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NÚMERO
70 - JUNIO 2009
Defender la alegría
En el momento en que empezábamos a escribir estas líneas, se conoció la triste noticia de la muerte de Mario Benedetti. Ese que “nos enseñó que la palabra ética cabe dentro de la palabra estética”, como expresó en su entierro un conmovido Daniel Viglietti. Ese a quien Juan Gelman le dijo: “te despido, pero no te despido”. Sabiendo que aunque su cuerpo frágil, agobiado por el asma, se haya ido, deja poemas y libros que nos acompañarán para siempre.
De golpe caímos en la cuenta de que un hilo sutil unía al poeta uruguayo desaparecido con este número de La Pulseada. Sin proponérnoslo, habíamos reunido en la vecindad de las páginas de una misma edición a un grupo de artistas latinoamericanos con una serie de características en común. Todos tienen gran calidad en lo suyo, todos se comprometieron en las luchas de sus pueblos por la justicia, todos pagaron por eso el duro precio del exilio, todos regresaron para persistir en la denuncia de los males y para seguir convocando a la esperanza. Igual que el inolvidable autor de La tregua.
El Sabalero, notable cantautor que ya irrumpe desde la tapa, es además tan uruguayo como Benedetti. Por “cantar con fundamento”, como quería su admirado Yupanqui, debió exiliarse en Holanda. Pero desde allí retorna periódicamente al Río de La Plata para continuar ofreciendo sus conciertos.
El destacado grupo musical chileno Inti Illimani, por su parte, compartió escenarios y militancia nada menos que con Víctor Jara. Aquel cuya vida fue cobardemente cegada tras el golpe pinochetista. Ellos también fueron desterrados del país trasandino. Pero finalizada la negra noche de las dictaduras del cono sur, volvieron por sus fueros a brindar otra vez sus bellas creaciones.
El jujeño Héctor Tizón, escritor como Benedetti, dueño también de una prosa magistral, debió refugiarse en España cuando el régimen militar se enseñoreó de la Argentina. Sólo volvió a ser feliz cuando pudo regresar a su adorada Yala y logró continuar ejerciendo sus dos grandes pasiones: la literatura y la administración de justicia. Porque además de producir magníficas novelas ha sido miembro de la Corte Suprema de su provincia. Un juez diferente, capaz de contemplar, por ejemplo, el peso de las pautas culturales ancestrales de los habitantes del noroeste argentino.
Estos artistas –El Sabalero, los Inti Illimani, Tizón- compartirían sin duda con Benedetti la idea de que, por graves que sean los males, no podemos permitirnos caer en la resignación. Estarían de acuerdo en que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Coincidirían en que la pérdida de la alegría por parte de los que aman la vida es un triunfo que jamás hay que permitirles a los cultores de la muerte.
Todos juntos, ahora, cuando una ausencia definitiva nos amenaza la sonrisa, se sumarían seguramente a nosotros para recitar, a modo de conjuro, la Defensa de la Alegría del poeta montevideano:
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del caos y de las pesadillas
de la ajada miseria y de los miserables
de las ausencias breves y las definitivas.
Defender la alegría como un atributo
defenderla del pasmo y de las anestesias
de los pocos neutrales y los muchos neutrones
de los graves diagnósticos y de las escopetas.
Defender la alegría como un estandarte
defenderla del rayo y la melancolía
de los males endémicos y de los académicos
del rufián caballero y del oportunista.
Defender la alegría como una certidumbre
defenderla a pesar de dios y de la muerte
de los parcos suicidas y de los homicidas
y del dolor de estar absurdamente alegres.
Defender la alegría como algo inevitable
defenderla del mar y de las lágrimas tibias
de las buenas costumbres y de los apellidos
del azar y también, también de la alegría.
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