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NÚMERO
67 - MARZO 2009
Adultos que cumplen el sueño de aprender
NUNCA ES TARDE
PARA TENER UNA “CARITA FELIZ”
En el Centro de Educación de Adultos Nº 722 de Los Hornos, un heterogéneo grupo de personas acomete diariamente con el derecho y la necesidad incumplida de la instrucción escolar. Vidas cargadas de vida, de sufrimientos y de privaciones, que en la niñez no tuvieron la chance de compartir con otros chicos aquellas entrañables horas de recreos, sueños y aprendizaje.
Por Margarita Torres
Desde el fondo de la calle se lo ve venir en bicicleta. Nubes negras se amontonan y parece que una montaña se esgrimiera detrás de las pequeñas casas. El humo que se escapa por las chimeneas traza líneas difusas en la imagen pétrea. Miguel lleva una campera oscura y una gorra que casi le tapa por completo el rostro. Por los costados, unos caprichosos rulos colorados se asoman, a tono con los vivaces ojos miel. Al llegar, entra la bici al patio, la apoya contra una columna, se frota las manos y desata el cuaderno del portaequipaje.
A pesar de sus treinta y pico, no es el mayor del aula. El récord son los 82 de Dominga, para quien aprender a leer y escribir es cumplir el sueño frustrado de su niñez.
El Centro de Educación de Adultos Nº 722 de Los Hornos, está ubicado en 70 y 142. Las calles están bastante deterioradas y hay que andar esquivando pozos y charcos. El edificio, que en realidad pertenece a la EGB Nº 50, tiene ventanas alargadas con persianas metálicas, vereda de contrapiso y las paredes despintadas. Se ingresa por una puerta lateral de dos hojas hacia un pasillo. Al final, un hall hace las veces de patio, a cuyos lados están las aulas, los baños y una pequeña biblioteca.
Para los “grandes”, la clase comienza a las 18 y termina a las 21, pero en materia de horarios no hay rigurosidad. La maestra entiende que casi todos trabajan y vienen desde distancias importantes. Nadie es llamado en su atención por llegar unos minutos tarde. Con naturalidad, a medida que llegan, cada uno se sienta en su banco y se integra al trabajo.
De a poco se acomodan. Sacan el lápiz, la goma y el cuaderno donde tantas noches se han llevado “caritas felices”: un reconocimiento de “la señorita” al esfuerzo y la dedicación. Jorge se alegra al mostrar las suyas y pasa rápido las hojas donde hay alguna que otra de aspecto más tristón.
Hay sitios en los que es preciso internarse para descubrir otros mundos, mejor dicho, otro país. Ese que no es posible señalizar en el mapa. Simplemente acontece, más cerca de lo que puede imaginarse. Acaso, para entrar en él sea preciso abrir el foco y poner la mirada allí donde no la ponen los medios de comunicación, ni los burócratas, ni los funcionarios. En esos lugares tan olvidados -aunque quizá la mejor palabra sea ignorados, porque olvidar requiere, primero, conocer-, suelen suceder las más simples y maravillosas historias. Esa es, tal vez la “Argentina profunda”: rincones cotidianos donde se acumulan cientos de vivencias y hallazgos asombrosos, como los que cada día descubren juntos, en la apasionante aventura de decodificar el abecedario, este grupo de adultos aprendices.
Gladys Lausada, la docente, no se para al frente de la clase. Prefiere sentarse en cualquiera de los bancos. Es “lo más”, dice Luis, quien en una oportunidad explicó en detalle su trabajo en la fábrica de condimentos y reveló cómo el perejil, recién cortado de la quinta, se transforma en esas hojitas secas y desmenuzadas que se venden en bolsitas en los supermercados.
Gladys no es una maestra común. Su pasión por enseñar la hace trascender las formas convencionales. En la charla con La Pulseada, retomó los conceptos de Paulo Freire, para quien enseñar exige respetar los saberes previos y la autonomía de los educandos, saber escucharlos y darles herramientas para un abordaje crítico de la realidad.
