NÚMERO 68 - ABRIL 2009

Gabriel Báñez, editor, periodista y escritor

“EL PERIODISMO
ES MÁS FICCIÓN QUE LA FICCIÓN”

El escritor platense recibió a La Pulseada en su despacho de La Comuna Ediciones. Con su habitual ironía y desparpajo, Báñez no dejó tema sin tocar: la escritura, el periodismo, el lenguaje, la edición. Rodeado de premios y distinciones, editado por los sellos más codiciados del mercado y siendo su última novela un suceso comercial, Báñez, no obstante, descree de toda literatura y, como buen disfuncional, elogia la imperfección y el fallido.

Por Juan Manuel Mannarino

Apenas roza la espalda en un sillón negro, Gabriel Báñez lanza su voz grave y se prende un cigarrillo. Ni bien sus palabras salen, es difícil imaginarse el Báñez que, además de funcionario municipal, muta entre las páginas culturales del diario más conservador de la ciudad y ese escritor maldito que hace décadas otorga lo mejor de las ficciones platenses.  El director de la editorial municipal (La Comuna Ediciones) se muestra más a gusto cuando habla como escritor y desde allí dispara contra cualquier convencionalismo. Consciente de la cantidad de entrevistas que lo hicieron un escritor público desde su última novela, “La cisura de Rolando” (Premio Internacional de Novela Letra Sur 2008), Báñez, pisando los sesenta y con toda una obra a cuestas, opta por esquivar la consagración y antes que disertar sobre literatura rescata el sabor de la frustración. Al igual que Roberto Bolaño y tantos escritores de la escritura, Báñez se define desde su actitud ante el lenguaje. Como si ante la página en blanco, en esa mesa de disección de la palabra, el principal hallazgo fuera una falta y no un descubrimiento.

Cultor de lo intangible y del error como posibilidad del lenguaje, Báñez es, además de escritor, periodista, editor y funcionario público. Actualmente es el jefe del suplemento cultural de El Día, trabajó en Página 12, Clarín y La Prensa y colaboró en los primeros números de La Pulseada. Hace unos años dirige la editorial La Comuna, lugar desde el cual se jacta de haber publicado textos inéditos que ningún otro editor hubiera dado a luz jamás. Un Báñez que clonó un alter ego, Ibáñez, y con el cual parió “Cultura”, quizás la ficción más punzante y ácida sobre los largos pasillos de burocracia, sumisión y desidia que constituyen la arquitectura del Pasaje Dardo Rocha. Y el mismo Báñez se burla de sí mismo con un humor poco común: esa disociación entre figura pública, jerarca cultural y escritor, es parte de una misma personalidad y no fragmentos antagónicos que se desconocen entre sí.
Dicho de otro modo, Gabriel Báñez es una figura desconcertante: como periodista cree que el periodismo es pura ficción, como editor piensa que sólo puede ser escritor y como escritor no habla de literatura sino de escritura. Báñez conoce el mundo cultural y periodístico de La Plata como nadie y sin embargo, lejos de todo formalismo institucional, rescata la escritura joven y el movimiento tecnológico de la palabra amparado en las aguas turbulentas de internet. Impostor de la lengua y viejo punk posmoderno, Báñez tampoco cree en el campo literario y en el canon académico. Desde su punto de vista, el escritor sólo escribe, escribe y escribe. No son los premios, las publicaciones y los posicionamientos sino las suturas y los fallidos los que hacen que una escritura se eleve. Quizás haya que encontrar a Báñez en ese borde entre ficción y realidad donde se halla su largo caudal de historias y personajes. Porque leer a Báñez es adentrarse en una espesura irónica, un lugar astillado por esquirlas que se clavan en el espacio de un status quo desde lo anormal y lo patológico. Una interrogación, siempre, sobre el tejido ambiguo de la vida cotidiana.

