NÚMERO 62 - AGOSTO 2008

Consecuencias del abandono

ES UN MONSTRUO GRANDE Y PISA FUERTE

A fines de los ’70 se estrenó Los nuevos monstruos, una de las últimas grandes comedias italianas, de esas capaces de hacernos reír de nuestras miserias. Los monstruos actuales –según venía a decirnos esa película- no son los de la mitología ni los de la ciencia ficción: son aquello en lo que nos hemos convertido nosotros mismos como parte de las sociedades contemporáneas. Uno de los doce episodios del filme mostraba a unos amigos que circulaban despreocupadamente con su auto por la noche de Roma. De repente vieron un bulto y comprobaron que se trataba de un enfermo, que yacía gimiente en el suelo. Después de un instante de desconcierto, lo cargaron en el vehículo y enfilaron hacia un hospital. Pero allí les dijeron que no tenían más camas y les resultaba imposible sumar otro paciente. Lo llevaron entonces a una clínica, donde les preguntaron quién era ese hombre y cuál era su obra social. En ausencia de esos datos, tampoco lo aceptaron. Los rechazos continuaron por un largo rato. Cuando ya amanecía, los amigos decidieron regresar adonde habían encontrado al desgraciado. Lo depositaron exactamente en el mismo sitio y se marcharon. El pobre infeliz seguía gimiendo, pero de un modo cada vez más débil.

Resulta difícil escapar a la tentación de recordar aquella historia de película en vista de lo que viene sucediendo en pleno centro de La Plata, en el patio semicubierto de la Facultad de Humanidades. Desde hace largo tiempo un grupo de “chicos de la calle” ha elegido ese lugar como refugio. Y ocurre con ellos lo previsible. Porque –como decía Carlitos Cajade- “nos volvemos humanos en condiciones humanas y salvajes en condiciones salvajes”. Se habla de que aspiran pegamento, pelean entre sí, amenazan a no docentes y alumnos, exhibieron armas, rompieron vidrios de la biblioteca y hasta quizás protagonizaron intentos de robo. Son, en definitiva, pibes abandonados que claman por ayuda. Con su presencia plantearon un desafío al que no han sido capaces de responder ni los funcionarios provinciales y municipales, ni las autoridades universitarias. Las agrupaciones estudiantiles lanzaron denuncias pero no avanzaron por su cuenta mucho más allá. La prensa prefirió hablar de “ataques vandálicos a una biblioteca”, convirtiendo una vez más a las víctimas en victimarios, en vez de resaltar la situación de desvalimiento de los chicos. Los responsables políticos hablan de aguardar que se resuelva la transición entre el desaparecido patronato y el nuevo marco legal, ignorando que –como señala Tato Pavslovsky- “el hambre no puede esperar: el hambre tiene hambre”. En la mejor de las hipótesis, hay impotencia. En el peor de los casos, hipocresía y cinismo. Lo hecho –o, mejor, lo no hecho- hasta ahora equivale a dejar al moribundo en el mismo sitio en el que se lo encontró. Urge entonces preguntarse qué nos está pasando, en qué clase de nuevos monstruos nos estamos transformando. La contracara la constituyen los estudiantes y trabajadores comunes, miembros de un grupo espontáneo de la sociedad civil, que -mientras las diversas instancias del Estado defeccionan- se solidarizaron de verdad con los pibes.

Por Carlos Gassmann, Laureano Debat,
Carlos Fanjul y Carlos Sahade
Fotos: Luis Ferraris

 

Atrapados en libertad
La paradoja de sentirse mejor en la calle que en el sórdido encierro de hogares agobiantes. Los chicos de la calle de Plaza San Martín duermen todos los días o en la vieja glorieta o en Humanidades o en un cajero automático, ante la mirada naturalizada de una sociedad tan impotente como apurada.

Que no nos dan los elementos apropiados para abordar el tema desde su realidad concreta, que esta vez los niveles de violencia fueron inéditos, que el ruido metálico de las facas golpeando las barandas, que cambiamos los vidrios y los rompen y los cambiamos y los vuelven a romper, que la policía violenta, que el techo no contiene el frío, que jalar y jalar.

En el hall del primer piso de Humanidades, como un presagio, franquea la entrada un cartel de la agrupación estudiantil Praxis, desplegado hacia ambos pasillos. “Prohibido girar a la derecha”, dice en letras negras sobre papel marrón, haciendo referencia a las retenciones al campo. El impensado augurio es que, subiendo las escaleras de entrada de la Facultad, todo gira a la izquierda: aulas y buffet, alumnos y profesores, oficinas y textos, teóricos y prácticos. Todo menos ese playón cerrado, pegado a la librería Prometeo con tres de sus ventanas tapiadas y sin vidrios. Un patio externo rodeado de libros: del lado del frente está la hilera de ventanales que dan al subsuelo, con la biblioteca y varios vidrios impecables recién cambiados. En uno y otro lado, seguramente hay mucho material escrito sobre la pobreza.

Desde hace más de un mes, tres, ocho, diecisiete chicos (los números de la calle son demasiado flexibles) duermen en tres o cuatro colchones en el piso, amontonados sobre una pared descascarada en ese rincón casi invisible. Todo impregnado con la mugre característica de los viejos edificios públicos, un tizne que envuelve retazos de goma espuma desecha y mojada, botellitas de plástico, charcos y viento. También algunas bolsas arrugadas de papel madera con restos de pegamento.

Es difícil determinar el porcentaje, pero seguramente un 90 por ciento de los que diariamente suben esas escaleras omiten mirar a la derecha una vez que entran. Hace un tiempo no había nada que ver allí, era un lugar vacío. Pero empezó a hacer frío y un nuevo grupo de chicos sin hogar llegó para dormir, y en pocos días se hizo notar, tal vez porque nadie los veía ni escuchaba. Amenazaron, robaron, rompieron vidrios y, entonces, muchos empezaron a girar a la derecha, primero por curiosidad, luego para cuidar la cartera, luego para solidarizarse o tener más cuidado todavía.
Los diarieros, vendedores ambulantes y personal de limpieza conviven con ellos. Algunos les mojan los colchones para que se vayan, otros les llevan galletitas y les aconsejan que vayan al colegio, otros los acompañan al baño. En ese hall tienen un techo y unas difusas paredes por las que entra mucho frío. Por eso a veces buscan el calor de un cajero automático.

