningún lado. Y pasó que de pronto una fuerza misteriosa nos unió a todos, que veníamos de otro palo, y nos juntó a hacer cosas en un medio que desconocíamos. Provocamos todo lo que provocamos con (Fabio) Alberti, (Damián) Dreizik, (Alfredo) Casero, porque nos juntó el destino y teníamos algo novedoso para decir dentro de un medio que estaba harto de los formatos y las estructuras tradicionales. Pero nunca fue algo pautado y nadie quiso ser estrella de TV. Fuimos espectadores y de pronto nos metimos por el patio de atrás, pensando más en la intervención desde un tipo de actuación teatral antes que en un producto televisivo.

-¿Cómo es el proceso creativo de Peter Capusotto y sus videos?
-Nos juntamos con Pedro (Saborido), vamos armando historias, aparecen personajes, comentamos cosas que escuchamos y vamos haciendo el guión. Cuando aparece una idea, no está el público; lo pensamos sólo entre nosotros dos. Siempre deformamos algo referencial a la actualidad. Pedro se encarga de escribir, yo de actuar, cada uno tiene su rol claro. Aparece la música con Tato Arias, se prueban canciones, se ensambla el sonido y la imagen. El equipo se compromete con el programa: no es un trabajo donde uno marca una tarjeta y cumple un horario; está más ligado a algo que se comparte y nos apasiona.

-Alguna vez dijiste que uno se ríe de la tragedia que significa vivir. ¿Qué es para vos el humor?
-Es un lenguaje que lo siento como liberador, como transformador de la realidad que uno conoce y una especie de afrenta también a ciertas voces estafadoras que están sueltas en nuestra cultura. Somos conscientes de la dimensión política de nuestro humor. Es un poco de todo: una necesidad, una celebración de la vida, y también una cuestión de enfrentar lo que nos duele. Uno siempre de alguna manera se ríe de la tragedia. Es así. El humor es un lenguaje que inventa mundos que nos resultan más agradables. Nosotros lo que defendemos es la posibilidad de hacer un programa contando chistes y hablando sólo sobre lo que tenemos ganas de hablar, cosas que escuchamos, que nos pasaron, que compartimos. Y el rock, el peronismo, son grandes referencias que logran síntesis en nuestra vivencia de lo cotidiano, en esto de ser y pertenecer a una cultura tan impresionante como es la nuestra, la argentina.

-Ustedes, con los personajes, exaltan la parodia de la identidad, del sentido de pertenencia o el mundo de los fanatismos. ¿Por qué les interesa eso?
-No sé, creo que nos interesa qué cosas se pueden llegar a hacer cuando se toma tan en serio una postura o una cultura, como puede ser el rock. Pedro y yo somos parte de eso, somos rockeros desde hace rato, por eso te decía que nosotros nos involucramos en carne propia con lo que también criticamos desde el humor. Ese pasarse de rosca con el sentido de lo fanático, todo lo que eso puede implicar… Tenemos experiencias históricas que nos sirven para pensar todo esto de las luchas y los gritos sociales. Los personajes son la excusa para revisar esos mundos, ligar el pasado con el presente todo el tiempo, revisar las heridas, los excesos, las herencias.

-Ahora que tienen un público que los sigue, que los apoya, ¿aparece otra responsabilidad a la hora del trabajo?
-Es algo que nos gusta como desafío. Es lo que te decía cuando hablamos sobre la repercusión. Pero nunca pensamos en términos de medir reconocimientos porque son procesos de evolución que se generan y no hay que apurarlos. Uno agradece haber estado en programas como Cha Cha Cha, Delicatessen, Todo por dos Pesos. Yo siento alegría por haber formado parte de eso en un medio donde la mayor parte de las cosas que se ven no son dignas de admiración. El reconocimiento llega y te toma por sorpresa. Es mejor pensarlo de esa manera. Es evidente que, estando dentro de un medio masivo como la televisión, las cosas empiezan a circular y a ser apropiadas. Entonces todo se dimensiona más, pero el trabajo sigue siendo el mismo. Es un recorrido normal que tiene que suceder cuando algo es medianamente intenso. Así lo sentimos nosotros, por lo menos.

OTRAS POSICIONES PARA HACER EL HUMOR
Por Carlos Gassmann
A los 25 años, ya desengañado con la posibilidad de jugar en la primera de Racing o de ser el batero de un grupo de rock, comenzó a estudiar actuación. Mientras tanto había sobrevivido “haciendo de todo”: operario de una fábrica de corpiños, vendedor de repuestos, empleado en el local de fotoduplicaciones del padre. Con un amigo empezaron a presentarse en fiestas privadas y montaron en un tugurio de San Telmo un espectáculo que a la distancia juzga como “espantoso”. Hasta que una función en el Parakultural como integrante del dúo Queterrecontra le cambió la suerte para siempre. Esa noche Diego Capusotto conoció a Alfredo Casero y Fabio Alberti. El gordo fue el encargado de llevarlos a la televisión, como parte del elenco de ciclos como “De la cabeza” y “Cha Cha Cha”, que inauguraron una manera nueva de hacer humor. En 1999, con Alberti pero ya sin Casero, lograron convertir a “Todo X $ 2” en un programa de culto, que se llevó más de un Martín Fierro. A partir de 2006 volvió a Canal 7 con “Peter Capusotto y sus videos”. Lo de “Peter” es, claro, un reconocimiento al guionista Pedro Saborido. Ex libretista de Tato Bores, ganador él mismo de un Martín Fierro por el humor político que a comienzos de los ’90 desplegó en la radio junto a Omar Quiroga, Saborido no es solamente el otro padre de criaturas como Micky Vainilla y Latino Solanas: se encarga también de la locución y de imitar voces como las del mismísimo General Perón. Ya van cuatro temporadas de este espacio que, además de rescatar del olvido clips de viejas bandas de los ’70, toma al mundo del rock como plataforma para una sátira delirante en la que se han ido haciendo presentes otros variados aspectos de la vida nacional. Así, Capusotto mediante, cobraron vida, entre otros, Luis Almirante Brown (“Artaud para millones”), “Bombita Rodríguez” (“el Palito Ortega Montonero”) o Pomelo (“un auténtico ídolo del rock”). Además, desde marzo de este año, Diego y Pedro presentan los sábados y domingos por la Rock & Pop el programa radial “Lucy en el cielo con Capusottos”. Entre los nuevos hallazgos difundidos ahora por frecuencia modulada se encuentra “¡¿Hasta cuándo?!”, una incisiva parodia de ciertos programas radiofónicos matutinos. Allí un conductor siempre al borde de la histeria alienta la paranoia de la audiencia anunciando sin parar y a un ritmo frenético una catarata de asaltos, violaciones, accidentes, subas de la inflación, aumentos del desempleo, manifestaciones y cortes de calles. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia. Como alguna vez le dijo el propio Capusotto a nuestros colegas de Sudestada: “Uno se ríe por la tragedia misma que significa vivir”.

 

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