NÚMERO 66 - DICIEMBRE 2008

Aurora Venturini
La loca de la casa
Así definió a la imaginación aquella monja de los “hombres necios que acusáis a la mujer sin razón”. Tal concepto resultó clave para que “Las Primas” fuera premiada hace un año por el diario Página 12. Escritora compulsiva, francófoba y peronista heterodoxa, 86 años de creatividad no pueden resumirse sólo en noches en vela francesas en pleno furor del existencialismo ni en los trabajos sociales con Eva Perón ni en las torturas desmesuradas ni en más de 30 libros escritos. Hay mucho más detrás de los tan sórdidos como impredecibles laberintos de Aurora Venturini.
Por Laureano Debat

Que una mujer de más de 80 años gane un premio a la nueva novela resulta, ante todo, inquietante. No significa que Argentina haya dejado de producir buenos escritores jóvenes, sino que este hecho vuelve a ratificar la importancia de la madurez en las perspectivas de un escritor. Juan Ignacio Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain fueron convocados por Página /12 para integrar un jurado que, en su fallo, estableció que “Las Primas” era una “novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio”. La novela fue premiada en diciembre del año pasado. Venturini la escribió en tan sólo dos meses “como si me la hubieran dictado”. Es el primer libro que escribe íntegramente en su máquina de escribir.  
"Las mitologías del barrio, la familia, la sexualidad femenina y el ascenso social a través de la práctica de las bellas artes, aparecen puestas en escena y desmenuzadas por la voz inconfundible de la narradora, Yuna", leyó en su momento Alan Pauls, en el mismo tono con que presenta sus películas del ciclo Primer Plano en I-Sat. "Una primera persona -continuó- que contempla el mundo con una mirada salvaje, a la vez cándida y brutal, perspicaz y ensimismada, y lo narra con una prosa que pone en peligro todas las convenciones del lenguaje literario".

Aurora Venturini nació en La Plata en 1922. Cuenta con una vasta obra en su haber: más de 30 libros entre poesía, narrativa, ensayo, crítica e investigación. Su paso por la academia la encontró primero en Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad de La Plata, luego en Psicología en La Sorbona de París). En las dos ciudades fue premiada: el gobierno francés la distinguió con la Cruz de Hierro por sus traducciones de Francois Villon y Rimbaud y en La Plata no sólo es ciudadana ilustre sin que también presta su nombre para un concurso literario anual.

Su amor por Fermín Chávez y Evita no se contradijo con su amor desenfrenado por Europa, sobre todo París. Tampoco su curiosidad extrema por la psicología le impidió acercarse a la parapsicología, el gran tabú de la disciplina. “Las Primas” tal vez sea una de las novelas más creativas e innovadores escritas en el país en estos últimos años, un relato sórdido en la voz narradora de una leve infradotada que se inicia en una carrera de superación contra un mundo circundante que siempre roza lo monstruoso.

Elogio de la anormalidad
“Las Primas es la historia de una familia atípica de La Plata, donde todos sus integrantes son bastante anormales. Bah, en realidad ninguno de nosotros es muy normal que digamos. Y es Yuna, la protagonista, la que trata de nivelarse con lo normal”.

Venturini conoce muy bien el paño porque trabajó en varios hospitales neuropsiquiátricos luego de su paso por La Sorbona. “Ser infradotado representa una psicología distinta, una habitualidad diferente y una manera muy particular de ver el mundo, que es muy interesante, por cierto”. De esta forma, Yuna pelea con su dislalia para contar la historia de su familia en un relato que comienza fragmentado y que, poco a poco, gana en cohesión a medida que la narradora va triunfando en su intento por dejar atrás su nido bestial. Un artificio interesante en la escritura de Venturini y a través del cual se experiencias vividas en el Instituto Lombroso.

En un pasaje del libro, Yuna describe lo que ve cuando acompaña a su hermana. “En el Instituto de Betina trataban casos muy serios. El niño-chancho, trompudo, caretón y con orejillas de puerco, comía en un plato de oro y tomaba el caldo en una taza de oro (…) Una vez me miró. Los ojillos, dos bolitas inexpresivas perdidas entre la grasa, no obstante seguían mirándome y le saqué la lengua, entonces gruñó y tiró la bandeja. Vinieron los cuidadores y tuvieron que serenarlos atándolo como un animal, que otra cosa no era”. O lo de los canelones: “Me aproximé y vi a una familia importante de Adrogué. Vi sobre una mesa sobre un paño de seda un canelón. Que no era un canelón sino algo expelido por matriz humana, de otra forma el cura no bautizaría”.

