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NÚMERO
67 - MARZO 2009
Apuntes desde el corazón rebelde de América
CINCUENTA LATIDOS
EN LA REVOLUCIÓN DEL TIEMPO
Centenares de argentinos, entre los que había periodistas y allegados de La Pulseada, viajaron en el ocaso de 2008 a la isla centroamericana que resiste con el socialismo que pudo. El motivo -o la excusa- eran las celebraciones del cincuentenario del triunfo de la revolución. Pero encontraron otra cosa. Visitaron pueblos, ciudades y sembradíos, viajaron en guaguas y bici-taxis, estuvieron en sus callejones, plazas, bares, librerías e iglesias. Tuvieron inolvidables sobremesas de política y de historia. Hablaron sobre la revolución con sus adoradores más febriles y sus críticos más mordaces. En este diario de viaje apuntan una certeza: la pequeña isla no es un lugar para visitar sino un estado del alma y, al igual que del ridículo o la muerte, de Cuba nunca se vuelve.
Texto principal: Laureano Barrera y Germán Kexel
Recuadros: Daniel Badenes
Entrevista: Laureano Barrera, Germán Kexel, María Luz Cuzzani y Sebatián Erretegui
Admirábamos profundamente Cuba y su liberación. La habíamos leído en libros, visto en documentales, oído en boca de amigos o militantes. Ahora íbamos nosotros a verla, escucharla, palparla, olfatearla. Sentirla en carne propia. El desafío interior más grande de pisar Cuba, para quienes comulgamos con ciertos principios del socialismo político y económico, implicaba no ser condescendientes con las falencias de un régimen con el que nos sentíamos identificados, y al mismo tiempo, que esa gran ansiedad no elevara demasiado los niveles de exigencia hacia una pequeña isla oligoproductora y bloqueada comercialmente por el imperio más poderoso del planeta.
Por eso, tal vez, lo tomamos con calma. Los primeros días caminábamos desde nuestro hospedaje en Centro Habana hasta el Paseo del Prado y más allá, La Habana Vieja. Hacíamos el recorrido por el medio de la calle, atravesando el fuego cruzado de dos ejércitos de parlanchines alegres y vociferantes, que descerrajaban alaridos, canciones o silbidos sin piedad, desde una vereda a la otra. En los barrios más populosos, como el que parábamos, las casas no invitan a quedarse adentro. Sus muros pretéritos están careados prácticamente hasta el derrumbe, y de cada balcón cuelga ropa tendida al sol. Tal vez por eso, y porque los espacios privados tienen una significación tan débil, la calle es un patio común en convulsión permanente, donde el cubano invierte su tiempo de ocio (muchos trabajan día por medio): los niños juegan pelota (béisbol) mientras los hombres lavan el auto o juegan al dominó. Las jovencitas cuchichean de la mano, exuberantes y escotadas; y las mulatonas mayores salen de compras. Absolutamente todos conversan. Debe ser por eso que en toda la isla las calles y las aceras son tan estrechas: para poder dialogar sin esfuerzo con el vecino de enfrente.
Un día, el tercero o el cuarto de intensa observación, uno de nosotros lanzó la pregunta artera:
-¿Y? ¿Qué pensás de esto? ¿Cómo ves la revolución?
Era casi imposible de contestar. Nos rehusábamos a romper la tregua implícita que habíamos impuesto, a poner en palabras esas sensaciones agridulces que notábamos y que hasta entonces habíamos confinado a un cofre de benevolencia, temiendo agrietar, si lo hacíamos, el espíritu de una revolución que habíamos soñado perfecta y notábamos enclenque.
Por fortuna, dos días después conocimos a Rogelio Polanco. Es director del periódico Juventud Rebelde -fundado en octubre de 1965 por encargo del propio Fidel, destinado a captar las generaciones más jóvenes-,y diputado de la Asamblea Nacional por la provincia de Holguín. Alguien nos había pasado su número; insistió que lo viéramos. No habíamos podido encontrarlo hasta entonces, y al día siguiente partíamos para oriente, a Santiago de Cuba, donde se realizarían los festejos del 50° aniversario. El llamado sin esperanzas desde un teléfono público fue luego de una visita a la Casa de las Américas. “Vénganse en una hora para la redacción”, dijo, sin cita previa ni secretaria.
Es sabido que los actores sociales son los artífices de los procesos políticos. Lo asombroso es la dialéctica: cómo esos mismos procesos determinan la impronta de sus actores. En Cuba, un diputado debe ser, antes que cualquier cosa, un hombre probo. Amar profundamente a su patria y a su pueblo, creer sin vacilaciones en el régimen político, aún siendo permeable al cambio de épocas. Pero sobre todo, un diputado en Cuba es un cuadro político: no ocupa el cargo para refugiarse de una gestión polémica o para tejer alianzas y reposicionarse en las elecciones siguientes. Rogelio Polanco, además, ostenta una cualidad muy ansiada en la isla: tiene sólo 40 años.