Mary -una platense con raíces y alma chaqueña-, recuerda cómo el trabajo en la cosecha de algodón postergó a la escuela. Pero no siente pena por ello. A fuerza de la necesidad, se hizo experta en el trabajo de la tierra. Mientras habla, sus manos recobran aquella habilidad casi innata para desintegrar apretados y tersos capullos. Pero aquella niña que madrugaba para internarse con su padre en los algodonales, es ahora una madre que no quiere que sus hijos repitan la historia, porque “la educación es el futuro” y con esa convicción hoy va a la escuela “para ayudarlos con la tarea”.
Un filósofo francés dijo que el porvenir pertenece a aquellos que no pierden la ilusión. Eso es, precisamente, lo que no les falta a Miguel, Luis, Jorge, Mary, Luciana, Belén, Dominga y Verónica, quien, con 21 años y 4 niños, le sigue dando pelea a un destino que parecía dispuesto a dejarla en el camino.
A Vero, como la llaman todos, le cuesta levantar la mirada mientras habla. Con una mano se aprieta los dedos de la otra, se toca la cara o se acomoda el largo cabello lacio detrás de la oreja. “Dejé el colegio cuando era chica”, se excusa como si fuese grande y agrega: “Volví a los 15 pero dejé porque quedé embarazada. Tengo mellizas de 6, un nene de 4 y una nena de 3, pero la más chica vive con el padre y los abuelos”.
Su voz suena densa, como si emergiera desde las vísceras, y por momentos sus ojos irradian una intensidad que abruma. Al igual que muchos de sus compañeros, sostiene que retomó la escolaridad “para ser alguien”. Cada tanto, una risa nerviosa altera el tono de la conversación y sus piernas se mueven como si fuesen eléctricas. Perdió a su madre cuando tenía 3 años: “Tengo una tía pero no vive en el barrio y mis abuelos por parte de mi mamá no me quieren”.
Asegura (y se le nota), que pese a las dificultades está “contenta de haber empezado la escuela, porque, aunque no me guste mucho estudiar, sé que es necesario para trabajar. Además, los chicos, a veces me preguntan cosas y no les puedo explicar”.
Verónica dice que su actual pareja la sacó “de una situación muy fea”. Es que, al morir su mamá, fue internada en un instituto de menores: “En ese momento estaba con el padre de la más chiquita, pero no quería a mis otras nenas. Los fines de semana salía del instituto y él me pegaba, pero cuando volvía tenía que decir que la había pasado bien porque sino, no me dejaban salir más”.
Las privaciones son un denominador común en el grupo de Gladys. Todos, en mayor o menor medida, se han sentido desprotegidos, relegados e incluso discriminados por la sociedad. Pero en el aula pocas veces se habla de las experiencias amargas y si se lo hace, es siempre desde el optimismo y con la esperanza de un porvenir reparador. El aula es el ámbito donde el mundo ramifica en muchos horizontes con los que cada vez se animan más a soñar con alcanzar.
Del carrito a la escuela
La cara de Miguel se ilumina cuando Gladys le dibuja una “carita feliz” al lado de las cuentas y aunque sea sólo por ese ratito, se olvida de los problemas que afronta para ver a sus hijos. Tiene 32 años y contó que en su niñez fue a la escuela “uno o dos años como mucho, porque me mandaron a trabajar”. Nació en Saladillo, “pero cuando mi mamá se separó y se juntó con otro señor, me trajeron a La Plata”. Para él esta ciudad, con sus calles atestadas de autos y un transitar incesante de personas, era como un océano de misterios insondables. Con apenas 4 años y su carro a cuesta, se vio obligado a lanzarse a la aventura de recorrerla para sobrevivir. Hoy podría dibujar cada uno de sus rincones y esquinas con lujo de detalles.
A cada momento Miguel menciona a sus pequeños Lucas, Aylén y Agustín, a quienes no puede ver tanto como quisiera por problemas legales. “Voy y vengo. Los martes y jueves la madre tiene que dejarlos en la casa de los abuelos y no lo hace, entonces los veo fin de semana por medio. Tengo una excelente relación con ellos”, explica y su rostro se enciende cada vez que los nombra.
