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NÚMERO
64 - OCTUBRE 2008
Teología de la Liberación
EL CIELO POR ASALTO
Antonio “Tony” Fenoy fue cura hasta que se enamoró. Era amigo de Carlitos Cajade y siempre estuvo vinculado con la Obra. Actualmente es educador del Hogar de la calle 643 y vive junto a siete chicos de entre 6 y 17 años. Con su amigo Ernesto Martínez, coordina un importante seminario sobre la Teología de la Liberación, según la cual es necesario lograr el paraíso en la tierra. Tony habla con palabras claras y conceptos profundos, no le escapa a las definiciones comprometidas y dice que "hay que recuperar a Cajade como militante social, político y cristiano”.
Por Carlos Sahade
Libranos de aquel que nos domina en la miseria.
Traenos tu reino de justicia y de igualdad.
(Plegaria a un labrador, Víctor Jara)
Es educador del Hogar del padre Cajade. Vive en una de las casas del predio de 643 entre 12 y 13 junto a una escalera casi perfecta de siete chicos: Jairo (6 años), Erica (8), Néstor (11), Jorge y Rosa (12), Mara (16) y Marina (17). Todos los días se levanta a las 5.30 y al ratito despierta a Rosa y a Marina con unos mates que comparten a las apuradas, porque todos salen en el transporte que lleva a los chicos a la escuela y a él al colegio polimodal "Nuestra Señora del Valle" donde es docente y preceptor. A la noche se reencuentran en la casita del Hogar y se turnan “religiosamente” para hacer la comida. A las once de la noche, a dormir. Dentro de esa rutina simple y cotidiana, hay angustias como las vividas hace poco con Erica que se quemó y tuvo que estar internada varios días en el Hospital de Niños. También hay alegrías, llantos, discusiones, diálogos, gritos y caricias. La vida. En este caso, la de los pibes y la de Tony, a quien todavía no llegamos a presentar del todo.
-¿Quién sos?
-Soy Antonio “Tony” Fenoy. Tengo 43 años; soy docente: profesor de Teología y de Filosofía; ex cura; estoy vinculado a la Obra de Cajade desde 1989: los fines de semana empezaba a venir cuando era seminarista… Íbamos a la parroquia Santa Cruz del barrio Aeropuerto y después veníamos a dormir acá, al Hogar. A Carlitos lo conocí un poco antes de 1985 en los campamentos con preadolescentes que hacíamos en Mar del Plata y Tandil. Él llevaba un grupito de Berisso y nosotros juntábamos a los de nuestra parroquia de La Plata.
-¿Vos estabas estudiando en el Seminario?
-Cuando lo conocí a Carlitos todavía no.
-¿Empezaste a estudiar por Carlitos?
-No, no. Carlitos se hizo más fuerte en mí ya estando en el Seminario, que fue cuando empecé a conocer realmente su manera de pensar, su ideología, su forma de manejarse con la gente. Nos hicimos grandes amigos y después que me ordenaron como cura en el 92, elegí venir a trabajar con él en el Hogar en donde viví hasta fines de 1995 cuando dejé de ser cura, pero siempre seguí vinculado a la Obra.
-¿Por qué quisiste ser cura?
-Creía que era la mejor manera de darle una mano a la gente, de poder construir una sociedad distinta.
-¿Cómo nació en vos esa inquietud?
-Siempre creí en el proyecto de Jesús y en su opción por el más pobre, por el más desposeído… En aquel momento lo veía desde una postura más eclesial, más metido dentro de la institución porque creía en la Iglesia. Hoy sigo creyendo plenamente en el proyecto de Jesús: me parece que es uno de los proyectos más revolucionarios de la historia, con contenidos que, en algunos casos, son más profundos que el mismo marxismo. Eso me motivó siempre a estar cerca de la gente más humilde, descubrir su potencial y procurar, junto con ellos, salir de esa situación. En esa época me parece que lo hacía de una manera más paternalista, más asistencialista… El Seminario te forma para ser dueño y patrón de estancia; no te forma para estar al lado de la gente, sino para estar por encima de.
-Sin embargo terminaste, te ordenaste.