Nos hizo pasar a su despacho, una habitación austera decorada con una gran biblioteca, un televisor, una videocasetera y una computadora. De las paredes sin recargar, colgaban cuadros con la cara de José Martí y Hugo Chávez. El resto, una mesita ratona, sofás de cuerina negra y un escritorio con lo indispensable: la bandera cubana. Se presentó y nos presentamos. No hubo necesidad de preguntar nada: sabía que habíamos llegado buscando respuestas.
-Cualquier proceso social hecho por el ser humano es susceptible de tener errores. El socialismo, como lo vemos nosotros, es una teoría que no está acabada, y cuya práctica está muy lejos todavía de ser algo único, exclusivo de una nación. En su viaje por el país, ustedes habrán notado muchas tensiones en una sociedad que dista mucho de ser perfecta. Hay muchos problemas que tienen que ver, en primer lugar, con el bloqueo económico de Estados Unidos, que lleva ya 50 años, como la Revolución, y que ha provocado una serie de restricciones en Cuba, y a lo cual se han sumado en el último período el efecto del huracán, de más de 10 millones de pérdidas en todo el país, y los errores de la Revolución.
Respiramos aliviados. Se descomprimía esa burbuja de angustia contenida que estaba a punto de hacer metástasis. No se trataba de una deidad del Partido que alzaba el Manifiesto Comunista, cual Sagradas Escrituras, dispuesto a impartir la claridad desde el Olimpo.
-Experiencias anteriores han fallado por numerosas razones; eso incluye el asedio del imperialismo pero también los problemas internos de cada sociedad. Hoy estamos ante una situación muy compleja, en la cual llevamos 50 años de Revolución con un esfuerzo encomiable de transformación social, de darle al cubano una idea diferente de sociedad, del sentir de la justicia, del sentir de la solidaridad, que es, digamos, el mayor logro que ha tenido esta Revolución en este medio siglo. Con grandes conquistas sociales en la salud –con avances inclusive en el estudio del cáncer, y el Sida que se exportan a otros países-, en la educación, en la cultura, en el deporte, en la ciencia, en la técnica; pero a su vez con grandes carencias, materiales sobre todo, que tienen que ver con la imposibilidad de nuestra economía de poder crear las riquezas necesarias para poder distribuir más entre nuestro pueblo y poder ayudar también a otros pueblos del mundo. Y además, con carencias espirituales, que habían sido conquistadas como valores y se han revertido por los propios problemas materiales y por la propia influencia ideológica del exterior. Vivimos en una sociedad mundial globalizada, donde el mercado es el que se impone, donde los medios materiales valen más que el ser humano, y nosotros no vivimos en una urna de cristal: todo eso ha tenido influencia también en nuestra sociedad. Hoy, con el uso de las nuevas tecnologías, el impacto de todos esos fenómenos se agiganta.
La pirámide invertida
A decir verdad, no dimos dos pesos cuando lo vimos a Roberto en la cola de la guagua –como llaman al colectivo-, pero ese hombre enjuto, encorvado sobre sí mismo, calvo y rugoso, fue uno de los fundadores del Partido Comunista Cubano (PCC), fotógrafo durante tres décadas del diario Granma y compinche del Che Guevara. “Los procesos políticos se adelantan a la conciencia”, nos dijo, tras unos pasitos cortos con los que se había acercado hasta incorporarse a nuestra conversación.
Y tenía razón. Las críticas al modelo político tienen, en esencia, un origen puramente económico. Quienes fustigan al régimen reconocen que antes del derrumbe del campo socialista, en 1989, en Cuba se vivía muy bien. La caída del padrinazgo soviético -del que el modelo cubano nunca pudo independizarse- que subsidiaba su economía agroexportadora y le permitía paliar el impacto del bloqueo, obligó a Cuba a abrirse al turismo internacional y, para construir la infraestructura necesaria, a los capitales extranjeros. Con una salvedad sustancial: el mayor accionista, incluso sobre las cadenas hoteleras más voraces, sigue siendo el Estado. Comenzó entonces el llamado Período Especial: un ajuste muy severo en las condiciones materiales de existencia de la población, que dejó una huella indeleble en la conciencia.
