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NÚMERO
67 - MARZO 2009
El trovador uruguayo Eduardo Darnauchans
ZURCIDOR DE LA LOCURA Y DE LA MUERTE
Yo tenía apenas 18 años y muchas ganas de todo. El país se derrumbaba, pero estudiábamos. Éramos tres compañeras inseparables que traducíamos, incansables, a Homero, mientras a través de la ventana que daba al bosque, mirábamos a los jugadores del Estudiantes Tricampeón... ¿Cómo no mirarlos? ¿Cómo no querer escaparnos del griego y de tantas palabras incomprensibles?
Un día llegó Eduardo. Se sentó y habló. Habló de su Uruguay, de su exilio. Habló de música y literatura. Cursábamos otras materias, pero en la misma facultad: Humanidades. Era el año 74 y la ciudad estallaba en disparos, amenazas, desapariciones y muerte. Siempre la muerte. Trajo su guitarra, su voz y se quedó para cantar. Aún la tristeza no le había nublado la piel. Guardo de él la voz y alguna sonrisa. También el deseo de cantar a pesar del humo. “¡Nos vamos a morir!”, le dije una noche... Él y yo asmáticos, flotábamos entre el humo y la cueca a Pablo Neruda. Pudo más la canción. Va mi recuerdo, mi homenaje al amigo y trovador inolvidable que antes de partir, me regaló su disco, me abrazó y se fue para siempre. Toda mi vida seguí cantando sus canciones hasta que supe quién había sido realmente mi amigo Darnauchans.
María Laura Fernández Berro
Nació en Montevideo, pero casi enseguida sus padres se mudaron a Minas de Corrales, pequeño pueblo del Departamento de Rivera, cerca de la frontera con Brasil. Su padre, médico pediatra, había conseguido trabajo en la zona.
Despuntaban los 60 y en Uruguay, como en buena parte del mundo, la revolución cubana crecía en diáspora. También en el pequeño pueblo en el que un grupo de habitantes, entre ellos su madre, formaron un comité de defensa de la revolución cubana. Fueron perseguidos terriblemente. El cura elaboró una lista negra con los nombres de aquellos que consideraron traidores, enemigos de Dios, de la Patria. Entre esos nombres, estaban el de su madre, el de su padre.
Desde muy chico, Eduardo pareció adulto. Excelente alumno, lector incansable, se paseaba con los discos de Bob Dylan bajo el brazo. En 1970, quiso ser médico, igual que su padre. Cantar y ser médico. Porque la canción siempre fue primero. Siempre estuvo antes la música y la letra de manos de su madre. Esto me contó en su estadía en Argentina.
Eduardo era delgado. Parecía de hueso. Tenía ojos hondos, oscuros, opacos de luz. Siempre le miré las manos. Su voz casi lírica le venía de las manos, no de su garganta.
Llegaba por las tardes y se quedaba hasta la madrugada. El sueño no nos pesaba. Tampoco el miedo. La muerte atravesaba la ciudad, el país entero. A veces hacíamos silencio porque una ráfaga de ametralladora rompía lo oscuro. “¿Te vas a cuidar?”, me preguntaba. Yo le decía que sí, que claro. Y le pedía que cantara. Todavía la muerte nos quedaba lejos. Cantar era exorcizar la muerte. Éramos muy pibes y llevábamos el sol en la esperanza. La tristeza no nos había cansado todavía.
A Perón se le ocurrió morirse, morírseles...
Primero fue la canción, después la Medicina... Pero pudieron más la música y la literatura. Desde sus 17 años, Darnauchans se destacó por su voz inconfundible y por una estética original, similar a la del Viglietti de los primeros tiempos.
Cuando su primer disco –“Canción de muchacho”- salió a la venta, Eduardo volvió a la facultad a estudiar Magisterio en el Instituto Nacional. Era el 23 de junio del 73 cuando en su país se impuso el golpe de Estado. Así nos contaba. Ese día, se subió a un cajón de cerveza y tomó las instalaciones del establecimiento. Fue arrestado e impedido de expresarse como cantautor en todo el territorio uruguayo. Darno escapó de su país (“soy de una generación hambrienta y desprovista”, cantaría en “El ángel azul”).
