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NÚMERO
71 - JULIO 2009
El método cubano de alfabetización en La Plata
Chispita puede
El 8 de junio arrancó Yo Sí Puedo, un programa de alfabetización cubano que enseña la lecto-escritura en tres meses. Es un sistema que trajo al país la Fundación Un Mundo Mejor es Posible y que la CTA coordina junto a referentes del trabajo barrial. En la Casa de los Niños Chispita, de la Obra del Padre Cajade, se está realizando la primera experiencia en La Plata. Allí, entre los trabajadores del hogar y los facilitadores educativos, un grupo de jóvenes y adultos aprende a leer y escribir mientras relatan historias de vida largamente silenciadas.
Por Juan Manuel Mannarino
Fotos: Luis Ferraris y Georgina Bruno
“Todo hombre tiene derecho a educarse y en pago
contribuir a la educación de los demás”
José Martí
Cuenta Claudia Auge, la coordinadora de Chispita, que todo el mundo dice la frase y sonríe, como si algo novedoso hubiese entrado de golpe en el día a día del hogar. La cocinera que ante el desafío de una nueva receta dice “yo sí puedo”, la psicóloga que apoya a un chico con un “vos sí que podés” y la nena que, de tanto ver a Carlos “Negro” Tulián, referente local de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), lo llama el “Señor Yo Sí Puedo”. Ese es el nombre del programa de alfabetización de origen cubano que se filtra en cada conversación y que es parte de una red social que se extiende por el barrio. Curiosa combinación: tres palabras que expresan una afirmación y se han convertido en un grito de lucha.
Hace diez años nacía Chispita, la Casa de los Niños del Hogar de la Madre Tres Veces Admirable. El espacio, antes un club, luego jardín de infantes, fue donado por el grupo Siembra a Carlos Cajade y desde allí se convirtió en lo que hoy es: un hogar de sonrisas, calor y ruido. En el galpón de 151 y 70, en la periferia de Los Hornos, cerca de cien pibes reciben alimentación, apoyo escolar, talleres pedagógicos y un espacio afectivo que les reconoce sus derechos. En Chispita funciona un consultorio jurídico, hay cursos de formación laboral y un equipo técnico que trabaja codo a codo con las familias y las instituciones. Es un barrio pobre, cercado por la desocupación y el abandono social, cuyo rostro más duro es la falta de viviendas, la deserción escolar y la ausencia de vestimenta y alimentación. Los servicios municipales llegan poco y nada: hay muchos comedores, de grupos políticos o de la comuna, pero apenas proporcionan algo de alimentación.
La puerta de Chispita se abre y los niños miran. La mirada es un fervor. Y el fervor contagia y hace verdaderas las cosas. Es mediodía: todos comen arroz con pollo sobre las tablas. El hogar es suyo. Tal es así que Claudia, apenas termina de comer, recibe los comentarios del almuerzo. “El pollo estaba seco”, “el arroz es más rico con queso”… Los pibes hacen oír su voz. Claudia comenta que unos días atrás, después de trabajar con los derechos del niño, uno de ellos se acercó y le habló pero ella estaba en otra actividad. Entonces, el reclamo no se hizo esperar: “Exijo que me escuches”, dijo. Claudia ríe. Después, los niños piden el postre. Todos saben que esa misma tarde, al culminar las actividades regulares, un par de personas darán el primer paso hacia una experiencia que les transformará la vida para siempre.
Un método moderno que se expande por todo el país
A diferencia de los métodos clásicos de alfabetización, el sistema Yo Sí Puedo se apoya en los medios audiovisuales: las clases se dan a través de un monitor de TV, en DVD o videocassettes. Originado en Cuba, el programa se propone alfabetizar en un plazo “corto y sencillo”: son 65 clases de media hora cada una. El curso requiere de cinco horas por semana y dura tres meses. Los participantes se acompañan de una cartilla de siete páginas, que combina los números con las letras. También cuentan con la ayuda de un facilitador que apoya el seguimiento de la cartilla y hace el balance de cada encuentro.