-No teníamos otra alternativa –otorga Polanco-. En aquél momento teníamos que proteger a la inmensa mayoría de la población de no tomar medidas de choque como se tomaron en muchos países. Podríamos haber hecho una cosa muy fácil: devaluar la moneda, y ya. El que tenía acceso a más moneda podía subsistir, el resto no. Pero decidimos que no, que se creara una doble circulación monetaria para que nos conectara con la economía internacional y pudiéramos absorber rápidamente los ingresos que el país necesitaba para sostenerse, y a su vez, mantener todos los demás gastos sociales en peso cubano.
Polanco sabe, y lo concede sin sonrojarse, que aunque no se podía hacer otra cosa, las consecuencias fueron nefastas. No sólo se masificaron calamidades como la droga, sino que se desmadraron los filtros que atemperaban la invasión cultural y se resintió la igualdad social: todos aquellos que trabajan en actividades relacionadas al turismo y el flujo de divisa extranjera, o reciben remesas de familiares en el exterior, tienen un mejor estatus social que el resto de los trabajadores, que deberían ser la base principal de la pirámide. Esas asimetrías se siguen agudizando, generan plusvalía y acumulación de capital, y paulatinamente, una estratificación de la sociedad: en varios hospedajes familiares, las señoras de la casa tienen una empleada doméstica. El Estado ha resignado su rol de empleador exclusivo en una recua de patrones particulares.
Al calor de la doble moneda, también prospera sin pausa la economía informal. La Habana es el epicentro; en sus esquinas se vende todo tipo de servicio o mercancía: puros, ron, favores sexuales por noche o por quincena, visitas guiadas a shows nocturnos, diarios gratuitos, viajes interurbanos clandestinos, y una gama variopinta de historias fascinantes, que incluyen las de amor fervoroso por Maradona o el Che y la de un ex boxeador amateur forzado a pelear para Pinochet. Todo se consigue por unos cuantos pesos convertibles. Los inventos del cubano no son un secreto para nadie: cualquiera que transite el Paseo del Prado, la calle Obispo o el Malecón, puede ver a los mercaderes furtivos, agazapados a la espera de la transacción. Tampoco lo son, se supone, para el buró del Partido o los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que los permiten en tiempos de recesión. El riesgo mayor, claro está, es que los rebusques dolarizados desplacen al empleo formal y contraigan la economía interna.
-El objetivo tiene que ser volver de nuevo a una sola unidad monetaria. Tenemos que volver a reinvertir nuestra pirámide social. Que el principal mecanismo de ascenso social sea su capacidad, sus méritos, su desarrollo profesional e intelectual, por el cual reciba de retribución por parte de la sociedad a través del salario, el ingreso necesario para poder reproducir su capacidad intelectual, productiva, creativa. Eso nos demorará un tiempo, en la medida en que restablezcamos nuestra economía interna. Estamos conscientes de eso.
-¿Y eso cómo se logra?
-Acabamos de salir, la semana pasada, de la discusión del Parlamento, donde uno de los temas que se discutió fue precisamente éste: cómo podemos seguir aumentando el gasto social a límites insospechados – más del 60% de nuestro presupuesto va hacia educación, salud, cultura, deportes, asistencia social; el resto va a la inversión productiva-, si no podemos desarrollar la producción que nos signifique ingresos mayores a los que hoy tenemos. Para eso hay que desarrollar nuestra economía todavía más, pero sobre todo, lograr que el salario de cada trabajador sea el estímulo principal para producir más y compartir esos recursos entre toda la sociedad. Esa es la esencia del socialismo: cómo logramos que el mercado no se imponga, pero a su vez, nosotros no le demos la espalda al mercado. Es un tironeo muy frágil entre el mercado y la conciencia. O sea, la conciencia es lo que debería mover al ser humano, al individuo, a la humanidad en general. El ser humano debería ser capaz de hacer las cosas porque está claro, porque lo siente, porque comprende que hay que hacer determinada acción productiva. Pero eso es un proceso que requiere años, educación, muchas cosas. Y el mercado está al otro extremo: el individuo sólo se mueve por el interés material que logra obtener con su fuerza de trabajo. Cómo logramos nosotros, sin desdeñar el mercado –porque en nuestra sociedad hay relaciones monetario-mercantiles - que no sea el único motor de las relaciones y las personas. Ahí está el gran desafío.
La globalización de la solidaridad
“El primer deber de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo”. La frase le corresponde a José Martí, guía espiritual, intelectual y militar de Cuba en la lucha contra la colonia. Nosotros nos la topamos en pleno Paseo del Prado, cantada a rabiar y con el corazón por un grupo numeroso de niños.
Este ideario ancestral parece estar grabado a fuego en el alma de los isleños y se refleja en la manera en que las autoridades del país se relacionan con sus hermanos latinoamericanos. Los hacedores de la revolución armada son los mismos que postulan hoy la integración latinoamericana con gobiernos de diferente signo político. Fiel a su estilo pedagógico y problematizador, Polanco ve en esa integración prácticamente la única salida.
