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NÚMERO
72 - AGOSTO 2009
Silvia Elizalde: investigadora en juventudes, género, sexualidades
EL VIOLENTO OFICIO DE SER JÓVEN, Y RARO
Prefiere que su producción no quede en un paper académico porque “para hablar, hay que tener un pie en el territorio”: Silvia Elizalde, doctora en filosofía, investigadora, docente, ha decidido tutearse con el tema que investiga y sus protagonistas, exponerse, dudar, reinventarse; salir a la calle y ayudar a tratar situaciones de prostitución; o meterse en institutos y hogares para que gays, lesbianas, travestis dejen de ser invisibles.
Por Verona Demaestri
Silvia es joven, rubia y de ojos claros. Tiene 36, pero parece menos. Es investigadora, y hace poco fue madre. Encarna lo que ella –con su permiso- llamaría “el modo preferente de ser joven en esta sociedad”. Se sienta en ese café de Avenida Corrientes en la gran Capital, como quien lo hace en su propio living. No vive lejos de allí, por eso nuestra entrevista es la brecha de tiempo en la que no alimenta a su bebé.
“Desde los veintipico tuve claro que no me quería perder la posibilidad de ser madre, independientemente de los contextos de pareja que tuve en mi vida”, confiesa con palabras largamente digeridas en años previos y ahora sistematizadas. “Justamente por eso no forcé esa situación. Privilegié mi estudio entre otras cosas, pero esto no fue sin costo personal. Si lo pensás mucho, ya no es deseo. Y es hermoso reconocer lo genuino de ese deseo. Hay algo que sale de las entrañas. Y a veces no hay otra que poner el cuerpo… pero no por el niño, por la sociedad. Porque en un punto los hijos son de la madre”.
Silvia sintetiza la entrevista con este párrafo, como sin querer, hacia el final de la charla. Antes fue la Dra. Silvia Elizalde, licenciada en Comunicación Social en la Universidad Nacional del Centro, magister en Ciencias Sociales en FLACSO, doctora en Filosofía y Letras con orientación Antropología en la Universidad de Buenos Aires, investigadora del CONICET e integrante del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE) y del Area Queer, de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA, docente de las Facultades de Ciencias Sociales de UBA y UNICEN, especialista en el análisis de prácticas sociales y culturales de mujeres jóvenes de sectores populares mayormente…
-Tras tanto estudio, ¿qué le aporta la academia al territorio y viceversa?
-Esa es una preocupación generacional de quienes en algún momento fuimos jóvenes investigadores. Los estudios sobre “juventud” cobran impulso a partir de la reapertura democrática. Antes, el campo que los hegemoniza es la Sociología. Y esto va en paralelo con cierta institucionalización de la juventud: se crean las direcciones de Juventud y subsecretarías. Pero en todo ese camino hay pocas instancias de encuentros fructíferos. Llegan los ‘90, y algunos investigadores se convierten en consultores. Ahí hay un encuentro pero tenso, se piensa que la academia tiene un saber reservado para su circuito y que abre a la sociedad pero con sordera y ceguera. Desde hace 10 años, muchos de los investigadores en temas de juventud, que hoy tenemos entre 35 y 40, dependemos en lo laboral del Estado. Naturalmente tenemos una mayor conciencia en profundizar el diálogo entre academia y política pública.
-¿Cómo has decidido tus temas de investigación?
-Me he encontrado con un vacío con el que me puse a trabajar: la condición de género, que está invisibilizada. La sociedad está repartida binariamente en términos genéricos. Incorporar la dimensión de género no es decir “en el mundo hay chicos y chicas”, y entonces incorporar un primer párrafo políticamente correcto que tiene que ver con el género, sino dar cuenta de qué manera mi investigación colabora o no en un diálogo necesario.
-¿En qué creés que colabora tu investigación?
-Colaboro desde hace años con grupos que trabajan con chicos y chicas en situación de prostitución, o gays, lesbianas, travestis que están en hogares, institutos, donde la diferencia de género se vuelve un motivo de padecimiento. En los hogares de guarda del Estado, a pesar de todas las modificaciones que sí se han logrado, se arrastran estas cosas. Muchos de los operadores tienen la retórica de los derechos humanos pero en la práctica siguen operando con sus propios patrones ideológicos donde una chica transexual tiene menos derechos que un heterosexual.