El Yo Sí Puedo es un programa creado en 2001 por el Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño (IPLAC) de Cuba, con el objetivo de ayudar a los países afectados por el problema del analfabetismo. En la página www.yosipuedo.com.ar se lee: “En el mundo existen más de 860 millones de analfabetos absolutos, el 98,5% de los cuales se concentra en los países del Tercer Mundo, sin contar los que se van sumando por la falta de atención escolar en las edades tempranas de la enseñanza básica, donde más de 130 millones de niños están fuera de las escuelas. En América Latina en particular el 12 % de la población es analfabeta, pero se calcula, conservadoramente, que hay en cifras absolutas 42 millones los iletrados y 110 millones de personas jóvenes que no han logrado concluir la educación primaria, por lo que pueden considerarse semianalfabetos o analfabetos”.
Este sistema de alfabetización llega a ONG´s, instituciones docentes y movimientos barriales de todo el mundo y comenzó a aplicarse en Haití, Nicaragua y Nueva Zelanda. Actualmente, está efectuándose en Venezuela con datos conmovedores: en un año llegaron a alfabetizarse un millón y medio de ciudadanos. En Argentina, la demanda para abrir centros de alfabetización superó las expectativas: hay 400 puntos abiertos, con tres mil participantes y 700 facilitadores. Dado el interés despertado por organizaciones sociales y funcionarios gubernamentales, todos los meses los asesores cubanos coordinan reuniones de capacitación en las provincias.
La Fundación “Un Mundo Mejor es Posible” (UMMEP) es la encargada de promover el sistema Yo Sí Puedo en nuestro país. Esta organización civil firmó un convenio de trabajo con la CTA en el marco de los objetivos del ALBA (Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), donde también se encuentran otros programas como Operación Milagro, dirigida a realizar gratuitamente cirugías oftalmológicas.
La implementación del Yo Sí Puedo en cada región del país coexiste con otras iniciativas del gobierno como el Programa Nacional de Alfabetización “Encuentro”. Así lo explica Clara Colonna, integrante de la UMMEP: “Lo que a nosotros nos interesa es alfabetizar y coexistimos en el territorio con muchos programas nacionales, provinciales y municipales. Actualmente el programa se implementa en diez provincias (Jujuy, Salta, Santiago del Estero, Misiones, Córdoba, Catamarca, La Rioja, Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires) a través de convenios entre la fundación UMMEP y gobiernos municipales o provinciales y en Buenos Aires, desde lo informal, con organizaciones sociales y voluntarios”. En cada provincia hay un asesor pedagógico cubano del IPLAC que atiende el programa.
En La Plata, los encuentros de capacitación para la formación de facilitadores arrancaron a mediados de mayo y continúan desarrollándose en el local de CTA. La gente que busca capacitarse, la mayoría mujeres, ya trae una inquietud: en los espacios que trabajan hay muchas personas analfabetas o semianalfabetas. Las futuras “facilitadoras” son trabajadoras sociales, estudiantes de comunicación social, abogadas, médicas y psicólogas sociales y provienen de centros culturales, radios comunitarias, cooperativas y otras organizaciones sociales. Tienen una larga experiencia de trabajo barrial sobre sus hombros y junto a ellas, la idea del curso de capacitación es extender lo que se inició en Chispita hacia otros futuros puntos de alfabetización en la ciudad.
Los cuatro pasos fundamentales del Yo Sí Puedo se inician con el relevamiento “hombre a hombre y casa por casa” que los referentes hacen en la zona para conocer la demanda de alfabetización. Luego viene la elección del lugar físico donde se llevará a cabo el curso, el armado del grupo de participantes y la formación de facilitadores. El asesor pedagógico cubano Roberto Del Valle aclara que “la idea del programa no es formar docentes porque la función del facilitador es guiar el seguimiento de la cartilla. No hace falta complejizar, hay que buscar la sencillez, ya que el video es el motor de un aprendizaje breve y eficaz”.