-A nosotros nos parece muy importante lo que está pasando actualmente en América Latina. Porque además Cuba no se salva sola. Precisamente porque la globalización es un hecho económico real, y un hecho cultural real. Ahora, nosotros no deberíamos estar en contra de la globalización, sino en contra de un tipo de globalización que se basa en el mercado, que se basa en el capital, que se basa en la explotación. Debería imponerse la globalización de la solidaridad, la globalización de los valores reales del ser humano. Ya hay una intención más integrada de varias naciones para buscar soluciones a sus problemas. Los problemas en América Latina son problemas comunes, por el origen histórico de nuestros pueblos, por los problemas económicos de tantos años de capitalismo y subdesarrollo, y tienen que ver con que muchos años hemos sido una colonia o neocolonia de Estados Unidos y de Europa.
En Cuba comienzan a cobrar sentido palabras olvidadas o ni siquiera mencionadas en otros márgenes continentales. Internacionalismo, rezan las leyendas de los museos, en las aceras, en el corazón del pueblo. No ya para crear dos o tres Vietnam, como solía pregonar el Che, sino con las llamadas misiones: delegaciones de médicos cubanos que instruyen la “Operación Milagro”, de logros sorprendentes en la curación oftalmológica en 31 países, o educadores que alfabetizan en países pobres.
Grandes observadores de la realidad política mundial, los cubanos no suelen dar recetas. No se posicionan como un modelo a imitar. Se limitan –y no es un verbo que caracterice a las personas que componen esta sociedad- a contar su historia y reconocer que cada país tiene sus particularidades que no se pueden dejar a un lado al emprender un sendero político hacia la igualdad.
-En Venezuela, nos parece que es algo novedoso, se está tratando de modificar la estructura de opresión del capital, de las transnacionales y de las burguesías nacionales, mediante un proceso de cambio del andamiaje jurídico de esas naciones. Una cosa muy interesante, pero a su vez muy compleja y muy riesgosa. Porque imagínense si Cuba que llegó al poder en el año ’59 mediante una revolución armada que transformó completamente las estructuras políticas, económicas, jurídicas y sociales del país, ha sido el blanco perfecto de la agresión externa para que ese modelo no fructifique, imagínense cómo hacerlo en sociedades donde para cambiar las estructuras de poder necesitan de un gran apoyo popular.
¿Cómo evitar que hoy el 80% de pobres esté siendo sometido por una oligarquía, que tiene el sustento económico, profesional, político, y a la vez los vasos comunicantes con la hegemonía política y económica del imperialismo? Está incursionando en mecanismos de participación, como los consejos comunales que para mí son muy interesantes. Tiene un liderazgo político que es vanguardia en América Latina, que ha comprendido la necesidad de la integración. Sin embargo enfrenta muchos retos: ¿cómo cambiar la estructura económica de monoproductor y monoexportador de petróleo? ¿Lo puede hacer sólo decretando el socialismo? No. ¿Cómo logra quitarle cada vez más poder a las elites oligárquicas de ese país, sin provocarlas a tal punto que logren revertir el proceso que está hecho por el voto? ¿Cómo revertir los instintos de conservación de la clase media, que está manipulada por los medios de comunicación, en gran medida aún en manos de la oligarquía? ¿Cómo seguir jugando en las reglas de la democracia burguesa, con las mismas herramientas, electorales, de publicidad, donde se vende a veces al individuo y no a las ideas, para mantener una hegemonía popular con el dinero de las transnacionales y del imperialismo jugando en contra? Esas son las encrucijadas de la revolución bolivariana.
Si vamos a Ecuador vemos que se hizo un cambio de la Constitución. En Bolivia están en ese proceso, pero con muchos obstáculos por la capacidad de maniobra muy fuerte de los sectores oligárquicos.
El proceso es complejo. Lo único que podríamos decir desde Cuba es que no hay un solo camino, y que sólo será posible con la más amplia participación popular, con la más amplia concientización de esos sectores populares -que son siempre la mayoría de la sociedad-, para que los mecanismos de dominación externos puedan ser poco a poco dejados a un lado.
La hora de los hijos del tiempo
Con el correr de los días nos dimos cuenta de que existían casi tantas Cubas como cubanos. Que la revolución se proyectaba en el imaginario individual como el paraíso o la prisión, con unos pocos grises, de acuerdo –en general- a la franja etaria y la actividad económica del interlocutor de turno. No pudimos hallar, aunque buscamos, ni un sólo cubano que hubiera vivido la revolución y renegara de ella. Quienes habían conocido a Batista aman a Fidel. No sucede lo mismo entre las generaciones jóvenes, los hijos del Período Especial.