-Pero ese debe ser un problema menor comparado a la situación de calle que padecían…
-Cuando son recogidos de la calle en situación de prostitución, el hogar aparece como deseable, representa un respiro. Pero esa institución replica sobre ellos una cantidad de situaciones que hasta hace que la entrada sea dificultosa para un chico abiertamente gay o lesbiana o trans. Esto evidencia la naturalización del género. Las instituciones saben cómo operar cuando las chicas son bien chicas y los chicos bien chicos. Pero tienen un serio problema con la sexualidad tanto infantil como juvenil, porque la sexualidad siempre resulta una amenaza a la autoridad adulta. Intervenir sobre ellos supone en primer lugar que el acceso a esa institución sea a condición de la prohibición de esa sexualidad. Por eso aparecen algunas medidas como “acompañemos a la chica transexual al baño porque puede propasarse con los chicos” o “invitemos al gay para que se ponga el pantaloncito”. Esto no es un problema de los agentes concretos, del director del Hogar, sino de toda una matriz institucional. Las instituciones sólo pueden albergar lo que conocen. Y no estoy hablando de mala conducta, sino de la dificultad concreta en que un director sepa qué hacer en la vida cotidiana con una chica trans que se niega a llamarse José María porque hace años que se nombra Susana, que quiere maquillarse e ir al baño de chicas. Qué hacer con todo esto, porque la estigmatización no es directa. Y sabemos que los agentes institucionales muchas veces tienen una estrategia de complicidad con ese chico o chica: “vos no digas nada, hace como que…”. Los chicos saben que esa complicidad es parte de resignar algo para poder obtener otra cosa.
¿Divino tesoro?
-¿Cómo definís juventud?
-Es una condición de identidad. Tiene que ver con cómo se asume la edad en cruce con otras dimensiones como la clase, el género, la condición sexual… Está relacionado con el “modo preferente” de ser joven en cada sociedad. Los que hegemónicamente se consagran como los que son “deseables” para ser joven en cada momento. Por eso es muy interesante el estudio de las generaciones. En los cambios generacionales ves cómo se ha construido la juventud. La rebeldía juvenil en los ‘60, marca que esa rebeldía y ciertos parámetros de moral, de moda, indicaban lo que era ser un joven aceptado socialmente. Lo rebelde tiene que ver con ese cuestionamiento de cánones vigentes. Ese umbral de rebeldía se modifica históricamente. La de los ‘60 hoy puede parecer un cuento de niños. Las instituciones forman parte de ese patrón normalizador de la condición juvenil. Los pibes que viven en la calle, no están en instituciones y esa división tajante entre estar fuera o dentro significa un estigma.
-Y en términos de juventud, ¿qué se invisibiliza respecto a eso?
-Yo participo en el Area Queer, “Queer” significa “raritos”, es una calificación peyorativa de la identidad sexual presumida. Estos estudios trabajan en el modo en que, en prácticas concretas, esas diferencias actúan. Si sos mujer, afrodescendiente, pobre, y joven… o viejo, tenés como el cúmulo de la exclusión. Sin embargo, no hay una cosa intrínseca que hace que eso tenga que ser así. Socialmente se naturaliza esa desigualdad que cada una de las diferencias plantea. No se piensa, “sucede tal cosa porque es mujer”. Eso depende de los contextos. En Salvador de Bahía donde el componente negro es mayoritario, en Paraguay donde se habla guaraní, vos y tu diferencia es la “otredad”, lo otro. Sólo que tu diferencia tiene el peso histórico de la Conquista, entonces seguís siendo el rasgo hegemónico en ese contexto social, sos blanco y descendiente europeo. Sino caeríamos en un relativismo celebratorio de la diferencia donde es una maravilla tener un amigo gay.
Nombrar, clasificar, estigmatizar
“Comencé trabajando sobre género para obtener la tesis de grado. Me interesó saber sobre las formas en que el periódico El Popular de Olavarria, donde yo vivía, producía representación sobre chicos en conflicto con la ley penal. La representación era masculina, porque el pibe chorro es masculino”, recuerda Silvia.
-…y la mujer es la que se embaraza joven.
-Bueno, luego mi tesis de doctorado es sobre las chicas bravas, la otra pata. Si los jóvenes pobres son hegemónicamente leídos como una amenaza al orden social, ¿cómo se leen las chicas pobres? Trabajé en barrios, villas, con chicas institucionalizadas en hogares por ser pobres. Los chicos se juntaban en la esquina y si iba una chica era “la puta”. Se reproduce al interior de los espacios sociales la misma discriminación. Trabajé con chicas de 14 a 17 años que habían hecho un recorrido reflexivo tras un taller de fotografía en la villa 1-11-14. Decían que ellas no se querían embarazar para poder irse de la casa, querían poder decirle a su novio que se ponga un forro cuando tengan relaciones, pero todo eso está vedado. Advertí que las formas de resistencia por parte de ellas era encerrarse en la pieza y tener conversaciones que transgredieran lo que dicen los padres o las instituciones. Las chicas de los hogares no pueden hacer eso. Muchas habían estado próximas al circuito de la prostitución o cercana a robos. Muchas pasaron por instituciones de menores y no tenían un reconocimiento respetuoso de su propia corporalidad. Habían sido objeto permanente de vejación discursiva, física, simbólica. Sabían que “no valían”. En cambio, las chicas en el barrio y en los hogares abiertos podían pensarse y cambiar. Muchas cuando ingresaban querían casarse y tener hijos, y cuando salían pensaban que en realidad iban a seguir estudiando. Habían podido hacer algún tipo de intervención con esos mandatos.
-¿Y cómo se para el investigador frente a esas realidades tan duras?
