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NÚMERO
70 - JUNIO 2009
Héctor Tizón
“Hay que estar al servicio de una esperanza”
Fue diplomático y por eso tuvo que viajar. Su compromiso político lo llevó al exilio durante la dictadura. Hoy, ya afincado en una localidad jujeña, apuesta a la esperanza basada en la memoria y asegura que un juez hace exactamente lo mismo que un escritor.
Por Juan José Santillán
Desde Cienfuegos, Cuba
Viaje y azar elaboran una singular arquitectura. Y en ese territorio fluctuante, Héctor Tizón (Rosario de la Frontera, 1929) elaboró una obra destacada de la literatura argentina contemporánea. Pertenece a una generación de escritores de provincias, al igual que Juan José Saer, Antonio Di Benedetto y Daniel Moyano. 49 años pasaron de A un costado de los rieles, su primer libro publicado en México. A partir de ese momento, el trabajo de Héctor Tizón estuvo marcado por una serie de motivos que reivindican límite y frontera como reiterado procedimiento de escritura.
La entrevista transcurrió en Cienfuegos, a unos doscientos kilómetros de La Habana. Allí sesionó el cuerpo de jurados de la 50° edición del Premio Literario Casa de las Américas. El escritor argentino trabajó en el apartado Novela junto a la mexicana Carmen Boullosa y el chileno Grinor Rojo, entre otros.
Tizón vive hace años en la localidad jujeña de Yala. En ese espacio creó el entorno donde gravita una parcela de su producción literaria. Sin embargo, tanto el movimiento como el destierro lo han marcado. “Desde que me casé -dice- he tenido más de treinta mudanzas. Por distintas razones. Una se debe a mi destino diplomático, otra por mi exilio. Casi nunca porque se me dio la gana. Todas tuvieron que ver con las circunstancias y con lo que hacía en ese momento. Sin embargo –agrega- siento algo fundamental: a medida que corren los años gané en experiencia, sólo en eso. Me convencí del enorme error de afirmar que la vida está en otra parte. La vida no está en otra parte, sino que la vida está donde uno está viviendo. Con todo lo que eso implica”.
Autor de Fuego en Casabindo (1965), Sota de bastos, caballo de espadas (1975), La mujer de Strasser (1997), combinó durante un largo tiempo la escritura con su labor como Juez del Superior Tribunal de Justicia de Jujuy. En 1958, fue destinado por la Cancillería argentina a México, país que dejó importantes marcas en su vida. “Allí, nació uno de mis hijos -dice-. Además, conocí gente entrañable, como Juan Rulfo”. Durante la dictadura argentina de 1976, Tizón se exilió en España. Este desarraigo fue uno de los quiebres más importantes de su narrativa.
Su última novela fue La belleza del mundo y el año pasado publicó las memorias, El resplandor de la hoguera. “Es, más bien, un libro de recuerdos sobre la obra de amigos, no sólo de escritores, sino también de directores de cine como Luis Buñuel -explica-. Estas personas están reunidas sin un orden cronológico, esa fue la única consigna con la que decidí encarar el libro. Pienso que un hombre no vive su cronología, sino sobre todo su memoria”.
-¿La escritura puede contener una experiencia de vida? ¿O el abordaje de una biografía está condenado al fracaso?
-Sobre todo, está condenado al tedio. Pero es posible. En realidad no se escribe con un lápiz, una máquina de escribir o una computadora. El hombre siempre escribe con la memoria. Recuerdo la primera vez que vi a un escritor rumano, Vintila Oria, en Madrid. Había ganado un premio por la biografía de Ovidio, a quien el César había condenado al exilio por su literatura pornográfica. Lo cuál viene a ser una especie de sarcasmo, porque con el César y su corte no primaban ni la honestidad ni el recato. Vintila Oria empezaba la novela con la frase: Cierro los ojos para ver. Es decir, que uno no vive contemplando las vidas con los ojos. Sino con la memoria. Cuando uno cierra los ojos, apela a la memoria y es cuando realmente comienza a vivir con claridad.
-¿Qué reencontró en su viaje personal por la memoria? ¿Algo lo sorprendió a la distancia de los años?
-Volví a vivir varios momentos. Extrañamente, es una forma de rejuvenecer. Me reencontré con amistades de escritores en México o en Italia, donde pasé varios años. Incluso, recuperé algunos recuerdos de mi época universitaria. Retomé algo que nunca conté: mi relación con Atahualpa Yupanqui, los dos colaboramos en un diario del partido Comunista, “Orientación”. Lo curioso es que no nos volvimos a ver nunca más con Atahualpa. Yo era casi un adolescente, empezaba mi carrera de Derecho en La Plata.
-Un eje fundamental de sus recuerdos son los desplazamientos. ¿En qué medida la distancia de Argentina marcó su escritura?
-El exilio cambia todos los puntos de referencia. El ángulo de la mirada estaba cambiado. No el lenguaje, ni la forma de escribir. Sino el punto de mirada. Y cuando se mueve, aunque sea ligeramente esa proyección hacia el futuro, la vida de uno también se desmantela.
--¿El exilio funcionó como un motor de su obra?