-Ahí tenemos el gran reto: cómo logramos que el turismo siga viniendo como un turismo diferente, de familia, educativo, solidario, que vea los grandes valores de nuestro pueblo y de nuestra sociedad, de nuestra geografía y nuestra historia, y que a su vez intercambie con nuestro pueblo desde un pie de igualdad. Que no venga a comprar a nuestra gente, que no venga a seducirla con baratijas. Cómo logramos que nuestra gente vea en otras sociedades la realidad de esas sociedades y no sólo el espejismo.
-Nuestra percepción es que las generaciones más jóvenes han retrocedido en el nivel de conciencia que tiene la generación que vivió la revolución. ¿Hay que trabajar en ese sentido?
-Sí. Hay que trabajar mucho más fuerte. No podríamos decir que han retrocedido, sino que las circunstancias son diferentes y cada generación es hija de su tiempo más que de sus padres. Esa es una dinámica para cualquier sociedad. No hay socialismo en ninguna otra parte, prácticamente. O sea, en el resto del mundo rige el mercado, el capital, la explotación, la injusticia. Y cómo nosotros podemos mantener una idea diferente de sociedad en medio de ese gran océano capitalista. Es muy difícil. Sobre todo cuando hay internet, hay antenas satelitales, hay turismo internacional, y todo está en función de la publicidad, que estimula el consumismo pero no da una idea real de lo que es el consumo. Es muy difícil.
El desafío hacia el futuro es doble. Los herederos de la revolución no contarán con la épica con la que Fidel, Camilo y el Che se volvieron quijotes. Les faltará la proeza de la Sierra Maestra, la entrada estoica en cada pueblo redimido, la llovizna de pétalos de oro desde lo alto sobre sus barbas de polvo y de hierba. Deberán suplir ese amor invencible, sensorial, primigenio, que hasta los más inconformes, indolentes o imberbes le conceden a sus héroes.
Y algo más difícil aún: tendrán que hacerlo sin los miles de pibes muertos por año para alimentar, sin el 20% de la población a quien generarle un empleo, sin partos que volver más seguros ni ancianos que dignificar, sin los 200.000 bohíos y barracones decrépitos que transformar en viviendas dignas, ni las 400.000 familias menesterosas a las que darles un hogar, ni el más de 50% de guajiros que alfabetizar y el 90% que desparasitar, ni los miles de cubanos a quienes garantizarles acceso gratuito a la salud, porque las plagas más feroces de la codicia humana, esa que azota con fuerza al resto del planeta, fueron desterradas de esa isla remota por los padres de la revolución después de la fuga en estampida de los últimos sicarios de Fulgencio Batista.
-En el momento que se gesta una revolución, usted participa de acciones épicas en las cuales le va la vida o la muerte por un combate, por un hecho histórico en el cual se está jugando su existencia. Y a veces, esa épica queda como el paradigma y no la otra, la épica de todos los días, donde parecería que no hay hechos trascendentales, cuando sí los hay, aunque algunos no los vean. Porque el hecho de que un ingeniero, un trabajador o un obrero, logre echar a andar una planta o una fábrica cuando Cuba no ha podido comprar los elementos fundamentales para echarla a andar, ¿es o no una heroicidad? O cuando un médico salva la vida de un ser humano con una operación en la cual le puso su creatividad, su talento, su capacidad, y tuvo que usar instrumentos o medicamentos que no fueron los que dice el librito que hay que usar, porque Cuba no tiene acceso a ellos, porque faltan, ¿es o no heroico? Entonces está la capacidad de ese individuo: eso es una heroicidad que construye todos los días un ser humano, que a veces es muy joven. Nosotros tenemos que ser capaces de ver en nuestra juventud esos hechos épicos, y no sólo verlos, sino retribuirlos en la justa medida. Desde el punto de vista económico y desde el punto de vista espiritual. Tenemos que ser capaces de interpretarlos sin imponerles nuestros gustos, nuestras recetas. Ahí esta la dialéctica de una revolución: ser capaz de crearse y recrearse a sí misma, una y otra vez, para adaptarse a las nuevas circunstancias. La Revolución cubana no puede ser la misma de los inicios de la revolución, de los años ‘60, tiene que ser otra. La inclusión de la juventud en su dinámica no puede ser retórica ni improvisada. Tiene que tener en cuenta sus necesidades, sus valores, su cultura: esos tiempos nuevos.
