NÚMERO 73 - AGOSTO 2009

El cine y Salvador Allende
Imágenes de un sueño postergado
Se cumplen 36 años del golpe militar encabezado por Augusto Pinochet y una larga lista de documentales y películas persiste en la tarea de descubrir la figura del ex presidente socialista Salvador Allende, que sólo gobernó tres años en Chile. Desde la década del 70 hasta hoy, el cine abre preguntas, rinde homenajes y toma partido en lo que fue, es y será una de las experiencias más apasionantes y trágicas de la historia latinoamericana: el gobierno de la Unidad Popular.
Por Juan Manuel Mannarino

“Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. (…) Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”.
(Salvador Allende. Discurso final en pleno bombardeo al Palacio de La Moneda. 11-IX-73)

El factor Allende
Estamos en la década del 70. La llama del Mayo Francés, ocurrido en 1968, y el uso de la violencia como vía para la toma del poder, iluminan las luchas estudiantiles, obreras y de toda la izquierda. Latinoamérica es un volcán en erupción: es el momento y el lugar para que cualquier sueño revolucionario se convierta en realidad. Es la era de las transformaciones políticas. El sistema capitalista colapsa. Entonces llega el llamado desde Chile.

Mientras se debilitaba en varios países el movimiento guerrillero rural (cuyo golpe más duro había sido la caída del Che en Bolivia) y se producía un auge de las experiencias guerrilleras urbanas en Uruguay y Argentina, el 11 de septiembre de 1970 tiene lugar un hecho histórico, sin precedentes: el triunfo electoral de Salvador Allende marcó la primera vez en la historia del mundo occidental en que un candidato marxista llegaba a la presidencia a través de las urnas.

Si bien su gobierno, la Unidad Popular, una coalición de partidos de izquierda, debió ceder ministerios y poder legislativo hacia los partidos tradicionales de la segura democracia chilena, en particular la Democracia Cristiana, en pocos meses Allende tomó medidas radicales, como la ley de Reforma Agraria, la nacionalización del cobre y el acero y la expropiación de industrias transnacionales. Y aquí aparece el cine. El documental Compañero Presidente (dirigido por Miguel Littín, 1971) ya exhibe las dificultades que la marcha firme del allendismo encontraría en el camino. Es un material fílmico de sumo interés para el mundo de la política: allí la figura enorme del sociólogo francés Regis Debray, en tiempos en los que los intelectuales tenían poder, entrevista a Salvador Allende a sólo tres meses del triunfo electoral. Debray, que como buen marxista ortodoxo teme que Allende se perpetué en el “reformismo”, aclara que “sería una gran novedad que un socialista estando en el poder, se quede socialista y haga socialismo”. Y entonces Allende afirma la lucha antiimperialista desde una etapa revolucionaria que, sin medias tintas, construyera la “vía hacia el socialismo” desde la democracia.

¿El proletariado en el poder? Sí -dice Salvador-, hay que transformar la sociedad y destruir el aparto burgués. La cámara se congela y el gesto se contrae. Allende sabe. Y no calla. Como si tuviera un oráculo que le predijera el destino, olfatea un golpe. ¿Qué imaginarían ustedes? No seamos tontos, dice Allende.

Los enfrentamientos estaban todos los días: la sucesión de reacciones se hacían oír desde antes de la asunción presidencial. Los grupos rurales defendían sus privilegios (¿suena muy argentino?), la burguesía y la tradicional clase media captaban el mensaje anticomunista proclamado desde Estados Unidos y así una cadena hasta llegar al grito militar, hasta que la más primaria de las violencias lo arrancaría de cuajo, tal como se hace con la mala hierba. Allende, a tres meses de tomar el gobierno, sabía. Era el guión de la previsibilidad de una campaña del terror iniciada en las corridas bancarias, el abandono de empresas y la fuga de capitales.
Si hubiera que mencionar una posible historia del cine político en Latinoamérica, la Santa Trinidad estaría compuesta por Perón y el peronismo, Fidel Castro y la revolución cubana y Salvador Allende y el gobierno de la Unidad Popular. La diferencia, en tal caso, es curiosa: mientras que Allende sólo gobernó tres años, desde 1970 a 1973, Castro y Perón llevaron experiencias de largo aliento que pasaron por las etapas, los desarrollos y los vaivenes históricos que la Unidad Popular no pudo conseguir.

Sin embargo, el gran caudal fílmico disponible acerca de Salvador Allende y la Unidad Popular sugiere que lo breve puede ser tan intenso y conmovedor como lecciones de vida deja un proceso de mediana o extensa duración. El gobierno de Allende fue una de esas novelas cortas, pura acción-sin aliento, que como película de ficción es muy real, y que como documental sobre la realidad parece demasiada ficción. Con un plus especial. Aquí, siempre, el cine toma partido: se puede ver cada documental sobre Allende como un rechazo hacia la irracionalidad del golpe militar y al mismo tiempo como el rescate de un período socialista con grandes transformaciones sociales y políticas. La sensación es pura nostalgia y huele a resignación. Pero no hay ningún documental o ficción que apoye, abierta o veladamente, la caída de Allende. Se sabe que Augusto Pinochet prolongó su dictadura desde 1973 hasta 1989 con el respaldo, aún vigente en gran medida, de un importante sector de la sociedad chilena. ¿Por qué, entonces, nadie filma su defensa?