“Por eso la Argentina”, nos explicaba. En la ciudad de La Plata existía un convenio de reválidas con la Universidad de la República. “Vengo huyendo”, contó una tarde. “Aquí les va a pasar lo mismo”. Y entonces “se les murió Perón. A Perón se le ocurrió morirse... morírseles”, reflexionó más tarde. Cualquier extranjero era sospechoso. El departamento frente al bosque fue su refugio durante largos días sin sueño. Cantábamos. Cantábamos y éramos el sol en la esperanza. El diccionario Bailly se llenó de tierra. A mis padres les dije que aprovechábamos el cierre de la Universidad para dar materias libres. Por eso me instalé en lo de mis compañeras. Noches cantando. Noches enteras hablando de literatura. Marechal, Benedetti, Quiroga, Machado, viejos romances que musicalizábamos. ¿Cuántas noches? Ya no recuerdo. Sólo me vuelve la voz. Yo me enamoré de esa voz, más allá de la piel y de las ganas. Eduardo me pedía que cantara en francés. Mi pelo rojo como una bandera, la pollera escocesa y cierta pureza me salvaron de sufrir. Sólo la música en los ojos, en las manos, en el borde de la muerte que cada noche asomaba su voz ronca de metralla. Cantábamos porque vivíamos.
Una tarde vino como siempre, me abrazó y me regaló su disco. “Memorias de muchacho”. “No te olvides de mí”, me pidió.
No lo volví a ver. El país ardió en ausencias, en exilio, amenazas y muerte. Lo busqué hasta creer que lo habían matado.
En el año 2005, le conté esta historia a Raúl Finkel y me dijo que vivías. Sí, todavía cantabas o vivías. Respirabas. Al año siguiente, escribiendo la vida de Ricardo Talento y Adhemar Bianchi, por encargo de las Madres de Plaza de Mayo, le conté a Adhemar la intención de viajar a Montevideo para abrazarte. Me pidió que no lo hiciera. Me dijo que estabas muy enfermo. Entonces tuve miedo. Mi amigo se estaba muriendo. Y me contó de vos: el gran trovador uruguayo. Me contó de tus delirios, de los reiterados electroshocks, de los intentos de muerte de tu madre, del deceso fulminante de tu padre en la salita de pediatría, de tus depresiones y bipolaridades. La muerte y la creatividad fueron hermanas durante tus mejores años como cantautor. No podía imaginarte sufriendo, hermano. No podía. Me contó de “Sansueña”, de “Zurcidor” que surgió para reparar y suturar tanto dolor y tantas pérdidas. Me contó de Chichila y de Cecilia, de tu amigo Nelson Díaz y el libro Memorias de un trovador. Me contó...
Cada vez más cerca la muerte. ¿Por qué?
La muerte de su padre lo hizo reaccionar. Decidió someterse a tratamiento. Escribió. Cantó. Expulsó el dolor en el tema “Pago”, dedicado a su padre: “Yo le debía esta canción, doctor...”
Pero su madre se derrumbaba. A pesar de la angustia, siguió cantando. Intentó suturar, zurcir, como una forma de espantar la muerte, cada vez más cerca.
En 1983, a un paso de la democracia, Darnauchans volvió al escenario. Fue ovacionado. Sigue su proceso creativo: “Nieblas y neblinas” es su nuevo disco. Junto a Chichila, su mujer, enfrenta la muerte de su madre.
Premios, popularidad y la actuación junto a Bob Dylan y Paul Simon llegan de la mano del desequilibrio y el descontrol. El dolor y la muerte esta vez se instalan para siempre. El alcohol, el cigarrillo, la autodestrucción comienzan un camino sin retorno.