-¿Existieron el niño chancho y los canelones?
-Por su puesto que sí, nunca creí que iba a ver chico con cara de chancho. En ese lugar ví cosas terribles, que nunca volví a ver, cosas realmente increíbles. Lo de los canelones tenía que ver con una familia de mucha plata que no podía tener hijos y tenían esas cosas raras. Y eran muy católicos. Yo me acuerdo que el sacerdote de ahí decía que si tenía alma había que bautizarlos. Eran cosas amorfas. Me he acercado mucho a todos estos sujetos y más de una vez me asusté también.

-¿Fue algo traumática esa experiencia?
-No, la superé muy bien. Aparte en mi familia hay muchos integrantes que distan bastante de ser normales, algunas primas que todavía viven. Pero nada que ver, claro. En el Lombroso está lo inenarrable, ahí van a parar todas esas cosas. Los que cuidan a esa gente son verdaderos santos. Es espantoso. Vos tenés al lado gente que se arrastra porque de otra manera no se puede mover. ¿Vos sabés lo que es tener una cosa así cerca?

“No éramos comunes por no decir que no éramos normales”, comienza Yuna hablando de su familia. “Pobre Betina. Error de la naturaleza. Pobre yo, también error, y más aún mi madre que cargaba olvido y monstruos”, dice la narradora, que describe a su hermana como un “bicho corcovado”. Hay una naturalización de la anormalidad, se describe la sordidez con total naturalidad, completando la ecuación anormal de las primas con Carina y sus seis dedos en cada pie y la prostituta liliputiense Petra. Los almuerzos en familia, lejos de estar cubiertos con anécdotas domingueras y un sol entrando por grandes ventanales al patio interno, tienen la impronta de Betina gimiendo y manchándose la cara, haciéndose caca y pis, y tomando torpemente el tenedor, con una madre depresiva y totalmente ausente.
Yuna hará todo lo posible para salir de eso que llama su “minusvalía heredada”, trascender “de aquel aquelarre de medias palabras de aquellos temblores y babosidades de aquellos recuerdos de golpes de puntero de la infancia de aquella madre sin alma”, todo así de corrido, como habla la narradora, como habla Yuna en la primera parte de Las Primas, antes de iniciar su camino trascendental. “Tendría que domeñar la bestia hirsuta que arañaba mis entrañas porque yo no era la excepción sino la posibilidad de evasión de un circo extravagante, de una desgraciada pléyade, de un océano de líquidos fatigados y murientes, sí, debía triunfar encima de toda esa barbaridad de excrementos y deformidades y lo haría al menos mientras me ayudaran las fuerzas vitales de la juventud”, dice más adelante.

-¿Qué siente Yuna por su familia?
-Básicamente asco por su hermana y lástima por su mamá. Y ella sufre mucho, porque sabe que también dentro suyo se esconde un monstruo.

Betina se termina casando con el mentor de Yuna, su profesor de Bellas Artes que la ayudó en su carrera al éxito y que termina teniendo relaciones sexuales con su hermana. Para eso, Venturini se inspiró en un caso de violación a una discapacitada que hubo hace muchos años en La Plata. “Yo fui creando y a partir de eso van surgiendo los personajes”, comenta la escritora, quien también se considera a ella misma como un buen caso de anormalidad.

-¿Cuál sería la suya?
-También el superdotado es un anormal. Yo siempre saqué 10 en la escuela, pero tenía mala conducta. Cuando cursaba la carrera de Filosofía, en la materia de Sociología, se acercó a saludarme Alfredo Palacio, que era nuestro profesor, extendiéndome la mano “por la claridad de sus conceptos”.