Calles convulsionadas, el oasis del socialismo y los dinosaurios vivos
En Chile, la memoria obstinada (Patricio Guzmán, 1997), aparece la querella sobre el post-pinochetismo: las nuevas generaciones, entrevistadas, se dividen entre la ignorancia histórica, confusos recuerdos de Allende y una masiva defensa del pinochetismo de los jóvenes que crecieron durante esa etapa y que apenas manejan información sobre cómo ocurrieron los hechos. Guzmán, quien trabajó como documentalista para el gobierno de Allende, recorre escenarios como el Estado Nacional de Chile (museo del horror pinochetista), escuelas, el Palacio de La Moneda y personajes anteriormente retratados en su obra magna La Batalla de Chile para dejar un mensaje claro: Allende vive entre los escombros, está en los túneles de la memoria, aunque haya que rascar mucho sobre una superficie civil que prefiere mirar para el costado con tal de conservar intacta esa imagen del Chile puro, hecho y derecho: la “Suiza” latinoamericana dueña del éxito económico.

La Batalla de Chile (1975-1979), que hasta 1990 no se pudo ver en Chile, es un testimonio ineludible sobre el proceso revolucionario allendista: el documental toma como punto de partida la consulta electoral realizada en marzo de 1973 en la cual la Unidad Popular obtuvo, ante el asombro y la desolación de la oposición, el respaldo de casi el 44% de la población. A partir de allí, un relato vibrante da cuenta de una correlación de fuerzas que se disputan cuerpo a cuerpo en las calles. Lo que se transmite es cómo la derecha se movilizó, salió a las calles con sus brigadas de adolescentes y jóvenes, traspiró la camiseta, peleó cara a cara contra las movilizaciones socialistas y recién recurrió al paro patronal y el desabastecimiento como métodos de desgaste y agotamiento cuando no quedaba otra ofensiva que el golpe militar.

Junto a La Batalla de Chile, podría verse Acta General de Chile (1986) verdadera aventura de un Miguel Littín que, clandestino y extrañado, filma con la voz de la derrota sobre un Chile en penumbras. Es un documento plagado de testimonios, entrevistas y en los que emerge un fenómeno muy chileno: los que apoyan a Augusto Pinochet miran a cámara, saludan a sus amigos y ponen nombre y apellido en la defensa del golpe. Todo documental que hable sobre Allende o Pinochet exhibe una galería de rostros que desmiente el anonimato característico de cualquier militar y cualquier civil a la hora de hablar de dictaduras latinoamericanas. Los pinochetistas, desde un transeúnte hasta un carabinero, expresan: “nosotros queríamos que se fuera Allende”, “Allende representaba el comunismo” y lo afirman sin eufemismos, con la contundencia de un lenguaje feroz y cristalino.
Como contrapartida, el cine retrata a Salvador Allende, su llegada al poder y el proceso social de la Unidad Popular como los fragmentos de una auténtica revolución popular. El propio gobierno de la Unidad Popular producía un gran volumen documental sobre sus actos, como El Sueldo de Chile (sobre la nacionalización del cobre, de Fernando Balmaceda, 1971). A los documentales anteriormente mencionados, vale agregar Allende, de Valparaíso al mundo (Luis Vera, 2008), Septiembre, Pueblo y Memoria (Pepe Burgos, 2007) y la excelente biografía Salvador Allende (Patricio Guzmán, 2004). Detrás de la figura, su historia: el largo periplo de constancia militante, la política como estudiante de Medicina hasta ser fundador del Partido Socialista en Valparaíso, su posterior encarcelamiento, la presencia como diputado y senador, sus fracasos electorales como candidato a presidente.

En cada imagen aparece Don Salvador, hombre sencillo, con sus anteojos enormes y el bigote firme, esa cara de abuelo tierno agitando poder popular y lucha antiimperialista. Es la figura del político serio, coherente y jugado por sus ideas. Un tipo que, como pocos en la historia, hizo de la obstinación ideológica y la dignidad civil dos valores supremos de la ética presidencial. El cine dice eso: Allende era de izquierda, un socialista con todas las letras, de discursos tan breves como contundentes, un hombre que, aún visionario de su propio auge y caída, no dudó en cumplir todas las promesas electorales y sacudió de pies a cabeza los cimentos más firmes de la burguesía chilena made in Madre Norteamérica. El esfuerzo, aunque pagado con sangre, es un noble llamado a la resistencia de los pueblos y, sobre todo, a las agallas de una izquierda hoy en vías de extinción.

