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NÚMERO
70 - JUNIO 2009
INTI ILLIMANI
Música con alma y esencia
Horacio Salinas, uno de los fundadores históricos y líder del grupo chileno, recorre buena parte de su historia y actualidad. Desde el legado de Violeta Parra y Víctor Jara hasta el conflicto por el nombre, pasando por la campaña junto a Allende, el exilio, el regreso y las nuevas esperanzas.
Por Martín E. Graziano
La historia de Inti Illimani no puede ser leída sin la voz del pueblo chileno sonando como un eco. Como una plaza llena bramando desde el fondo. Y su génesis hay que rastrearlo durante la segunda mitad de los convulsivos ’60, cuando alrededor de las peñas de la Universidad Técnica del Estado (UTE), los Parra, Víctor Jara y otros comenzaron a darle forma a aquello que se llamó Nueva Canción Chilena. Allí está el centro de todo. En esa mirada contemporánea y universal que los músicos chilenos vertieron sobre su propio cancionero popular.
En ese contexto entusiasta, artística y políticamente, el grupo de estudiantes que se unió para darle forma a Inti Illimani tenía entre sus filas a Horacio Salinas, Pedro Yáñez, Jorge Coulón, Max Berrú y Horacio Durán. Esa fue la primera formación estable. Con una imagen vital y combativa, crecieron palmo a palmo con el ascenso al poder de Salvador Allende, y hasta musicalizaron su campaña. La estocada llegó con el golpe de estado de Pinochet, que sobrevino cuando el Inti se encontraba fuera del país. El grupo debió partir hacia el exilio y vivir desde Italia la oscuridad que se encapotaba sobre Latinoamérica. Recién volverían a pisar Santiago durante 1988, cuando se levantó la prohibición que pendía sobre ellos. Su regreso adquirió estatura simbólica, con una larga caravana acompañándolos desde el aeropuerto hacia la ciudad. A partir de allí el grupo comenzó a reformularse musicalmente, con mayor o menor fortuna según los períodos y los sucesivos cambios de integrantes.
Justamente el año pasado, durante los homenajes que se realizaron a la figura de Salvador Allende, dos grupos abiertamente distintos tocaron bajo el nombre Inti illimani, pero eso sí, distinto apellido: uno era el Histórico, otro el Nuevo. La simultaneidad puso sobre el tapete un conflicto que ya llevaba algunos años de pasillos burocráticos y tragos amargos. No hace falta ser un experto para percibir que son los Inti Illimani Histórico quienes se cargan el nombre con autoridad. El grupo, liderado por Salinas, Durán y Seves, logra equilibrar esa carga histórica y el cuidado de la identidad sin perder de vista la construcción de algo nuevo y fresco. Así es como asumen el poderoso legado con aplomo y alegría, con la liviandad que su música necesita para volar por los Andes.
Para entender ese camino es necesario, eso sí, volver a la semilla. A la raíz.
La raíz
En aquellas peñas folclóricas convocadas alrededor de la UTE se incubó buena parte de la música chilena que atravesaría el siglo. El grupo de estudiantes que daría forma al Inti comenzó tocando con una alineación instrumental bien andina y tradicional, de guitarras, charango, quena y bombo. Sin embargo, el nervio que movilizaba su propuesta tenía los ojos puestos en su época. Hay versiones encontradas sobre el origen del nombre, pero casi todas le atribuyen el bautismo a un encuentro con el guitarrista chileno y ascendencia boliviana Eulogio Dávalos, allá por marzo del ‘67. Lo cierto es que la expresión Inti Illimani es de origen quechua, y significa Sol del Illimani, haciendo referencia al gran monte emplazado al pie de La Paz.