Asombros
La Habana, la ciudad de las columnas al decir de Alejo Carpentier, es una ciudad fascinante que permite viajar en el tiempo. Sus calles son un museo del automóvil en movimiento. Hay algunos coches nuevos, pero predominan los Chevrolets de los ´50 y autos rusos de antaño. Están impecables: son un cabal alegato contra la cultura de lo descartable. Las casas húmedas y derruidas transmiten la sensación de carestía, pero no llegan a dar tristeza: el color de las prendas tendidas en la soga de un balcón, los chicos jugando con un barrilete y las charlas callejeras dejan otra sensación: el cubano es un pueblo alegre.
Una mirada más panorámica completa la lección cultural: es una capital sin especulación inmobiliaria. Allí nadie derriba construcciones históricas para construir edificios inteligentes, centros comerciales o estacionamientos.
Tampoco abruma la publicidad. No hay mujeres semidesnudas vendiendo ropa interior ni estrellas de fútbol explicando qué celular es la clave de su éxito. Una cartelería atípica para el ojo occidentoxicado evoca frases de Martí y emprende campañas contra el problema de la holganza.
No hay tele por cable (y nos retrucan la inquietud: “¿televisión paga?”). La entrada de cine cuesta, en pesos argentinos, 30 centavos. Las proyecciones se viven con pasión: las comedías hacen reír a carcajadas y se aplauden las mejores escenas.
Leída, admirada y criticada de antemano, Cuba no se entiende en un mes y quizá tampoco en un año, porque el debate político ideal y a la distancia es distinto de la vida de todos los días y de la cultura que se hace carne. No puede ser fácil que formulen un juicio acabado adultos nacidos y criados en sociedades donde la competencia y el éxito individual son valores centrales.
Cualquier sitio de la isla extraña a un viajero que carga esa mochila. Sorprende que la policía no porte armas de fuego –por supuesto, la población civil no tiene- y que tampoco haya alarmas o casas atestadas de cerrojos.
Sobre todas las cosas, asombra la capacidad de debate, el nivel de instrucción y la información, no de los dirigentes, sino de cualquier hombre o mujer del pueblo. Habituado en su país a hablar del clima para no debatir la agenda de Radio 10, uno se queda sin respuestas cuando el taxista inicia la conversación con un tema impensado: “¿Cómo están en Argentina con las reservas de agua? ¿Están protegiendo el acuífero guaraní?”.
D.B
Cajade y la Caridad del Cobre
“Y si vas pa´l Cobre, quiero que me traigas, una virgencita de la Caridad. ¡Ay! Yo no quiero flores, yo no quiero estampa, lo que quiero es virgen de la Caridad...” (Miguel Matamoros)
El camión se aleja de la ciudad y conduce a un poblado cercano, que acoge a una de las minas de cobre a cielo abierto más grandes de América y a uno de los santuarios más visitados del oriente cubano. Allí está la Virgen de la Caridad del Cobre, coronada en 1936 como Patrona de Cuba, tal como había pedido bastante antes un grupo de veteranos de la Independencia.
El periodista entra incómodo a la capilla ubicada en un terreno elevado. Reniega de esos rituales. Descree de la existencia de Dios, aunque no pueda probar su inexistencia. Suele arriesgar que, de haber algo así, deben ser muchos dioses que pugnan por sus intereses; sabiéndose más cómodo entre las creencias de los griegos o los pueblos originarios de aquí, que con la doctrina cuya propaganda todavía pagamos con nuestros impuestos.
El periodista se enfrenta fatigoso a la Virgen de la Caridad del Cobre; se pregunta hacia adentro qué hace él en ese sitio, si su mente oscila entre el agnosticismo y el ateísmo. Observa con sorpresa el lugar donde una foto de Benedicto XVI puede convivir con la de Fidel Castro. Hay una vitrina repleta de trofeos y casacas de jugadores de béisbol consagrados. Un saxofón colgado en la pared, junto al Cristo crucificado. Hay una juntada de firmas que denuncia persecución política y hay –oh sorpresa- una colección de estandartes artesanales que portaron en la Sierra Maestra los revolucionarios del 26 de Julio. Tienen una franja roja, la otra negra, la identificación del movimiento y una imagen de la virgen.
El periodista, como tantas veces, tambalea. Ahí está, otra vez, después de 50 años, la religiosidad popular. Algo hace pensar en Camilo Torres, Carlos Mujica, los curas guerilleros.
Todo está ahí. La manipulación de las masas y el ejemplo inspirador de Cristo. El opio de los pueblos y el primer socialista. El genocidio americano y la teología de la liberación.
