NÚMERO 65 - NOVIEMBRE 2008

En tiempos de Obediencia derogada y en ámbitos de formación castrense
Una experiencia rara
Cientos de militares de distintos rangos fueron espectadores y críticos de un documental que bucea en el dilema de recibir órdenes ilegales o inmorales y los interpela desde el título: Desobediencia. Crónica de un cine-debate incómodo.

Por Josefina López Mac Kenzie y Julieta Sahade

“Yo no sé si un ejército puede aceptar el concepto de la desobediencia, pero yo no les enseñé a mis hijos a ser obedientes (…). Yo fui la persona que los educó y, si no les enseñé a ser obedientes conmigo, no creo que deban serlo con ningún ejército, ni con un gobierno ─dice Maritza Castillo, mamá de Camilo Mejía, un nicaragüense devenido soldado de los Estados Unidos que se negó a seguir cumpliendo funciones en Irak. A mí los valores de un ejército me tienen sin cuidado. No eduqué hombres para ejércitos, sino hombres para la vida”, continúa la mujer. Y un pelotón de risas y murmullos gana el auditorio de la Escuela Superior de Guerra de la Fuerzas Armadas Conjuntas “Luis María Campos”, uno de los espacios de formación militar donde el Ministerio de Defensa y la Comisión Provincial por la Memoria proyectaron, a mediados de septiembre, un documental del realizador chileno Patricio Henríquez sobre casos reales de soldados que desafiaron la obediencia debida.Los otros dos ámbitos fueron la Escuela Naval de Río Santiago y el Colegio Militar de la Nación. En salas colmadas de un público heterogéneo (militares docentes y alumnos, trabajadores del Ministerio de Defensa y de la Secretaría de DD.HH. de la Nación, y miembros de la Comisión por la Memoria), un título gigante inquietó a todos: “Desobediencia”.

Las historias
Difundido en 2005, el documental de Patricio Henríquez presenta las historias de tres soldados que desobedecen órdenes militares. A través de entrevistas íntimas y extensas, desde distintas naciones y en muy diferentes contextos históricos, se desnuda la tensión entre responder a determinadas órdenes castrenses o actuar acorde a convicciones morales.

El primer caso es el de Efraín Jaña, teniente coronel del Ejército chileno en 1973. El 11 de septiembre, le ordenaron que asumiera el control de la guarnición de la intendencia de Talca, y obedeció. Reunió a sus oficiales y les dijo que, ante todo, quería el respeto a la vida. Durante la dictadura de Augusto Pinochet, Jaña incurrió en “incumplimiento de órdenes militares y de sus deberes como funcionario militar” (léase, desobedeció órdenes de tortura y fusilamiento a disidentes políticos). Por eso, los militares que derrocaron a Salvador Allende lo destituyeron y sometieron a un consejo de guerra que lo condenó a cinco años de prisión. “Sufrí persecución, calumnias y exilio”, describe.

La segunda historia es la de Igal Vega, un soldado israelí que abandonó sus funciones cuando, ante una manifestación popular en Palestina, le ordenaron dispararle a civiles y a niños, y se negó. “Cuando tu ideal se transforma en pesadilla y tu dios se convierte en Satanás, y el día se vuelve noche, entonces tienes la obligación de decir ‘no’ explica Vega, ex sargento del ejército de defensa de Israel, en su estudio de pintura. Cuando ya no crees en lo que haces y ya no puedes defender lo que haces, debes decir que no”, agrega, ya alejado de su porte de soldado, con unos kilos de más y el pelo largo, canoso y desprolijo. Y cuenta la primera vez que mató a una persona y el momento en que no quiso hacerlo más.

El tercer relato se asienta en un conflicto actual. Camilo Mejía es un nicaragüense que se suma como soldado al Ejército estadounidense. Como avanzaba en una carrera militar elogiosa y sacrificada, en el contexto post 11 de septiembre de 2001, Camilo es enviado a Irak, donde incluso llega a tener soldados a cargo. Allí, durante una manifestación contra el presidente George Bush, recibe la orden de disparar en caso de ver a alguien avanzar con una granada en la mano. Y dispara. Pero esta obediencia sienta un precedente en su conciencia y, cuando obtiene un permiso para volver unos días a EE.UU., ya no regresa a la “guerra del petróleo”. No estaba dispuesto a atentar contra la población civil en una guerra que define como “inmoral y criminal”. Tras ocultarse algún tiempo, se entrega, y en 2004 una corte marcial lo condena a un año de prisión.