Pintores y pinturas
Venturini es fanática de la pintura. En el libro abundan referencias a la vida de pintores  junto con cuidadas descripciones de los cuadros que pinta Yuna. Entre los múltiples planos narrativos de “Las Primas”, tal vez el más rico sea el de la explicación de esos cuadros. Toda la historia podría explicarse sólo desde esos óleos con los que va interpretando diferentes sucesos clave de la trama. Por ejemplo, en ocasión del anuncio del aborto de su prima Carina, describe lo siguiente: “En un gran cartón pinté un mapamundi dentro del cual un renacuajo flotaba tratando de defenderse de un tridente que intentaba traspasarlo y el renacuajo de repente parecía una semilla humana, un nene feo que minuto a minuto cambiaba a más lindo hasta que se hizo el bebé y entonces el tridente lo pinchó en la barriguilla y él salió flotando hacia fuera del mapamundi”. Y, a continuación, se burla del trato de los psicólogos sociales: “Ese cartón que mostraba varios aspectos de la aventura de ese pequeños ser fue muy estudiado y asimismo aprovecharon los psicólogos sociales para hacerme preguntas que yo contesté como mejor me pareciera para confundirlos. Creo que los confundí. Leí las conclusiones infantiles a que llegaron. Íntimamente me burlé de ellos, de sus poses y sus lástimas hacia mi persona. Cuando titulé mi obra creo que se hicieron cargo del error de interpretación: “Aborto”. Así lo titulé”.  

Yuna se va haciendo cada vez más famosa, sale en las tapas de los suplementos culturales y descubre lo vocacional de su oficio en la vida trágica de los pintores que se asemejan a la suya (“el profesor de Bellas Artes opinó que sería una plástica importante a causa de que por ser medio loquita dibujaría y pintaría como los extravagantes plásticos de los últimos tiempos”). En su carrera trascendental, resta importancia al hecho de que el profesor la obligue a firmar sus cuadros con el apellido Riglos (tomado de una familia de conocidos aristócratas) en vez de López. No le importa, ella sigue pintando. Pinta “Enana Vestida/ Enana Desnuda” (en homenaje a Las Majas de Goya) después de que Petra matara al vecino almacenero, su cliente-amante, que termina con el pene cortado e inserto en su propia boca sin vida.

-¿Por qué Yuna es una pintora?
-Porque los pintores son extraordinarios, todos. Pensá en Van Gogh, en Gaughin, en Degas, los puntillistas franceses, Goya. Yo dije: una escritora no puede ser, porque ella siente cosas muchas cosas, entonces hace rayas y dibujos de lo que siente y así se va haciendo pintora. Y a mí me apasiona la pintura, aunque no sé dibujar absolutamente nada.

-Parecería que la imposibilidad del lenguaje en Yuna, que debe recurrir al diccionario para nombrar ciertas palabras, se complementa con la pintura.
-Un color le despierta algo y a ella se le ocurre que puede ser la palabra “esplendor”. Entonces la busca en el diccionario y así se va enriqueciendo. O se le ocurre la palabra “celestial”, y así se va haciendo a la cosa normal. Lo más posible, no del todo, claro, pero lo mejor que puede.

La escritura
El libro está dividido por capítulos cortos (de 2 a 4 páginas, con unas pocas excepciones) con títulos tipo inventario: “Los institutos para educandos diferentes”, “Inauguración de parrilla”, “Petra”, “Los invitados de José Camaleón, el profesor”, acorde con ese tono frío tétrico por momentos, con que Yuna describe lo que describe. De una fragmentaria primera parte, armada con retazos de la voz de una dislálica narradora, se pasa a una segunda tras la muerte de Carina, con Petra compartiendo protagonismo con Yuna. Según Venturini, la liliputense es “la encarnación del pragmatismo, de la envidia, es la que se casa de blanco, es la vida misma la que se construye en torno a Petra”. Es esta segunda parte, la narradora dice “los lectores admirarán mis adelantos en escritura”, dando cuenta de una textualidad mucho más ordenada en la voz de Yuna, con párrafos mejor armados que dan cuenta de un avance notorio de su proceso de consagración.

Venturini escribe todo lo que escribe en una máquina de escribir eléctrica, que una vez fue utilizada por el escritor Leopoldo Brizuela. “Estaba encantado con la máquina y me pidió permiso para sentarse a escribir”, recuerda la escritora. Por estos días se encuentra terminando su próxima novela, que según adelantó tendrá que ver con un recuerdo de su infancia y el golpe del ´30 como trasfondo. “Esa época me marcó mucho porque a mi papá lo mandaron a trabajar a la cárcel de Ushuaia, hasta que luego la cerró Perón”.

-¿Cómo fue escribir Las Primas?
-Yo escribí esta novela como si me la dictaran. Como decía Rimbaud el escritor es augur y brujo al mismo tiempo, es el nexo entre algo indefinible. Yo estoy escribiendo y los personajes se me van presentando. Muchos me han dicho que con esta novela he revuelto  muchas cosas. Cuando somos chicos nos cercenan, nos ponen esa sábana que aparece en la tapa del libro. Y ahí entra el artista para tratar de rasgar y hurgar.