Los personajes de Báñez son patéticos y exagerados porque se exponen como ninguna otra persona lo haría. Hablan de sí mismos pero en realidad hablan más de lo que los rodea. El mundo que yace, que se muestra y se oculta al mismo tiempo y que juzga sin piedad, ese mundo que se teje a sus alrededores exhibe en el patrio de atrás la feria cínica más brutal de nuestro tiempo: la sociedad. Sus novelas más logradas, como “Virgen”, “Hacer el odio”, “El circo nunca muere”, “Los chicos desaparecen” y “Paredón, Paredón” (estas últimas tres novelas merecieron adaptaciones cinematográficas), son una examinación de lo absurdo y ridículo que resulta el poder, de la complicidad macabra que reciben nazis y racistas, de lo siniestro del lenguaje oficial, del estigma social y de la memoria negada hacia las minorías. En cada historia, Báñez dibuja un retrato crudo sobre el estado de una sociedad: como si en sus máscaras, en sus omisiones y ocultamientos, en sus hipocresías, pudiera rastrearse la raíz de algún tipo de crueldad. Cronista de tales patologías, Báñez empuja a sus criaturas a vivir a tientas y como puedan entre una aldea extraña, que condena el equívoco y excluye brutalmente la disociación y la discapacidad. ¿Qué hacer en el caso de Rolando, protagonista de “La cisura de Rolando”, quien a los once años queda mudo pero nadie tiene idea de cuál fue la causa del trauma y todos le buscan soluciones disparatadas? De patologías, simulacros y otras rarezas Gabriel Báñez charló con La Pulseada, mientras su otro yo, Ibáñez, le dictaba a sus oídos: “Escriba, Báñez, escriba”.

La escritura, el escritor y el lenguaje

-En tu obra aparece un interés primordial por pensar el oficio de la escritura. En el libro “La cisura de Rolando”, por ejemplo, aparece la frase “La escritura es una forma de hablar en silencio”. ¿Cómo definirías el acto de escribir?
-Mirá, esa cuestión, la de la escritura como un lenguaje del silencio, si bien se desprende de “La cisura de Rolando”, es una de las frases, como diría Hemingway, más verídicas porque “escribo porque no sé hablar”, que es así como empieza la novela, significa una parte de mí. Habla de sucesos personales, hace muchos años, cuando tenía serias dificultades para relacionarme. Nunca quedé mudo, y todo por un recurso literario. Pero todo recurso literario remite, en el fondo, a un recurso de existencia. Eso apareció en la infancia: aparecieron otros lenguajes que tenían que ver con lo gestual, con escribir, con intentos de establecer juegos solitarios, con lecturas que comenzaban con un diccionario que traía dibujos. Nací y me crié en una casa del barrio La Loma, un pasillo largo, chorizo. Mi familia era muy humilde y mis padres trabajaban todo el día. Y como no podían contratar a una niñera, una conducta de seguridad de mi madre era encerrarme en una pieza con libros. Ese fue mi primer lenguaje. Mi primera comunicación con el exterior. A través de los libros miraba el mundo. Hasta que llegaba ella y abría esa puerta. En ese cuarto, en el que me sentía protegido, habitaba espacios de mudez. Estaba con los libros, me comunicaba con ellos, pero no hablaba. Las palabras, el lenguaje, fueron siempre eso: certidumbre. Luego, cuando se abría la puerta con llave, yo salía del bunker bastante más confiado. Hablaba poco, casi nada, y vincularme me resultaba bastante difícil. Otro aspecto que me quedó muy marcado son las dificultades con respecto a los acúfenos: esos sonidos que se presentan en los oídos, que es como nieve deslizándose y que me perturban bastante. Una voz, la mía, se acoplaba cada vez que pronunciaba algo. Lo cierto es que para mí la escritura representó siempre esa forma silenciosa de comunicación. Y en esa forma prefiero hablar de escritura y no de literatura.