De día, su rutina se define en las pocas cuadras que hay desde ahí hasta Plaza San Martín, su otro punto neurálgico. Esas calles se convierten a diario en una pasarela de violencia cotidiana y juegos incómodos. Indiferencia y violencia que se van alternando. Dos chicos caminan cubiertos en una enorme caja de embalaje con un agujero para mirar, mientras despliegan sus manos como alas y juegan, y corren a la gente y juegan, y encierran gente en una esquina y tratan de manotear lo que pueden.

Es una tarde de sol, la tarde que el Senado comenzaba a empatar sus fuerzas en la discusión por las retenciones antes del Affaire Cobos, la última tarde del atípico calor primaveral de invierno. Una tarde de mates, besos, rastas y paños en Plaza San Martín, de trajes cruzándose desde Gobernación y Legislatura, de colchones sucios en la vieja glorieta.

Sentados en ronda en un cantero, un grupo de chicos comparten sitio con mucha gente. Por momentos se ríen, aunque en goce algo intranquilo y sin percibir el placentero olor del sol refractado en el pasto, tal vez por la bolsas de nylon con pegamento, tal vez por la desazón naturalizada o por vaya a saber qué otras cosas más.

Cuando alguien se acerca se agita el avispero. Todos se paran como primera reacción, algunos se vuelven a sentar y otros salen, hiperquinéticos y niños, al juego diario de correr y tratar de alcanzar a los paseantes.

-¿Podemos hablar Bebu?
-Sí chabón, lo único que estamos drogados, te aviso.
Bebu es el más grande, tiene 15 y solía ser de Ensenada. Toma el rol de hacerse bastante cargo de sus compañeros, como puede, frenando arrebatos de dame una moneda puto, de qué querés vos gil, de dónde venís, de dame todo guacho con un inofensivo tubo de cartón sobre los riñones. Tiene el talante firme, el pelo negro mojado y la piel curtida. A su lado, en una punta del banco verde de madera, se sienta Lucas, de 13, que viene de Villa Catela y que conoce algo del hogar de Cajade, “cuando empezaron hace como veinte años con un cura que era re-copado, que se murió hace como tres o cuatro años, ¿no? y colaron un lugar re-piola”. También conoce sus derechos: “Por el derecho del niño nosotros no tendríamos que estar en la calle, pero igual no sé, corte que se comieron toda la plata”, y se le hunden las comisuras mirando al piso. Lucas tiene un pelo lacio abundante, labios carnosos y una sonrisa a flor de piel que estaría mucho más acentuada si se hubiera criado por encima de la línea de pobreza. Hoy es una mueca borrada, gastada desde muy temprano.
“Nosotros pusimos toda nuestra voluntad pero nadie pasó bola, nadie dio cabida. Sólo desde Derechos Humanos nos dijeron que nos iban a conseguir algo para que pudiéramos dormir todos juntos, pero a ellos tampoco les dieron nada”, empieza Bebu, mientras un pibe se acerca y Lucas se para: “¡Dejá de jalar acá, Walter! ¡Por qué no vas a jalar allá, boludo!”.

-¿Y desde Humanidades? ¿Recibieron ayuda?
Bebu: -Yo a la gente de Humanidades la conocí acá en la plaza, una tarde que estaba jalado. Nos invitaron a tomar una Coca-Cola y empezamos a hacer talleres con ellos.
Lucas: -Yo estaba tirado ahí en el pasto durmiendo y me vinieron a despertar para jugar al fútbol.

-¿Qué hacen durante el día?
Bebu: -Estamos todo el día acá, drogándonos, robando, pidiendo monedas. Hacemos de todo un poco.
Lucas: -Pero no lo hacemos porque queremos -y se queda callado, moviendo la cabeza.

-¿Cómo sienten que los trata la gente que anda por acá?
Bebu: -Nos sentimos discriminados mal, porque yo le voy a pedir una moneda y la gente me trata re-mal, te dice de todo, se salta con andate de acá, chorro. Y uno no quiere llegar a la agresión pero la gente te busca.
Con 11 años, muchos mocos y los ojos perdidos, Nahuel se acerca para anunciar algo entre jalada y jalada, un ruego hilvanado a duras penas: “Chucky, José y yo queremos ir a lo del padre Cajade”. Bebu continúa: “Nosotros no somos malos. Si la gente ayuda a los chicos de la calle, nosotros los vamos a ayudar a ellos. Necesitamos que nos den una mano entre todos, un lugar para dormir y comer, para bañarnos y tener nuestra ropa. Ahí nosotros vamos a dejar de ser los chicos de la calle de la Plaza San Martín”.

-¿Y la policía?
Lucas: -Mirá, yo acá en el cuello tengo rasguñado y un moretón en el ojo (y se señala las marcas violetas sobre la piel blanca). Fue anteayer.
Bebu: -Algunas veces nos pegan por nada, otras porque nos tienen bronca porque robamos, pero tampoco da para que nos traten así… Que piensen que somos humanos como ellos.
Lucas: -Cuando viene la policía nos defendemos entre nosotros. Si nos busca a los más chiquitos, entonces saltan los grandes a defendernos y ellos los cagan peor a palos porque les tienen mucha bronca.
Un comedor situado en 2 y 60 los atiende cada vez que se acercan para buscar comida. Pero siguen necesitando un lugar para dormir, “un lugar donde podamos ir de noche y salir de día, porque nosotros también tenemos a nuestras familias trabajando en la calle y nosotros los queremos ver todos los días”, dice Lucas, quien tiene a su madre vendiendo estampitas y muchas veces la ayuda.
Bebu: -Queremos estar en un lugar como si fuera nuestra casa, cuidar, limpiar, ordenar nuestra pieza y salir y entrar a la hora que queramos. Tener más libertad, pero eso no se da en ningún lado. Todos queremos estar más tranquilos, pero en nuestras casas tenemos muchos problemas y por eso estamos en la calle.
Lucas: -Después de caer en cana nos llevaban a los hogares y nos decían que nos vengábamos de nuevo, no porque nos portáramos mal porque nosotros nos queremos portar bien, pero qué se yo, ya no nos quieren en ningún lado.
Son todos amigos y no se quieren separar, quieren seguir juntos cualquiera sea su destino. Muchos patean la calle hace años. Bebu se pone muy serio y por primera y única vez levanta la mano con el índice bien marcado: “Tenemos que hablar con Pablo Bruera, con ése tenemos que hablar, con el intendente de La Plata. Yo ya hablé con él hace como dos meses y le dije: necesitamos esto, esto y esto. Y nos prometió mandar de todo pero nunca nos dio nada”. Su pregunta final logra un rebote más efectivo que el sol sobre el pasto de Plaza San Martín: “A mí me gustaría ser libre. ¿A vos no te gustaría ser libre?”.
Laureano Debat

 

“Quisiéramos cobijar a todos”
Por Olga Madrazzo *

Qué situación tan paradojal es esta de la Facultad de Humanidades. No puedo menos que relacionarla con Alberto Morlachetti, el fundador junto a Carlitos Cajade del Movimiento de los Chicos del Pueblo, quien decidió volcar su vida a esta temática cuando ingresó a la universidad de Buenos Aires para estudiar una carrera humanística. Allí conoció a un grupo de pibes de la calle, que también dormía en los pasillos, y con ellos armó su primer Hogar.

