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NÚMERO
72 - AGOSTO 2009
Cacerolas, besos y abrazos
EMILIA
Ella, que no tuvo infancia, lucha para que los chicos la tengan. Ella, que les cocinó a cientos de pibes en la Casita de los Niños, marchó por el país denunciando, justamente, que el hambre es un crimen. Con 70 años, Emilia Picagua, la Abuela, la Viejita, decidió dejar la cocina para descansar con sus 20 nietos y 8 bisnietos. Entre enormes abrazos y bien condimentados besos, chacareras, vinos y pizzetas, recordó que “no sólo alcanza con un plato de comida. El chico necesita el abrazo, el cariño, decirle ‘te quiero mucho, mi vida, portate bien, comé toda la comida’”.
Textos: Javier Sahade
Entrevistas: Javier Sahade y Josefina López Mac Kenzie
La Casita de Los Niños está en la esquina de 6 y 602. La ventana de la cocina da a la calle 6. Cuando el padre Carlos Cajade llegaba, paraba el auto y, antes de bajar, preguntaba: “¿Hay algo para comer?, si no, no bajo”. Del lado de adentro, pegada al horno y con la cuchara en la mano, Emilia se reía y le contestaba que bajara, que había cosas para convidarle. “A mí no me gusta que me toquen la comida mientras cocino, pero cuando venía él y mojaba el pan en la salsita, era sagrado para mí”, confiesa.
Emilia tiene 70 años, 9 hijos, 20 nietos y 8 bisnietos. Por más de 10 años preparó la comida a cientos de chiquitos de Villa Elvira. Llegó un día cuando era una señora estricta que exigía que comieran verdura. Hoy es la abuela de todos, la viejita regalona de ternura. “A veces uno la pasa mal –dice-, pero las cosas malas hay que dejarlas afuera y entrar con sonrisa y alegría... para mostrarles a los chicos que uno tiene esas ganas, ese amor hacia ellos”. Quizás para no traicionar esa idea, decidió tomarse un merecido descanso. “Ya soy viejita. Muchas veces me van a ver con la cara larga o me van a ver haciendo mal las cosas y no quiero. Me costó decidir, muchísimo, hasta el último momento”.
La fiesta sorpresa que el Hogar le preparó como despedida fue un viernes. “Para estar todos juntos y demostrarle lo mucho que la queremos”, explicó Romina, la coordinadora de la Casita. Esa noche de frío afuera pero mucho calor adentro, estaban los chiquitos de ahora, los grandotes que alguna vez fueron chiquitos, los educadores del Hogar, los amigos... También estuvo La Pulseada, interrumpiendo a Emilia en el zarandeo de las chacareras.
“No me esperaba esta fiesta. Estoy súper emocionada y no lo voy a olvidar jamás de los jamases. Lloré muchísimos al verlos a todos: a Orlando, a Pascual, a Fabiana... Cuando yo vine, eran chiquitos, eran muy chiquitos. Me decían ‘vieja loca’, porque yo los llevaba a la cocina, les daba sermones y les decía que tenían que portarse bien. El reto duraba 15 minutos y después terminábamos a los besos”.
Durante todos estos años, fueron muchos los chicos que se colgaron de sus polleras para ver qué había para comer. “Yo les hago la comida lo más rica posible ─cuenta Emilia─. Busco los mejores condimentos”. Los primeros problemas, cuando llegó, fueron las verduras y las comidas con proteínas. Ella exigía que las comieran, porque les hacía bien. Pero la mayoría prefería una milanesa con papas fritas. Un día, se le ocurrió disimular el hígado entre puré, verduritas y salsa. Así logró que pocos se dieran cuenta de que estaban comiendo hígado. También comenzó a hacer tarta de zapallitos sin masa, para que no dejaran el relleno. Les gustó y nunca dejó de prepararla.
“A mí me gusta decirles ‘le puse esto y aquello’ a la comida. O decirles: ‘¿Cómo no vas a comer? Tenés que alimentarte, por algo estás acá’. Todas esas cosas uno las lleva muy, muy adentro. Yo no me olvido de esas caritas... Jamás me voy a olvidar de las caritas de todos”.
“Para mí son mis hijos o mis nietos –define-. Los adopté a unos como nietos y a otros como hijos. Algunos me dicen ‘Abuela’ o ‘Viejita’. Para mí es una ternura que me digan Viejita”.
Emilia llegó a la Obra de Cajade en 1998. La acercó Silvana, una de las primeras colaboradoras en la Casita. No había sido fácil su vida. Nació en Formosa, en una casa de adobe y paja, en el medio del monte. A los 5 años, tras la muerte de su padre, la madre repartió a ella y a sus tres hermanos en distintas familias. Emilia vivió hasta los 15 en una estancia donde la obligaban a dormir en el piso del gallinero, con la misma manta en invierno y verano. En lugar de ir a la escuela, tuvo que acarrear agua del río y regar las plantas descalza en la escarcha. Hasta que un día, cuando algunos de sus 9 hijos ya habían nacido, se subió a un tren y terminó en La Plata.
“Tal vez el pasado que tuve me enseñó. No tuve infancia, no tuve adolescencia... Entonces, yo veo un chico y quiero que juegue, que juegue a lo que le gusta. Eso hice con mis hijos. Ellos siempre tuvieron mi cariño, mi amor... Besitos y abrazos fuera donde fuera, a la hora que sea. Ellos dormían y yo veía que no tomaran frío, que los mosquitos, que el calor, estar tapándolos. Nunca me cansé de hacer eso... Nunca”.
Emilia es símbolo de las luchas del cura y los objetivos de la Obra: comida y ternura, la receta para pelear por un país con niñez. “El chico tiene que tener infancia. A los 6 años a mí me hacían levantar a las 4 de la mañana para ir a carpir, por ejemplo. Tenía que trabajar en la chacra, acarrear agua del río kilómetros y kilómetros. No era infancia eso, yo no tenía tiempo para jugar... Yo no podía jugar”.
La noche despedida termina con ratos de folclore, cumbia y reggaeton. “La viejita baila de todo”, dicen por ahí. Entre baile y baile, regalos, flores y un video que le prepararon como homenaje, a Emilia se le cuelan lágrimas. “Yo voy a volver”, aclara. Bien sabe que le cuesta dejar la Casita. En otra oportunidad, cuando su cansancio en las piernas ya le había sugerido una pausa, soñó con el cura. En el sueño, Cajade le pedía que estuviera con los chicos. “Él me enseñó que primero hay que llenar la pancita; por ahí se empieza”, recuerda la Viejita. Con el cura también aprendió que el hambre es un crimen y que había que denunciarlo. “Yo iba a todas las marchas, aunque a veces mis piernas no resistían”.
“Ella hace todo rico porque hace todo con amor”, dijo Cajade cuando le presentó a Emilia a la Abuela de Plaza de Mayo Estela de Carlotto, un día que visitó la Casita. Por todo eso rico y por todo ese amor, estas páginas son para ella. Los chicos cocinaron dibujos y nosotros los servimos en la mesa.
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