-Sí, sí, me ordené… Ya en el último tiempo había empezando a cambiar mi manera de pensar -y en eso tuvo mucho que ver Carlitos-, con una opción mucho más radical hacia lo social y hacia un compromiso político. Y fue en el Seminario donde conocí la Teología de la Liberación, no porque me la enseñaran sino porque yo me daba cuenta de que la teología que me daban hablaba de verdades eternas que servían para todos los tiempos y para todos los lugares, pero que no daba respuesta a los problemas que había, por ejemplo, en un barrio de José León Suárez a donde iba en el 85, el año de las inundaciones.
-¿Por qué ibas a José León Suárez?
-Porque había un seminarista que vivía ahí; nos hicimos amigos y empezamos a ir los fines de semana.
-O sea que fue por iniciativa tuya…
-Sí, porque ese año era libre. Después el Seminario me mandó a City Bell donde lo conocí a Carlos Gómez; luego estuve en la parroquia del Valle con Sirotti y dos años acá (en el Hogar) que fue cuando me hice mucho más amigo de Carlitos… Ahí fui conociendo la Teología de la Liberación. Estudiaba la teología tradicional y, paralelamente, leía libros de la Teología de la Liberación y me daba cuenta de que ahí había una respuesta más real o una reflexión hecha desde la situación de la gente. La otra era una reflexión hecha desde arriba. Esa es la gran diferencia: la teología tradicional se llama “desde arriba” y está pensada desde el cielo, desde Dios; la Teología de la Liberación, en cambio, está pensada desde abajo y desde el abajo más de abajo, es decir, desde el más pobre, el más excluido, el que está en la miseria. Y se llama también “teología situada” porque se da en un contexto determinado y es una reflexión a partir de una realidad determinada.
-¿Cómo se puede partir de Jesús y mirar desde arriba?
-Si partís del concepto de que Jesús es el Dios todopoderoso que viene de la filosofía griega y del platonismo, lo considerás como alguien que ha venido desde arriba a cumplir una misión. Es distinto si vos partís del Jesús hombre, del Jesús histórico, del tipo que caminó, que laburó, que se embarró las patas al lado de la gente, que lloró con la gente, que se alegró, que se escondió porque lo querían matar, que en un momento dijo: “Si me voy a Jerusalén me matan” y se enfrentó con el poder, y te vas dando cuenta de que detrás de ese Jesús hay un proyecto, pero no religioso sino un proyecto integral, un proyecto social, un proyecto económico, un proyecto político, un proyecto de sociedad nueva donde se rompen las relaciones verticales… Jesús rompió con todas las relaciones verticales y procuró construir una sociedad para todos y desde abajo. Hay una frase de Engels que me encanta: “No se puede pensar la realidad igual desde un palacio que desde una choza”. Bueno, a Dios tampoco lo podés pensar igual y al hombre, tampoco. La Teología de la Liberación se para en un lugar porque nació en un contexto determinado que fue la América Latina profundamente oprimida y dependiente de fines de los ‘50 y principios de los ’60: Y los cristianos que todavía con un poco de ingenuidad se comenzaban a acercar a los movimientos sociales y revolucionarios, como Camilo Torres, se empiezan a dar cuenta de que la manera que tenían de vivir la fe no les servía para dar respuesta y que había que pensar desde otro lugar. ¿Cómo le hablabas de Dios a un tipo que se estaba muriendo de hambre o al campesino oprimido? Para poder hablar de Dios –y esto lo aprendí mucho de Carlitos-, el lugar del encuentro con Dios es el hombre y de una manera especial es el hombre más pobre. Jesús eligió identificarse con eso y se hizo uno de esos y pensó desde ahí, y no hay otro camino. Por eso, para nosotros, para América Latina, la Teología de la Liberación no es una teología más. Dentro del combo de teologías que te ofrece el modelo neoliberal, porque también las teologías responden a modelos y tienen intencionalidades, la Teología de la Liberación es la única teología posible y la única teología válida. Todas las otras teologías son teologías de dominación… La teología de la iglesia tradicional es una teología de dominación.
-¿La Teología de la Liberación está vigente como acción?
-Mientras haya movimiento popular va a haber Teología de la Liberación. Esto no depende sólo de los cristianos: el marxista, el ateo, el peronista, el tipo que intenta laburar con la gente de un barrio y construir con la gente caminos para salir adelante, está haciendo Teología de la Liberación.