Este tipo de casos te destruyen. Realmente emociona que estos chicos platenses sepan de nosotros y piensen en nosotros como una mejor alternativa de vida. Quisiéramos cobijar a todos los chicos de la calle, pero sabemos que es una intención imposible de concretar. Es devastador sentir que te reclaman y que vos no podes hacer más de lo que hacés. Todas las semanas recibís llamados pidiendo un lugar. Por ejemplo, hay un par de casos parecidos, de grupos de cuatro o cinco hermanitos, que querríamos traernos, pero todos juntos, siguiendo aquella idea de Carlitos de mantener unidos a los que son familia.
Se trata de una especie de dolorosa lista de espera, que a nosotros nos provoca ganas de salir corriendo para construir más casitas. Pero también sabemos que no puede ser así.

Lo que nos está pasando desde hace mucho, es que estamos al límite de nuestras posibilidades edilicias, y también humanas. Siempre entendimos que entre ocho y nueve chicos son el límite posible para cada pareja de educadores. No se trata de un número antojadizo, sino el que la experiencia nos marca como el posible para que cada chico tenga su atención, su espacio propio, el rinconcito que necesita para sentirse dueño de su intimidad. Ese es el formato de cada una de las casitas.
A veces tenemos que entender que no somos “todopoderosos”, que no nos da el cuerpo para más. En este momento hay 60 pibes criándose en el Hogar y para que haya más necesitamos mayor cantidad de educadores, de personas dispuestas a vivir con nosotros y a criar un grupo de pibes. Y, claro, mayor cantidad de viviendas. Parece mentira pero habría que seguir creciendo. Al contrario de lo que soñaba Carli sobre que, algún día, no harían más falta este tipo de hogares.

Por otro lado, insisto en que hay que llegar a hacer un seguimiento permanente en cada barrio, en cada familia, para poder resolver cada situación familiar antes de que se produzca el desmembramiento. Esto es lo que dice la nueva ley y es lo que hacemos nosotros, con nuestros trabajadores sociales, en la barriada que nos rodea. Contener a los pibes mediante lugares intermedios, como nuestras casas de día, antes de que tenga que optar entre la calle o un Hogar como este. Hay que preguntarse por qué se llega a esta situación, por qué antes no se pudo recomponer el vínculo con su familia. La nueva ley debe garantizar ese seguimiento y armar toda esa red previa para evitar que el chico llegue a situación de calle. Todos lo decimos; pues bien, hay que hacerlo.
* Coordinadora del Hogar del Padre Cajade

Todavía no ofrecimos nada mejor que el Patronato
Por Alejandro Blanco *
Este es un hecho que me provoca un enorme dolor, bronca, impotencia, culpa y vergüenza.

Hoy, por fin, tenemos una buena ley de niñez, buenos recursos humanos y algunos funcionarios bien intencionados, pero no hemos hecho docencia de la ley que derogó el Patronato, y que esto se paga caro pues falta modificar una "cultura" que atraviesa a toda nuestra sociedad.

Se pretende institucionalizar para no ver a los chicos o para que no hagan daño, se responsabiliza al Estado como colectivo que nos absuelve a todos, se hacen “puebladas’ pidiendo que se vayan los chicos que atentan contra la seguridad y también existen funcionarios "funcionales" al discurso instalado en la opinión pública por los medios mercenarios “blumbergianos”, que se ponen a la cabeza de la “pueblada” en vez de hacerse cargo de lo que les cabe.

Con esta ley, toda situación de vulneración para con los pibes, constituye una infracción a esa normativa por parte del Estado. Sin embargo, todavía no hemos logrado poner en el centro de la política social a los niños y adolescentes. Una política de seguridad, es en realidad una política social real y efectiva, que promueva y proteja los derechos del niño. La política de seguridad que no pone en el centro lo social, es mentirosa, porque la inseguridad mayor es la de los chicos que están durmiendo en Humanidades o en la Plaza San Martín.

Además de mi función pública, trabajo con adultos de la calle y veo que hay muchos puntos en común con lo que se necesita para estos chicos. Pero claro, cuando se trata de pibes, la gravedad es mucho mayor. Con ellos se debe contemplar una dimensión pedagógica: los chicos necesitan y tienen el derecho de un acompañamiento en su desarrollo.

Creo que todavía se observa una gran dificultad para comprender el perfil del llamado asistente de minoridad, que no es un guardián penitenciario, sino un "educador", como Carlitos Cajade definió a los miembros de su Hogar. Lo que él pensaba en el último tiempo era lo que hoy plantea la 13.298: un chico debe ser "institucionalizado" sólo cuando se agotaron todas las alternativas. Sólo en esa instancia, después de haber intentado sostener el entorno familiar y barrial. O sea, si ese entorno "natural" en donde el pibe nació ha sido expulsivo, deberá suplirse con alguna herramienta institucional. Pero no para negar su historia sino para ayudarlo a reasumirla desde un nuevo tejido vincular generado por una "sobredosis" de afecto, como diría Carlitos.

Lo novedoso de la ley es que la responsabilidad de proteger esos derechos atraviesa a toda la sociedad, compete a todos los poderes del Estado y se expresa en un órgano interministerial actuante desde el Ejecutivo. Pero lo que está ocurriendo es que ni la co-responsabilidad social, ni la responsabilidad interministerial se ha desarrollado suficientemente.

Debe existir un presupuesto para cuando deba aplicarse, sino el discurso “progre” de la desinstitucionalización niega la realidad, y es funcional a los que prefieren los “golpes de efecto” a la gestión eficaz de los recursos del Estado.