-¿Qué escritores figuran entre sus preferidos?
Mi autor preferido es Lawrence Durrell, autor del “Cuarteto de Alejandría”. “La náusea” de Sastre es otro libro espléndido, y todos los de Camus, los de Simone de Beauvoir y los de Violeta Leduc. Y acá en Argentina me quedo con los de Sur: Mallea, Borges y Mujica Láinez.

El trámite de la muerte
Las muertes están narradas como al pasar, de una forma tan fría y elíptica que sólo pasan, sólo ocurren como un alivio para Yuna. Tanto la progresiva muerte de su entorno como su misma supervivencia a las muertes familiares terminan siendo también parte de su gran meta. Se narra la muerte de la madre como algo cotidiano, rutinario, con la misma sordidez que envuelve todo el relato:

“Caía ya el crepúsculo y me quedé en el barcito cuando llegó Petra y me dijo que mamá no se sentía bien y la llevaron a la clínica.

Y bueno…paciencia…vení a cenar conmigo después veremos.
Mamá falleció en la clínica y la hicimos llevar directo a la funeraria como se estila.
Después la acompañamos al cementerio y vimos cómo le echaban tierra sobre el ataúd”.

El caso de Tía Nene es similar, aunque un personaje trabajado desde un costado más grotesco y siniestro. Es la que obliga a Carina a hacerse el aborto que finalmente la matará, la que se queja de las dos hijas taradas de Clelia (Betina y Yuna), la que es descripta asquerosamente comiendo gallina con la boca pintada de rojo buzón. Nené es la tía solterona y virgen, su marido escapó durante la noche de bodas cuando ella no quiso tener sexo. Pinta porquerías pero se cree una artista, defenestra los cuadros de Yuna y el cubismo de Petorutti. No acepta la muerte de su madre y durante el velorio piensa que aún está viva, por eso la calienta con una estufa hasta que el cuerpo se hincha despidiendo un olor desagradable y apurando la ida de los visitantes.

“Esa tía existió tal cual, era tremenda –comenta Venturini- Y se murió así, pisando esas flores chusmas que no quería, la venganza de las plantas”. Nené muere resbalándose con un tipo de flor que se llama, valga la paradoja, “alegría del hogar”. “En realidad somos todos unos monstruos”, dice la escritora, tratando de expandir una monstruosidad que, de ninguna manera, es patrimonio sólo de una patética tía.

Soles napolitanos y existencialismo francés
Entre los sueños de Yuna siempre está Francia, sus cuadros expuestos en las galerías de París. Ahí se cuela una de las pasiones más fuertes en Aurora Venturini. Con su abuelo Juan Bautista Venturini, quien llegó a La Plata desde Sicilia en plena época de Garibaldi y enseguida se incorporó a la masonería (para Venturini ser masón es “como el comunismo a la italiana, más una pose que otra cosa”), pudo viajar mucho y desde muy chica. Eso resultó clave para forjarse de un espíritu aventurero que no abandona ni siquiera hoy a los 86 años, después de 25 años recorriendo Europa.

“Tengo mucha tristeza cuando me acuerdo del sol napolitano. Te mata para siempre; yo no sé qué pasa... Es la gloria”. Y levanta sus manos. Vivió en Roma y quedó deslumbrada con Venecia “que está igual desde la época de Marco Polo”. Con Venturini una cosa lleva a la otra. “Marco Polo fue el que trajo la pasta, luego de sus viajes por China. Los chinos inventaron todo. Y ahora los tenemos acá. Qué lindos que son, me encantan; lo veo a la mañana muy contento al chino que viene a traerme las cosas del supermercado. Le ofrecí traducir al chino el Martín Fierro, pero me dijo que no”.

En 1954 se fue a Francia junto a un grupo de compañeros de La Plata y cuando volvió se encontró con la Revolución Libertadora, una palabra que le cambia la cara. “La pasé muy mal. Yo era, como dicen ustedes, montonera”.

-¿Qué pasó?
-Me detuvieron en 1956 por poner bombas. Se las hicimos bien y después nos la devolvieron a nosotros. Estuve poco en la comisaría pero me martirizaron mucho y después me dejaron ir. Me han dado muchos golpes. Cuando te torturan, te torturan. Y una noche de junio me volví a ir a Francia, al barrio latino en París.