Los nervios del debut
Con el correr de los minutos se fue aflojando la tensión lógica de todo comienzo. El negro Tulián se comía los codos: “A las 16.45 llegó Estela. Paradójicamente, la última que se anotó, llegó primera. Se ayudaba con su bastón para caminar, portando sus 75 jóvenes años, demostrados en el entusiasmo que traía para aprender. Una buena señal y luego, antes de las 17.30, vinieron Karina, Javier, Miriam, Darío y Enrique, los tres últimos acompañados por su madre Susana. María, otra de las anotadas, avisó que por un problema personal no podía estar, pero ya había seis de los diez anotados sentados en los bancos donados por el Colegio Nacional de La Plata. Suspiramos porque no estaba mal”.
Ese día, Tulián y Ana Cúneo (Juventud de la CTA) se acercaron a cada participante para responder sus inquietudes y coordinar, pizarrón mediante, el armado de las tareas.
“Hoy aprendimos círculos, de izquierda a derecha y de abajo para arriba. Estuvo muy bueno”, dijo Javier, un jujeño que no está solo: parte de su familia también concurre al curso.
Yo Sí Vivo
En un país que pasó de la batalla agropecuaria a la disputa electoral, cabe preguntarse qué pasaría si, por un minuto, se pararan los relojes para mirar a nuestro alrededor. Tan sólo interrumpir la rutina mediática para escuchar historias ajenas. Hace tres meses que Carlos Tulián y la Juventud de la CTA, junto a la gente del Hogar, iniciaron un recorrido que destapó una realidad silenciada, que se naturaliza en nuestra cotidianidad con la misma lógica de horror que significa caminar por la calle, ver gente durmiendo en las veredas y seguir como si nada hubiera pasado.
¿Qué sentiríamos si alguien propone, aunque sea por una semana, como Principal Preocupación Nacional, el hambre, la falta de vivienda, la precarización laboral, el analfabetismo o la salud pública? En esta comunidad de Los Hornos, como en otras zonas del olvido nacional, hay mucha gente sin saber leer ni escribir. Es una realidad alarmante, tan brutal como absurda. La pobreza no desapareció: cifras más, cifras menos, a la vuelta de la esquina la desigualdad permanece en el más absoluto de los anonimatos.
Dice Carlos Tulián: “Aquí hay una anécdota sobre Cristina Ambrossi, la dueña de un pequeño almacén, que todos los días le insistía a una vecina y clienta para que fuera al curso porque le haría bien. Esta señora hoy concurre al Centro y siempre recuerda que está allí gracias a la insistencia de Cristina y también de Claudia, coordinadora de Chispita”.
Entre mate y mate, el valor de la historia personal es insustituible: cada uno de los que se anotó para el curso sintió la confianza de un espacio para compartir un relato. La señora que trabajó toda su vida y jamás pisó una escuela, el pibe que por ayudar a sus padres perdió el tren de la escolarización, la familia que sufrió la migración y se educó como pudo. Todos se acostumbraron a hablar bajo, como secreteando. Ahora, de a poco, van soltando una narración despedazada, con cabos sueltos. Desde cada singularidad se va construyendo la memoria colectiva.
Durante mucho tiempo, leer y escribir fue privilegio de unos pocos y a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX, la alfabetización se constituyó en un eje de acción para consolidar la cultura dominante del Estado-Nación. Hace tiempo que ya no se alfabetiza con un único método, con un único tipo de texto privilegiado. Así, la alfabetización no es la simple transmisión de una técnica o de un método: es una instancia social que ve y escucha con una nueva sensibilidad. Hay una transformación sobre la dimensión del mundo: una revelación del vivir, un contagio de energías que rompe el aislamiento doméstico y se retroalimenta. Ese es el proceso que late en Chispita.
Los perros, la periodista y la red social
Ladridos. Aullidos. Los perros sueltos sobre las calles de tierra. Infinidad de perros. En este barrio de Los Hornos hay campos a cielo abierto y casas bajitas, algunas de material, otras de chapa y muchas sin terminar. Hay negocios pequeños, de los que permanecen a oscuras para ahorrar energía antes de que llegue el cliente. Las madres solas, empujando el carrito del bebé y caminando con sus hijos alrededor. En los últimos años, el barrio se pobló con la llegada de hermanos paraguayos, bolivianos, peruanos, misioneros, chaqueños y jujeños. Es una imagen propia de la periferia: el que llega, desesperado, está dispuesto a hacer cualquier cosa para sobrevivir, pero resulta que antes que él ya habían muchos otros que sufrían la misma postergación. Un círculo vicioso que se multiplica sin solución de continuidad en los cordones más pobres de la ciudad, donde el Estado apenas llega y la pobreza se discrimina a sí misma bajo la cara del racismo y la xenofobia.