-¿Por qué “teología”?
-Siempre se ha intentado marcar que la teología es propia de los teólogos, como que es algo que algunos saben y que otros no. Pero todos somos teólogos porque todos podemos, desde una realidad concreta, pensar al hombre y desde ahí pensar a eso que llamamos Dios. ¿Qué es la teología? Es tratar de ubicar el papel de Dios en un momento y en un contexto determinado, y eso lo puede hacer cualquiera.
-¿Un ateo también?
-También. Por supuesto que también hay una mirada desde la fe, pero qué es la fe. Siempre nos han enseñado que la fe es la adhesión a un montón de verdades eternas e intocables, que son los dogmas, y la fe es adhesión a un proyecto; es una confianza plena en ese proyecto y en el hacer con otros ese proyecto. Esa es la fe. Yo adhiero profundamente al proyecto de Jesús, creo profundamente en ese proyecto y creo que desde la Teología de la Liberación hacemos un aporte al campo popular, a construir una teoría distinta desde ese campo popular. La Teología de la Liberación es la teología que hace la señora del barrio; la teología que hacen cuando se juntan grupos de vecinos a discutir el presupuesto participativo si es que lo hacen desde ellos y no desde lo que te manda la Municipalidad… En todo lugar donde haya intento de construir comunitariamente, aunque no se hable de Dios, se está practicando la Teología de la Liberación. La Teología de la Liberación es la teología que menos habla de Dios.
-¿Carlitos hablaba de la Teología de la Liberación o la ejercía sin referirse a ella? ¿Se definía como perteneciente a esa corriente?
-Carlitos era teólogo de la liberación porque él creía en el hombre… La Teología de la Liberación estuvo muy marcada por el marxismo: el análisis que hace de la realidad lo hace desde el marxismo. En la Argentina, el peronismo marcó mucho una visión de la realidad y acá lo que era Teología de la Liberación, en algunos lugares se lo llamó “Teología del pueblo”. El padre Carlos Mujica adhería a esa teología y Carlitos estaba más cerca de la Teología del Pueblo, con un valor muy grande en la religiosidad de la gente. La fe de Carlitos en Dios partía de su fe en el hombre y en esto no hay que confundirse porque sino hacemos de Carlitos un tipo religioso al estilo de los religiosos antiguos y Carlitos creía en Dios porque creía en el hombre. Él siempre decía: “cuanto más hablás del hombre, más hablás de Dios. Cuanto más intentás construir con los otros una sociedad distinta, ahí estás haciendo el Reino de Dios… Cuando procurás la justicia, cuando procurás la verdad”. Eso es lo que lo hacía distinto. Carlitos siempre hizo las cosas a su modo y la Teología de la Liberación también la hizo a su modo. Por ahí no tenía un cuerpo doctrinal muy profundo, pero sí tenía una capacidad de leer la realidad y saber por dónde pasaba Dios, saber por dónde pasaba lo que la gente necesitaba en ese momento a nivel político, a nivel social, que muy pocos lo tienen. Carlitos tenía una capacidad de descubrir cuál era el punto o el signo del tiempo o el pulso del tiempo… Carlitos vivía esa frase de Angelelli: “un oído en el pueblo y otro oído en el Evangelio”. Carlitos le podía hablar de Dios a la gente porque conocía lo que le pasaba a la gente y porque vivía lo que le pasaba a la gente. Por eso, hoy más que nunca tenemos que recuperar a Carlitos como militante social, como militante político y como militante cristiano, y conste que no digo “como militante de la Iglesia” porque Carlitos no era militante de la Iglesia. Carlitos era un militante del Evangelio.
-¿Cuál es la diferencia?
-Que la Iglesia es lo más alejado del Evangelio que hay.
-Eso lo decís vos. ¿Carlitos también lo decía?
-Carlitos lo vivía. Carlitos siempre intentó ser conciliador con la institución, pero en el último tiempo ya no pudo, sobre todo desde que vino Aguer (arzobispo de La Plata), que se le hizo imposible. Y el último tiempo de Juan Pablo II él lo vivió con mucha tristeza y me acuerdo que el día que salió Benedicto se puso a llorar. Ahí hizo un quiebre muy fuerte con la Iglesia… Sacó notas duras y lo llamaron, lo retaron y lo molestaron. Pero Carlitos era un militante del Evangelio.