En el aula, Miguel se destaca por sus acotaciones graciosas: “No sé si soy alegre, pero en la escuela me desenchufo, trato de estar bien y de transmitir buena onda”. Según reconoce, “me costó volver, porque me daba vergüenza por la edad. Pensé que iba a ser otra cosa pero nos llevamos bien y le agradezco a la maestra la paciencia”. Pero, pese a las satisfacciones, “venir todos los días, después de trabajar es un sacrificio. A veces se me complica y tenemos que tomar mate en la escuela porque a mi casa llego, dejo las cosas y me vengo, sin poder tomar ni comer nada”.
Apoya el brazo izquierdo en la pierna y con el otro se sostiene el rostro, levantando, cada tanto, el codo de la mesa. La mano apretuja su mejilla y se hacen más visibles unas finas líneas blancas que dividen las sienes. Con la lengua se humedece los labios, suspira, y continúa: “A mi mamá no la veo, pero a mis hermanos si. Empecé juntando cartones, después me mandaron a vender lavandina y detergente; luego en los trenes. Así se dieron las cosas pero la verdad es que me hubiese gustado estudiar. Le reprocho a mi madre no haberme mandado al colegio. Eso es algo que tengo adentro y me da bronca”.
El trabajo ha sido siempre prioritario en su vida. Aprendió el oficio de la albañilería gracias a Elio, “un hombre que conocí en el barrio y que me dio un lugar para vivir en su casa, durante 6 años, con su familia. Con él aprendí a trabajar y hasta el día que me muera le voy a agradecer”.
Hoy Miguel está a punto de terminar de construir su casa: “Quiero estar con mis hijos, que nunca les falte nada y tener trabajo para brindarles lo que pueda”. En muchas actitudes Miguel parece conservar ese niño inquieto que recorría las calles con su carro. Es –como el mismo se define- un hombre con mucha calle: “A los 14 años me fui de mi casa porque no aguantaba más el trabajo y el maltrato. Mi mamá nunca se preocupó por mí y eso me duele, éramos muchos hermanos y teníamos que salir a trabajar con lluvia, sol, de noche o de día. Mi padrastro no era una buena persona y por eso tomé la decisión de irme, sino, todo iba a terminar mal. Hay muchas cosas que me marcaron, sobre todo por mis hermanos: era irme o romperle la cabeza, hablando mal y pronto”.
Pero la calle, que duele, que “marca”, puede convertirse, a fuerza de la arbitrariedad de los hechos, en un refugio. Al recordar sus andanzas, una sonrisa le transforma la cara. Es como el primer rayo de sol que se abre camino, entre las nubes, después de un temporal. “A veces era más lindo estar en la calle que en mi casa. Juntando cartones o vendiendo tenía otra libertad y me iba a las plazas o a los juegos electrónicos; aprovechaba esos momentos para jugar”.
“La calle te enseña muchas cosas, te abre la cabeza”, enfatiza Miguel, que lejos de desconocer las cosas que pasan, reflexiona y tiene una mirada ácida sobre muchas de ellas. Se muestra indignado, por ejemplo, ante las consecuencias del conflicto entre el campo y el gobierno, aunque recalca: “A mí no me afecta, porque si no trabajo no vivo, ellos no me van a dar nada”.
En uno de los bancos del fondo, del lado de la ventana y siempre apoyada contra el vidrio, está Belén. Sus 15 años explotan a carcajadas a veces inoportunas pero siempre incontenibles. No es raro verla taparse la cara con una hoja. Su brazo, cargado de pulseras, provoca un estridente sonido al caer sobre la mesa. Le gusta la música, en especial los ritmos latinos como la cumbia y el reggaeton. Lleva el pelo atado, bien tirante, y una ancha bincha de algodón. Sobre su campera gris sobresale una chalina blanca con motivos negros y flecos en las puntas, que a veces usa para ocultarse cuando alguien le pide que diga algo.
Sin tapujos comenta que hace un tiempo quedó fuera de la escuela porque se “rateaba”. En cambio, en el CEA, “estoy muy contenta, me llevo re bien con mis compañeros”. Aunque parezca contradictorio, Belén recalca que se siente más a gusto con este grupo que con chicos de su misma edad: “antes se burlaban de mi; acá hay más respeto y la maestra es re buena”.