Crónicas de traiciones, complot y sangre
Sin dudas, la mirada cinematográfica sobre Allende se concentra en el fin de la experiencia socialista: en el destino trágico de su mandato. Hay documentales enteros que narran, bajo fascinación dramática, el minuto a minuto del bombardeo a La Moneda, es decir, los momentos previos al suicidio del ex presidente socialista. A la luz de esta mirada, el gobierno de Allende fue un aullido socialista de una criatura en gestación que antes de emprender vuelo le cortaron las alas. En la narración del brusco final, el cine llega hasta el suicidio de Allende para darnos una lección histórica y ética: la democracia socialista fue una ilusión que ya sin fuerzas se precipitó ante la tenacidad de la Bestia Militar. Sin apoyo internacional y siendo una excepción dentro del contexto latinoamericano, el calvario de Allende no fue ganar y tomar el poder sino sostenerse en él.

El documental que se adelantó a todos es Más fuerte que el fuego (Walter Heynowski y Gerhard Scheumann, 1978): es uno de esos films en los que el dispositivo visual, dramático y narrativo está a la vista. Aquí se reconstruye las últimas horas de Allende en La Moneda, casi en su última pose: con el pijama debajo del saco, el casco en la cabeza y la metralleta que luego sería el arma suicida. Es una imagen cruda: socialista, triste y final. Hay un detalle que hace poner la piel de gallina. Es el discurso público de Allende, después de El Tanquetazo, efectuado en junio de 1973 y que funcionó como ensayo previo del golpe verdadero de septiembre. Allende elogia la capacidad de las Fuerzas Armadas y destaca a Augusto Pinochet, por entonces general de confianza, en la defensa de la democracia. El Tanquetazo produjo lo insólito: un camarógrafo argentino que estaba grabando la represión en las calles, Leonardo Henrichsen, filmó su propia muerte al ser impactado por la bala de un militar (ver La Pulseada 6). Dos recientes documentales reflejan su historia, Aunque me cueste la vida (Silvia Maturana y Pablo Espejo, 2008) e Imagen Final (Andrés Habegger, 2009) en un rescate que busca reabrir la causa e ir en busca de los asesinos después de más de treinta años, siendo el crimen más probado en la historia de los crímenes.

En Disparen sobre Santiago: la CIA en la caída de Allende (Román Lejman y Evangelina Díaz, 2003) y Allende, La caída de un presidente (Pablo García, 2003) se desnuda la trama golpista, que se inició mucho antes de que Allende asumiera la presidencia. A través de documentos secretos desclasificados por el Congreso, la CIA, por intermedio de Henry Kissinger, por entonces secretario de Estado de los EE.UU., intervino para financiar planes en la estrategia del golpe. A saber: el secuestro y fusilamiento del jefe del ejército René Schneider, mano derecha de la democracia allendista, la operación en el Congreso para coartar la llegada de Allende al poder, los planes para lograr el consenso empresarial y el rol de la multinacional ITT (International Telephone and Telegraph). Todo bajo un mismo lenguaje: el temor de que Chile, desde el patio de atrás de América se convierta en una nueva Cuba. En Machuca (Andrés Wood, 2004), esa tensión social se vive en los pasillos de la escuela, entre dos niños enfrentados por la diferencia de clase de sus familias.

Un hilo de traiciones, conspiraciones y derramamiento de sangre. La caída de Allende fue minuciosa y la conspiración tenía cara, nombre y apellido. Pinochet, la encarnación más viva y brutal de Maquiavelo, y el tejido del golpe habitado por un cruce de inteligencia y de logística. Los militares no eran ningunos brutos. Después de “El Tanquetazo”, acorralado, Allende planeó convocar a un plebiscito con la intención de renunciar si el resultado no le era favorable. Algunos partidos que formaban parte de la Unidad Popular no estaban de acuerdo y la oposición aprovechó estas fisuras para ganar tiempo. A los pocos meses sucede el bombardeo.

El registro sonoro y visual es inaudito: no debe existir otro golpe militar en la historia de latinoamericana tan dramático en su concepción como en el relato mediático. Todo eso está en El último combate de Salvador Allende (Patricio Henríquez, 1998). El uso de los autoparlantes para desalojar La Moneda. La voz metálica y siniestra de Pinochet. La precisión milimétrica de segundos y minutos que los militares golpistas tomaron de los generales nazis. El bombardeo a los medios de comunicación (Radio Portales, Radio Corporación y Radio Magallanes). Y allí, entre la sangre derramada, el discurso de Allende: la tranquilidad de Salvador, consciente de su inminente caída y uno se pregunta por qué cayó tan solo, dónde estaba el apoyo popular para defenderlo y la polémica se abre sobre su herencia. El discurso es pura poesía, para escuchar y atesorar en las altas cumbres de la lucidez y la dignidad democrática, hoy que los golpes militares cambiaron el traje y la melodía suena a soja, mercado y capital transnacional.

 

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