Los jueces, en el Patronato, actuaban artesanalmente: pedían a alguna institución que sostenga a estos pibes. El costo era que actuaban “discrecionalmente”: decidían dónde, cuándo y cuánto tiempo actuaban sobre una persona. Y judicializaban-criminalizaban su pobreza, ya que el pibe era encerrado porque andaba callejeando y no por haberlo encontrado culpable de un hecho penal.
Ahora bien, ese actuar tenía un aspecto rescatable dentro de lo sombrío: muchos jueces procedían “paternalmente” y, a su manera, protegían la vida de ese pibe. Esto que digo, hoy suena “políticamente incorrecto”, y algún “progre” me puede censurar. El problema es que hoy los jueces ya no actúan en un caso como en el de Humanidades. Y el Ejecutivo, que es el que debería tomar la posta, no está equipado aún para hacerlo eficientemente. La sociedad, mientras tanto, no está preparada para aceptar que ya no son los jueces los que deben actuar, sino que esa ella misma, toda la comunidad organizada la que debe sentirse responsable.
Hemos sacado lo que con razón no queremos para los pibes, porque vulnera sus derechos, pero todavía no hemos logrado ofrecerles algo mejor. Tal vez nadie se anima a decirlo: a lo mejor en casos como estos hay que institucionalizar a los pibes.

¡Que haya chicos durmiendo en la calle es culpa de todos! Y así hay que asumirlo.
Se pueden decir muchas cosas más, pero lo que ahora hay que hacer es actuar.
Espero que podamos hacer algo eficaz, aunque, para estos chicos de Humanidades, ya parezca tarde.
* Miembro de la Obra del Padre Cajade,
Director de Institutos de la Provincia y responsable del “Hogar Padre Sirotti”

 

Ana María Barletta, decana de Humanidades
“Las situaciones críticas
hacen tambalear muchas convicciones”
En una circular interna titulada “Información para la comunidad de nuestra Facultad”, la decana de Humanidades y Ciencias de la Educación, Ana María Barletta, relató los detalles de los acontecimientos. Habla de “menores que, por distintos motivos -todos muy dramáticos- se han visto llevados a abandonar sus hogares y vivir en la calle”. Asegura que la inhalación de “sustancias tóxicas” les provoca “situaciones de desborde emocional y, consecuentemente, a tener conductas muy agresivas hacia trabajadores y estudiantes que circulan habitualmente por la entrada de la Facultad”. También menciona las amenazas que denunciaron estudiantes e integrantes de la Guardia Edilicia y de las gestiones del Decanato ante los organismos correspondientes del Municipio y el Estado Provincial. Además, en conjunto con Edith Pérez (decana de la Facultad de Psicología), Barletta firmó una carta dirigida al Ministro de Desarrollo Social de la Provincia, Daniel Arroyo, a través de la cual se solicita que “se arbitren todos los medios y acciones que otorga el plexo normativo sobre menores, tendientes a restablecer los derechos vulnerados”.

-¿Cuándo empezó la Facultad a tener bajo su techo a chicos de la calle?
-Hacía varios años que en el mismo lugar veníamos cobijando a otros ocupantes. Tenemos la tolerancia básica sabiendo que se trata de otro producto de una crisis social bastante fuerte. De todas formas, yo acá no estoy para resolver la crisis, tengo muchas limitaciones para solucionar el problema real de estos chicos. Dentro de Humanidades, los que más han padecido esto han sido los trabajadores de la Biblioteca, quienes tenían que trabajar en condiciones de perturbación permanente porque los chicos golpeaban los vidrios, llegando incluso a romper varios. El problema se agudizó en junio porque el grupo se hizo más grande y porque se han puesto más agresivos por la inhalación de sustancias tóxicas. Hubo tres entradas a la Biblioteca con rotura de vidrios y tuvimos que hacer la denuncia ante los organismos correspondientes porque somos responsables de patrimonio público.

-¿Cómo han reaccionado los diferentes actores de la Facultad?
-Muchas veces las situaciones críticas hacen tambalear muchas convicciones, y eso es importante tenerlo en cuenta. Llega un momento en que muchos empleados que están trabajando en estas condiciones de perturbación dicen basta; no pueden seguir trabajando así. Y eso también lo tenemos que comprender. Ha habido estudiantes que han sido amenazados con armas blancas y hasta han venido padres. No es una situación sencilla y hay que resolverla en todas sus aristas. Se da el caso de un conjunto de derechos en tensión. Están los derechos básicos de estos niños y adolescentes que representan al sector más vulnerable de la sociedad. Y después están todos los derechos de aquellos que trabajan día a día en la Facultad.

-¿Cuál fue su aporte para solucionar el problema de los chicos?
-Nosotros estamos en contacto directo con la Dirección de la Niñez y Adolescencia de la Municipalidad y también con la Subsecretaría de Protección y Promoción de los Derechos de la Infancia del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia. Junto con la decana de Psicología, Edith Pérez, hacía bastante que estábamos en relación con estos organismos, pero a raíz de esto el trabajo se hizo más concreto. Nosotros queremos que se resuelva de la mejor manera posible. También sabemos que hay una especie de hueco, propio de una época de transición y del pasaje del modelo del encierro al modelo de los derechos, del modelo del patronato al del niño sujeto de derecho. Creemos que el Estado, desde algunos lugares, trata de ir hacia concepciones mejores. Es una época tironeada por esto y no es solamente una cuestión de ideas, también hay que contar con el personal capacitado para llevar adelante esto.

-¿Qué les pidió a los organismos?
-Que tengan presencia permanente. Porque sino, es ahí donde se produce el vacío y cuando las situaciones más críticas se desencadenan. Hay cosas que, evidentemente, nos exceden como institución. Pero nosotros somos el Estado, somos una parte de él. Lo que estamos tratando de hacer es que toda la comunidad pueda tener la tolerancia, la templanza y la paciencia para esperar que esto se resuelva de la mejor manera. Igual hay esperanza, veo a todas las instancias involucradas trabajando y eso genera expectativas.

-¿Cómo evalúa su actuación?
-Ellos nos manifiestan estar un poco sobrepasados por la demanda de espacios aceptables para dar contención a estos chicos. También es difícil lograr que vuelvan con sus familias porque sabemos que vienen de vivir experiencias terribles en sus casas y que estar en la calle para ellos, además de un dramatismo, implica también una cierta libertad. Hay tensión entre los conceptos: irte de un lugar terrible es un paso bien dado, al parecer. La cuestión es qué hacer después. Sigue estando el contexto de la crisis y ahí es donde cuesta encontrar la posibilidad de tener una vida más o menos aceptable; ese es el contexto más complicado y resulta muy condicionante de lo que se pueda lograr.