-¿Cómo es eso?
-La literatura es una forma canónica, establecida, convalidada. En cambio, la escritura es un movimiento orgánico, tumultuoso, anárquico y, sobretodo, fallido. En esa imperfección, en esas grietas, es por donde aparece la mejor respiración de la escritura. Porque los orígenes de la literatura argentina son fallidos. La literatura no salió de los grandes escritores sino de aquellos cronistas de Indias que venían acá y apenas si sabían escribir  y contaban lo que veían sin ser escritores profesionales. Es decir: era un lenguaje contaminado. Relatos exagerados, mal escritos. Creo profundamente en el error. Soy un defensor a ultranza de lo contaminado. Hoy estamos inmersos en una comunicación que no es tal, la gente cree que se comunica porque tiene el chat, el Messenger y el celular, en realidad no estamos comunicados sino en contacto, que es otra cosa. Bueno, eso es contaminación también. Al igual que las peliculas que miramos, los graffitis, los rumores y lo que escuchamos. Eso influye y esa contaminación es buena a la hora de la escritura porque nos forma. Cuanto más contaminados estemos, vamos a estar más cerca de nuestro tiempo.

-A propósito, dijiste alguna vez: “fracasando me muevo muy bien”. ¿Qué querías decir?
-Eso significa que cada texto que produzco es una demostración más de ese error, de ese fracaso. No creo en nada logrado. Con esto quiero decir que tengo montones de intentonas, todas fallidas. La misma dinámica de la escritura te lleva a seguir intentando. Cada libro, en todo caso, es una corrección del anterior. A veces uno se los saca de encima para no seguir corrigiendo. Pero la conciencia del error sobre esos libros subsiste y permanece. No estoy jamás convencido. Cuando saco un libro, jamás lo vuelvo a leer. Ya está, ya fue. No lo quiero ni ver.

-¿De qué estás convencido?
-En seguir escribiendo. En el proceso de escritura. A mí lo único que me da felicidad es a la mañana temprano cuando me siento a escribir algo. Me largo y después lo que ocurra con eso, no tengo ni idea.

-Según tu punto de vista, el escritor sólo se define en la escritura.
-Sí, sí, sí. Hace unos años le presenté un par de novelas al escritor chileno José Donoso; luego tuve la oportunidad de charlar personalmente con él y me decía, como buen chileno, que creía en las fallas geológicas de la escritura. Por esas fallas aparece lo mejor del lenguaje y no en la perfección, el purismo, el canon. Y ojo que para mí, él era un estilista maravilloso, el Henry James sudamericano. Un tipo que manejaba el lenguaje como nadie. Sin embargo, con todo lo fanático que él era de las correcciones, él creía en esas zonas de la escritura donde veía que algo no encajaba, que algo se resentía. Esas zonas no las tocaba, no las corregía. Ahí estaba lo más sustancial: en lo que él no podía controlar. Él decía de sí mismo que era un siútico, una palabra que se usa en Chile cuando se habla de alguien que tiene un espíritu apocado y tranquilo en la superficie pero que en el fondo está siendo sacudido por intensos remezones.

-Entonces, por más que quiera, la palabra siempre se le escapa al escritor.
-Absolutamente. Yo puedo corregir esto y aquello. Un verbo puedo corregir y eso que los verbos casi ni se tocan. No obstante, lo esencial está en otro lugar. Hay que dejar hablar a las fallas. En mi caso, carezco de un método. Siempre comienzo a escribir para ver de qué se trata, dónde me lleva la escritura. Pero hay un punto donde la historia se agota en sí misma y ya no tiene núcleos. El texto mismo te dice: “ya terminé con vos, escritor”. En ese sentido, yendo a una ley mucho más amplia, somos hijos del lenguaje. Es el lenguaje el que nos maneja. Es el texto el que manda sobre el escritor. Gunter Grass decía: “No me interesan los lugares que van detrás de la coma”. ¿Por qué lo decía? Porque esos lugares son los que se pueden corregir. Sobre eso corrijo, vuelvo, marco, suprimo, agrego y afino. En fin. Pero hay otros aspectos que tienen que ver con la genética de esa historia e incluso con el lenguaje, que son los que te dicen cuándo el texto terminó con vos. Que no sigas porque ya está. Y eso simplemente uno lo siente.

