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NÚMERO
74 - OCTUBRE 2009
La piedra macerada
Un reciente libro de Guillermo David, El indio deseado, cuenta la historia de un clan, los Curá, que va de las tolderías a la ciudad y de ahí a Roma. Esta reseña encuentra una madeja de preguntas en ese relato sobre dominación, expropiación y extermino de los indígenas del sur.
Por Fernando Alfón
Los ensayos emanados de los claustros suelen tener la vocación de derribar mitos, eludir las metáforas y rendir un santo tributo a la iluminación. No es el caso de El indio deseado, que surge de una experiencia más vital, esgrime una prosa nada insulsa y abraza el mito para rearticularlo en otro sentido, porque -lo sabe bien David- fuera de él se desvanecen todas las fuerzas. El autor trama y desarma el sentido común al modo en que lo hacía Antonio Gramsci, para oír el curso de la historia en el rumor plebeyo. En su ensayo, la indianidad es una tarea, nunca una madeja a desenredar ni una pregunta que tiene su consabida respuesta, ensobrada en lujo en la página final.
La tesis de El indio deseado se insinúa ya en el subtítulo: “de dios pampa a santito gay”; es decir, la beatificación de Ceferino se trata de un eslabón más en la extensa cadena de dominación, expropiación y extermino de los indígenas del sur. Aquello de deseado es la forma de aludir a algo sugiriendo su sentido contrario: se deseó del indio su voluntad, su fuerza y su tierra rendidas a los pies del blanco. También se deseó el cuerpo puntual de Ceferino y esto abre la cuestión de la gaycidad ceferiniana, que agrega a la tesis un patetismo inusual en este tipo de faenas; no descansa allí, sin embargo, la fuerza denunciadora de la obra. Denominar gay a quien se considera un santo no es sino un petardo sacrílego arrojado a la sotana del mundo occidental y cristiano; a los mapuches no les hace mella, las tendencias femeninas de Ceferino (lo asevera David) lo hubieran iniciado, de seguir con los suyos, en la senda del chamanismo, promisoria carrera reservada a los homosexuales.
El libro es un ensamble de tres capítulos: Calfucurá, Namuncurá, y Ceferino; abuelo, padre e hijo; soberanía y fuerza, expropiación y rendición, sumisión y conversión: una misma piedra hecha añicos; la historia de un clan, los Curá, que va de las tolderías a la ciudad, de la ciudad a Roma. La derrota final -sugiere David- comienza en la batalla de San Carlos, en 1872, al adoptar Calfucurá la estrategia militar del ejército de línea: “Veremos a lo largo de esta saga que, como lo estipulara von Clausewitz, el punto preciso que define la victoria se encuentra allí, en la imposición de la cosmovisión propia al enemigo, más que en su aniquilamiento”, se afirma en página 62.
De Calfucurá no se tiene ningún retrato: no los permitía; de Namuncurá algunos pocos: no los pudo evitar; de Ceferino una infinidad: es un retrato por antonomasia. David tomó algunos de éstos y los adosó a su libro con el fin de evidenciar las mutaciones iconográficas, que van del indio oscuro y tristón, al santo blanqueado, estilizado y alegre.
¿Quiénes son los indios? Esta pregunta, que David evita formular directamente, es el nervio que cohesiona cada página. Una de ellas, por ejemplo, se pregunta si el reclamo de identidad nacional mapuche concebido como atributo esencial no resulta pertinente más que a fines de fundamentar políticas contemporáneas de exclusión. Es decir, un reclamo que termina por construir al otro como un otro absoluto, un otro que nunca será nosotros, un otro potencialmente hostil.
El tránsito que va de las gestas calfucuranas a la tuberculosis de Ceferino es también el periplo del ensayo, que va de la narración épica a la denuncia de mimeógrafo; David comienza narrando montado en el mismo caballo del Lonco y termina leyendo los diarios, en pantuflas e indignado, junto a Horacio Verbitsky. ¿Es el declive inevitable de todo trabajo sobre los indios: ir de la soberanía étnica a la sumisión sagrada? Quizá lo sea en toda revisión que busque hacer del calvario de los Curá algo más que una hagiografía prelaticia, algo que pretenda un itinerario de alternativas que restituya un estado de justicia.
Si los ensayos de este tenor valen por aquello que sugieren y, aun más, por las preguntas que son capaces de inspirar, el de David es un libro millonario: ¿Cómo debemos llamar a los indios: indios, aborígenes, pueblos originarios? ¿Debemos hacerlo en mapudungun? ¿Cometemos un nuevo abuso al decir lengua mapuche? ¿Puede ser la historia mapuche contada por los blancos? ¿No es la visión mapuche de la liberación la culminación del dominio occidental sobre el indio, así como el autocomplaciente rebautizo de pueblos originarios la visión perpetuada del buen salvaje?
Decíamos que es un libro millonario por las preguntas que vigoriza; continuamos, entonces, contando los millones: ¿Qué es una nación? ¿Existe una nación mapuche? ¿Dónde está? ¿Es la tierra que habitan ahora? ¿Es la tierra que habitaron los antiguos loncos? ¿Es una nación dentro de otra nación? ¿Es justo que los mapuches se separen del estado argentino? ¿Cuándo comienza la Argentina? ¿Debemos concebir a los indios como nuestros primeros desaparecidos?
Lo editó Las cuarenta; forma parte de una colección: Pampa Aru. Tiene 160 páginas, finamente encuadernadas. No trae foto de autor.
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