El Yo Sí Puedo integra las historias y también funciona como espacio que socializa a las distintas culturas. Ya en Chispita ocurre eso: la convivencia entre un niño peruano y otro platense es algo natural. Entre los adultos es más difícil reconocerse con tantos años de marginación en la espalda, pero los prejuicios se comparten: uno está sentado al lado del otro en la clase y a su vez se va enterando de otra historia de vida que habla del pasado, el presente y el futuro de un ser humano. Así, a medida que se dan a conocer, las fronteras no son tan abismales.
La red que se generó a partir de la llegada del Yo Sí Puedo se extiende por toda la comunidad. Las manos solidarias son muchas: el almacenero y las instituciones que pegaron los afiches en las puertas, los niños que repartieron los volantes en sus casas, el vecino que sacó a la luz la historia familiar olvidada, la parroquia que convenció a sus fieles sobre la importancia del curso.
Azucena Castillo es la periodista del barrio, cuyo programa “Meridiano Solidario Musical” se emite por Radio Cualidades, una suerte de plataforma sonora para las necesidades de los vecinos. Azucena es un eslabón importante de la red: desde su medio de comunicación, mucha gente se enteró del Yo Sí Puedo y llamó para solicitar información.
“Me gusta conversar con la gente, me interesa ayudar desde el periodismo”, dice Azucena, esta mujer de rasgos aindiados que es locutora y que en la Universidad cursa la carrera de Periodismo y Chispita, costura. “Nosotros difundimos las actividades de Chispita durante todos los programas, porque nos dimos cuenta que mucha gente se acercó a los cursos desde la radio. Ahora, con el Yo Sí Puedo, estamos haciendo informes especiales y entrevistas, porque si bien el boca a boca funciona, la cobertura periodística de los hechos locales es fundamental”.
Los sueños
En Chispita, las cartulinas expresan mundos: entre collages, dibujos y palabras, vive un lenguaje arropado por el despliegue de figuras y frases. Hacia un costado, cerca de una escalera, habla la identidad: una lista de nombres componen las series “Los nenes de la tarde” y “Los nenes de la mañana”. Sobre las paredes, el rugido de esa voz colectiva se impone ante la persistente humedad y el rumor del viento: aquí, la literatura y el dibujo dejan huella, muestran utilidad. El trabajo tiene quien le escriba. Los niños, como bien diría Claudia Auge, son los dueños del espacio, lo defienden con uñas y dientes. Vaya si lo saben los lápices y los cartones. A lo largo de los muros, hay un afiche de prevención ante el acecho del dengue, un cartel verde con los derechos del niño, imágenes de vírgenes y pequeños retratos de Carlitos Cajade. Pero en un rincón, a metros de la cocina, la realidad anuncia un quiebre. Bajo la pauta “Nuestros sueños son…”, hay un espacio para las ambiciones y las proyecciones. El desfile es a título personal: “Mi deseo es tener un hermanito” (Eduardo); “Deseo seguir estudiando de grande. Y que haya paz y amor” (Denilzón); “Me gustaría ir a la playa” (Naty); “Tener una bici” (Miriam); “Mi sueño es volar en un avión” (Marcos). Y allí, perdido entre toda la rueda, el pedazo de papel firmado por Liz que engloba al conjunto: “Que todos podamos cumplir nuestros sueños”.
“El analfabetismo es exclusión,vergüenza y falta de autoestima”
-¿Cuál fue el primer contacto que tuvieron con el programa Yo Sí Puedo?