-O sea que la Teología de la Liberación no pasa por la Iglesia.
-Puede pasar por la Iglesia. Todavía hay gente dentro de la Iglesia que la intenta vivir. Es una gran discusión. En el seminario se vio esto: Para vivir el proyecto de Jesús, ¿hay que estar adentro o afuera de la institución? Yo creo que hay que estar afuera porque la institución tiene tantas contradicciones que no te deja vivir el proyecto del Evangelio y Rubén Dri dijo un cosa que me dejó pensando: “¿Qué es adentro y qué es afuera? ¿Adentro y afuera de qué? Nosotros dentro de la Teología de la Liberación no le disputamos el poder a la Iglesia porque no nos interesa. Cada uno lo intenta vivir desde donde puede. Para mí –continuaba Dri- la institución me marcaba un techo, no me dejaba seguir creciendo y me tuve que ir. Hay quienes lo viven de otra manera y pueden aportar desde ahí”. Por ejemplo, Antonio Puigjane está adentro todavía y sin embargo sigue pensando, diciendo y actuando sin importarle lo que diga el poder. La Teología de la Liberación no busca construir otra Iglesia; sí vivir el proyecto de Jesús. ¿Y dónde lo vivís? En cualquier lado: en un movimiento social, en el Frente Darío Santillán, en la Aníbal Verón, si laburás en un barrio con alguna copa de leche o con alguna casa del niño. Por eso la Teología de la Liberación es un aporte a la reflexión para la unidad del campo popular porque la mayoría de nuestro pueblo es cristiano y ninguna revolución en América Latina se va a poder hacer sin el cristianismo. El que no entienda esto y no se de cuenta de esto, jamás va a poder hacer una revolución.
-Cuando hablás de “Teología de la Liberación”, la palabra “liberación”, ¿involucra a la Iglesia? ¿Hay que liberarse de la Iglesia?
-Creo que sí, por lo menos de la Iglesia como institución. No de la Iglesia como movimiento, como asamblea, porque la palabra “iglesia” significa “asamblea” en griego: eclesía, asamblea, y lo más antiasambleario que hay es la Iglesia. “Asamblea” significa diálogo, discusión, distintas opiniones, horizontalidad… La institución “iglesia” es lo más contrario a esa palabra. Carlitos, en cambio, tenía un método eclesial, "asambleístico". Él siempre buscaba todas las opiniones -también las de los pibes- antes de tomar una decisión. Creía que la palabra tenía que circular, porque donde está la palabra está el poder. Esto es teología de la liberación pura, porque no está basada en verdades eternas ni venidas de arriba, sino que cree que la verdad es una construcción que hacemos entre todos, a partir de la realidad en la que vivimos. Por eso, todo sesgo autoritario o de imposición no tenía cabida en su pensamiento.
-¿Durante cuánto tiempo fuiste cura?
-Tres años.
-¿Por qué dejaste?
-Me enamoré… Eso es parte de la estructura opresora que tiene una teología dominadora, manipuladora de conciencias, que te hace creer que porque estás con una mujer no podés ser todo de Dios y al contrario: lo que te hace ser todo de Dios es estar con alguien al lado… ¡¿Qué más lindo que vivir el amor con otra persona?! ¡¿Qué más cercano a Dios, ese Dios que decimos que es “amor” que estar al lado de otra persona?! Sin embargo, la influencia en occidente de la Iglesia ha sido tan fuerte para mal con todos estos conceptos de culpa y de pecado, esta negación del placer y de la alegría, y que todo es sacrificio, que el dolor es bueno con esta teología dolorista: cuanto más sufrís mejor es y más te acercás a Dios… Es todo lo contrario al Evangelio porque si hubo un tipo al que le encantaba la fiesta, morfar, estar en compañía, en reunión, era Jesús. El dolor le llegó a Jesús porque hizo una opción concreta que fue oponerse a los poderes religioso, económico y político de su tiempo y los poderes lo mataron.
-¿Vos sentiste “culpa” cuando dejaste la Iglesia?