-¿Nunca te interesó escribir para algún tipo de lector?
-No, no. Para nadie. Te juro. Es que no sé quién es el lector. A lo mejor el periodismo me dio algo de intuición pero tampoco me voy a poner escribir para alguien. ¿Quién es el lector? Eso sería subestimarlo. Creer que uno sabe quién es el lector, qué sabe, qué le gusta, en qué cree, es caer en una forma paradigmática del creador que se expone como un tutor y dice: “Esto que produzco es para estos lectores”. Me parece una huevada todo eso.

-De todos modos, la cuestión del estilo y del “yo” en la escritura parecieran no importarte demasiado.
-No hay género más falso que la autobiografía. El “yo” es absolutamente falaz en su exposición y más aún en la perspectiva que asume. “Cuento desde la primera persona”, es una frase que pareciera reflejar una técnica narrativa pero en realidad es una cuestión de conciencia. Es dónde me ubico “yo” con respecto a “esto” que voy a escribir. ¿Cuánto siento lo que escribo? ¿Estoy involucrado? ¿No estoy involucrado? Ese yo autobiográfico, en rigor, es mentiroso. No somos buenos cuando caemos en la autorreferencia. Creo más en la disociación. Por eso “Cultura” está escrita con dos primeras personas. Es una técnica bastante rara, ¿eh? No se encuentra así nomás. Creo en ese yo disociado, y no en ese yo personalista que asume, dirige y se expone.

Elogio de la disfunción

-Yendo a la característica temática de tus obras, siempre aparece cierto carácter patológico en los personajes. Un rasgo disfuncional que crea atmósferas absurdas, tan patéticas como angustiantes.
-Mis obras son disfuncionales. Yo soy un disfuncional. En el fondo somos todos discapacitados, pero no lo queremos aceptar. Sólo aprobamos las discapacidades visibles. Pero, ¿cuántas discapacidades hay de tipos emocionales, de conciencia, políticas? Lo disfuncional, para mí, es un tema central. Creo que mi interés por lo patológico muchas veces es un intento por examinar el mal. Por ejemplo, todavía es un misterio entender qué es lo que lleva a una persona a manifestar un sentimiento de odio hacia otros. Tenés discapacidad en “La cisura de Rolando”: no en Rolando, el mudo, sino en quienes lo rodean, que quieren que vuelva a hablar. Y el prejuicio, ¿no es una discapacidad? En “Paredón, paredón”, cuando el capitán quiere dividir el mundo en buenos y malos. Mirá la actualidad de esta obra: están haciendo muros por todos lados para dividir la sociedad, desde Palestina a nuestros countries bonaerenses. El capitán es el disfuncional visible pero la verdadera disfunción está en la sociedad que aprueba construir esos muros y que se esconde en el rostro anónimo. Me interesa hurgar en eso, aunque confío en que existen sentimientos que van contra cualquier disfunción, como la solidaridad, la entrega, el respeto, el amor por el otro. Esos estados emocionales son los más poderosos, los que mejor atentan contra cualquier grado patológico. El creer todavía en el otro. Eso mismo.

-En las disfunciones que examinás en tus obras aparece el humor como una suerte de comedia negra sobre la existencia.
-El humor es el recurso de la desesperación. Es lo único que me puede llegar a salvar. ¿Por qué? No sé. Mi formación tiene que ver con lecturas donde el humor estaba muy presente. Te nombro a Groucho Marx y su frase: “Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro, está muy oscuro para leer”. Ese humor me sugiere algo más. Lo contrario al chiste. Pareciera que dijese: “dos cosas tengo: el libro y el perro. Estoy solo”. La conciencia de estar solo me lleva a bromear que dentro del perro está muy oscuro para leer. En esa estructura semántica se percibe angustia y humor. El humor se da cuando nada queda. ¿Y qué más? La otra vuelta estaba leyendo unas cartas de un hombre que se “exitaba” sin “c” con otra persona. En ese “exitarse” sin “c” me causa gracia la precariedad del sentimiento de la emoción.