Ana Cúneo (Juventud CTA): -En septiembre de 2008, desde la Juventud de la CTA de la regional La Plata-Ensenada, conocimos un convenio que se había firmado entre la Central de Trabajadores de la Argentina y la fundación Un Mundo Mejor Es posible (UMMEP), encargada de desarrollar el programa Yo sí puedo en nuestro país. Nos acercamos y nos explicaron la historia del programa, la metodología y la forma de organización que se propone para abrir un punto de alfabetización en cualquier parte del mundo.
-¿De allí en más cómo siguieron?
-Al mes siguiente tuvimos una reunión en la sede de CTA Provincia con la responsable de UMMEP, Clara Colonna, y con el asesor pedagógico cubano Eduardo Carbonelli. En ese encuentro participaron algunos compañeros que no pertenecen a la Juventud de CTA, como Carlos Tulián, hoy principal protagonista de nuestro trabajo y primer facilitador. Ahí logramos un intercambio de criterios que nos animó enseguida a concretar la creación de un Centro de Alfabetización en la ciudad de La Plata
-¿Cómo se organizaron para dar los primeros pasos?
Carlos Tulián (CTA La Plata): -Nos dimos una estrategia de difusión con ámbitos interesados en trabajar la alfabetización en los barrios. En esta etapa fue muy importante la Agrupación Haroldo Conti, de la Facultad de Periodismo, que nos permitió unir dos esferas centrales: el barrio y la universidad. A partir de allí, arrancamos con la conformación de un equipo de trabajo. En ese sentido, se abrió la posibilidad de trabajar en Chispita desde el contacto de una compañera abogada que asesora al consultorio jurídico que funciona allí. Otra de las razones por las que elegimos esta institución es su relación con la Obra del Padre Cajade, que para nosotros es un ejemplo de militancia, lucha y coherencia política. Además, esta Casa, al ser parte integrante del Hogar de Cajade, se encuentra dentro de la CTA desde sus inicios
-¿Enseguida fueron a Chispita?
Ana: -Sí. Empezamos a visitar la casita todas las semanas y encontramos un espacio de contención y afecto muy grande. Todos los trabajadores, los nenes y las nenas del hogar formaron parte de esta experiencia desde el inicio: los chicos se llevaron cartas a sus casas preguntando a los padres si conocían vecinos que tuvieran ganas de aprender a leer y escribir y nos pedían volantes para repartir en algunas casas; las educadoras hicieron el puente con el barrio y nos acompañaron a visitar a sus conocidos. Este apoyo y el compromiso por parte de Claudia Auge de estar juntos, fue fundamental para encarar esta experiencia. Sin referencias individuales y colectivas como las que nos proporcionó Chispita hubiese sido difícil empezar a hablar con la gente. También recorrimos los negocios del barrio explicando el método y pegando carteles para que se difundiese de boca en boca que existía la posibilidad de aprender a leer y escribir de manera gratuita. El tema del analfabetismo implica considerar cuestiones delicadas en relación a las personas que lo sufren, como la exclusión social, la vergüenza, la falta de autoestima. Sigue muy arraigada la idea de que el que no sabe ni leer ni escribir es un ignorante. Nuestro trabajo también es que las personas reconozcan que saben muchas cosas de la vida gracias a sus propias experiencias personales y que su condición de analfabetos es producto de factores externos contra los que tenemos que luchar. Por eso es muy importante tener referencias próximas a ellos que te acerquen de otra manera, porque te miran con otros ojos. Ya hay un piso de confianza que impide que piensen que vuelven a tocarles la puerta para mentirles en la cara.
-¿Con qué historias se encontraron al hacer la difusión barrial?
Carlos: -Esta experiencia nos abrió los ojos en cuanto a la realidad con la que nos enfrentamos: en una cuadra, mientras pegábamos un cartel en un supermercado, se nos acercó un hombre para decirnos que su pareja no sabía ni leer ni escribir y que vivía a la vuelta de Chispita. Unos metros más adelante, en un comercio de artículos para la construcción, el encargado nos dijo que uno de sus empleados tampoco sabía leer ni escribir. Lamentablemente esas dos personas no son parte del primer curso, pero no dejamos de alentar a quienes los rodean para que los animen a ser parte en una próxima oportunidad. Igualmente, esas situaciones nos dieron la pauta de la necesidad de seguir buscando, porque evidentemente el problema es mucho más grave de los que nos quieren hacer creer. Además de los carteles, entregamos volantes casa por casa, enviamos comunicados a distintos periódicos barriales (Sin Límites, INFU, El Imparcial del Oeste) y ofrecimos entrevistas en diferentes radios (Radio Cualidades y Estación Sur).
