NÚMERO 62 - AGOSTO 2008

ROSTROS
En el casco urbano de La Plata hay 200 chicos que viven en la calle. Cuando pueden, 15 de ellos duermen en un hall semicubierto de la facultad de Humanidades o en la Plaza San Martín. Fueron corridos por la policía, pero mucho antes fueron corridos por la sociedad. Un viernes, cuando La Pulseada estaba a punto de entrar en imprenta, se denunció que cerca de 20 hombres con cadenas, fierros y armas de fuego, se acercaron hasta la glorieta ubicada frente a la gobernación para insultar, golpear, “limpiar” a los pibes, según dijeron, porque estaban “podridos” de estos “delincuentes”. Al día siguiente, a raíz de este nuevo atropello, se hizo una conferencia de prensa. Allí, frente a una funcionaria municipal, chicos de 7, 8, 9 ó 12 años con labios ensangrentados y pasándose pitadas de cigarrillos, se quejaban y reclamaban: “Nos pegaban y nos decían que no querían alimentar malandras”“¿Y nosotros dónde vamos a dormir?”“Tienen que darnos un techo y no dejarnos en la calle”“Ya estamos re cansados de estar en la calle… No e’ así”

De estos chicos hablamos en la presente edición de La Pulseada, así como también de los 14 mil menores que en Colombia son forzados por grupos armados, guerrilleros y paramilitares, a colocar minas, torturar y matar, pero no queremos dejar de mencionar otros temas que nos conmueven y preocupan:

1) La justicia dispuso “la inmediata clausura” de dos sectores del Instituto Centro de Recepción La Plata. En ese lugar, que como máximo puede albergar a 35 personas, estaban alojados 52 adolescentes en condiciones de total hacinamiento: los encerraban durante 32 horas; dormían, sin camas ni frazadas, en colchones tirados en el suelo; por las noches debían orinar en botellas de plástico; no contaban con mesas ni sillas para comer; y las visitas eran sometidas a requisas absolutamente humillantes para ver si tenían “sustancias prohibidas” en sus anos o vaginas.

2) Hace poco se denunció que en Tucumán se están adulterando los índices de mortalidad infantil. Bebitos que nacen vivos con un peso inferior a los 500 gramos son registrados como “defunciones fetales” o “egresos por abortos”, para que no pasen a formar parte de la estadística y sea posible anunciar un descenso de la mortalidad infantil.

3) “Al menos 150 inmigrantes ilegales –contaron los diarios- murieron ahogados frente a las costas de Libia cuando zozobró la embarcación en la que se trasladaban con destino a Italia. Los cuerpos fueron encontrados de manera accidental por patrullas libias y no pudieron ser reconocidos debido al estado de descomposición”. Personas sin rostro, sin destino, que buscan un lugar donde existir y mueren en el desesperado intento de alcanzar la orilla de la vida. El mundo “civilizado”, el que legisla para que los excluidos no se incluyan, ni siquiera se refiere a ellos como personas. Los condena incluso después de muertos llamándolos “inmigrantes ilegales”. Es la misma Europa que, como señaló en La Pulseada Nº 60, paga entre 30 y 40 mil euros por un nenito, preferentemente “blanco y sano”, de origen sudamericano o africano.

“Personas sin rostro”, decíamos. Y precisamente sin rostro o con la cara oculta aparecen en esta revista los chicos que en La Plata viven en la calle y en Colombia pelean en una guerra ajena. Se debe a que hay una ley que impide revelar la identidad de los menores. Esa ley se cumple en todo el mundo y nosotros también nos sometemos a ella. Sería bueno que se empezaran a respetar también otras normas que en muchos países tienen rango constitucional, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure (…) la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”. Mientras esto no ocurra, continuaremos tapando el rostro de los pibes. Quizás no para preservar sus identidades, sino para que no nos vean a nosotros.

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