Influidos por el folclore argentino de la época, tanto el de los estandartes del boom (Fronterizos, Chalchaleros) como el de los pioneros (Yupanqui, Falú) y hasta por la renovación del Nuevo Cancionero, Inti Illimani comenzó a esbozar un perfil artístico que se despegaba del folclore más tradicional de su país. “Lo primero fue estructurar un grupo que tuviera algunas armas instrumentales fuera de la garganta, que ya venía medio templada –recuerda Salinas-. Luego aparecieron los primeros ‘arreglos’ del grupo para temas existentes y, en ese empeño, se fue estructurando un gusto por un tipo de canciones y cierto tratamiento en los arreglos. Finalmente, la creación surge por añadidura, como consecuencia de este trabajo donde se crea un instrumento expresivo que es el propio grupo. Y el grupo como parte del movimiento de la Nueva Canción, que a su vez mira a Violeta Parra, la artista señera por excelencia”.
En febrero del ’67, apenas unos meses antes de cristalizarse la primera formación del Inti Illimani, Violeta Parra se suicidó después de fracasar en varios intentos. Su legado fue central para el nacimiento de aquella Nueva Canción, que rescataba las formas folclóricas más antiguas de Chile –cuecas, huaynos, tonadas- para ponerlas en diálogo con las músicas de Latinoamérica y el particular momento socio-político. De alguna manera, Violeta Parra fue el punto de partida y el punto de llegada para grupos como el Inti, Quilapayún, Illapu y algunos cantautores, de los que Víctor Jara es algo así como la quintaesencia. La Nueva Canción Chilena, como un verdadero movimiento, avanzaba por entonces en un bloque espontáneo y amistoso. “Con Víctor fuimos amigotes e hicimos parte del trayecto a poca distancia, escuchándonos muy de cerca –apunta Salinas-. Cayó en medio de la balacera bruta y criminal de los primeros días del golpe y nos quedamos con la incógnita de lo que podría haber seguido siendo en vida. Con Víctor caímos también un poco todos sus amigos. Algo murió dentro de nuestra música. Víctor y Violeta son importantes referencias culturales y ya parte de la banda sonora de toda una época. Con Violeta, que se nos escapa de la media, la sensación es la de una artista única, tal vez la mejor, por su calidad, rigor, originalidad y finalmente, esa capacidad tan emotiva de cantar por todos nosotros con un arte incomparable y universal”.
Durante aquella primera etapa, que comienza cuando Yáñez se retira del grupo para que Salinas ocupe la dirección musical, también se unieron José Seves y José Miguel Camús. En esos años también hace un breve aunque significativo paso Ernesto Pérez de Arce, quenista y articulador de parte del sonido distintivo del Inti en sus comienzos. Con esos integrantes, grabaron sus primeros discos, registrando un sonido cada vez más personal sobre composiciones propias, de Parra -como “Run run se fue pa’l norte”-, o arreglos como el clásico sobre “Juanito Laguna”, de Lima Quintana y Cosentino.
Con esta perspectiva temporal, Horacio Salinas trata de medir el aporte de la Nueva Canción que acuñaron entonces, tanto el Inti como los artistas que los acompañaban en ese camino: “creo que el aporte mayor de la Nueva Canción Chilena fue meter a nuestro continente muy dentro del quehacer musical de los chilenos. Por otro lado, democratizar la temática de las llamadas canciones folclóricas o de raíz folclórica. Poner al ser humano contemporáneo en la narración, con su carnaval y con su pesadumbre. Otro aspecto es la síntesis que logran los grupos chilenos de la variada instrumentación de nuestro continente. Pero creo que, como suele suceder, la pasión fue superior a la conciencia que hoy tenemos del fenómeno”.
El exilio
Casi como una consigna, una de las razones del grupo fue siempre el viaje. Por Chile y toda Latinoamérica, desde luego, pero también por el mundo. Así fue como aquel fatídico 11 de septiembre de 1973 en que Augusto Pinochet entró al Palacio de La Moneda, los encontró de gira por Europa. A partir de allí debieron fijar residencia en Roma, que fue su hogar durante esos 15 años de exilio político. “Durante el exilio vivimos la situación política y social latinoamericana con mucha ansiedad –recuerda Salinas-. También con impotencia, y con clara conciencia de entregar todo lo que inteligentemente podíamos hacer en nuestra música para crear la mayor solidaridad hacia Latinoamérica. También cuidando no caer en la retórica y el populismo que causan grave daño al arte y al buen gusto. Si caímos en eso en algún momento de nuestra vida musical, puedo decir que lo hicimos con mucha duda y poco convencimiento”.