-Ese proceso de comunicación, ¿cómo derivó en el inicio del curso?
-Luego de toda esta difusión y del trabajo de varios meses, se anotaron las personas que fuimos conociendo y así empezó a tomar forma el primer curso que empezó el 8 de junio. Había muchos nervios y ansiedad pero, cuando llegó el momento, superó todas nuestras expectativas. Una imagen de fuerza y esperanza: nos encontramos con la mayoría de los participantes que esperábamos y vimos el entusiasmo y la valentía con la que hacían sus primeras tareas desde un chico de 13 años hasta una señora de 75. Son dos generaciones muy distantes que se unen en ese momento por las mismas ganas de aprender. Un chico que no puede ir a primer grado porque es grande y tampoco a un centro de educación para adultos porque es muy chico, queda marginado del sistema escolar. Al lado de él, una mujer que trabajó toda su vida sin descanso y nunca tuvo el espacio ni la oportunidad de ir a la escuela. Esas son las realidades que se cruzan, realidades que nos duelen, nos indignan, pero de las cuales aprendemos mucho.
-¿Cuáles son los objetivos centrales del trabajo barrial de la Juventud de la CTA?
Ana: -Generar un espacio de confianza y compañerismo para poder, entre todos, desarrollar la lecto-escritura, construir otros valores y mejorar la calidad de vida. Creemos que así como nosotros y otras ONG’s pudimos iniciar 400 centro de alfabetización en varias provincias, con más razón los gobiernos municipales, provinciales y nacional, deberían hacerse cargo, con decisión política, de erradicar esta indignidad a la que se ven sometidos casi 800 mil habitantes. Estamos convencidos de que un pueblo con menos herramientas para pensar es un pueblo fácil de manipular por pocas manos que sólo actúan en provecho individual. Ese no es el mundo que queremos. El problema del analfabetismo tiene más alcance del que muchos se imaginan y hoy se ve en América Latina que, en aquellos países donde hubo voluntad política de erradicarlo, se logró. Y se consiguió con este método que exporta Cuba a nivel global: Bolivia, Venezuela y también Tilcara, en la provincia de Jujuy, pudieron declarase libres de analfabetismo y no sólo en castellano, también en quechua, aimará y guaraní. Pero pudieron hacerlo con un fuerte compromiso del Estado y sus representantes. Sin embargo, esto no excusa a las organizaciones sociales, políticas y culturales del compromiso de generar por sí mismas aquellos espacios y herramientas que no surgen desde el Estado. Esa es precisamente la meta que tienen que imponerse todos los que estén convencidos de que un mundo mejor es posible y se encuentren dispuestos a hacerlo realidad.
“Enseñamos y aprendemos”
Para Laura Vázquez, integrante de la Juventud de la CTA “este método de alfabetización es el puntapié inicial de un cambio concreto. Es increíble que en un país con tanta riqueza aún haya gente que no sepa leer ni escribir. En lo personal, constituye una satisfacción participar de semejante tarea. El Yo Sí Puedo es un espacio en el que no sólo enseñamos sino que también aprendemos, ya que la interacción entre los participantes y los facilitadores hace del ambiente de aprendizaje un lugar ameno y de intercambio de experiencias. Este comienzo fue muy satisfactorio porque, entre otras cosas, nos dimos cuenta de que nosotros también podíamos. Es en el momento en el que estás con la gente cuando te das cuenta de la importancia del camino que emprendimos con este método de alfabetización, que hay mucho más por hacer y que eso nos genera un compromiso todavía mayor”.