-Al principio, un poco. Después me fui liberando. Creo que la Teología de la Liberación también pasa por la liberación de los procesos personales… Es una “liberación” no solamente a nivel social sino en el camino que uno va haciendo. Hoy no siento ninguna culpa, al contrario.
-¿Ni arrepentimiento?
-No, para nada. Mi época de cura la viví con mucha honestidad y siempre lo que intenté -aunque tal vez no lo pude vivir conmigo-, con la gente que se acercaba a mí era que ese espacio fuera de liberación para ellos. El primer día que me senté a confesar, me di cuenta de que todo lo que me habían enseñado no me servía.
-¿Por qué?
-Porque la gente venía con problemas muy concretos.
-¿Por ejemplo?
-Una persona homosexual que venía a decirme que estaba en pareja y que creía mucho en Dios pero que estaba enamorada de su pareja. Yo pensaba: si a este le digo lo que a mí me enseñaron, lo mato, y yo tengo que ayudar a que esta persona sea feliz. Me acuerdo que le dije: “Andá a comulgar tranquilo y tratá de vivir tu amor con fidelidad, con alegría”. Después recuerdo que venían muchas personas que eran del Opus Dei que se confesaban porque no habían ido a misa el domingo y todas esas cosas, preceptos y preceptos y venían casi todos los días a confesarse para decirme que se habían masturbado, que esto y aquello… En un momento yo le dije: -¿A qué te dedicás? –Soy empresario. -¿Cuántos empleados tenés? –Tantos. -¿Cuánto le pagás? … ¿Te parece justo lo que les pagás? Y cuando entraban en esos temas se ponían nerviosos y se iban.
-¿El concepto de pecado pasa generalmente por lo sexual?
-En la Iglesia lo que pasa de la cintura para abajo es más importante que lo que pasa de la cintura para arriba, cuando en realidad los peores pecados –si se quiere usar esa palabra que a mí no me gusta-, las peores atrocidades se cometen desde acá, desde la cabeza y no desde abajo.
-¿Por qué no te gusta la palabra “pecado”?
-Porque no sé si hay pecado. Creo que el hombre es contradictorio por naturaleza y la gran sabiduría es sabernos contradictorios, aceptarnos contradictorios, saber pulir nuestras contradicciones y tratar de ser lo menos contradictorios posible. Dentro de esas contradicciones, cuando entra la mala intención y la hijaputez, podés llamarlo “pecado”. Yo le llamo “mala leche” a eso de querer joder al otro para salir adelante vos, a eso de construir proyectos en donde vos acumulás y el otro se queda sin nada… Porque después lo contradictorio lo vivís todo el tiempo, porque pensás una cosa y hacés otra, porque tenés ideales y no los podés vivir… A eso yo no le llamo pecado.
-¿En qué año dejaste de ser cura?
-En el 95.
-¿Estabas viviendo en el Hogar de Cajade?
-Sí.
-“Estoy enamorado así que me voy de la Iglesia”. ¿Qué te dijo Carlitos?
-Él te daba su opinión de todo pero siempre dejaba que vos decidieras. Jamás te iba a decir: tenés que hacer esto. Te decía: Para mí esto es así; vos hacé lo que quieras porque la decisión es tuya y la vida es tuya. Eso a mí me quedó siempre y lo trato de poner en práctica con los chicos que están a mi cargo. El gran respeto por la libertad del otro que tenía Carlitos era bárbaro porque él luchaba mucho porque respetaran la suya. No le gustaba que le impusieran nada. Eso me hizo mucho bien y me enseñó a defender siempre mi libertad y a tener límites. Si hay algo que aprendí del proyecto de Jesús y después de Carlitos, es que vos en la vida no podés estar parado en las dos veredas con una pata en cada una y cuando te conviene vas para un lado y cuanto no te conviene te vas al otro. O te parás en una vereda o te parás en la otra, y aceptás las consecuencias de estar en la que elegiste. Cuando me echaron del Sagrado Corazón en el 2005, podría haberlo piloteado tranquilamente y hoy estaría laburando ahí, pero uno tiene límites.
-¿Por qué te echaron?