Junto a su nueva pareja, Patricia González, la vida se torna despareja, caótica, intensa e inmanejable. Dejó de tocar y de componer. Ricardo Casas, el documentalista uruguayo, toma contacto con él y comienza a registrar su vida. Un largo período de entrevistas, filmaciones y charlas darán como resultado el magnífico documental “Donde había la pureza implacable del olvido”.
Músicos y amigos intentan detener el proceso de desmoronamiento, pero en Patricia y Eduardo la enfermedad desdibuja la identidad, quiebra el deseo, mata la voluntad y rompe la voz. Hasta los huesos se rompen en sucesivos accidentes. 15 años pasaron sin material nuevo. Eduardo solía decir que se había secado. El Estado –en reconocimiento a su trayectoria y con el propósito de aliviar su situación económica- le otorga una pensión graciable.
Pese al deterioro físico y psíquico, decide volver a grabar. En octubre de 2005, recibe otro disparo: su hermana se había arrojado de la terraza del edificio donde vivía.
La tristeza no da tregua. Los huesos duelen y deciden operarlo de la cadera para aliviar el sufrimiento. En medio de su internación, le hacen escuchar “El ángel azul”, su nuevo disco casi terminado. Apenas pudo presentarlo. Cantó. Como pudo, cantó. Ya lo había anunciado: “Me comprometo a seguir cantando. Como pueda. Si me falta una pierna, seguiré cantando sin una pierna. Mientras tenga un cachito de garganta y dos pulmones, seguiré cantando”...
El 18 de febrero de 2007 muere Patricia, víctima de un coma alcohólico. Eduardo no tolera su muerte. Lo internan para contenerlo en su duelo, pero el alcohol es la droga que elige. Lo último que le escucharon decir fue: “Voy a estar leyendo Shakespeare”. Murió de un infarto, dos semanas después de su mujer.
Cuentan que en su entierro todo se cubrió de flores, de amigos, de música. Que la bandera roja, una cruz sin cristo y la voz de Bob Dylan sostuvieron la tristeza.
Estarás en algún lugar, nube o tumba
Ahora no me importa el insomnio. El mismo que ahora me pide que escriba, que no abandone, que no me rinda, que use el arma de la escritura y escupa la tristeza de extrañarte, de no tenerte más.
¿Sabías que mamá tiró tu disco cuando entraron a casa? ¿Dónde estás? ¿Dónde la voz en la tierra, Eduardo Darnauchans? ¿Cómo arranco la raíz de la muerte? ¿Cómo te separo del silencio si eras en la voz todos los pájaros? El río vegetal eras, ancho, ajeno. El ruido inmenso y quieto del agua... Eduardo, cantá... Decime que la música sigue detrás de las piedras, debajo del agua, más allá de los huesos y de la piel rota. Decime que estás ahora en la grisura de mi insomnio, en el amor que se muere y naufraga como un barco errante... Contame que la vida sigue en la canción que todavía canto, aunque ya no me pidas más “cantá, vení, ¿te gusta así?”
Ahora vuelve la tarde en la que nos encontramos en la biblioteca llena de libros muertos, manchados del nácar de ácaros invisibles. “¡Gracias a la vida!”, grité en medio del cementerio de libros. Vos te reíste. Por única vez te reíste y me miraste como si me estuvieras guardando para siempre en tus ojos de río marrón y espeso.
¿Cómo abrís los ojos de tierra? ¿Cómo te arranco de lo eterno? ¿Cómo te traigo?
Nadie entiende nada. El tiempo es un cinturón que aprieta y nos ahoga. El tiempo es el asma que a vos y a mí nos hizo cantar y gritar “gracias a la vida”...
La muerte es obscena. No tenías que morirte.
Arrancarte de ahí, tan quieto, y cantarte en francés, quiero. Aunque no vuelvas, aunque no estés... Nube o tumba, en algún lugar serás. No duele la muerte, duele lo lejos. Duele, hermano. Duele.
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