Proyecciones
Mi película no pretende ser, de ninguna manera, una apología a la desobediencia”, asegura Patricio Henríquez, precavido.       
El clima fue diferente en cada institución, pero las intervenciones de cadetes, oficiales y suboficiales en la sobremesa de la película mostraron denominadores comunes. El más notable fue la desaprobación unánime a la conducta de Mejía, el protagonista de la tercera historia. “Camilo no es un hombre de honor”, resumió un cadete del Colegio Militar de la Nación. La falta de lealtad fue relacionada con su condición de extranjero, y se señaló que había tenido otras opciones antes que desertar. Además, la irritación generalizada hacia esta historia la más actual, puede pensarse en función de su tenor político: Camilo es joven, mestizo, nicaragüense; es hijo de sandinistas y su apellido es sinónimo de la música popular de Nicaragua: su padre es Carlos Mejía Godoy. A los 18 años, Camilo se fue a vivir a EE.UU. y hasta 2003 era uno de los tantos latinos que integran las filas del ejército estadounidense. Como explica Patricio Henríquez, en los EE.UU. ya no es tan fácil que los jóvenes quieran sumarse al servicio militar, que es voluntario. Así, se da una negociación entre los latinos que codician tener nacionalidad estadounidense y papeles en regla, y un Estado invasor, militarmente activo, ávido de mano de obra joven.
Paralelamente, la conducta de Efraín Jaña fue apoyada en general no casualmente, el soldado de mayor rango militar, porque actuó correctamente al desobedecer órdenes en un contexto de ilegalidad.

Escuela Naval Militar de Río Santiago. Fundada por Sarmiento en 1872, esta institución donde se forman futuros oficiales de la Armada funciona desde 1943 en Ensenada, en un gran predio que tiene hasta un planetario y un museo; en su auditorio, el 15 de septiembre pasado más de 100 cadetes vieron Desobediencia. Estuvieron presentes autoridades de la Escuela, miembros de la Comisión por la Memoria y funcionarios del ministerio de Defensa como el subsecretario de Formación, Enrique Bellagio, la titular de la secretaría de Derechos Humanos de esa cartera, Ileana Arduino, y Luis Tibiletti, actual director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa “Manuel Belgrano”.
La proyección en un ámbito militar de un documental provocador sobre un tema tan sensible encontró el respaldo institucional necesario, algo que no ocurrió en la Escuela Superior de Guerra. Las opiniones de cadetes y de sus instructores, y las preguntas al director del documental, se dieron en un clima distendido. El capitán de navío Pablo Marcelo Vignolles, director de la Escuela, alentó el debate, ya que intervino desde el comienzo con un planteo acerca de los conflictos morales que genera la obediencia.
La obediencia no es ciega. Siempre tenemos que pensar. No poner el cerebro sobre la mesa”, manifestó Vignolles. En el mismo sentido, un oficial expresó: “Somos militares, pero, ante todo, somos hombres. Por valor entendemos el valor físico pero también el moral. Me gusta más el concepto de objeción de conciencia que el de desobediencia. En la actualidad, se dan combates entre poblaciones civiles; es común que se viole la ley. No es lo mismo cómo se combate en Tel Aviv que lo que ocurre en el Líbano. La guerra animaliza al hombre”. Otros planteos de fondo abordaron los límites de la legalidad. ¿Primero la ley y después la conciencia? ¿La norma está por encima?
Después de la experiencia, el director de la Escuela Naval se mostró interesado en gestionar la proyección de Desobediencia en la Escuela de Guerra de la Marina.

Colegio Militar de la Nación. Allí, donde se forman los futuros oficiales del Ejército Argentino, Desobediencia se proyectó en la mañana del 16 de septiembre, nuevo aniversario de La Noche de los Lápices, y tuvo un marco especial: Nilda Garré, ministra de Defensa, le puso al inusual encuentro su cuerpo de mujer, vestido de rojo y negro. Cuando entró la ministra, la imponente sala tronó en un saludo; unos 500 cadetes de tercero y cuarto año y sus docentes del cuerpo de instructores copaban el auditorio central del Colegio de Campo de Mayo. Garré, que compartió la primera fila con el entonces jefe del Ejército Roberto Bendini, el documentalista Patricio Henríquez y miembros de la Comisión por la Memoria y del Ministerio, tuvo participación activa en el debate. Bendini, en cambio, mantuvo un perfil más que bajo; a las pocas horas, pediría su pase a retiro, procesado en una causa por malversación de fondos públicos, y comprometido en otra, de calibre similar, que investiga a 46 militares que le obedecían.

En ese contexto, y en un auditorio donde no volaba una mosca, había que discutir la posibilidad de la desobediencia a la disciplina militar. Pero, contra cualquier pronóstico, el resultado fue un debate profundo y político.

Nadie puede acordar con cometer crímenes de guerra evaluó un docente. Pero, ¿un soldado, puede cuestionar el carácter justo de una guerra? Si fuese así, el Ejército entraría en estado deliberativo”.

