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NÚMERO
70 - JUNIO 2009
El Sabalero
“Hay que poner el hombro
pa’ que los botijas no se pierdan”
Es una leyenda viva de la música. Temas suyos como Chiquillada y A mi gente le pertenecen al cancionero popular latinoamericano. Tenía 7 u 8 años cuando se abrió el telón del salón de actos de su escuela y apareció Atahualpa Yupanqui. Quedó impactado y hoy, ya con 65 años, recorrerá todas las escuelas del Uruguay para llevarles a los niños las canciones de su pueblo y así ponerle el hombro a los botijas. Vive un tiempo en Holanda –donde se exilió- y otro en Uruguay. Gran contador de historias y “borracho conocido”, José Carbajal se define como “medio cantor, medio compositor y medio poeta”.
Por Ulises Rodríguez
A las 3 de la tarde en Atlántida todos duermen la siesta. O casi todos. José María Carbajal, un vecino que pasa unos meses en esa ciudad costera, a 50 kilómetros de Montevideo; y la otra parte del tiempo en Holanda, aprovecha para leer, escribir y tocar la guitarra en el patio con el mar de fondo. Por esos lados todos lo conocen como “El Sabalero”. Cuando sale a hacer los mandados o a caminar por la playa, los vecinos lo saludan y algunos pescadores le dicen “Saba”. Cantor y poeta, tiene el don de ser un gran contador de historias. Sus canciones van más allá de su nombre. Muchos las cantan sin saber a quién le pertenecen y eso es motivo de orgullo para cualquier músico popular. Dos ejemplos concretos: Chiquillada, acá le decimos Pantalón cortito, y la conocemos en la voz de Leonardo Favio o en la de Jorge Cafrune. Y A mi gente, el candombe que dice “sentados al cordón de la vereda”, que por estas pampas grabó Soledad Pastorutti, hace más de 10 años, y la rompió.
El Sabalero cuenta con orgullo que nació en el ’43 en Juan Lacaze, “un lugar precioso sobre el Río de la Plata, en el Departamento de Colonia”. Recuerda que había dos fábricas que regulaban la economía de toda la población: “la textil con unos 1.800 obreros y la papelera con unos 600. Eran los años de la posguerra y mucha gente del campo y de los pueblos vecinos, llegaba en busca de trabajo como lo habían hecho mis padres en el ‘40 y esa gente se iba estableciendo en los alrededores creando barrios nuevos. Así fue creciendo el paisaje de casitas con terreno y el pueblo se extendió a lo largo de la costa”.
Se crió en la libertad de las lagunas rebosantes de sábalos, palometas, juncales y pájaros con todos los colores y todas las melodías. “Crecíamos con las chimeneas delante de los ojos, que esperaban nuestros 14 años para abrir el portonazo de hierro y tragarnos para siempre... Y ese sería nuestro destino, en el mejor de los casos”.
Hizo los siete años de primaria en la Escuela Industrial Don Bosco, un año del Liceo público (secundaria) y “al cumplir los 14 años abandoné el saloncito con treinta bancos, mapamundi, hombre anatómico y risas infantilotas y me aturdí entre el estruendo de 400 telares, otros olores, otro lenguaje y otros. Otros, mitad maestros y mitad compañeros, que me enseñaron durante seis años la más difícil de las materias: la fraternidad”.
En esos años de juventud comenzó a escribir sus primeros versos y con una guitarra, que compartían entre muchos amigos y así se fue volviendo “medio cantor, medio compositor y medio poeta”. En 1967 dejó el pueblo para probar suerte en Montevideo “y ahí me quedé trabajando en las peñas folclóricas donde cantaba mis canciones y en la biblioteca del Ministerio de Ganadería y Agricultura”.
Por esos años grabó un disco con cuatro canciones que pasó inadvertido, hasta que en 1969 editó su primer LP en el que sonaban Chiquillada, La sencillita y A mi gente. “Mi vida cambió porque las canciones impactaron en los uruguayos y algunas se me fueron por Latinoamérica y se hicieron bastante populares. Entonces llegó el momento de elegir y elegí”.