-¿Qué escritores leés?
-En este momento, estoy leyendo sólo a John Fante. Siento mucha cercanía espiritual con su escritura, en eso de no creérsela, de mostrar los errores, de exhibir los defectos. Hay un tono melancólico y, por supuesto, el humor. Lo más interesante sin embargo es la visión que Fante tiene de sí mismo: una versión degradada, desencantada pero además, impiadosa. Soy de lecturas desordenadas, caóticas. Algo de Hanif Kureishi, David Foster Wallace, John Cheever, de Gombrowicz. Tengo tanto en la cabeza y está todo muy mezclado que eso funciona como un mix. No tengo un nomenclador fijo. De la literatura argentina reciente rescato a Fabián Casas y a Juan Terranova. Y por supuesto leo mucho a los jóvenes que mandan sus cosas a la editorial. Hay una novela de un escritor patagónico, Hernán Bergara, que es maravillosa. Nadie lo conoce. ¿Y qué distancia hay entre Bergara y Fante? Ninguna. Como te dije anteriormente, soy un defensor de lo contaminado. Mi tipo de lector es un lector deformado. No pasé por una facultad sino por cuatro. Las abandoné todas. Estoy en receso con respecto a la formación universitaria. Pero eso me dio cierto nivel errático, nunca terminé de dogmatizar algo, en eso tengo bastantes inseguridades.

El periodismo y la escritura colectiva

-Llevás varias décadas en el periodismo. ¿Lo tomás como un ejercicio diferente respecto a la ficción?
-Nunca me interesó hacer diferencias pero lo que uno tiene estructurado es que un medio periodístico se dirige a tal persona, a tal gente y en ese sentido se genera la conciencia de que existe un público y que ese público tiene un cierto perfil: hay ciertos temas que le interesan y otros no. Esa es una adecuación profesional por la cual te pagan y punto. El periodismo es más ficción que la ficción. Pasé por muchísimas redacciones, ideológicamente de un lado a otro, hasta hice de Samantha Evans durante la época del destape, en el `82; tenía que sobrevivir escribiendo cuentos eróticos en revistas como Piel Dulce o Shock. No hay ninguna diferencia entre esa Samantha Evans que escribía cuentos eróticos y con el Báñez actual que dirige el suplemento cultural de El Día. En épocas difíciles hice de negro literario, de ghost writer, escribí libros para otros, para una empresa, para un político, para alguien que quería publicar su biografía. Fui un francotirador , pero en esos momentos había que comer.

-¿Te sentiste cuestionado por eso?
-¿Por qué razón? Soy contradictorio, pero nunca me vendí. En estricto sentido ideológico. Jamás. Escribí lo que pude. En cierto momento, cuando estaban los milicos, en la redacción de El Día y por un personaje siniestro que trabajaba ahí, zafé por un pelo de que me secuestraran por dos textos que había escrito. Secuestraron a mi primo y después a mi tío. Estuvieron a punto de secuestrarme. Sufrí mucho. En esa época aprendí a caminar las calles al revés del tránsito.

-¿También encontrás placer en el periodismo?
-Sí, a veces sí, sí. Hay períodos y épocas donde estás con algún texto propio o enganchás una historia. Me gusta ejercer el periodismo: encontré un placer inmenso de escritura con algunas de mis notas periodísticas.

-¿Con qué tipo de periodismo te identificás?
-Como lector, me gusta el periodismo de investigación, desde Rodolfo Walsh en adelante. Como hacedor, me atrae la crónica: me siento muy cómodo en esa pintura superficial, un poco fallida, tipo Roberto Arlt, donde podés encontrar tantos errores y tantas cosas lindas al mismo tiempo.