A las intervenciones de alumnos y docentes les seguían inesperados aplausos de sus pares; después, la sala volvía a quedar muda.
Esto no es aplicable a nuestro contexto. Nosotros nos formamos en la legalidad”opinó un sargento de Infantería, y la atmósfera se tensó el doble.

Luis Tibiletti, oficial retirado en 1981 por su discrepancia con el gobierno militar, le contestó:
Hace 40 años, en este mismo lugar, nos mostraban (la película ítalo-argelina) ‘La batalla de Argel’ dijo. Ese film muestra cómo el ejército colonial francés torturaba a nacionalistas argelinos. Y se proyectaba en el Colegio Militar de Campo de Mayo con fines didácticos.

La puesta en común adquiría un cariz mucho más político que en Ensenada. Garré planteó una serie de disparadores: “Qué es el poder político; cuándo es legítimo; a un militar, ¿le corresponde fusilar a presos políticos?; el Estado israelí, ¿debió haberles disparado a personas armadas con piedras?; ¿cuáles son los límites de la obediencia?”. Y agregó: “Omitir estos aspectos nos lleva a una polarización falsa y sesgada, y la película es rica en matices”. Indudablemente, la organización y la presencia de la máxima expresión del Ministerio de Defensa en este colegio propiciaron la discusión de fondo, la interpelación. Incluso hubo lugar para pensar situaciones argentinas: la última dictadura, la tortura, Malvinas. Sobre estas cuestiones, en cambio, en la Escuela de Guerra primó un silencio de radio.

Escuela Superior de Guerra “Luis María Campos”. Martes 16 de septiembre, cuatro de la tarde. Pese a la gala de uniformes, el ambiente en el edificio del barrio de Belgrano, allí donde se libró la batalla de Caseros, fue poco ceremonioso. El comienzo de la actividad se demoró más de la cuenta. A la hora señalada, alumnos y docentes charlaban relajadamente en los pasillos del aséptico edificio. Adentro, ya durante la película, el ambiente no sería muy distinto. Todo el carácter que había tenido la mañana en Campo de Mayo se desinfló a la tarde en la Escuela de Guerra, donde no estudian cadetes sino militares profesionales. No sólo no estuvo la cúpula del Ministerio ni se empezó a horario, sino que una gran desprolijidad de organizadores y anfitriones señaló el mal comienzo: nadie presentó a los civiles que estaban en el auditorio (trabajadores del Ministerio y de la Comisión), y los objetivos de la actividad no fueron explicados ni valorados.

La breve presentación para unos 30 militares de entre 40 y 55 años de edad estuvo a cargo de un profesor que anticipó a los alumnos que no se propiciaría un espacio de cine-debate visto que, naturalmente, poco interesaba en ese ámbito discutir cuestiones referentes a la imagen y al sonido (sic). Pero que sí deseaban generar un diálogo acerca de la desobediencia.

“¿De qué guerra me hablaban? Yo tenía por doctrina, convencido, que solamente nosotros teníamos posibilidad de guerra con nuestros vecinos. Nada más. Pero nunca contra nuestros conciudadanos” dice Efraín Jaña. Yel auditorio es puro murmullo. Durante toda la película, el continuado de cuchicheos, movimientos virulentos en las butacas, retiradas, risas jactanciosas y comentarios en voz alta no conformó precisamente una postal del honor, y se encargó de desmentir que ésa era un aula de posgrado.

Antes de la proyección, a puertas cerradas, una alta autoridad de la institución le había anticipado a Henríquez que allí no iba a producirse ningún debate, porque no había interés. Sin embargo, finalizado el documental, las manos comenzaron a erguirse ahora sí, prolijamente para pedir la palabra. La discusión fue cerrada, espesa; el “tonito militar” estuvo a la orden del día, y todas las opiniones se avalaron entre sí, corporativamente. El ida y vuelta quedó muy lejos de la corrección política y la apertura del día anterior en Río Santiago, y muy por debajo del vuelo político de la discusión de la mañana en Campo de Mayo.

Alumnos y docentes se deshicieron en críticas sin descuidar ningún frente: desde cuestiones estéticas (en clara desobediencia al consejo inicial del profesor), hasta referidas al armado del documental: fustigaron la calidad, la relación y la cantidad de los casos, su tratamiento y su supuesta falta de perspectiva o contexto, su “falta de objetividad”. Pero fue imposible conseguir que alguien opinara sobre los casos como lo que son: historias reales. “La orden estuvo mal dada”, coincidían, sin hacer lugar al dilema ante la orden consumada, y sin atreverse a imaginar qué pasaría si alguna vez en un ámbito militar se diera una orden ilegal o inmoral... Y abundaron los razonamientos técnicos (códigos militares, tipos de armas, taxonomías de casos) y las alusiones a las Guerras Mundiales. Eso sí: nadie, uniformado o de civil, se atrevió a hablar de Argentina, de los setenta, de lo que la obediencia debida significa en nuestra experiencia contemporánea.