Sus aspiraciones laborales no condicen del todo con su personalidad vivaz y divertida. Belén quiere ser “policía o guardiacárcel”, aunque no sabe explicar muy bien por qué.
Muy cerca, atenta, está Dominga, con sus rozagantes 82 años. Se sienta en la primera fila para escuchar mejor a la maestra porque está “un poco sorda”. Su pelo blanco refuerza la luz natural de su expresión amigable y cordial. Aunque no comparte los gustos musicales de Belén (ella prefiere el tango), se llevan muy bien, como con el resto de los compañeros.
Las pupilas verdes de Jorge, el otro “jovencito” del curso, se agigantan cuando Gladys se acerca. Siempre tiene el pelo mojado, como recién peinado. Trabaja desde los 8 años cargando bolsas en un camión. Pero no se queja, cuando sale “del laburo”, va a la escuela. “Es brillante para los números”, afirma Gladys, quien todo el tiempo les recalca que la educación es mucho más que deletrear y unir sílabas, sumar, dividir o conocer la capital de los países. Es comprender el mundo, conocer la historia para entender por qué a uno le ha tocado su lugar y no otro. En el aula, los horizontes se abren y la realidad no se ciñe; al contrario, deja paso a otro costado del mundo, explora; abre ventanas y nunca las cierra.
Alumnos que enseñan
La vida fluye entre mate cocido, galletitas, cuentos, “caritas felices” y alguna que otra “fea”. Cada día se presenta un desafío, nuevos obstáculos, avances y retrocesos. Gladys ama enseñar: “Hace 2 años que soy titular y 6 años que trabajo con adultos” y agrega que la diferencia respecto de trabajar con niños es “la tranquilidad”.
“El adulto que viene a la escuela es porque tiene ganas de aprender, ganas de crecer, es gente que da mucho. Ellos quizás no aprendieron en su momento estas cosas, pero de la vida saben un montón y entonces dan, enseñan muchísimo. Tienen intensas historias de vida y la siguen luchando. Vienen después de trabajar todo el día… Son ejemplos”. Gladys nunca levanta la voz. Si algo no le gusta, su mirada lo manifiesta, siempre alienta, respalda y cobija. Es alta, delgada y más joven que muchos de sus “chicos”. Siempre está dispuesta a servir, incluso hasta cebar un mate que nunca viene mal en una noche de invierno. “A mi, si bien me apasiona mi trabajo, me pagan un sueldo por venir, en cambio ellos están acá a cambio de aprender”.
Gladys conoce en detalle la vida de cada uno y sabe que “cuando sos chico nunca decidís dejar la escuela; siempre son circunstancias ajenas. Yo les digo que no hay que juzgar a los padres por eso, porque, quizá han pensado que mandarlos a trabajar o dejarlos en la casa era lo mejor, sino se crea como un resentimiento que no sirve. Además, no tuvieron la oportunidad en su momento pero la tienen ahora”.
Como dice Mario Benedetti, siempre es necesario defender la alegría como una trinchera.
“Siempre les hago chistes -reconoce la maestra-, les digo, por ejemplo, que yo todavía no pude aprender a cocinar o a hacer un buen huevo frito. Aunque ellos no hayan tenido la oportunidad de aprender ciertos contenidos curriculares, siempre les marco que saben mucho más de la vida que tantos otros”.
Reconoce que encontró en la literatura una vía por la cual incursionar, junto a sus alumnos, en otras realidades y otros mundos: “trabajo mucho con los cuentos tradicionales que dejan enseñanzas y así reflexionamos en conjunto. Siempre les digo que la educación no sirve sólo para conseguir un trabajo mejor el día de mañana, sino para poder abrir sus cabezas y que, cuando estén en el trabajo, puedan plantear correctamente las cosas, puedan hablar y pelear por su sueldo, conocer y reclamar sus derechos. Siempre trabajamos con una idea de esperanza de que todo se puede, de que las limitaciones son nuestras”.
