NÚMERO 71 - JULIO 2009

Ramón Tarruella
“En Letras hay muy poca gente que lee”
En su primera ficción publicada, el escritor platense e histórico colaborador de La Pulseada se mete con la dramática condición de ser joven tanto en los ´80 como en los ´90, a partir de historias distintas que dibujan un puente entre las dos décadas a partir de conflictos similares.
Por Laureano Debat

Pareciera ser que noviembre es el mes de la nada, un momento en la organización arbitraria de los años en el cual nos hacemos la idea (una idea tabicada por el calendario) de que nada terminó aún y nada empezó ni se puede empezar, un tiempo muerto en el que sólo queda balbucear. En esa instancia intermitente transcurre “Balbuceos en noviembre” (Libros de La Talita Dorada – Grupo Editor Mil Botellas), la primera ficción publicada por Ramón Tarruella en la que unifica el dolor por el suicidio de un amigo con un viejo proyecto de nouvelle sobre los años ´80, dando como resultado una novela con dos historias: el traumático proceso de duelo que debe iniciar Santiago Murúa tras el suicidio de su amigo Federico, con su correlato en la culminación de un proyecto que jamás acabarían juntos y que tiene que ver con la narración de la aventura porteña de Manuel Farías en los años posteriores a la vuelta de la democracia.

“Un héroe pop, sin grandes ambiciones, conflictivo, asumido como tal y con ese conflicto encima, una carga no resuelta. Un Federico Mouras sin virtudes. Un Charles Bukowski con mucha cocaína y sin editores. Un Andy Warhol sin películas, sin dinero aunque no tan excéntrico. Un Luca Prodan con pelo, sin banda y bebedor de cerveza”, planifica Murúa, el primer narrador, para crear a otro narrador en la voz de Manuel Farías desde “Agua caliente”, la novela dentro de la novela, un sórdido e introspectivo relato construido a partir de las evocaciones y el monólogo interior de un joven que inicia el soliloquio introspectivo de su descubrimiento de Buenos Aires como cronista de rock.

A la manera proustiana, el escritor cuenta cómo se escribe su novela a medida que la está escribiendo, en este caso como una sucesión de espejos (Tarruella con “Balbuceos en noviembre”, Murúa con “Agua caliente”). De esta manera, el personaje de Santiago Murúa va a presentar las motivaciones estéticas que ornamentarán esa novela inconclusa que es necesario concluir como parte del duelo. De Paul Auster a Don Delillo, de Ricardo Piglia a Scott Fitzgerald, Juan José Saer y Andrés Rivera, la “genialidad” de Onetti, “la capacidad de encontrar la lírica en una alcantarilla o en un buzón de correo” de Raúl González Tuñón, Marsé, Wernicke y Kordon, todos aparecen en lo que serán capítulos completos del libro, cortos, largos, de una o cinco páginas, pero completos, sin nada más, a veces con párrafos citados textualmente, otras con reseñas hechas a modo de borrador.
Pero no sólo con la literatura se ajustan cuentas. También con el rock como metarrelato de la adolescencia, el rock nacional de principios de los ´80 luego de su paradójico crecimiento post Malvinas, el rock como elemento catalizador de intelectuales porteños y un joven entusiasta del conurbano sur que se siente inferior, incompleto y superficial no sólo por sus pocas lecturas sino por haber abandonado al segundo o tercer capítulo libros canónicos para la intelectualidad porteña de aquel entonces como “En el camino” de Kerouac o “Lobo estepario” de Hesse. Un Farías insuficiente comparado con esos “intelectuales apropiados de sabios problemas, fundamentales e intensos”, que va descubriendo a los personajes urbanos de la cautivante ciudad capital, con sus húmedos rincones, sus teatros subterráneos, sus centros culturales y su refinada cocaína, mucho mejor que la que consigue muy barata en una sucia casilla de Quilmes.