Las ofrendas sobre la mesa exhiben una diversidad formidable. Hay estampas grandes y chicas, pero también un cenicero, un par de anteojos, cartas de puño y letra, tarros, collares. La copia de una escritura y fotos de casamientos. Un ramo de flores, alguna joya, un par de zapatillas y más cartas. Decenas de cosas, centenares de sentidos, como si todos tuvieran algo que decirle a la Caridad del Cobre.
-Yo no. Lo único que me acercaba a todo esto era Cajade –piensa y dice el periodista, renegado pero sin irse del sitio– Si tuviera una Pulseada, la dejaría.
Entonces siente el peso en su espalda. La mochila. Tiene un ejemplar ahí, y también una microfibra azul. Entre dos apuntan algunas palabras: Cuba libre, los luchadores argentinos desaparecidos, López, la amistad con la revolución.
La revista queda apoyada sobre una bandera; entregada a la Virgen de la Caridad, como hace el pueblo; en Santiago de Cuba, la cuna de una revolución socialista que no pudo o no quiso escapar a la religión que también portaban sus hombres.
En la tapa hay dos chicos jugando y un pedido de justicia social. El homenaje aparece al voltear la página: “A la memoria de Carlitos Cajade. Por un país, una América Latina y un mundo sin hambre”.
D.B
Una integración saludable
Cuba no sólo redujo al mínimo las muertes por desnutrición o enfermedades evitables en la isla, sino que exporta salud. Desde hace décadas el pequeño Estado socialista es líder en el desarrollo de vacunas, y avanza en el estudio de enfermedades de la pobreza, que por el momento no preocupan a los laboratorios privados. Produjo la vacuna contra la meningitis B, única en el mundo, de la que ya se aplicaron más de 50 millones de dosis en países sudamericanos. Unos 15.000 médicos cubanos trabajan en países de África y América Latina.
En 1999, además, la isla vio nacer la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), que forma gratuitamente a jóvenes de esos países. Cuba los aloja y beca sus estudios de medicina generalista, con una formación humanista. A los mejores promedios les ofrece dos años más, para especializarse. En la ELAM ingresan 1500 estudiantes por año, provenientes de 24 países. Se calcula que hay unos 500 argentinos.
En los últimos tiempos las becas de ese tipo se acrecentaron en el marco de la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA), con fondos aportados por Venezuela. En la isla también hay latinoamericanos estudiando ingeniería y educación física.
Agustín es de Moreno y viene de una familia humilde que quizá no hubiera podido sostener una carrera universitaria. En unos años regresará a Argentina para ejercer la medicina pública en su comunidad. Los ojos celestes se le humedecen cuando habla de la saludable solidaridad cubana: “Es un pueblo maravilloso. Extiende su amistad. Hay que aprender de ellos. Cuba no le da al mundo lo que le sobra, sino que le da al mundo lo que tiene”.
D.B
Las cosas en claro
Es difícil saber si, clausurado el criminal bloqueo que la isla sufre hace añares, sería posible una prensa plural como la que –de hecho- existió en los primeros años posteriores a la revolución. En Cuba hay sólo un diario, y es asquerosamente oficialista.
Cuesta dilucidar si hay buenos cuadros medios –pareciera que sí, pero tienen poco protagonismo- y es abismal la diferencia de nuestras culturas políticas: nos resulta increíble la persistente legitimidad de algunos líderes que parecen eternos. Sí, Cuba suena a gerontocracia: Fidel dejó el lugar a Raúl, y hasta el ministro de la Informática y las Telecomunicaciones es un veterano de 76 que asaltó el Moncada, navegó en el Granma y estuvo en la Sierra Maestra.
Mucho de lo que se dice cierto. Hay dirigentes cuyos beneficios suenan excesivos; hay quienes quieren salir de la isla y no pueden; y en el país de la educación y la salud, gana más quien se aboca al turismo que un maestro, un enfermero o un médico.
Otro tanto se exagera. Los cubanos votan; los cubanos discuten política. Tienen una educación formidable. Toda la tele es de aire y hay dos canales educativos. Y algo clave: son concientes de sus problemas. Saben que hay mucho para hacer o reconquistar.
Entre todo, sigue vigente la certeza que dispara un cartel, a la vera de una ruta:
-200 millones de niños en el mundo duermen hoy en la calle. Ninguno es cubano.
Y uno piensa en su país, en los pibes con hambre a los que el Estado mata a palos o quiere meter en cana. La frase estremece. Ninguno es cubano. Partamos de esa base. Después discutimos el resto.
D.B
El festejo que no fue
Los empleados cubanos de Migraciones se cansaron de ver argentinos. Entraron centenares en muy poquitos días. En las casas de familia de Santiago, la ciudad más hospitalaria de Cuba, preguntaban por qué tantos, si era que habían brotado de la tierra. Cualquier cuartito de más, habilitado o no por el Estado, se convirtió en alojamiento. La Plaza de Marte se pobló de mates.