Más allá de la situación penosa, los años del exilio significaron la consolidación de un período de madurez para el Inti. Sobre todo para el caudal compositivo de Horacio Salinas. Son los días para que, luego de hacer un relevo de las raíces -en discos para el mercado europeo- y abrir el juego a colores mediterráneos, Salinas escriba piezas con destino de clásicos. Allí están para corroborarlo obras de la talla de “El mercado de Testaccio”, “Un son para Portinari” o “Samba Landó”. De aquella época también son los discos que acaso se trasformen en la herencia definitiva del grupo, como Canción para matar a una culebra (1979), Palimpsesto (1981) e Imaginación (1984).
Entrados los ’80 y mientras Salinas y compañía grababan para una serie de la BBC y colaboraban con artistas europeos y norteamericanos, Chile comenzaba su proceso de regreso hacia la democracia. Una de sus numerosas giras del exilio los llevó, en septiembre del ’88, a Nueva York, donde llegó hasta ellos una noticia esperada: acababa de ser cancelada su prohibición en el territorio chileno. A los pocos días, el avión que los traía de regreso aterrizó en Santiago. Una multitud los estaba esperando. “Fue el mejor regreso imaginable –se emociona Salinas-. Remontarnos a ese día es revivir momentos dulces y tremendamente emotivos. Fue conectarnos de inmediato con Chile y cumplir un ansiado sueño”. En esos últimos días de la dictadura de Pinochet, el grupo llevó adelante el combate por la democracia desde el mismo seno de la sociedad chilena. Tocaron por el NO durante el plebiscito convocado por el dictador y se sumaron activamente a esa campaña para su retirada. El final de la dictadura ya divisaba su cartelito de salida.
En casa
Una vez instalada la democracia por la que habían luchado, tanto desde el exilio como también de regreso en Chile, Inti Illimani debió reconsiderar la forma y hasta el contenido artístico para el nuevo contexto. Las motivaciones, evidentemente, cambiaban su enfoque. Sobre esa instancia, Horacio Salinas observa: “sin dudas se trataba de una nueva etapa. Pero las obras nacen o no lo hacen, recogen o no estos cambios. Hay que decir que el exilio nos puso en un territorio creativo del cual no podremos, para nuestra sorpresa y también alegría, retirarnos. Podrían venir otros cambios pero pienso que en lo esencial no habrá cambios que no sean ensanchar la manera de hacer música del Inti-Illimani”.
Sin embargo, ese fue el comienzo de un aire distinto para el grupo. A pesar de los numerosos cambios por los que atravesó la formación desde entonces, de alguna manera empezaron a establecerse como un verdadero clásico para el público latinoamericano. Claro que el espíritu inquieto del Inti no permitió una cristalización definitiva de su música, pero los premios y homenajes, los discos recopilatorios y los conciertos multitudinarios los ubicaron paulatinamente en ese sitio.
Salinas se esfuerza por aclarar: “nuestra idea principal establece relación con materiales musicales vivos y no embalsamados. Eso no es menor cuando nuestras respetables instituciones musicales formales desconocen lo que allí palpita. Hay un mundo espléndido de ritmos, instrumentos, modos del canto y del baile, estructuras, algunas truncas, armonías, en fin, un baúl riquísimo que hay que observar con cariño, de lo contrario no vemos nada. Nuestro mapa musical se arma privilegiando lo que en esencia queremos decir, tratando de no irnos por las ramas. Todas cosas complejas de ilustrar con palabras, no así con los sonidos. De ahí lo inefable del lenguaje musical. También ha habido siempre la necesidad de ir más allá de la mera representación, en lo posible, descubriendo estructuras no utilizadas antes, pero siempre al servicio de una manera de decir y no en un afán experimental o búsqueda descontrolada, pues eso –si lo hicimos- ya lo hicimos el primer tiempo de nuestra formación cuando descubrimos el modo en que hace música el Inti-Illimani”.