Henríquez respondió cada intervención algunas, bastante patoteras con una templanza envidiable, y sin dejar de remarcar la importancia y la riqueza de tener tal intercambio con un público castrense. “Porque lo que piensa la gente como yo, ya lo conozco”, diría después.

El clímax llegó promediando la tarde, cuando desde una butaca del fondo creció la duda comprensible: “¿Qué posibilidades hay de saber quiénes son las personas que están acá, a qué vienen, qué piensan de esto y qué intentan que pensemos nosotros?”. Tan maleducada como intimidatoria, la pregunta (hija de la desprolijidad inicial) consagró la tensión locales-visitantes, y terminó de congelar las relaciones bilaterales en el auditorio donde se colaba el último sol del invierno.

El máximo cuestionamiento generalizado fue sobre el sentido de proyectar el documental en un ámbito profesional. Algunos militares habían creído que les mostrarían “un tape de formación profesional” y, en cambio, se encontraron con un documental “contaminado” de contenido político-ideológico, dijeron. “Yo cuestiono que se nos proyecte esta película”, sintetizó un alumno, y ninguna autoridad salió a avalar la iniciativa. Haciendo gala de su coherencia, al salir del auditorio otro alumno se sinceró: si no se habían opuesto a ver la película, dijo, había sido por una cuestión de obediencia.

“Es un privilegio”
Por Patricio Henríquez *
Me preocupa que mis trabajos sólo circulen entre espectadores que están de acuerdo con los contenidos antes de haberlos visto; es importante contribuir a reforzar ese pensamiento, pero es también esencial llegar a los otros. Además, creo que los civiles conocemos mal a los militares y que éstos viven demasiado encerrados en sus convicciones. Quizás sea utópico, pero me da la impresión de que, si hubiera un diálogo más fluido entre la sociedad civil y los medios castrenses, podría evitarse lo peor. De ahí la importancia para mí de la experiencia en Argentina. En la Escuela Superior de Guerra, ante altos oficiales, la proyección fue fría. Pero llegar a ese público, poder provocar un debate con una audiencia probablemente predispuesta contra el punto de vista del filme, es un verdadero privilegio.
Claramente, es un tema poco simpático en varios países. Pero en Argentina hay una tendencia a preocuparse más por estas cosas, y haberlo mostrado con los militares es un avance. En Chile, en 2006, hice el documental El lado oscuro de la dama blanca, que termina con un almirante que dice: “A nosotros no nos van a juzgar aquí”, y mira al cielo. Ponerlo al final era mi creencia de que no iba a avanzar esto, y me equivoqué: lo declararon reo. Buena parte de la gente está enojada porque cree que son cosas que deberían enterrarse, pero ésa, claramente, no es mi opinión. Felizmente hay una parte de la justicia que está avanzando.

* El realizador chileno vive en Canadá desde que se exilió, en 1973. Algunas de sus obras: Las muchachas a los fósforos (1995, sobre trabajadoras)
11 de septiembre de 1973, el último combate de Salvador Allende (1996)
Imágenes de una dictadura (1997, sobre la prensa chilena en el régimen de Pinochet)
Bajo la capucha, un viaje al fondo de la tortura (editorializa sobre el modo en que EE.UU. ha torturado y enseñado a torturar en distintos países del mundo a lo largo del tiempo).

La iniciativa
En 2006, durante un encuentro sobre tortura en las cárceles organizado por la Comisión Provincial por la Memoria, el realizador Patricio Henríquez había manifestado su intención de proyectar este documental ante un público militar. En cooperación con el Ministerio de Defensa, entonces, la Comisión por la Memoria, institución que presiden Adolfo Pérez Esquivel y el fiscal general Hugo Cañón, dio impulso a aquel deseo. La proyección de Desobediencia en ámbitos de educación militar apuntó a promover una discusión sobre la obediencia y sus límites en las dimensiones ética, legal y profesional. Esta experiencia fue una prueba piloto para otra más ambiciosa: extender a los liceos militares el programa “Jóvenes y Memoria” de la Comisión, que promueve proyectos de investigación en torno al eje “autoritarismo y democracia” en las escuelas secundarias bonaerenses.
A la luz de las tres proyecciones, la Comisión por la Memoria reivindicó la actividad para el caso de las nuevas generaciones de militares, y valoró su dimensión simbólica. En cuanto a la Escuela de Guerra, donde hubo una actitud de ninguneo hacia la propuesta, la experiencia “siembra dudas sobre la eficacia de cualquier plan formativo para modificar conductas o repensarse a sí mismos en sus prácticas”, concluyó Ana Cacopardo, directora ejecutiva de la Comisión por la Memoria.

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