-Venimos por el cincuentenario de la revolución.
-Por los 50 años del triunfo de la Revolución –aclaró alguien, cerca del cuartel Moncada, ese que Fidel Castro intentó tomar el 26 de julio de 1953. Entonces hubo muertes y largas prisiones donde se bocetó el programa político de una lucha que persistió.
Hoy el Moncada –como otros antiguos cuarteles- es un predio utilizado por instituciones educativas. A la entrada hay un museo que cuenta aquel primer intento, aquella derrota. La historia los absolvió.
Fue el 1° de enero de 1959 cuando el dictador Fulgencio Batista huyó de la isla, asediado por los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra y, sobre todo, por el pueblo que los apoyó. Una semana después, los revolucionarios ingresaban triunfantes a La Habana.
De eso se cumplieron 50 este enero. Luego vinieron las reformas agrarias, la alfabetización masiva, alimentos y salud para quienes nunca habían tenido. Hubo que resistir invasiones y desmontar intentos de magnicidio. En 1961, en plena guerra fría, la isla se declaró socialista.
-50 años en Revolución –remarcan algunos carteles.
Así es. Y Cuba no brindó festejos de una efeméride sino lecciones cotidianas.
Al principio muchos sudamericanos, en su mayoría argentinos, estaban defraudados. Habían llegado en busca de una celebración pomposa, un recital de Silvio Rodríguez y acaso la reaparición pública de Fidel en un acto de masas compartido con los otros líderes latinos a los que saludaban banderas y remeras. No hubo nada de eso. Ni Hugo Chávez ni Evo Morales estuvieron ahí. El acto central pareció un evento escolar. Raúl hizo un discurso sin anuncios y con poca potencia. De Fidel apenas hubo un dudoso mensaje de una línea: “Felicito a nuestro pueblo heroico”.
Las explicaciones no siempre alcanzaron. Había mucha austeridad en la organización de los actos, y eso es indiscutible: la famosa regla de las prioridades del Estado socialista, admiradas por todos los que estaban allí. Por otra parte, en la sociedad cubana hay una presencia tan fuerte de la conmemoración histórica, que es posible que 50 años no significaran algo muy diferente de 49 o 48, más allá del número redondo.
Queda la duda incontestada, para quienes guardan la imagen de los discursos de Fidel en la plaza de la Revolución, de por qué no hubo un acto de masas. Los santiagueros se quedaron en sus casas. En la exigua plaza del pueblo ingresaron los 3000 invitados previstos y nadie más.
Por más intentos para ingresar, marchando encolumnados por las cercanías del Parque Céspedes, los argentinos convocados por el número redondo quedaron afuera. Alguno intentó la presión de los empujones; otros esgrimieron ante los guardias la condición de coterráneos del “Che” Guevara; y cuando vieron pasar al secretario de Derechos Humanos, lo designaron mediador, sin ningún éxito. “No hay lugar, el acto está organizado de esta forma. Nos dicen que nos vayamos retirando, que no quisieran tener un incidente con nosotros”, sintetizó Eduardo Luis Duhalde con un megáfono prestado. Al final, todos vieron el acto por tele, como la mayoría de los cubanos. Autogestionaron festejos en otras plazas, donde con melodías típicas de los estadios cantaron estrofas de amistad con la revolución cubana. Muchas terminaban en chiste, y algún chiste terminó en burla:
-Cuba, Cuba, Cuba; la clase media te saluda.
El festejo que no fue dejó esa otra lección, contra los vicios del efemeridismo, y habrá que tenerla presente en 2009. En lo que va del calendario, además del triunfo cubano, ya se festejaron 10 años del gobierno bolivariano de Venezuela, 15 del levantamiento del Ejército Zapatista en México y las bodas de plata de los Sin Tierra brasileños. La lista podría ser interminable. También se cumplen 30 de la “revolución islámica” de Irán, 40 de la “revolución libia” del coronel Gadafi, 60 de la revolución china...
Pero mientras se escriben notas con fotos en blanco y negro, la América latina con sus venas abiertas se llena de colores diversos. También este verano, días antes de que entrara en plena vigencia entre Perú y Estados Unidos un oprobioso Tratado de Libre Comercio, Bolivia reformó su Constitución y demostró que también vive en revolución.
No había bolivianos en las plazas autoconvocadas por la fecha cubana, pero acaso dieron su mejor homenaje. Esa podría ser la lección y la consigna para el 2009: que la memoria sea el faro de la lucha, para que el año no sea pura efeméride.
D.B
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