La música y la escritura lo convencían más que los consejos de su madre que se preocupaba por las inseguridades de la aventura artística. Vida de cantor y guitarrero. Primero se instaló en Buenos Aires y después en España, donde estuvo un año y medio hasta que el franquismo lo expulsó a Francia. “Cinco años después, Holanda llenó todos mis rincones vacíos... y luego... sobrevolamos México hasta el ‘84. Volví -o volvimos- a Uruguay el 3 de noviembre de ese año y nos quedamos ocho más en Montevideo, donde nació nuestro hijo Antolín, en el ‘85. Hace unos nueve años recalamos en Amsterdam y ahora reparto mi tiempo entre Holanda, donde escribo canciones y cuentos, estudio holandés, cocino, limpio y cuido mis hijos y mi casa; y Uruguay, Argentina y otros países donde sigo trabajando en la música”.
Lo suyo no es el folclore puro como el de Alfredo Zitarrosa, ni la murga como Falta y Resto y menos el rock-candombe de Jaime Roos. El Sabalero es distinto. Le canta a los bares y a los ladrones. A las putas y a los gitanos. A los perros vagabundos y a la muerte cobarde. Al amor y a los obreros. A la vida y las mujeres. A los amigos y a los recuerdos de una infancia pobre pero feliz. Todo en su tono. En su fraseo. Y con la musicalidad de una garganta marcada por el tabaco y las noches de rondas interminables.
Tras cinco años de ausencia desembarcó en La Plata con su bolsita de los recuerdos. Fue en el Teatro Luz y Fuerza, el sábado 18 de abril. Antes de su espectáculo charló con La Pulseada. Primero por teléfono, mientras sus vecinos siesteaban en Atlántida, y luego -un rato más- cuando todos le pedían un autógrafo, una foto o un abrazo al finalizar el recital.
-Cuando volvés de Holanda, ¿te instalás en Atlántida y te quedás todo el tiempo ahí?
-¡No! Para nada. Viajo cada dos días o día por medio a Montevideo. Allá están los músicos que me acompañan en las presentaciones, tengo amigos que visitar y librerías que recorrer en Tristán Narvaja y la Ciudad Vieja.
-¿Y qué hace la gente cuando te cruza por la calle? Porque vos ya sos una especie de leyenda viva de la música uruguaya.
-Sí... Me conocen, pero el uruguayo es más bien tímido. Te saludan pero tranquilos. Una vieja te da un beso, un viejo un abrazo, te hacen algún comentario “vó... tal cosa”, pero no te acosan. No es lo que pasa en Argentina y en otros países grandes, donde las personalidades públicas y artistas tienen que ser medio invisibles.
Pa’ la chiquillada
El Sabalero ha demostrado desde siempre una devoción especial por la infancia. Ha reflejado en sus canciones esos años de inocencia donde hasta trabajar junto a su padre en el campo podía ser tomado como una aventura. Pero entiende que la niñez es un tiempo para jugar y también para aprender. Por eso su proyecto, que comenzará a partir de agosto, es llevar las canciones de su tierra a todos los niños uruguayos. “Con Washington Carrasco, Cristina Fernández y Abel García, y el grupo de músicos que me acompaña, estamos trabajando para cantarle a todo el alumnado y a los maestros del país. Yo estoy haciendo el libreto y estamos eligiendo los temas, todos de autores uruguayos. No es para el público, ni para la prensa, ni los padres… Es para los niños”.
-¿Cómo surge esta idea?
-Hace rato que me viene dando vueltas por la cabeza y tiene que ver mucho con un recuerdo de cuando yo tenía unos siete u ocho años. Un día en la escuela donde yo iba nos juntaron en el salón de actos, con un sándwich y un refresco, y cuando se abrió el telón apareció Atahualpa Yupanqui en el escenario. Nunca más me olvidé de eso y siempre tuve esa idea de hacer algo con los niños de las escuelas y llevarles el canto de ahora, de los autores que acaban de morir o están vivos todavía.