-¿Rescatás algo de la actualidad?
-Creo que los jóvenes están escribiendo uno de los periodismos más vitales que he leído. Es tan diverso, es tan rico ese panorama… Creo que son jóvenes muy inteligentes, perspicaces y perseverantes. Estoy muy atento a muchos diarios y lo que veo es una fenomenal eclosión de miradas. Es saludable. No veo que exista esa uniformidad que se veía hace décadas atrás. Y algunos editores, salvando algunas obligaciones de las empresas, son más permeables que antes en cuanto a esa diversidad. Me parece que el periodismo gráfico está atravesando un gran momento gracias a sus hacedores: es decir, en los periodistas. De todos modos, personalmente no creo mucho en la autoría.

-¿Cómo es eso?
-Creo que la escritura pronto desembocará, gracias a Internet y al Copy Left, en la literatura anónima. En la era digital se incrementó el movimiento, textos que se escriben y viajan, versiones que circulan. Creo en esa vuelta a esa versión oral de la escritura, hecha entre varios y mejorada colectivamente, como ocurría en los orígenes de la literatura, desde los juglares hasta el sentido moderno e intelectual de la firma y el sello. Rescato esa intervención que remite a lo medieval, cuando los primeros trovadores lanzaban un texto y luego otros lo tomaban y después otros lo exageraban. Y así iba creciendo y aparecían las grandes historias, los textos épicos. Yo creo mucho en el rumor, en la versión. Está desapareciendo esa cosa del autor y el texto como “su libro”, como su protectorado. Ayer subí la versión de mi novela “Virgen” en mi blog para que la baje el que quiera. ¿Hay algo más democrático, más al alcance de todos?

Sobre la comuna
-¿Cuál es tu política pública como editor?
-Siempre dije que como editor me sentía un impostor, porque cuando entré a la editorial (es director desde su creación) la única cláusula que puse fue poder darle cabida a los inéditos. Estaba cansado de esos patéticos libros oficiales, institucionales, donde los funcionarios publican a los amigos y siempre son los mismos personajes que se dan la mano y se autorreferencian. No. Nosotros, con el presupuesto que teníamos, hicimos un catálogo de más de 500 autores: todos desconocidos, todos inéditos. Tanto en antologías como en obras individuales. Rescatamos a autores que nunca tuvieron un espacio en lo que son las editoriales comerciales. Es la única editorial que cuando empezó tuvo un catálogo de desconocidos.

-¿Y qué repercusión tuvo eso?
-No fue fácil. Lo primero que busca una editor es decir: “Che, vamos a colgar un texto de Roberto Arlt, así nos preserva”. Acá no. Arrancamos con todos desconocidos. Y además, abrimos series totalmente inéditas. Así dimos lugar a diferentes colecciones. ¡Nos desayunamos con que había letras de tango escritas por letristas platenses! También publicamos las letras de las canciones de rock de los ‘90, un libro como “Nosotros”, donde fuimos a los neuropsiquiátricos de la región a buscar lo que escribían los internos, porque ellos también escriben y son muy buenos; libros de ensayo científico como el de la tradición de la quema de muñecos; una compilación sobre Derechos Humanos para niños en donde colaboraron Quino, Sábat, Rep, Fontanarrosa, y todos lo hicieron gratis. Son tantos que me olvido. Libros como el de la historia del mercado platense, de cómo se creó tras las historias que cuentan los changarines. Sacamos ahora una colección sobre los barrios platenses. Otro de Adelina de Alaye, muy importante, sobre las tumbas N.N. en La Plata durante el Proceso.

-En definitiva, predomina una política de diversidad.
-Sí, nos identificamos con una política aperturista, en el sentido amplio del término. Hace unos años el director de la Editorial De La Flor me dijo:”Lo primero que un editor no debe hacer es publicar una biblioteca personal de sus gustos”. Eso mismo. Hay que estar abiertos, predispuestos a lo que uno jamás leería pero es importante igual, a dar lugar a lo desconocido.

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