-Por unas cosas que había escrito… Vos de la Iglesia podés decir cualquier cosa; podés decir que Jesús se casó, que la Virgen tuvo hijos, cualquier cosa. Ahora, no digas que la Iglesia tiene que ser democrática y no digas que hay que usar preservativos. Son las dos cosas que no tenés que decir. Eso marca el nivel de hipocresía que tiene la institución. Laburaba con los pibes de tercero y hubo padres a los que no les gustó; le llevaron lo que había escrito al Obispo y me echaron a través de Néstor Zubeldía, el representante legal del colegio.
-¿De qué dabas clases?
-De catequesis y era el coordinador de la Pastoral de la catequesis, el encargado de toda la catequesis del colegio. Las autoridades me echaron y los pibes, los padres y mis compañeros docentes me acompañaron. Eso lo recuerdo con mucha alegría porque significa que algo sembré.
-¿Qué estás tratando de sembrar con el seminario?
-Lo que intentamos con Ernesto Martínez, que es el otro coordinador, es crear un espacio de reflexión sobre la realidad a partir de esto que creemos que sigue siendo revolucionario, que es el proyecto de Jesús. Es importante hacerlo en este momento porque tenemos el campo popular muy fragmentado… Todo esto que pasó entre las corporaciones agrarias y el gobierno nos dividió mucho y necesitamos crear espacios de unidad, de debate. Si hay algo que siempre nos faltó o nos falta a los que nos decimos laburadores del campo popular, progresistas o de izquierda, es poner el bien del pueblo, el bien de la gente, por encima de las posturas ideológicas. En la izquierda tenés tres personas y cuatro partidos distintos. Así nunca construimos y por eso la derecha siempre gana… La derecha es más inteligente y enseguida se organiza. Desde el seminario queremos hacer un aporte a la reflexión porque nuestro pueblo es católico, evangelista o lo que sea, pero cree, y vos no podés negar eso para poder construir en un barrio. Rubén Dri lo dijo claramente en el seminario: “ninguna revolución se va a poder hacer en América Latina sin el cristianismo”, pero sin el “cristianismo”, no sin la Iglesia. Son dos cosas distintas. Una cosa es el cristianismo y otra cosa es la Iglesia, porque si no me unís a Jesús con Aguer y qué hago. No, son dos cosas totalmente distintas. Están en las antípodas. Lo que queremos sembrar es esta idea de unidad en el campo popular, tratar de crear espacios de reflexión y tratar de ayudar a repensar nuestra práctica en los barrios, con la gente, presentar el cristianismo como una fuerza renovadora y con capacidad de transformación profunda en lo social, en lo político, en lo económico. El otro día Rubén Dri explicaba el proyecto económico de Jesús y te quedás sin palabras.
-Dentro de los que participan en el seminario, como expositores o como asistentes, ¿hay una visión optimista o pesimista de lo que está ocurriendo actualmente?
-Los que vienen al seminario lo hacen porque están buscando caminos para poder ser más eficaces y llevar sus ideales más a fondo. En general hay optimismo aunque estamos en un momento de quiebre. Lo que ocurrió a partir de las retenciones mostró las fisuras más profundas y que no todos pensábamos tan parecido como creíamos, pero creo que la crisis es también el espacio para la construcción. El único motor del crecimiento, en lo personal, en lo familiar, en lo comunitario y en lo social, es el conflicto. Si no hay conflicto no hay crecimiento. Porque con todo esto del consenso, cosa que la Iglesia maneja tan bien, sentamos en la misma mesa a una bolsa de gatos, y no todos somos lo mismo. Para poder construir hay que saber bien quién es cada uno y dónde está el enemigo. En este conflicto confundimos al enemigo. Por eso nos separamos y nos fracturamos tanto, pero creo que es la oportunidad para construir. A partir de esto hay que construir porque o construimos o nos destruyen.
-¿A Carlitos lo hubieras invitado a exponer en el seminario?
-Absolutamente.
-¿Y qué hubiera dicho, por ejemplo? Porque Carlitos era un optimista.