-Algunos estudiantes de Humanidades manifestaron encontrarse presos de una incómoda paradoja: la imposibilidad de actuar frente a un problema social concreto y manifiesto en la puerta de la unidad académica que se encarga de estudiar a diario tal cuestión. ¿Qué piensa al respecto?
-Está bien. Uno podría pensar si la formación en sí misma que recibe lo capacita directamente para intervenir en un caso crítico o no. Ese es un problema. Ahora, los operadores que han venido, también han tenido muchas dificultades, y se trata de personas con experiencia. Por lo tanto, la dificultad en este caso es lógica y no me parece raro que un estudiante plantee este problema. Esa formación, que es más de Trabajo Social, la podemos profundizar, pero he visto a muchas trabajadoras sociales también con muchas dificultades, y no las menosprecio por eso sino que al contrario, reafirmo que no se trata de algo sencillo.

-¿Cuál ha sido, a su criterio, la respuesta de las agrupaciones estudiantiles que militan en la Facultad?
-Hay mucha información malintencionada, sobre todos desde algunas ideas que circulan que todos los funcionarios son culpables de todo y que la política siempre es culpable salvo la propia. El Consejo Académico de la Facultad trató este tema puntual en una de sus sesiones y se dio una discusión muy buena. Los estudiantes ahí manifestaron una buena comprensión del fenómeno, por lo menos aquellos que son consejeros académicos (los cuatro pertenecen a la agrupación Unite-CEPA) y han acompañado las acciones que hemos desarrollado. Después está ese volante de la agrupación COPA que me sorprende muchísimo porque ellos jamás vinieron a hablar con nosotros para ver qué podíamos hacer. Me parece que malinterpretaron lo de la policía, muchas veces se puede encontrar a la policía acá, la puede llamar cualquier vecino perturbado y, de hecho, eso es lo que ha pasado. Muchos en forma individual llaman al 911.
Laureano Debat

Centro: Sin las herramientas necesarias
La discusión que hemos llevado a cabo con muchos estudiantes apunta a identificar en forma clara a los responsables. ¿Quiénes son los responsables? ¿Los mismos pibes que se vuelcan a la droga o a la violencia porque son así de nacimiento? No, hay que ir al fondo de la cuestión y ver que actúan de esta manera porque vienen de hogares pobres y violentos, y muchos no llegan ni a dos comidas diarias. Toda una situación de precariedad y exclusión que pone en tela de juicio la responsabilidad que le cabe al Estado de hacerse cargo de esta situación encontrando una manera no represiva y contenedora”, le dijo a La Pulseada Federico Agostino, presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Humanidades y militante de Unite-CEPA y alumno de Sociología.

-¿Cuál fue la reacción de tus compañeros?
-Ha habido diferentes reacciones. La principal fue de comprensión y solidaridad con estos pibes, apuntando a la idea de que algo hay que hacer y que no nos podemos quedar de brazos cruzados. Con muchos compañeros estamos viendo la posibilidad de empezar a implementar actividades académicas o de práctica social para ayudar a los chicos. La pobreza se pone ahora a flor de piel porque está en la entrada de la Facultad, pero se trata de algo que se multiplica entre miles y miles de personas en los distintos barrios.

-¿Situaciones como ésta ponen de manifiesto grietas en la formación profesional?
-Muchos estudiantes vemos que no tenemos las herramientas suficientes para poder abordar la realidad concreta. Y es necesario que uno desde su conocimiento pueda hacer su aporte. De hecho, muchos de los que empezamos a estudiar Sociología lo hicimos porque creemos que las cosas están mal y venimos a la Facultad a buscar herramientas para cambiarla. Y muchas veces no las encontramos. Esto que se desató con los pibes desnuda no sólo la falta de políticas de contención por parte del Estado sino también la imposibilidad que tenemos nosotros, como futuros profesionales, de resolver esta situación.

-¿Qué rol le cabe a la Facultad y cuál al Estado?
-La Facultad tiene que hacer los trámites correspondientes como institución para que las diferentes instituciones del Estado se hagan cargo cuanto antes de esta situación. Y tanto la Municipalidad como la Provincia deben tomar cartas en el asunto y actuar lo más rápido posible, entendiendo que lo que prima en la actualidad no son políticas del Estado para contener la pobreza sino la represión o el ocultamiento, prácticas que muchas veces nacen de funcionarios horrorizados por lo que ven.
Laureano Debat

Aule: “Una notable incapacidad resolutiva”
“La universidad que no queremos: la que oculta la pobreza”. Ese es el título del comunicado a través del cual la agrupación Aule (integrante del Frente Darío Santillán) denunció el desalojo de los pibes por parte de la Policía. Entre otras cosas, cuestionaba a las autoridades de Humanidades y de Psicología, y daba cuenta de las escasas herramientas con que se cuenta para enfrentar el problema: “La imagen era muy fea, horrible, casi patética para los que luchamos día a día por una universidad distinta. Era contradictoria también, generaba conflictos... y hay gente que los conflictos prefiere evadirlos, entonces mejor sacar la imagen (…) De la pobreza se puede hablar, pero no se puede acercar; se puede leer, pero no se puede escuchar”.

Roberto Bruzzone, uno de los referentes de esta agrupación que integra la Coordinadora de Organizaciones Populares Autónomas (COPA), le explicó a La Pulseada que su mayor bronca radica en que “en estas facultades hacemos análisis sociológicos e históricos de la pobreza, pero cuando la pobreza te toca la puerta no sabemos qué hacer” y aclaró que “desde el decanato se han quedado en proclamas y con comunicados no resuelve el problema concreto”.

-¿Qué hicieron ustedes?
-Llevamos el tema a la Comisión de Lucha de la Facultad de Humanidades, que es una instancia de coordinación conformada por agrupaciones y compañeros que son activos políticos pero que no están agrupados. Vimos que estábamos todos con una indignación impresionante y una notable incapacidad resolutiva. Ése es el problema más general: la imposibilidad de resolver esto en conjunto por falta de herramientas. Mientras tanto, en el día a día, pasamos por las aulas para informar y discutir con los compañeros.