Para llevar adelante esta idea Carbajal cuenta con el apoyo del Ministerio de Educación del Uruguay, que solventará todos los gastos de traslado, el sonido, el pago a los músicos y otra parte de dinero que se necesitará para difundir esta obra.
-¿Creés que si no estuviera el Frente Amplio en el gobierno vos hubieras podido llevar adelante tu proyecto?
-No creo que se trate de una cuestión de gobierno, aunque es más fácil ahora porque a muchos los conozco personalmente. Por una cuestión de edad. Pero pasa por un proyecto que no tiene nada que ver con política y nada de eso. Aunque tengo que aprovechar a hacerlo este año, que está este gobierno (y espero que siga estando), porque creo que es un buen momento.
-¿Esto te hace pensar que este gobierno del Frente Amplio se ocupa un poco más de la educación?
-Algo que destacaría es el Plan Ceibal (N. de la R.: El Plan Ceibal es un programa del gobierno uruguayo cuyo objetivo es entregar gratuitamente a todos los alumnos de las escuelas públicas de su propia computadora portátil). Incluso nosotros tenemos pensado que los niños aprovechen esa tecnología para que nos filmen y nos graben en sus computadoras y hagan un resumen de lo que han visto. Y le vamos a mandar por Internet los textos para que se aprendan las letras. La idea también es que otros se contagien y hagan cosas por los chiquilines. Estoy convencido de que “la cosa” está ahí. De que los botijas vayan a la escuela. Acá en Uruguay es muy difícil que no vayan porque cuando un chico anda por la calle con 10, 12 años se hacen denuncias y van a buscar a los padres para ver por qué ese niño no está en la escuela. De todas manearas hay quien zafa y manda a los chiquilines a pedir limosna. Por eso creo que cuando se habla de delincuencia juvenil hay que pensar que se trata de chicos desatendidos. En primer lugar por sus padres y en segundo por la sociedad. Por eso hay que poner el hombro pa’ que los botijas no se pierdan.
-Sin dudas uno de los graves problemas que tenemos tanto en Argentina como en Uruguay es el consumo de paco, pegamento y otras drogas que dañan seriamente a los niños…
-Con eso estamos embromados y el mayor problema ahí es la corrupción en los cuerpos de seguridad. No puede ser que las autoridades policiales no sepan dónde están las bocas de expendio. Por eso no hay que penalizar al consumidor sino al vendedor.
Nostalgias
En sus canciones y relatos El Sabalero se define como un hombre de bar. Acodado al mostrador o sentado en una mesa, es de los que defienden el valor de una charla con amigos mientras se baja un vaso de vino. Los bares siempre fueron fuente de inspiración y poesía al referirse a aquellos “viejos boliches de vino donde los vecinos gastan su humildad”.
-¿Frecuentás algunos bares y lugares de tu época más bohemia?
-Antes paraba en el Lobizón, pero ahora se mudó y se cambió de nombre. Encima, cuando voy no tengo mucho tiempo, así que me pido un olímpico (sándwich) y una botella de agua o un capuchino y sigo de largo.
-¿Una botella de agua? ¿No tomás más alcohol?
-No. No tomo más alcohol, no fumo... ¡Soy un desgraciado! (risas).
-Pero… ¿te volviste un fundamentalista de esos que no toman una gota?
-¡No! Para nada. Nunca fui a alcohólicos anónimos y nada de eso. Soy un borracho conocido que toma menos o de vez en cuando, en un asado con amigos o en una ocasión especial. Además, ando en el auto y la tolerancia es cero para los que conducen. Tengo 65 años y ya el cuerpo no es el de antes; no me puedo pasar 3 días seguidos bolicheando y tomando como en otras épocas. Tengo que cuidarme un poco.
-¿Y qué fue de esos amigos de la música con los que bolicheabas y salías a tocar?