“Sorprende la cantidad de gente sin alfabetizar”
Acerca de lo que significa para la Casa del Niño Chispita ser sede de este novedoso proyecto de alfabetización, La Pulseadadialogó con la coordinadora de la institución,Claudia Auge y con la psicóloga Natalia Ventura, que integra su equipo técnico.
-¿Cómo repercutió en Chispita la iniciativa del Yo Sí Puedo?
Claudia: -Una tarde, a fines de marzo, apareció Carlos Tulián con el proyecto. La idea era hacer una primera experiencia en La Plata y enseguida nos interesó. Fue algo que encaramos en equipo, con las referentes de la cocina, los educadores y el equipo técnico. Junto a los chicos de la Juventud de la CTA se organizaron las caminatas y los posibles trayectos: fuimos a las parroquias, a las escuelas, a las familias y hasta los nenes colaboraron llevando volantes. Al poco tiempo hicimos el primer relevamiento. Me sorprendió la cantidad de gente sin alfabetizar a metros de Chispita. Tengo 46 años y desde los 5 que vivo acá, y jamás hubiera imaginado la gravedad de este problema.
-¿Hicieron una convocatoria propia desde el Hogar?
-Una vez que llenamos las planillas con las direcciones, Carlos y los chicos fueron casa por casa. Un primer paso consistió en hacer la invitación y a la semana siguiente hubo que volver para afianzar la convocatoria. Es un proceso arduo, de ida y vuelta. Lo que resulta interesante es que, a una semana de arrancar el curso, ya hay gente que se acerca a preguntar por su cuenta. Ahora las personas vienen solas. Después de completar la ficha se quedan un rato más y charlan sobre sus propias historias. Hay una señora de 75 años, salteña, que vivió desde los 6 años con sus patrones. Trabajó toda su vida en tareas domésticas y recuerda que, cuando se ponía a dibujar, la patrona le agarraba los papeles y se los rompía en la cara. Lo cierto es que un día, con la ayuda de una señora, se escapó de la estancia y viajó en micro a Buenos Aires para conseguir trabajo. Tenía 14 años. Luego tomó un tren, se bajó en La Plata y empezó a caminar. Su única referencia era llegar a una iglesia grande y ahí le indicaron el recorrido hacia la Catedral. Recuerda que caminó hasta que llegó a las escalinatas y se durmió. Luego, cuando se levantó, una persona le preguntó si necesitaba trabajar y entonces terminó en Los Hornos, sin saber si era la persona con la que se tenía que encontrar. Es una historia como otras tantas, llena de cabos sueltos.
Natalia: -Es importante remarcar también el tema del espacio físico. Las aulas del primer piso todavía no están habilitadas y eso para nosotros es un problema. Allí iba a funcionar el curso, ya que es el lugar indicado para que se concentren mejor, pero la traba es la escalera que todavía no cumple las condiciones. Por eso es que damos el curso en la sala principal, una vez que las actividades cotidianas del hogar han terminado. Estamos esperando esa habilitación para mejorar el ámbito pedagógico.
-¿Qué sienten cuando escuchan ese tipo de historias?
Claudia: -Un enorme compromiso. Hay relatos que se desprenden solos, que salen después de estar guardados por años. Es lo que notamos a partir de que la comunidad recibió la noticia del curso de alfabetización. Hace poco conocí la historia de una señora boliviana que vino con su familia, alquilaron un terreno y armaron una cooperativa para realizar microemprendimientos. Ella corta el pasto y está en la cocina pero no sabe si puede venir al curso porque trabaja doble turno. La señora está muy interesada en aprender a leer y escribir ya que se siente vulnerada: la estafaron varias veces porque no sabía firmar, casi pierde a su hija y tiene miedo que la vuelvan a defraudar. A la gente grande le da vergüenza mezclarse con los jóvenes; dicen que no quieren volver a la escuela. Pero con el tiempo reconocen que en este curso el trato es más directo y todos son aceptados tal como son.
-¿Por qué creen que el barrio hizo propia la consigna del Yo Sí Puedo?