Gladys cuenta de su sorpresa cuando alguno de sus alumnos le pide permiso para borrar el pizarrón o ir a buscar una tiza: “Son cosas de la escolaridad que no tuvieron y que ahora las quieren hacer. Yo les hago ‘caritas felices’, estrellitas o ‘caritas tristes’, como si tuvieran 10 años, y eso les encanta y lo esperan”. Ella también fue docente de niños y en zonas “marginales”. Se estremece al recordar algunas situaciones de nenes golpeados, maltratados o con severos conflictos familiares: “Eso te destruye porque te sentís impotente, no podés hacer casi nada” para ayudarlos. En cambio, “el adulto tiene la posibilidad de cambiar y hacer otra cosa. Si bien la puede haber pasado mal, tiene ahora la posibilidad de poder hacer las cosas mejor y siempre se los marco”.
El cubano José Martí definió a la escuela como “una fragua de espíritus” y a la enseñanza como “una obra de infinito amor”, cuyo inicio coincide con el principio mismo de la vida y no acaba sino con la muerte.
En cambio, la concepción arraigada en nuestras fronteras sobre la educación es muy distinta. En general, se pone énfasis en la institución y no en el hombre, al considerar a la escuela como la base de la civilización. Pero siempre hay excepciones y el grupo del CEA Nº 722 lo demuestra. Allí son importantes cada una de las personas y la búsqueda pasa por la posibilidad de trabajar “con el otro”, interpelándolo desde el reconocimiento y el respeto de su propia subjetividad.
Siempre hay tiempo para aprender de las vivencias del otro y por eso Mary no tiene reparos en que todos conozcan parte de su historia. “Como éramos chicos y no entendíamos, nos gustaba más trabajar que ir a la escuela, porque ganábamos plata para comprarnos la ropa y para comer”, afirma al rememorar las épocas donde se perdía entre los algodonales de su Chaco natal. Ella pudo avanzar y se siente orgullosa de lo que ha conseguido: “Estoy bien, tengo mi casa, que para mi es un lujo porque de chica viví muy mal”.
A pesar de todo, aclara que el hecho de no tener todo lo que deseaba en su infancia, no le impidió vivir feliz con sus seres queridos: “A veces me pongo a pensar que, al margen de las necesidades que pasamos, disfrutamos mucho el campo. Mis hijos no tienen esa libertad; tienen más prohibiciones”.
Mary tiene una espesa cabellera ondulada y es muy ágil. Parece que siempre está apurada. La escuela vino a completar sus anhelos y. según repite casi mecánicamente, “ella me hace feliz”.
“Un día que falto es un día malo –confiesa-. Siempre viví para mis hijos y mi marido. Ellos nunca estuvieron con la ropa sucia o sin la comida hecha. Elegí eso porque era como una necesidad, tal vez porque yo, de chica, tuve muchas necesidades. Luego me desperté. Antes era una mujer que se dedicaba a limpiar, lavar, atender a los hijos y no estoy arrepentida de haberlo hecho, pero aprendí que hay muchas otras cosas. Antes me daba vergüenza hasta hablar con la gente, ahora me puedo aflojar más, comunicarme mejor. Ahora sé que nunca es tarde”.
Cuando la Universidad sale a la calle
En el marco de la cátedra “Comunicación y Educación” de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, un grupo de alumnos realizó distintas prácticas en el Centro de Educación de Adultos Nº 722 de Los Hornos.
El objetivo principal fue ejercer un modo de interpelación que permitiera diseñar un plan de trabajo y acción colectivo. Después de un proceso de cuatro meses de intercambio, se decidió realizar una radio abierta para dar a conocer las dificultades que atraviesa el barrio, ya que los problemas sociales fueron las cuestiones que emergieron con más fuerza entre los alumnos. Según los responsables de esta experiencia, “se trabajó desde la comunicación, asumiéndola como diálogo, intercambio y herramienta para la construcción colectiva”. La emisión pública se realizó en la sede de la escuela bajo el lema “La Radio del Barrio: donde hablamos todos”. Y ahí hablaron todos, los vecinos de la zona y, por supuesto, los alumnos del CEA que lograron superar su timidez y sus inhibiciones.
Como producto indirecto de esa experiencia, surgió la presente nota para La Pulseada.
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