 |
NÚMERO
73 - AGOSTO 2009
Adiós Coco, hola Coquito
Mientras el Coco San Esteban defiende sus últimos años de jugador en Villa San Carlos, en 60 y 118 aparece un “Coquito” con ganas de adueñarse de los aplausos y los delirios de hinchas que se frotan las manos esperando que surja el genio, el nuevo ídolo tripero. El “Colo” López, que lo vio nacer a fuerza de penales y de jueguitos, alimenta esa ilusión para La Pulseada.
Por Gabriel “Colo” López
El Coco, santo de la defensa, enrolló las vendas por última vez y trató de esconder el llanto en la barba que se había permitido crecer. No había podido despedirse jugando, pero desde el banco presenció el milagro del 3 a 0 a Atlético de Rafaela, el 9 de julio.
Al terminar la tarde patriótica y tripera, me encontré caminando sin poder elegir el camino, y sobre el costado de la techada un rayo de sol me detuvo para cobijarme y contemplar a aquel hincha, uno de esos cristos panzones que tiene la 22, extenuado después del exultante grito. Cada uno tendrá su anécdota de aquel día. Yo me acerqué al muchacho a quien reconocí como un amigo del fútbol al que el tiempo y el Estadio Único nos separaron. Recuerdo dándole una frase al oído, que brotó misteriosamente porque ni la pensé: "Existe Dios, Cartucho". Mientras, Madelón se perdía por el túnel llevando sus manos a la cien, señalando tal vez que la mentalidad y la fe habían sido las aliadas. Pero en el alma se grabó la respuesta del Cartucho: "Qué no va a existir...", devolvió como quien supera una larga bronca.
Un mes más tarde, a su hermanito le avisaban que Madelón lo había elegido para la pretemporada en Mar del Plata: iba a ser uno de los pibes para foguear en el plantel superior.
En los diarios y las radios hablan ahora de Coquito, un habilidoso con futuro, un joven de familia humilde. Su historia motivó a La Pulseada a buscar para adentro una verdad, la que dice que los hombres con espíritu alegre y constancia tienen en sus manos (y en sus pies) el poder para el crecimiento verdadero.
Hace nueve años, con la delicadeza de quien no quiere molestar a un gorrión, lo entrevisté en su canchita de la infancia. El fotógrafo disfrutó al punto que olvidó que en su mano tenía la cámara. Esa cámara que nos regala hoy este recuerdo.
Coquito, estaba en una carpeta de River, pero a él no le importaba más que la estrella que ilustraba una remera de La Renga. Camiseta blanca y vivos verdes, con la propaganda de Darío Deportes. Zapatillas blancas con suela astronáutica, no apta para fútbol, pero hay pibes que juegan hasta sin pelota. Se van a dormir y siguen jugando.
Era octubre del 2000, el mes diez, y hacía pocos días el pibe había cumplido los diez.
“Me está regalando la magia a mí primero que a nadie”, pensé de movida. “Cuando estabas en la panza de tu mamá se jugaba el Mundial de Italia”, caí en reflexión. No hablábamos más que con el alma, la del pibe que se expresa con lo que más quiere y el alma del periodista que busca lo distinto para publicar en el diario.
Le regalo la foto, quiero compartir mi emoción. Presté atención a las medias, con el escudo de Gimnasia, de la marca New Balance, cuando jugaba Cufré. Hoy él está entrenando con Chirola, Messera, el Gato Sessa, Teté y hasta estuvo con el mismo Cufré, antes de que se fuera de nuevo.
Coco San Esteban más de una vez me hizo oficio mudo para responderme al pedido de una nota: sólo con la mirada me decía que no, y después me entero que la cábala era no hablar con nadie antes de jugar. Coquito Roldán también me respondía a su manera, con un cariño de ojos. Durante el verano de 2004, todos los sábados se subía a una camioneta del diario Hoy que pasaba por su barrio y se venía conmigo a las canchitas infantiles donde sacaba su genio en un torneo de penales y concursando en récord de jueguitos.
Petiso, con más cabeza que panza, morrudo, así como el Coco es Coquito, que se venía a divertir con un amiguito pincha, Lauti, presentaban el DNI y no paraba hasta la final. De siete torneos creo que ganó seis, por no decir todos. En su propia cuna, la Estación Elizalde, en Saladero de Berisso, en Corazones de El Retiro, en El Dique, en Tolosa, en Los Hornos, fue a todos lados con ese intento del Hoy. Pero el sábado que había que ir a Villa Elisa, desapareció Coquito. Tampoco fue su hermano, Cartucho, y papá Miguel no asomó la ñata. Había un por qué: ese sábado debutaba Gimnasia contra Chacarita (le metió 5 en un festival de Lucas Lobos) y los Roldán se fueron temprano para la popular de 60 y 118.