Natalia: -Creo que se relaciona con una apuesta que el año pasado hicimos hacia la comunidad. Nos propusimos ofrecer distintas alternativas de capacitación, que vengan a conocer el lugar, que sepan la historia de la obra, que participen. Para eso tuvimos en cuenta la demanda, qué talleres les interesaban a la gente respecto a una futura salida laboral y organizamos capacitaciones con formación profesional. Al taller de tejido se sumaron el de costura y el de porcelana en frío; luego albañilería y asistencia infantil y para ancianos. El centro de Formación Profesional Nº 404 puso los docentes y a partir de allí los vecinos se acercaron muchísimo. También festejamos en Chispita los cumpleaños de los nenes, el Día del Niño y los aniversarios de la obra. Esa cercanía incentivó a que muchas personas se ofrecieran a colaborar… Se organizaron colectas de leche y donaciones de ropa.
Claudia: -Es todo muy participativo. Desde el consultorio jurídico también se coordinan talleres sobre los derechos del niño. Ahora estamos jugando a las emergencias con los nenes para trabajar sobre las catástrofes. Incorporamos el psicodrama para la precaución y prevención de esos hechos. De ese modo aprendemos todos. Los chicos escuchan y piensan. Hay que apuntar a eso, porque después de tantos padecimientos nuestro objetivo, desde Chisita, es poder devolverles lo que les corresponde por derecho constitucional.
Para reconstruir juntos la comunidad
Por el equipo de Chispita
Entre mate y risas se va aprendiendo en los talleres de Chispita. Adultos y jóvenes encuentran en ellos el espacio para alejarse aunque sea por un rato de los problemas por los que atraviesan sus hogares. Saber cómo producir es el objetivo principal. De ese modo, desde sus propias casas y en forma independiente, los participantes intentan aliviar la difícil situación económica que padecen.
Jorge Núñez instruye en los secretos de la albañilería a un grupo de mujeres que pretende terminar sus viviendas o hacerles algunas mejoras. La vida misma de cada ser, de cada comunidad y de cada sociedad puede llegar a ser reconstituida. Tal vez con un poco de cal, cemento, arena y algunos ladrillos, un grupo de manos unidas y llenas de voluntad logren empezar a levantar la construcción.
Ada Correa dicta desde el año pasado un curso de alta costura. Con ella se puede aprender desde a modificar una prenda hasta crear los últimos diseños del mercado textil; realizar un puntilloso delantal de cocina hasta cambiar el cierre de un vestido de noche para una ocasión especial. ¡Y cuánto más se podría hacer si se consiguiesen piezas de tela y la tan ansiada máquina industrial! ¿Por qué no animarnos a creer que de un retazo de lienzo arrumbado, como puede estar nuestra vida, puede surgir algo nuevo?
Sandra Maione ya está desarrollando el segundo nivel de su curso de porcelana en frío. Un ámbito en el que se realizan artesanías de todo tipo, como souvenir, centros de mesa y adornos de tortas. La porcelana es muy maleable y se puede transformar en muchas cosas. ¿Por qué no imaginar que se convierta en un vaso del que todos podamos beber o en una vasija en la que toda la comunidad puede cocinar?
Para coordinarlo todo, convocar a la gente y brindarse como anfitriona tenemos la colaboración invalorable de nuestra compañera y amiga, la señora Mónica Auge. También está Alejandra Fischanger, quien en forma voluntaria, acompañada por algunos jóvenes, viene a realizar con los más chicos trabajos en bijouterie, tejido y lectura de cuentos. Y hay muchas otras personas que durante todo este tiempo se han acercado a colaborar con nuestra institución. No hay más que agradecerles a tantas voluntades desinteresadas que se han ofrecido para hacer algo por nuestras chicas y chicos. Al igual que se merecen el mayor reconocimiento quienes se comprometen para alfabetizar a los abuelos, a los adultos y a todos aquellos que no tuvieron oportunidad de hacerlo antes y piensan que ya no están a tiempo. Estas cosas, gracias a Dios, todavía pasan en lugares como la Casa del Niño Chispita, Hogar de la Madre Tres Veces Admirable, Obra del Padre Carlos Cajade.
Chispita: calle 151 e/ 70 y 70 bis - La Plata - TE: (0221) 450-6269
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