-¿Y a su vuelta frecuentó a los baluartes del existencialismo?
Y ahí empecé un curso de posgrado en Psicología en La Sorbona y con algunas clases en institutos. Y conocí a Simone de Beauvoir, Jean Paul Sastre, Camus. Hice en París la vida de todos ellos: daba clases de día y a la noche seguíamos, ni nos acostábamos. ¿Sabés la farra que armábamos?… Ni te imaginás. Nos reuníamos en un galpón grande donde iban todos, Violeta Leduc, Juliette Greco muchas mujeres musas de los pintores. Además de la cantidad de exiliados de Latinoamérica y de todo el mundo. Yo la pasé muy bien, no me quería volver.

Resulta extraño que una mujer tan cosmopolita se haya llevado tan bien con el criollísimo Fermín Chávez, el conocido historiador que fue su último esposo. Sin embargo, Venturini tiene los mejores recuerdos.

-¿Cómo fue su relación con Fermín?
-Él era muy criollo, le gustaba estar acá. Cuando íbamos a Europa él se volvía y yo me quedaba. Me decía que era gringa. ¡Claro que soy gringa!, le decía yo. Fermín era un gaucho, no tenía nada de extranjero, ni un poquito así. Era un gran historiador. Hace poco lo llevamos al pueblito, a Nogoyá, Entre Ríos. Él quería estar ahí así que ahora yo estoy más tranquila de que su espíritu está ahí.

Y cuenta una anécdota realmente increíble: “Una vez en Alemania fui a dar una charla sobre Oliverio Girondo. Estábamos en el Aeropuerto y Fermín se acordó que tenía que comprar un libro y se olvidó de mí. ¡Era tan distraído! Se tomó el tren y me dejó a mí sola, que no hablo una sola palabra de alemán. Y me fui para Hamburgo, qué iba a hacer. A la mañana bajé a desayunar y ví mi cara en la TV con unas palabras en alemán que decían que me estaban buscando. Era tan distraído, pero era muy bueno, pobre Fermín”. 

Familias
Venturini proviene de una familia radical. Cuando llegó el peronismo, la joven Aurora empezó a tener fuertes discusiones en la mesa porque ese movimiento inédito de descamisados la cautivó profundamante.

-¿Cómo era su madre?
-Veía a alguien y decía: “Sí, es bonita de cara pero tiene pie chusma y mano chusma”. Las piernas gordas y cortas y las muñecas regordetas, rasgos toscos. El punto era que según ella sus antepasados habían sido trabajadores manuales. Y para mi madre, para ser bien nacido había que ser un intelectual.

Aurora le toma las muñecas a este cronista y comprueba su delgadez: “¿Ves? Mi mamá te hubiera dicho: vos sos un chico de buena cuna, bien nacido”.

-¿Y usted?
-Yo nunca pude trabajar con las manos porque mi mamá jamás me hubiera dejado. Y para serte franco, nunca me gustó tampoco. Ni siquiera sé cocinar. Lo único que sé hacer es escribir.

-Es inevitable preguntarle por su amistad con Evita…
-Yo llegué a Evita por intermedio de la señora de Mercante. Y me puse a trabajar en la Fundación Evita de La Plata. Sacamos abogados, médicos, escribanos, maestras. Borrar las diferencias, eso se lo debemos al peronismo.

-¿Cómo la recuerda?
-Evita era una mujer muy buena. Yo me acostaba con ella en la cama cuando estaba convaleciente y me pedía que le cuente cosas de Sócrates y Heráclito, y chistes verdes también porque le encantaban. Sufrió mucho, pobre Evita. (Se le llenan los ojos de lágrimas y dice que “hay cosas de las que no quiero hablar” cuando la charla se dirige hacia el tema de los mitos tejidos en torno a su muerte).

-Entre todas las relaciones de Yuna con su entorno, en la única que se ve algo de armonía y sincronismo es entre ella y la ciudad como espacio. ¿Cómo es la relación de Aurora Venturini con La Plata?
-Yo soy como La Plata: una verdadera locura, una cosa siniestra. He viajado mucho y nunca encontré algo igual a esta ciudad. Es hermética y cerrada muchas veces, pero tiene alma. Cuando me muera, quiero que me cremen y esparzan mis cenizas en el Bosque.

-¿Qué balance hace de Aurora Venturini?
Tuve una vida muy agitada, por cierto. Una vida marcada por el desarraigo, lo que me llevó a no poder formar familia. El artista no está hecho para la familia sino para la soledad que se le impone. Y si vos huís de ella, tarde o temprano te viene a buscar de nuevo.

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