-A muchos los veo cuando vengo y a otros me los cruzo en otras partes del mundo. Con el que me veo más seguido es con el Pepe Guerra, de Los Olimareños… El otro día comimos un asadito en la casa; con Jaime no me he visto pero hablamos por teléfono. Últimamente he estado mucho con los chicos de la murga Agarrate Catalina, con la que hemos compartido varias actuaciones y ahora me voy a ver con los de Araca la Cana que están haciendo un documental y me invitaron para dar un testimonio. Lo que más nos gusta cuando nos juntamos, además de comer el asado y tomar algo, es jugar al truco. Nos pasamos horas jugando.
-Me contó un amigo uruguayo que años atrás hiciste la publicidad de una marca de leche y que a raíz de eso después te trataban de traidor en los bares.
- Ja ja ja… Los borrachos amigos… Cuando pasaba por el boliche me decían “¡salí de acá, traidor!”.
Historias
Además de sus canciones, El Sabalero tiene varios cuentos escritos. Por ahora esos relatos no han visto la luz. Están guardados en una carpeta y muchas de esas historias son las que cuenta en los recitales como preámbulo de sus canciones.
-¿Nunca te han propuesto publicar esos cuentos?
-Son relatitos, yo les digo así. Pero no los hago con esa pretensión. Sí, me lo han propuesto pero yo siempre digo que no están terminados. Igual los aplico en algún disco. Considero que no son para publicar sino para decirlos arriba del escenario. Lo que salió publicado fue el librito de “La casa encantada”, que es la copia del espectáculo y del disco. Sé que no es fácil conseguir ese trabajo porque se hizo una edición pequeña con el librito y nunca más lo vi. Hasta yo lo ando buscando porque me lo han pedido de una biblioteca de Holanda.
-Cada vez contás más historias en tus shows y tocás menos la guitarra.
-Es que tocando la guitarra soy muy malo. Toco de entrecasa pero no soy bueno. Decí que tengo unos músicos bárbaros que me cubren pero lo mío no es la guitarra. Soy medio tronco, pero si tengo que tocar, toco.
Auténtico
El Sabalero nunca se ha sentido cómodo con la policía y las fuerzas del orden. El exilio obligado por la dictadura, la prohibición de sus temas en Uruguay y Argentina le dan sobrados motivos para pararse en la vereda opuesta. No en vano en su canción El bailongo de Alcasotro deja en claro que quien “anda en mala con los retobados es porque anda en buenas con la policía”.
Años atrás, en un programa de televisión de Montevideo, manifestó que “quienes mandan a sus hijos a un liceo militar, que sepan que allí se forman hijos de puta”. Por esos dichos fue querellado por los comandantes de las tres armas uruguayas.
“Fue una bronca del momento pero es lo que pensé toda la vida”, dice. Muchos artistas de su país se mostraron solidarios con él, pero los políticos se llamaron a silencio: “está bien porque ellos hacen su trabajo, que es cuidar su sillón. Y yo hago el mío que es cuidar el respeto y mi dignidad”.
De su exilio en Holanda asegura que “uno nace un poco de nuevo cuando está en un lugar en el que no sabe hablar”. Mientras estuvo deambulando por distintos países de Europa hizo de albañil, volantero, cosedor de cueros y cantaba en actos solidarios para los presos políticos. “En el exilio perdés las seguridades de lo que tenías a tu lado –dice Carbajal-, pero ganás en conocer otros lugares y en tus posibilidades de saltar paredones”.
Como otros tantos artistas e intelectuales latinoamericanos “nosotros fuimos parte de un movimiento sin darnos cuenta”. El Sabalero recuerda que “empezábamos a cantar en lenguaje de entre casa… Éramos muchachos con una fuerte pertenencia a la clase obrera. Uruguay tuvo un movimiento sindical muy fuerte y sano. Y tuvimos la suerte de nacer en ese medio y la sociedad uruguaya se movía en derredor de ese movimiento sindical. El pantalón cortito de Chiquillada es de esa clase”, concluye categórico.
Así es el Sabalero. No se anda con vueltas. Te la canta de frente. Para él la muerte “es una puta, vieja y fría” por eso a la hora de amar lo hace “hasta reventar si es posible, porque eso, eso es la vida”.
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