Mientras espera por la edición de una novela premiada recientemente en Córdoba (“Allá, arriba, la ciudad”, el relato de tres trabajadores de un teatro de subsuelo que, mientras montan la escenografía para una obra, se desata la represión del 19 de diciembre de 2001 y quedan ahí encerrados, por lo que la narración se va estructurando desde los ruidos que escuchan los personajes, desde lo que ellos intuyen que está pasando arriba) y trabaja sobre una biografía del mítico militante anarquista Simón Radowitsky, Ramón Tarruella cuenta cómo fue pensar, escribir y armar “Balbuceos en noviembre”, además de hacer un recorrido sobre sus definiciones de la literatura argentina, la relación que mantiene actualmente con las instancias académicas y el rock como forjador de identidades.

-¿Como viviste el proceso de trocar el dolor por la muerte de tu amigo con un proyecto de escritura?
-Juan Pablo se suicidó en marzo de 2004 y en agosto empecé a escribir algo en una mixtura de géneros, que no era ni novela ni diario. A partir de su suicidio sentí una necesidad muy mía de escribir y de indagar un poco en cómo fue nuestra adolescencia en Quilmes, por eso hay tanta referencia a eso. No desde el costumbrismo de querer retratar esos momentos, sino para ver qué pasó ahí, porque algo pasó para que dos amigos tan unidos tomáramos dos caminos tan distintos. Y en ese sentido, por lo menos para mí, la literatura significa una manera de situarse en el mundo y también una forma de protegerse frente a sus males.

-¿Cómo lograste manejar tus sentimientos para darles una estética y que no se pierda todo en la catarsis?
-La parte catárquica quedó en los primeros textos; los revisé y ahí estaba toda la cuestión volcánica. En este tema de equilibrar lo catárquico con lo estético juega mucho la propuesta narrativa que yo presento. Eso es fundamental para balancear ambas cosas.

-¿Existió el proyecto de escribir “Agua caliente” con Juan Pablo?
-No. En realidad era una novela que yo ya tenía escrita y que la usé para esta historia. Es mi primera novela declarada; antes había escrito un policial muy pero muy malo. Yo ya tenía avanzada la novela sobre lo que le había pasado a Juan, pero todavía no se llamaba “Balbuceos en noviembre”. En un momento, cuando hago una relectura de “Agua caliente” para mandarla a concurso, me di cuenta de que estaba escribiendo casi lo mismo en otra década: había un paralelo entre ambas historias, una en los ´80 y la otra en los ’90.

-Sin querer, trazaste un puente entre las dos décadas a partir de personajes con conflictos y motivaciones similares.
-Cuando estaba corrigiendo esa novela corta me di cuenta de que era lo mismo que estaba escribiendo ahora. Entonces empecé a diseñar estrategias para mecharla adentro.

-Terminan quedando dos propuestas narrativas distintas.
-Sí. Incluso meché partes de algunos ensayos que ya tenía escritos sobre los ´90, así que la novela se concluyó en un acoplado de géneros.

-Tus compañeros del grupo Mil Botellas coinciden en que la novela se aleja de ciertos relatos aterciopelados de los ’90. ¿Cuáles serían?
-En los ’90 hubo toda una literatura de los ´90 escrita en los ´90 (Juan Forn, Rodrigo Fresán o Martín Rejtman) que tiene esa cosa aterciopelada vinculada a las cuestiones de la clase media alta. Es una literatura urbana y porteña que dejó afuera a otro mundo, que tiene esa cosa muy unitaria de Buenos Aires, una literatura muy porteña. A mí me interesa otra cuentística que no ha sido lo suficientemente valorada: Saer, Tizón o Rivera, por nombrar algunos del interior. De hecho, Saer se publica primero en Francia y después acá… Es increíble.