-¿Quién debe hacerse responsable de esta situación?
-Es el Estado quien debe responsabilizarse con las problemáticas de estos pibes, garantizar que no estén jalando pegamento en la calle, que vayan al colegio y que coman todos los días. No sirve de nada mandarlos a un reformatorio sino que hay que garantizarles un lugar para que puedan desarrollar las actividades propias de su edad, sacándolos de esa cultura de violencia con la que conviven todos los días.

-¿Hay alguna posibilidad de coordinación entre la Comisión de Lucha y el Decanato para tratar este tema?
-Hay muchas agrupaciones de esta comisión que no tienen acuerdos políticos con la decana, entonces es muy difícil porque las autoridades tienen un proyecto de universidad y los estudiantes agrupados tratamos de imponer otros proyectos. De todas formas, ante una situación así es difícil que impere esto, pero lo cierto es que no hay una propuesta concreta de ninguno de los dos lados. Nosotros estamos proponiendo que la Facultad tome protagonismo en este tema y también se haga cargo del asunto, que elabore una solución verdadera. Creemos importante que los estudiantes vayan a trabajar a los barrios para, sin caer en un asistencialismo, ayudar a los pibes a que tomen conciencia de su presente y puedan salir de eso.
Laureano Debat

La Provincia
“Nuestros pibes están en emergencia”
La subsecretaria de Niñez y Adolescencia del ministerio de Desarrollo Social de la Provincia, Martha Arriola, no dudó en asegurarle a La Pulseada que se está viviendo una situación de emergencia, pero confía en poder revertir la situación y trabajar eficazmente en la prevención.

-La situación de estos chicos durmiendo en la calle, lleva ya casi un año. Estuvieron durante un tiempo en una casa abandonada, para luego recalar en los pasillos de la Facultad. Chicos en situación de calle hay muchos, pero lo que acá tenemos es un cuadro muy duro y sobre el que estamos trabajando desde el primer día en que se nos da intervención. Ahora, globalmente hay que ser claros y decir que la niñez y la adolescencia en la provincia de Buenos Aires están en una situación de emergencia. Nuestros pibes están en emergencia. En La Plata hay 200 chicos que viven en la calle. Pareciera ser una cifra menor a la que imaginábamos, pero no deja de ser la punta de un iceberg: es lo que vemos, lo que aparece en la superficie de una situación mayor y mucho más compleja, que es la que se encuentra a diario a poco de recorrer cada barriada. Allí es donde encontramos una profunda situación de exclusión en la que se encuentran tantas familias castigadas por las políticas desarrolladas por el menemismo. Y de un gobierno local que, con sus políticas, agudizó la situación de marginación y desigualdad existentes en esta ciudad

-Es decir que en La Plata existe un cuadro más difícil que en otros lados…
-Hay otros municipios, igual de grandes e igual de poblados, que a pesar de las políticas neoliberales que imperaban, generaron otro tipo de mecanismos y de respuestas sociales. La Matanza, por ejemplo, tienen una complejidad mucho mayor, pero presenta una red de contención muy superior. En este sentido, en La Plata el tejido social, el armado barrial, la tarea comunitaria también se vio debilitada en esos años de gestión de Julio Alak. Algunas redes solidarias que funcionaban hace unos diez años con enorme vigor, entraron en una etapa de achatamiento. Salvo algunas entidades que siguieron peleando con gran dignidad, pero bastante solas, otras ingresaron en la lógica del clientelismo y perdieron de vista el verdadero rumbo que debe tener el trabajo con los niños. Ahora bien, esas entidades que no abandonaron la lucha, están muy desperdigadas y sin una línea de trabajo sólida y sostenida en el tiempo con el municipio y la provincia. Esto tiene que ver con una práctica instalada, de anomia, de falta de credibilidad a las propuestas de participación que parten desde el Estado. En este contexto, aparece la nueva ley (de la Promoción y Protección de los Derechos de los Niños de la provincia) que nos ofrece un nuevo marco para trabajar y abordar la problemática de la niñez y la adolescencia desde una perspectiva diferente, pensada desde los derechos que tienen esos sectores. Y aparece esta palabrita de la “co-responsabilidad” que no existía como concepto y cuyo espíritu es clave para entender el nuevo camino. Claro que el Estado tiene una fuertísima responsabilidad al elaborar las políticas, pero… ¿y la sociedad qué? Abogamos por una democracia participativa, pero sabiendo que ni aún cuando logremos un esquema perfecto, podremos llegar a algunos sectores de la comunidad como sí pueden hacerlo las organizaciones barriales. Entonces no se trata de sustituir responsabilidades, sino de asumir aquella co-responsabilidad en algunas problemáticas. Esto se dice fácil, pero es difícil de construir, y lleva su tiempo. Y mientras eso se construye, ocurren casos como este.

-¿Qué provoca que sea complejo y que lleve tanto tiempo?
-Es un tiempo difícil, porque la mayoría de los actores del sistema no conocen el fondo de la nueva ley y por eso hay que hacer un fuerte trabajo de capacitación. No es menor comprender el nuevo marco porque significa un cambio cultural en el abordaje de la niñez y la adolescencia. Por otra parte, el propio Estado tarda un tiempo en poder montar toda la estructura legal, humana y edilicia que la ley dispone. Los servicios locales y zonales en la provincia están siendo puestos en marcha, salvo en unos 14 municipios que aún no han adherido a la ley. Nosotros esperamos que para fin de año, todo esté en funcionamiento para, globalmente, estar anticipándonos a situaciones como ésta de Humanidades. Y lo vamos a poder hacer a través del personal técnico especializado y, principalmente, mediante las Mesas Barriales, en las que todas las organizaciones sociales podrán aportar su mayor conocimiento de cada situación familiar. La idea final es que tenemos que poder prevenir. Es decir, si hay casos como este en que un grupo de pibes duermen en la calle desde hace un año, quiere decir que estamos mal, que ha faltado una tarea de anticipación en el barrio y en esas familias.

-¿Y ahora cómo se resuelve?
-Esos chicos en este año han construido sus nuevos vínculos, su nueva vida, no van a ir fácilmente al sitio que nosotros les propongamos por el solo hecho de recibir esa propuesta. La situación de ellos en esta última etapa la conocemos bien, desde que empezamos a trabajar en el caso con la Dirección de Niñez municipal. Lo que hay que generar es un equipo de operadores que trabaje con ellos, para que vaya creciendo el vínculo y la confianza, un ida y vuelta permanente. Ya estamos trabajando en talleres, en el marco de un Centro de Día, en lo que era el Instituto Stella Maris. Allí también se alimentan y atraviesan una rutina que no es “institucionalizante”, es decir que no los encierra, sino que trata de armar un andamiaje en que se trabaja con estos chicos, con sus familias cuando la tienen, con el barrio al que pertenecen. Hay situaciones tremendas con familias destrozadas y en muy malas condiciones. Hay que pensar que, probablemente, algunos de estos chicos que eligieron la calle eran los más sanos de su grupo familiar y optaron, tuvieron agallas de salirse de tanto dramatismo. Entonces no es fácil la reinserción.