-Lo que es subversivo en el caso de hablar de género y juventud es que no se puede analizar esto sin que el propio investigador o investigadora se pregunte sobre sus propias diferencias en el contacto con los otros. Para mí fue muy importante el trabajo de campo en las villas. Cuando preguntaba a alguien por su sexualidad, me replicaba y me preguntaba sobre la mía. ¿Con qué autoridad yo pregunto sobre la sexualidad del otro? ¿Pregunto y luego cierro la puerta, me voy a mi casa donde tengo ciertas condiciones de vida garantizadas y donde mi cuerpo tiene un recorrido diferente? Creo que no se puede convertir el género en una categoría de análisis, porque el género está encarnado en los sujetos que habitan esos cuerpos.
-¿Cómo lo ejemplificarías en la práctica?
-Cuando capacito operadores de calle por ejemplo, me doy cuenta de que quienes reclutan chicos empiezan a advertir que tienen prejuicios. Uno decía una vez “Yo, si son putitos, ni voy, me caen tan mal…”. Porque las instituciones qué hacen: todo el tiempo intentan corregir la orientación sexual. Me parece importante el ciclo que se está llevando adelante en Trabajo Social (Ver recuadro “Un ciclo por los pibes”) porque todos los que estamos convocados tenemos la intención de que nuestra producción no quede en un paper.
Gestos de resistencia activa
Silvia Elizalde dixit:
“Ese día había entrado al Hogar, por primera vez, y los chicos estaban comiendo. Entonces me presenté, y empecé a adelantarles lo que quería hacer, de qué íbamos a hablar y demás. Y una chica me mira y me dice: ‘¡Uy!, sos una feminista’. Lo dijo peyorativamente, como diciendo: ‘encima que estamos acá en un instituto, viene una feminista’. Yo le dije: ‘no necesariamente’. Ahí empecé preguntarme qué era yo en relación con eso. Esas chicas y chicos fueron rotulados desde muy pequeños: delincuentes, madres precoces, vagos, lo que sea. Toda su vida fue un encadenamiento de identificaciones de otros. Los otros hablaban por esos chicos y chicas, y me costaba que hablaran por sí mismos. Ellos, en esa tarea mía, me estaban preguntando desde dónde hablaba yo.
Otro día en la villa entrevisté a barritas de chicos. Una vez eran como diez y empezaron a tener una complicidad masculina. Hacían chistes, advertían cómo era yo, cómo estaba vestida. La autoridad etnográfica se había ido al carajo, pero la pregunta de ellos era: “¿Por qué yo tengo que decir todo esto y vos no?”. Ese era un gesto de una resistencia activa. Un pibe que puede hacer eso puede también pensarse críticamente, pudo dar vuelta las condiciones de la conversación. Todo esto me permitió revisar mi lugar, mis preguntas, y preguntarme por el destino de lo que hacía y producía porque ¿mi tesis para qué les sirve a ellos?
Un investigador tiene que producir con su conocimiento un paper o ir a un congreso en la medida en que eso suponga la posibilidad de que otros colegas lean, intercambien o puedan provocar una pregunta en nosotros. Pero no puede quedar ahí, porque esos chicos no se encuentran ahí. Debe volver en estas intervenciones que hago de quienes están trabajando con chicos y chicas en situación de prostitución, por ejemplo. No sólo puede quedar en la palabra escrita. Tiene que haber acción. Tampoco me interesa ser opinador en un medio de comunicación. Matan a un pibe y aparece una columnita de un sociólogo. Para decir algo tengo que tener un pie en un territorio”.
Un ciclo por los pibes
El ciclo de debate “Por otra relación del Estado con la Niñez, la Adolescencia y la Juventud: interpelando prácticas y construyendo saberes”
(provincial@foroporlosderechos.org.ar / 0221 - 4242243 o 4244177) surgió como un espacio para difundir y discutir resultados de las investigaciones en ciencias sociales sobre niños y jóvenes. Se realizan él último viernes de cada mes de 18 a 21 -hasta fin de año- en la Facultad de Trabajo Social de la UNLP (en calle 9 esquina 63).
Sus organizadores son el Foro por los derechos de la niñez, la adolescencia y la juventud de la Provincia; el Grupo de estudios en Juventudes Facultad de Trabajo Social, UNLP; la Secretaría de Investigación y Posgrado de la Facultad de Trabajo Social, UNLP; el Colegio de Asistentes Sociales o Trabajadores Sociales de la Provincia de Buenos Aires; el Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires.
A fines de mayo se realizó el primer encuentro sobre “Proceso de reforma legal e institucional en materia de infancia”; el segundo se centró en “Comunidades, escuelas y juventudes: sobre los malentendidos y las posibilidades de la experiencia educativa”.
El 28 de agosto la temática será “Infancias y juventudes: Análisis desde el género”, a cargo de Silvia Elizalde, investigadora en el difícil campo del cruce entre el género y la juventud y Ariel Martínez del Colegio de Psicólogos de la Provincia, será el moderador.
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citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
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