-En el primer párrafo de la novela escribís que “las instituciones no consagran saberes, sólo organizan futuros jactanciosos para esgrimir un título”. ¿Cómo es tu relación con la academia?
-Totalmente conflictiva, rencorosa, odiosa y muchas cosas más, y no sólo por no haberme recibido y porque eso me traiga serias consecuencias en lo laboral. Yo creo que en los últimos años hubo un deterioro muy grande en lo referente al sistema de becas y de la investigación en general. Me da la sensación de que el investigador que está pendiente de una beca es el camino contrario al trabajo de una artista que está todo el tiempo tratando de superarse, buscando una nueva técnica y una nueva estética. Lo que el investigador hace es refritar: ya hay un tema de investigación planteado y lo que hace es “bueno, vamos a ver qué pasa con esto en Junín”. Me parece bárbaro que haya más presupuesto para el CONICET y defiendo a muerte a la universidad pública, pero creo que se necesita una política más refrescante.

-¿Y con la carrera de Letras?
-Creo que en Letras hay muy poca gente que lee, con todo lo que lleva implicado el acto de leer. Por ejemplo, te encontrás con la titular de Literatura Alemana que solamente lee escritores alemanes del Siglo XIV, y eso va en contra del placer de leer. Uno no puede leer todo, eso está claro, pero la Universidad enfrasca de alguna manera. Eso lo noto en mis talleres donde tengo muchos estudiantes universitarios que vienen con conceptos muy esquemáticos.

-¿Cómo llegás a citar a escritores como Wernicke, Kordon o Marsé como pautas para que el lector identifique en “Agua caliente”?
-La mayoría son escritores que no figuran en la academia. “El agua”, de Wernicke, es una novela que me impactó mucho y hasta incluso se puede decir que le he sacado cosas. Me pareció impresionante que el tipo se quede solo en su casa y empiece a ver cosas que nunca había visto; creo que es una de las mejores novelas de la literatura argentina. Y creo que en “Agua caliente” está eso: el personaje empieza a indagarse a sí mismo después de la fiebre. Hay alguna transferencia e influencia importante. De Marsé siempre me gustó cómo retrata todo esa cuestión de barrio… Me parece que es algo muy logrado en su prosa, aunque quizás “Agua caliente” sea mucho más barroco que su estilo. Y Kordon me parece un escritor brillante, un gran cuentista y novelista.

-¿Qué representa el rock nacional en tu vida?
-Tengo una cuestión muy ambigua con la música. Mis viejos siempre escucharon mucho folklore, desde el tradicional de Los Chalchaleros hasta el militante de Viglietti y Yupanqui. Yo desde los 14 empecé a escuchar mucho rock nacional, hasta el punto de fanatizarme y hacer archivos con material de todo tipo. Había un programa en Radio Nacional que me gustaba mucho, “Gira mágica y misteriosa”, que contaba historias del rock. Yo escuchaba eso y me fascinaba, tomaba notas y así conocí muchos grupos. El rock me sirvió para forjar mi propia identidad, fue una especie de caparazón para mí. De hecho yo no iba a bailar sino a ver grupos en Quilmes y en Buenos Aires.

-¿Que te pasaba con las letras?
-Siempre me gustaron los tipos que contaban historias, algunas letras de Charly o Fito que hacían hincapié en la narración, en contar una historia en un par de estrofas.

-¿Cómo notaste la repercusión que ha tenido la novela desde que se editó?
-Ha sido buena, he recibido mails de gente que le ha gustado mucho y eso es muy gratificante. Alberto Szpunberg la votó como mejor novela en 2008 en una encuesta de Página/12 y que lo diga él, que para mí es un enorme poeta, es muy lindo. Ha tenido repercusiones bastante problemáticas también: hay amigos universitarios que no me llaman más y yo supongo que se han sentido heridos por ese primer párrafo. También tuve una discusión muy pero muy fuerte con mi mamá, porque dice que uno de los personajes es ella. En fin, son cosas a las que te tenés que enfrentar.

 

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