-Carlitos siempre fue un optimista, pero siempre tuvo claro era dónde estaba el enemigo. Él siempre decía: “Desconfiá de los que se llevan bien con todo el mundo. El que se lleva bien con todo el mundo es porque algo está haciendo mal, en algo no está siendo claro”. Y Carlitos hubiera usado una frase del Concilio Vaticano II: "Los gozos y las esperanzas, las angustias y las tristezas de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, son los gozos y las esperanzas, las angustias y las tristezas de los discípulos de Jesús porque no hay nada verdaderamente humano que no incida en su corazón de Dios". Para Carlitos el único lugar posible de encuentro con Dios era el hombre, fundamentalmente el más pobre, el excluido, el marginado. Para él, el único camino de liberación pasa por el hombre; hubiera dicho que si el mundo no se piensa desde el pobre se construye contra él; que el único camino de construcción es desde el pobre; que si vos pensás un país desde la Negri lo pensás para todos; y que si lo pensás desde arriba lo pensás para unos pocos… Hubiera dicho que lo único que nos va a salvar son las vinculaciones, los afectos; que tenemos que agarrarnos fuerte de los afectos; que hay que estar cerca del pueblo… Hubiese hablado todo el tiempo de un Jesús profundamente cercano. Hubiera hablado de los pibes, porque él siempre decía que el lugar de encuentro con Dios acá en nuestra Obra es el corazón del pibe. No hay otro lugar. Y en la Obra es fundamental seguir esta enseñanza: mirar los ojos de los pibes, mirar el corazón del pibe donde está la estrella o el faro que nos va a decir hacia dónde tenemos que ir.
-Podés tener tantas miradas como personas miran.
-Sí y no. Si lo mirás desde la mirada de Carlitos, no. Si lo mirás desde tu mirada, va a haber tantas miradas como personas que mira, pero si el referente es el pensamiento de Carlitos, el pibe es el trampolín para pensar una sociedad nueva. A Carlitos no le interesaba hacer caridad con los chicos; a Carlitos le interesaba hacer justicia. Y entonces de qué le servía solamente tener bien a los pibes y que comieran si desde ahí no se intentaba construir algo distinto, si no se atacaban las causas -como decía él y que para eso hizo La Pulseada-, que producían esa pobreza y esa miseria, porque él en el corazón del pibe veía a sus padres marginados, a sus abuelos marginados… Una historia de marginación y de exclusión y él desde el pibe quería construir algo distinto. Por eso el proyecto de Carlitos, desde la Obra, también es un proyecto político con inserción en la sociedad, con peso en la sociedad, ideológicamente hablando. Son todas cosas que hoy tenemos que repensar y reflexionar para ver si lo estamos viviendo, porque el proyecto de Carlitos, al igual que el de Jesús, tiene una dimensión política, económica y social. Quedarnos en el "cuidar a los pibes" sería traicionar el sueño del cura.
Un sueño cumplido
El seminario sobre la Teología de la Liberación se gestó a partir de una iniciativa de la Universidad de las Madres que le ofreció su organización a Ernesto Martínez, que convocó a su amigo Antonio Fenoy. Setenta personas participaron del encuentro que durante un cuatrimestre se realizó en 2006. Al año siguiente volvió a hacer en la Universidad de las Madres, pero durante todo un año, con mayor profundidad y con una asistencia más reducida. Tony nos explica que mucha gente les pedía que hicieran el seminario en nuestra ciudad: “La Facultad de Trabajo Social nos abrió sus puertas con mucha predisposición y nos está dando una mano bárbara. Y para nosotros es un sueño que cumplimos porque poder hablar de este tema en La Plata, un lugar marcado por el conservadurismo y por una Iglesia retrógrada, nos parece renovador; es un soplo de aire fresco en el medio de tanta cosa negativa con una iglesia tan dura y moralista, tan poco comprometida con la gente, salvo por algunos casos muy puntuales”.
El seminario se desarrollará hasta el 25 de noviembre, todos los martes de 18.30 a 21.30 en calle 9 entre 62 y 63. Cualquier persona puede acercarse a participar de todas o de alguna de las jornadas, porque el ingreso es libre y gratuito.
Participan Rubén Dri, Antonio Puigjané, Vicky Daleo, Arturo Blatezky, Luis María Ocampo, Ana Inés Facal, Martín Obregón, Oscar Campana, Rafael Villegas, Cristina Conti y Pichi Meisegeier.
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* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido,
citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
a La Pulseada.
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