Disculpen si la estiro mucho, pero insisto que después de Coco vendrá Coquito. Sí, aunque uno sea defensor y éste un enganche ofensivo. Sí, ya sé, usted también podrá decirme que uno está demasiado contento con la noticia de que lo subieron a la Primera, que San Esteban llegó a 435 partidos y Roldán no registra más que algunos minutos en Reserva.
Pero aquí está dado el traspaso generacional: el adiós y el hola a jugadores que sienten la camiseta… Había que verlos en las últimas prácticas cuando el Coco, el veterano, marcaba con mucho respeto al chiquitín que bajaba de pechito pelotas como palomas.
Y en esencia, son hijos de Gimnasia, porque vienen del suburbio que es donde nació la pasión por Gimnasia. Coco de las calles de El Carmen, donde aún vive a los 37 años y cría a sus hijos, mientras se va retirando con la camiseta de Villa San Carlos. Coquito en ese lugar donde el mundo parece terminar, en Altos de San Lorenzo, a pocas cuadras del "Puente de Fierro", donde el chatarrerío y la injusticia engendran rebeldía.
Lo vi ayer y ahora es presente. Lo vi en el potrero más desparejo, en el metegol de 29 y 87 bis, y también tragando la tristeza sin palabras de quien no puede seguir entrenando, porque se hace difícil...
Es el hijo del vendedor de flores, que todas las madrugadas se levanta con Dios, ese señor sencillo y bueno que en agosto tomó el diario, en la tapa vio a Pepe Vizcarra y del otro lado a su pequeño. Miguel, el papá que le habla de cuando veía al Lobo del ’62 y los trenes iban colmados de pueblo… A ese don en un instante le pasaron todas, desde el nacimiento de Coquito, repasando con la vista aquel estante de trofeos que ganó en Fletes, Chacarita Platense, DAGA, Instituto y Gimnasista hornero.
No hace mucho, en el 2006, Coquito se puso la última camiseta de barrio. Azul y blanca, de Comunidad Rural, cuando parecía que se había terminado el sueño de ser un Lobos, un Guillermo o un Beto Marcico. Pero el sueño vuelve, porque siempre vuelve en esos cuerpos donde habita el alma de "jugador", y si está en el alma, está en todas las cosas. El talento transmite afuera lo que llevan adentro: improvisación, diablura, alegría, freno y desenfreno.
Al Coco San Esteban lo pude entrevistar de una buena vez en 1999 cuando Bielsa lo citó para la Selección. Había sido el único jugador de Gimnasia después de un largo tiempo sin convocatorias. Al Coquito Roldán, más o menos en ese tiempo, lo nombraban como el mejor de todos los pibes que pateaban en LIFIPA. Sí, coincidencias, pero que alimentan el deseo de triunfar en los de abajo.
Me contó un pajarito que en la pretemporada Leo Madelón lo vio con esa chuequera loca que identifican a los jovencitos de los barrios, y muy firme el Leo lo puso de nuevo en Primera con el recio "¡camine como un hombre!". Igual, ya sabe que Roldán camina al revés, es decir, no a la velocidad del mundo sino con el paso de baile que tienen los grandes.
Los reyes del sentimiento
Esperamos que el potrero pueda mostrarnos a un nuevo ejemplar ya refinado como profesional. Se necesita urgente de ellos, para devolverle el sentido a este juego, donde se habla más de porcentajes que de lealtad a la camiseta. Ya estamos saturados de súper profesionales que son infelices.
A la gente que se le pregunta cuándo fue la última vez que lloró de alegría, responde habitualmente que fue en un estadio. El de Independiente dice que fue con Bochini; el de Boca por suerte vive con Riquelme; el de River mezcla la foto de Enzo con Aimar y Saviola; el de Huracán te habla del loco Housemann. En Rosario, el de Newell's tiene al zurdo Sanabria y al flaquito Damián Manso, y el de Central vuela hasta el Negro Palma. ¿Y el de Gimnasia?... El de la voz fuerte y la estadística a menudo ingrata, sigue cantando, y mientras asegura con fe devota que las buenas ya van a venir, siempre ve llegar al Bosque a un encantador pelusita que ocupe el trono centenario que todavía busca al rey.
volver
* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido,
citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
a La Pulseada.
BAJAR
LA NOTA(75kb)
|