-¿Qué pasa con la noche, con el hecho concreto de dejar de dormir en la calle?
-Tiene que ser un proceso lento y consensuado, en base a la confianza. Algunos pueden temer ser encerrados, otros ir a parar a un momento más dramático que el que vivían en su propia familia. Estamos ofreciendo diferentes alternativas, en distintas instituciones. En estos tiempos estamos trabajando en el armado de un servicio de camas en diversos lugares que fueron desmontados con el cambio de ley. Hay que charlar con las autoridades de esos lugares, creando un nuevo espíritu, un nuevo marco respecto del que ejercieron durante tantos años. Con este tipo de chicos hay que acordar la noche, que simboliza un poco el lugar donde se vive. Para eso hay que acordar pautas, proyectos. Es, seguramente, la parte más compleja.
Carlos Fanjul

Mejor que decir es hacer
Toda esta producción de La Pulseada busca reflejar qué hacemos o qué no hacemos, como sociedad, frente a la inmoralidad que significa que un pibe esté durmiendo en la calle. Cuando ya estábamos cerrando la edición, un grupo de estudiantes y trabajadores, tipos comunes, se decidió a actuar y montó para esos chicos una olla popular en la glorieta de Plaza San Martín. Cada noche, lentejas y verduras, son transformadas por los “cocineros” en un sabroso guiso que, para estos pibes, acostumbrados al rechazo y la indiferencia, significa algo así como una gran fiesta.

Uno de los responsables de la idea cuenta que “de tanto cruzarlos empecé a conocerlos y a ayudarlos con lo que podía; sentí que les estaba ofreciendo lo que necesitan, que, en muchas ocasiones, es nada más que sentirse escuchados”.
Relatan que se dieron cuenta de que mucha otra gente, en forma individual, también estaba ayudando a los chicos, y decidieron organizarse un poco más para extenderles una mano.

En la desordenada búsqueda de ayuda ante los organismos oficiales no apareció una respuesta efectiva. “A veces parece que el único organismo del Estado que se acerca a los pibes es la policía”, nos dijo uno de ellos con un dejo de ironía. Y así, cansados de no encontrar rumbos adecuados, se decidieron a actuar.
“Esperamos llamar la atención de los funcionarios. Vamos a estar acá todos los días que sea necesario hasta que alguien reaccione”, explican.
Ojalá que cuando esta revista esté en la calle, los pibes ya cuenten con el abrigo y la protección que merecen.

 

Amor, dedicación y tiempo
Por Maghy Panno *
El caso de la Facultad de Humanidades refleja que no se está cumpliendo ni con la letra, ni con el espíritu de la nueva estructura legal que rige desde hace un tiempo en materia de niñez y adolescencia. Cuando las organizaciones sociales tanto luchamos para conseguir la aprobación de las nuevas leyes que terminaron con el Patronato, apostamos precisamente a generar herramientas ágiles para resolver este tipo de situaciones.

Lo que ocurre en el edificio de la Universidad resulta simplemente un caso más dentro de los tantos similares que se presentan delante de nuestras narices: un pibe durmiendo en la vereda de cualquier calle platense, porque no tiene otro lugar para hacerlo, y la sociedad que no sabe cómo darle una mano.

Lo primero que se me ocurre plantear como Foro, es que el municipio debe actuar más rápido de lo que lo está haciendo para montar la estructura de contención que prevé la Ley. Si no lo hace, la Provincia debe actuar en su reemplazo, luego de no enviarle más el dinero del Fondo de Fortalecimiento para Programas Sociales, como también prevé la Ley. Quiero decir con esto que a la falta de implementación de las estructuras humanas y edilicias que indica la 13.298, sólo se le contesta implementándolas. Porque el otro camino es que nos digan “¿vieron que la ley no sirve?”. Y eso no es cierto…

Para ser más claros: la ley habla de Consejos Locales en los que funcionarios y dirigentes sociales planean esquemas de acción, por ejemplo, aquellos que indican qué y cómo tenemos que actuar en estos casos. Y también dispone la creación de Servicios Locales, en los que personal especializado concursado para tal fin, actúa en la calle en la contención de los pibes. Todo muy lindo. Pues bien: hay que crear esas estructuras, y hacerlo de una buena vez para evitar este tipo de consecuencias. ¡Hacerlo de manera urgente! Si no es como dice uno de nuestros compañeros del Foro: le ley le dijo al Estado “hay que desjudicializar la pobreza, pero el Estado entendió que había que desestatizarla”. Y se corrió a un costado, en lugar de entender que debía estar más presente que nunca, ya no encerrando a los pibes hasta que crezcan, sino acompañándolos en su crecimiento. Y cualquier padre sabe que para eso se requiere de mucho más tiempo y dedicación. Y también de más amor.

* Foro Por los Derechos de la Niñez, la Adolescencia y la Juventud de la Provincia

La Municipalidad
“Falta mucho por hacer”
Desde comienzos de año, Sandra Carrasco está a cargo de Dirección de Niñez y Adolescencia de la Municipalidad de La Plata. “Lo primero que hicimos –le dijo a La Pulseada- fue un relevamiento, una foto que nos mostró que había alrededor de 200 chicos en situación constante de calle en el casco urbano, la zona que va de 122 a 25 y de 32 a 72. Pudimos indagar respecto de su problemática, de su situación, qué estaban haciendo, si vendían alguna cosa, si solamente pedían, si había alguna referencia, si había algún adulto”.