-No, al contrario. Estuve mucho tiempo sin escribir hasta que me di cuenta que Julio Cortázar tenía razón: a medida que, en el exilio, nos privábamos de hacer lo que era esencial, ganaba el enemigo. Entonces, dejar de escribir era lo único que no podíamos hacer.
-¿Qué recuerda de sus inicios, de su relación con los escritores de las provincias?
-Hice toda mi formación muy lejos de mis padres. Los recuerdos de mi infancia son muy pobres y aislados. Mi infancia no ha incidido de forma intensa en mi vida. En el tiempo en que yo comencé también arrancaron Juan José Saer, Antonio Di Benedetto, Daniel Moyano. Fuimos una generación llamada “del interior”, una extraña forma de llamarnos que tuvieron los argentinos de Buenos Aires. Siempre me preguntaron en Francia qué quiere decir eso, si habitábamos y escribíamos debajo de la plataforma submarina o qué. Con Daniel Moyano y Di Benedetto estuvimos juntos en Madrid en la misma época. Saer, estaba en París, era docente. Teníamos una gran afinidad. Con el resto de la literatura argentina tuve un diálogo bastante escaso. Vivo en un lugar que no tiene nada que ver con la literatura pampeana o rioplatense, sino con la cultura Altoperuana. En el norte de Argentina somos Altoperuanos. Por una separación caprichosa del Virreinato, nosotros quedamos dentro del Río de la Plata.
-Usted señaló que en una antología suya no podían faltar obras como “La casa y el viento”, “Luz de las crueles provincias” y “Los árboles”. ¿Por qué esos textos?
-A eso sumaría casi todo lo que forma parte de Tierra de frontera, esos textos son realmente el punto desde donde empecé a mirarme y mirar la realidad. Un mundo muy distinto del resto del país. La Casa y el viento es una novela que escribí en el fin de mi exilio y el comienzo de mi regreso a Argentina. Tiene mucho que ver con mis experiencias. Luces de crueles provincias es una especie de remota biografía de casi todos los argentinos que llegaron como inmigrantes al puerto de Buenos Aires y que, con el tiempo, se instalaron en el interior del país. Es la historia de la vida de uno de esos inmigrantes, que se va al norte porque alguien le recomienda el porvenir de esas tierras. El personaje termina convirtiéndose en una de las grandes familias de propietarios del norte de Argentina. A Los árboles, la escribí en Holanda. Es la historia de un pintor que descubre que, muchas cosas esenciales, son iguales en un lugar y en otro. Lo esencial no se modifica con sólo cambiar la residencia. Hacia afuera no importan tanto las cosas.
-¿Cómo relaciona su actividad como Juez del Tribunal Superior de Justicia de Jujuy con su labor literaria?
-En un principio renegaba de ejercer las dos cosas. Pero me di cuenta, con el tiempo, que no son ajenas. El escritor o novelista vive con sus personajes, los describe. Y el juez trabaja con personas. Pero las realidades son parecidas y la forma jurídica procesal es muy parecida a la construcción literaria. En el sentido de la acumulación de datos que le aportan a un juez. Él hace la síntesis, la conclusión y la sentencia. Es exactamente lo que hace un escritor, sólo que no se da cuenta. Como, a veces, tampoco el juez.
-Usted divide su escritura en una primera etapa donde, señaló, funcionaba como una especie de anticuario que intentaba conservar ciertos elementos de la cultura de su provincia. Un ejemplo de este momento es “Fuego en Casabindo”. Luego, ha modificado esa apreciación. ¿Cuál es hoy su punto de vista?
-La investigación antropológica es para otro tipo de labor, no la literaria. Empecé a creer lo que pienso hasta ahora, que lo que culturalmente está muerto no hay por qué resucitarlo. Nada muere definitivamente en la cultura, sino que da nacimiento a otras formas que tienen que ver con su semilla. Lo que está muerto no debemos revivirlo artificialmente porque caemos en una copia. Y eso se nota. La apariencia de la muerte es siempre distinguible, nos damos cuenta que describimos algo que está muerto porque no tiene sangre, nada entrañable. Ahora, escribo lo que siento, no tanto lo que miro.
-¿Qué relación tiene con los escritores contemporáneos?
-Me interesan, leo todo lo que puedo de los llamados “jóvenes”. En lo que llamamos “literatura joven” predomina un alejamiento de las cosas esenciales. Antes, los escritores de mi generación pretendíamos hablar. Nunca nos sentimos ajenos a lo esencial en el país. Ahora, la literatura está contagiada de lo peor que trajo el neoliberalismo. Pretenden hacernos creer que la ideología ha muerto. Algo que ha creado la derecha. En literatura se persigue el éxito.
-¿Qué ambicionaba en su comienzo con la literatura?
-Que nuestras esperanzas más hondas se hicieran realidad. Ahora hay una especie de falta de esperanza y de compromiso. Ahora el compromiso es una mala palabra. Por supuesto, que no creo en el sentido que le daba Sartre al compromiso. Sí, hay que estar al servicio de una esperanza. La literatura puede transmitir una esperanza en un mundo más digno.
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