Históricos y nuevos
A finales de los ’90, el Inti ingresó en un período de crisis interna. Tanto desde el punto de vista artístico y musical, como en el plano de las relaciones personales. En un intento por devolver al grupo a una senda que entendía se estaba alejando, Salinas comenzó a proponer algunos cambios sobre el rumbo que llevaban casi inercialmente. Ante el rechazo de los hermanos Coulón, Salinas se retiró del grupo en el 2000. Al poco tiempo, también se alejaron tanto Horacio Vidal como José Seves. Los hermanos Coulón siguieron adelante, pero ahora acompañados por otros músicos y dirigidos por el joven Manuel Meriño. “De forma atrevida e insensata artísticamente, el grupo siguió con un músico joven como director musical que bien podría ser hijo de alguno de nosotros –se enoja Salinas-. Frente a este escenario ridículo y, grave en lo patrimonial, decidimos juntarnos y continuar la senda de siempre”. La existencia simultánea de los grupos generó la intervención de la Justicia chilena que, en el 2005, resolvió que cada uno de los grupos debería aceptar un apelativo. Así, uno debería ser el Histórico y otro el Nuevo.
Los documentos apuntan que la marca Inti Illimani tiene seis propietarios. Como se trata de una marca comunitaria y cada uno de los seis tiene derecho a su uso, el conflicto alcanzó, sobre todo, una altura patrimonial y ética. De modo que, en la actualidad, tres de los propietarios del nombre forman parte del Inti Illimani Histórico: Durán, Seves y Salinas. Max Berrú permanece al margen de la disputa, y, por su parte, los hermanos Jorge y Marcelo Coulón llevan adelante el Inti Illimani Nuevo (aunque rechazan el apelativo). “Ellos, hasta con la mejor intención, imitan nuestra forma de hacer música, ridiculizándola –dice Salinas-. Esto a mi me avergüenza. Lo más preciado del Inti está en su música y su forma única. Más allá de juicios de valor. Y eso lo hicieron y lo hacen determinados individuos. Nuestra identidad tiene personajes bien precisos. No los determinó el Partido y menos se pueden inventar 40 años después de su formación. Por eso digo, escuchando al otro grupo, que el Inti no puede transformarse en un grupo experimental, new age, o de cualquier estilo. Es absurdo y brutal en términos estéticos. Los únicos que podemos reinterpretar, recrear e inventar en propiedad (como Inti-Illimani) somos quienes hemos hecho y debatido la música a través del tiempo. Ese es el respeto patrimonial que siempre debemos tener. Lo contrario es una actitud reñida con la ética y una aventura artística sin sentido. La gravitación musical, creativa y práctica de los hermanos Coulón en el otro grupo es insignificante y eso hace pensar en un futuro de los Nuevos cada vez más lejos del alma del Inti”.
Independientemente de las disputas, el Inti Illimani Histórico continúa presentándose en vivo con una vitalidad inédita. El año pasado capturaron el corazón de la banda en el dvd Esencial, donde el documentalista Ricardo Larraín registró las sesiones de grabación para su último disco. También durante el 2008, a 100 años del nacimiento de Allende y en el nuevo marco socio-político inaugurado por Michelle Bachelet, dieron un concierto homenaje y encararon una gira por Europa con la misma impronta. Salinas vive estos días con entusiasmo: “siento que hay esperanzas, pues todo lo que se dijo durante la época de Allende vuelve a cobrar vigencia luego del descalabro de los últimos tiempos. Allende fue un humanista, un libertario, un hombre justo y muy cercano al arte. No fue un ‘emprendedor desbocado e insaciable’. Su figura nos ha dejado no sólo al héroe, sino también al político que verdaderamente piensa en los más dañados”. Después Salinas se detiene y al final corona: “allí hay también un patrimonio de bellas ideas allendistas que deambulan, entre las notas de nuestra música”.
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