-¿Qué se hizo después?
-A partir de marzo iniciamos una propuesta de talleres en la calle, en Plaza San Martín y en Plaza Moreno, como una forma de vincularnos, de empezar a generar diálogo, confianza. Primero hicimos un taller que tenía que ver con lo deportivo y después con lo manual: construcción de juguetes con madera. Generamos vínculos, confianza y aparecieron las demandas. En función de esas demandas, trabajamos la propuesta de un parador, un lugar donde ellos pudieran estar, pero empezamos a encontrar dificultades: el municipio, por ejemplo, no tiene la infraestructura necesaria para este tipo de iniciativas. Coordinamos entonces con el comedor que está en 2 y 60, que es de la Iglesia. Allí van adultos, pero nos ofrecieron un lugar para estos chicos que, por supuesto, son los más conflictivos… Algunos tienen una historia muy difícil. Tratamos de tejer ese recorrido y en algunos casos llegamos a sus familias para ver la posibilidad de revincularlos. Lo logramos en pocos casos y en otros vimos una enorme dificultad… Algunos iban y venían. En el medio hicimos una exposición en el Pasaje Dardo Rocha donde ellos mismos pudieron ver y mostrar los juguetes que habían hecho juntamente con la gente del CTAI (Centro de Tratamiento Ambulatorio Integral), un programa de Provincia. Eso fue muy valioso para empezar a trabajar autoestima y generar condiciones de confianza.

-¿Cuántos chicos se “prendieron” en total en esta propuesta?
-En la Plaza San Martín son alrededor de 15 chicos y son más permanentes; en la Plaza Moreno van y vienen entre 20 y 25 chicos. Los de Plaza San Martín, a medida que no podíamos responder a sus demandas, empezaron a buscar refugio y encontraron un lugar casi ideal en la Facultad de Humanidades. Nosotros seguimos trabajando con ellos, la gente de la Facultad y los no docentes, también: habían conseguido algunos colchones y estaban durmiendo ahí a la noche, pero empezaron a suscitarse situaciones de conflicto por cosas que tienen que ver con sus historias de vida, adicciones… Como se vieron afectadas las instalaciones y la propiedad de la Facultad de Humanidades, estuvimos dialogando con la gente de Infraestructura y con el Vicedecano de la Facultad. Les explicamos lo que estábamos haciendo y la necesidad de aunar esfuerzos porque un solo sector no puede tener la respuesta. Todos se mostraron interesados pero en concreto no se pudo poner en marcha nada que en ese momento resolviera las situaciones de tensión que había con los chicos. Después apareció todo esto que salió en los medios, otras roturas, otros ingresos... Estuvimos dialogando sobre la necesidad de convocar a más gente para trabajar con los chicos y de buscar lugares donde poder darles un mínimo de respuesta. No fue factible. No se pudo en ese momento y surge la denuncia por parte de la señora decana.

-¿Estás de acuerdo con la denuncia que hizo la decana?
-(pausa) Comprendo las razones que ella tiene en relación a preservar la institución, la seguridad, todo. Creo que hubiese sido interesante también aportarle algunas propuestas de trabajo y cuestiones programáticas que sería interesante que la facultad pueda dar.

-¿Qué es lo que piden los chicos?
-En este momento están buscando un lugar para comer… Algunos de ellos nos pidieron asistencia médica y hemos logrado que algunos se incorporen al programa de adicciones, y por supuesto que están pidiendo un lugar para dormir. Los días más difíciles los hemos llevado a la Casa de Abrigo que queda detrás del Hospital San Martín… La verdad es que falta mucho por hacer, pero sabemos que esta es la primera vez que el municipio se ha propuesto obtener un parador, tener un lugar… No está siendo muy fácil armarlo pero lo estamos intentando. Hemos trabajando fuertemente con la Subsecretaría de la Niñez de la Provincia para conseguir un espacio físico, el Hogar Stella Maris de 66 entre 8 y 9, para tener un lugar para hacer los talleres… Una especie de centro de día. Son los primeros pasos que estamos dando para poder darles de comer ahí… Por ahora les estamos llevando una vianda a la Facultad, al Pasaje Dardo Rocha o donde estén. Sabemos que debemos ir por más cosas para ellos, pero eso es lo que hasta el momento puedo contar que estamos haciendo. Los chicos tienen una alta confianza en nosotros y no queremos que no nos crean más, así que queremos tener certezas.

-¿Los chicos van a poder dormir en el Stella Maris?
-No, en principio, no. Para eso estaríamos buscando otro lugar… Sería otra etapa… Dormir está complicado porque –es muy paradójico lo que voy a decir- las instituciones que trabajaban en el tema menores y que son las que hoy podrían facilitarnos una solución, están atravesando un propio análisis para ver cómo hacer para integrar a estos chicos. No está fácil.

-Cuando alguien ve un chico en la calle y quiere hacer algo, ¿qué tiene que hacer?
-La sociedad platense en general conoce mucho más las organizaciones no gubernamentales que históricamente han venido trabajando, como la del padre Cajade, y casi siempre su primera reacción es recurrir a ellas. Hoy por hoy también estamos nosotros desde la Dirección de la Niñez a donde se pueden comunicar a través del 0800-666-1772 donde recibimos todo tipo de denuncias, todo tipo de situaciones y se constatan en función de las posibilidades que tenemos de ir a verlos…

-Las posibilidades que tienen, ¿son muchas o pocas?
-Dentro de los escasos recursos, la verdad es que tenemos muchas ganas, mucha voluntad… Todas las denuncias que recibimos las tratamos de constatar.

-¿Cuántas llamadas reciben?
-Un promedio de quince por día.

-¿En qué horario funciona el 0800?
-Por ahora, de 8 a 16. Igual, la Municipalidad tiene otra área, que es el área de Acción Social directa que también atiende situaciones de calle no sólo de niños y niñas sino también de personas adultas.

-Ustedes hicieron un relevamiento de los chicos en situación de calle en el casco urbano. ¿Y en la periferia?
-En la periferia lo estamos haciendo a través de las Mesas Barriales de niñez y adolescencia, que nos permiten tener un diagnóstico claro. En muchos lugares hay organizaciones trabajando, como comedores, que nos dicen qué chicos son los que necesitan ayuda. Son chicos menores de 16 años que están fuera del sistema educativo… Bueno, todas las condiciones… Ojalá prontamente podamos implementar los programas de integración comunitaria destinados a esos chicos. En estos momentos está siendo procesado cuáles van a ser los chicos, en qué forma, cuáles van a ser los referentes adultos que van a estar trabajando con esos chicos, y la idea es, a medida que se va organizando el grupo, trabajar en emprendimientos productivos, en programas socioeducativos. Esto se hace con un financiamiento de provincia que seleccionó 36 distritos para que se realice este programa y La Plata es uno de ellos.

-¿Cuántos se supone que son los chicos que están en esta situación?
-No podría decir, pero son muchos.

-Muchos más que los 200 del centro.
-Sí, sí, muchísimos más.

Carlos Sahade

 

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